El secreto de Isabella 3 #2
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El chico rio nervioso y Claire le dio una palmada cariñosa en el hombro.

—Es broma, lo estás haciendo genial. Descansa cinco minutos.

El chico asintió y se alejó hacia la parte trasera de la galería.

—¿Qué tal tu domingo? —preguntó Claire.

—Tranquilo. Nada del otro mundo. ¿Y el tuyo?

—Yo estuve en una fiesta en Brooklyn. Ya sabes, lo de siempre —dijo Claire con un guiño.

Isabella sonrió.

—Menuda energía que tienes, Claire. Yo estaba agotada de la fiesta del sábado y tú al día siguiente te vas a otra.

—Bueno, yo no tengo una muñeca y un marido de los que cuidar. Algo tengo que hacer, si no se me cae la casa encima.

¿La envidio o su vida se me antoja del todo estresante?

, caviló. Había veces que echaba de menos ese ritmo frenético, en el que todos los días eran una fiesta.

Donde podías levantarte y desayunar o no, comer en el sofá, en la mesa o donde te diera la gana.

Arreglarte después de haber estado toda la noche de fiesta e irte a otra como si nada, como si el cuerpo no se fuera haciendo mayor, como si la vida solo fuera diversión.

Conocer a alguien nuevo y divertido en una fiesta, quizá tener una noche loca y apasionada con un hombre misterioso, esperar a recibir al día siguiente su mensaje de texto y no tener que dar explicaciones a nadie.

Otras veces pensaba que aquella existencia podía estar vacía de lo verdaderamente importante: el amor sincero, las conexiones profundas y las pequeñas ilusiones. Como cuando hacía algo por Josephine solo para verla sonreír y la niña corría a abrazarla con la felicidad reflejada en el rostro.

Se debatía entre ambas vidas sin saber cuál de las dos era la que quería vivir, a sabiendas de que ambas no podían coexistir juntas.

—¿Tuvo éxito la negociación de Matthew? —preguntó Claire sacándola de sus divagaciones.

—Creo que sí. Estaba muy contento cuando nos fuimos. Los inversores parecían interesados. Ya sabes cómo es Matthew, no suelta prenda hasta que tiene todo cerrado, pero yo diría que fue bien.

—Me alegro. Tu marido es un crack, Isa. En serio. Lo que ha hecho con ese hotel es una pasada.

—Sí, lo es —dijo Isabella.

Claire la miró con esos ojos negros suyos, penetrantes, como si pudiera leer entre líneas. Pero no dijo nada. En lugar de eso, cambió de tema.

—¿Y Sophie? ¿Viste cómo miraba a Matthew el sábado? Madre mía, esa mujer no disimula ni por casualidad.

Isabella suspiró.

—Ya lo sé. Cada vez es más evidente.

—¿No te molesta? —quiso saber Claire.

—No —dijo Isabella con sinceridad—. No me molesta. Es Sophie. La conozco. Sé que jamás haría nada. Y Matthew ni siquiera se da cuenta.

—Pobrecita —dijo Claire, negando con la cabeza—. Estar enamorada del marido de tu mejor amiga debe ser una tortura.

—Lo sé. La verdad es que me da más pena que otra cosa. No parece feliz.

—No lo parece no. No entiendo por qué sigue con Aldis si no la hace feliz, con lo corta que es la vida…

—Es un buen hombre y la trata como a una reina.

—Es feo y aburrido, se pasa el día hablando de finanzas y esos rollos. No puedo con él, Isa —soltó una risa amarga—. Y qué me dices del pelo… Debería de empezar a asumir cosas.

—Él cree que está mejor así.

—Pues está equivocado.

Ambas rieron. Era fácil reírse con Claire. Todo era fácil con ella.

Claire Reese había nacido en Nueva York, un día lluvioso en el que su madre había roto aguas en pleno Midtown.

Era neoyorkina hasta la médula. Su familia también era de allí: sus padres, sus abuelos, sus bisabuelos.

No había indagado más allá, pero Claire sabía que sus raíces en Nueva York se remontaban generaciones atrás.

Era hija única. Algunos podrían pensar que eso era una carencia, una infancia solitaria sin hermanos con los que jugar o pelearse, pero para Claire había sido una bendición.

Todo había sido siempre para ella: toda la atención, todo el espacio, todos los recursos.

Sus padres, aún vivos y pasando los setenta, eran propietarios de una preciosa casa en Tribeca en la que ella había vivido desde su nacimiento hasta su emancipación.

Claire no los veía mucho. Algo se había roto entre ellos. Algo que había ocurrido hace muchos años y que ninguno de los tres mencionaba jamás.

Claire tenía diecisiete años cuando su vida cambió por completo.

Llevaba un año saliendo con Michael Stevenson. Era el chico más famoso del instituto, y el más guapo. Ella estaba muy enamorada de él, y cómo es propio en esa época adolescente, pensaba que el amor que estaba viviendo era el definitivo.

Michael era el quarterback del equipo de fútbol americano.

Un cliché en toda regla. Su aspecto físico hacía que todas las chicas suspiraran cuando pasaba por los pasillos.

Era guapo y lo sabía. Y Claire, por alguna razón que aún no terminaba de entender, había sido la elegida.

Ella le brindaba un amor incondicional. Si él en algún momento se mostraba triste o enfadado, Claire se preocupaba hasta el extremo, pensando que algo había hecho mal o algo había dicho que pudiera molestarle.

Sus padres no estaban de acuerdo con esa relación, consideraban que era demasiado joven para estar tan enganchada de un chico, que pensaban que no tenía las mismas intenciones de futuro que ella.

Perdió la virginidad con Michael a los tres meses de empezar a salir juntos.

Para ella era la primera vez y aunque él había dicho que para él también lo era, mentía.

Pasó en la casa de Michael, cuando sus padres estaban de viaje.

Fue rápido, torpe, algo incómodo incluso.

No fue lo que ella había esperado, pero como no había conocido otra cosa y estaba profundamente enamorada, pensó que había sido mágico.

Él le dijo que la quería. Ella le creyó.

Después de esa primera vez vinieron muchas más.

Claire se dio cuenta de que su periodo menstrual se estaba retrasando. Al principio no le dio importancia. A veces pasaba. Pero cuando a la semana siguiente tampoco le había venido, el pánico empezó a asentarse en su pecho como una losa de hormigón.

Se hizo una prueba de embarazo en el baño del instituto, sola y avergonzada, aterrada. Escondida como una delincuente.

Dos líneas. Positivo.

Claire se quedó mirando la prueba durante lo que parecieron horas, incapaz de procesar lo que estaba pasando.

No puede ser. No puede estar pasándome esto, se repetía una y otra vez con las manos en la cara meneándola de un lado a otro sin descanso, mientras una sensación aterradora se apoderaba de su cuerpo.

Pero estaba pasando.

Esa noche, Claire se lo contó a Michael. Se lo dijo después del entrenamiento, en el parking del instituto, bajo las luces naranjas de las farolas. Esperaba que él la abrazara, que le dijera que todo saldría bien, que la amaba, que encontrarían una solución juntos.

Pero Michael no hizo nada de eso.

—No puede ser mío —fue lo primero que dijo.

Claire se quedó helada.

—¿Cómo?

—Que no puede ser mío. ¿Con quién más te has acostado?

Que la atropellara un autobús habría sido menos doloroso.

—No he estado con nadie más. Solo contigo Michael. Te amo más que a nada, cómo puedes decir eso—. Claire buscaba su abrazo, su consuelo, acercándose a él desesperadamente.

Él la rechazó negando con la cabeza, nervioso, mirando a su alrededor como si temiera que alguien los estuviera escuchando.

—¿Y qué piensas hacer? Me imagino que abortar —sentenció.

—No he pensado nada aún Michael —dijo nerviosa—. Suponía que los dos nos enfrentaríamos a esto juntos, como pareja.

—¿Como pareja? —suspiró—. Tenemos diecisiete años, Claire —dijo mirándola como si hubiera dicho una estupidez—. Mira… yo tengo un futuro por delante. Una beca para Harvard. No voy a tirar todo eso por la borda por un bebé. Mis padres me matarían. ¿Estás loca? Tienes que abortar.

—Pero Michael, ¿qué estás diciendo?

—Lo que oyes. ¡Tenemos diecisiete años, joder! —repitió, apartándola con brusquedad.

—Pues eso tenías que haberlo pensado antes, ¿no? —gritó ella desbordada.

—Me dijiste que te tomabas la píldora. ¿No lo has estado haciendo? —replicó enfadado.

—Sí, claro, pero yo qué sé, alguna toma habrá fallado o no sé—. Claire rompió a llorar, desesperada.

Esta situación se le escapaba completamente de las manos, no tenía ni idea de cómo podía estar pasando eso.

Sintió cómo algo se rompía dentro de ella.

No era solo el corazón, era algo más profundo, más esencial.

Era la confianza, la inocencia, la creencia de que las personas a las que amas te protegen.

—Michael…

—Lo siento —dijo él, alejándola con fuerza—. Avísame si quieres que te acompañe a abortar.

Se dio media vuelta y se marchó sin mirar atrás. Subió a su motocicleta y se alejó, dejándola sola en el parking, con un bebé creciendo dentro de ella y sin nadie a quien recurrir.

Claire tardó una semana en reunir el valor para contárselo a sus padres, sabía que la noticia sería demoledora.

Una semana en la que apenas comió ni durmió.

Tenía diecisiete años, faltaba un mes para su cumpleaños.

No podía manejar esto sola. Su vida se iba a la mierda.

Todos sus estudios, todos sus propósitos, sus aspiraciones, su amor por Michael… a la mierda.

Se lo dijo a su familia un domingo por la noche, después de cenar, en el salón de la casa de Tribeca. Su madre estaba tejiendo algo en el sofá. Su padre veía la tele. Claire se sentó frente a ellos, y muerta de miedo y de vergüenza, lo soltó sin más.

—Estoy embarazada.

Su madre dejó caer la labor. Su padre levantó la vista de la televisión lentamente.

—¿Qué has dicho? —preguntó su madre, con la voz descompuesta.

—Que estoy embarazada. De Michael. Y él no quiere saber nada.

Hubo un silencio inmenso que llenó todo el salón. Luego su padre, realmente enfadado, reaccionó.

—¿Embarazada? ¿Y qué piensas hacer con un bebé?

—Pues… No lo sé papá, no estoy preparada para esto… —dijo Claire, con lágrimas rodando por sus mejillas—. Por eso os lo cuento. Necesito ayuda. Necesito…

—¿Estás pensando en abortar? —interrumpió su madre de manera drástica.

Claire la miró, sorprendida por el tono acusatorio.

—Yo… no lo sé. Quizá. No puedo tener un bebé ahora, mamá. Soy muy joven. Quiero ir a la universidad. Quiero…

—Haber pensado eso antes de meterte en la cama con ese imbécil —gritó su padre a pleno pulmón—.