El secreto de Isabella 3
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El domingo Isabella se despertó pensando en el hombre misterioso de la noche anterior. Sus ojos seguían clavados en los de ella, la intensidad de su mirada no había pasado desapercibida para una mujer deseosa de sentirse viva.

El día transcurrió en calma. Disfrutó de un desayuno tranquilo con su familia.

La niña se pasó el día jugando con sus muñecas en el salón, mientras sus padres leían el periódico y tomaban café.

Por la tarde, los tres salieron a pasear por la ciudad.

Nueva York es de esas ciudades que ofrecen distracción solo por el mero hecho de recorrer sus calles.

Hacía un frío tremendo; los meses de invierno eran duros, pero la nieve dejaba estampas preciosas.

Cuando regresaron a casa, Isabella se retiró a darse un largo baño de espuma.

La bañera era su lugar favorito de toda la estancia, ubicada en frente de las cristaleras de techo a suelo a través de las cuales podía disfrutar de las maravillosas vistas que la ciudad le ofrecía.

En remojo, se leyó un par de capítulos de la novela con la que andaba en ese momento. Le costó concentrarse en la lectura.

Matthew se entretenía con la pequeña viendo dibujos animados en el salón. Les gustaba mucho compartir esos momentos juntos, aunque de vez en cuando él contestaba algún correo que no podía esperar hasta la mañana siguiente.

Cenaron algo sencillo y se fueron a la cama.

Isabella se despertó el lunes a las siete de la mañana, como cada día laborable. La mayoría de los días no le hacía falta el sonido del despertador, se levantaba de forma automática.

Se lavó la cara, se aplicó su crema hidratante diaria, se puso la bata y bajó a desayunar.

El café caliente inundaba la estancia. Ese aroma le gustaba mucho; la embriagaba al bajar por las escaleras y la animaba a seguir con la rutina matutina.

Matthew ya estaba sentado a la mesa, como siempre: traje impecable, desayunando en camisa y corbata, sin la chaqueta aún puesta.

Se la ponía justo al salir de casa, para no arrugarla, pero el resto del atuendo ya anunciaba que el día laboral había comenzado.

Josephine también estaba allí, tranquila, aún en pijama, mordisqueando una tostada con mermelada de arándanos casera.

Era Isabella quien llevaba a su hija al colegio.

Disfrutaba mucho de poder hacerlo. Se sentía agradecida por ser una madre que podía acompañar a su hija con calma, saboreando esos ratos a solas.

Dejarla en la puerta del colegio, darle un beso, colocarle la mochila en los hombros y verla alejarse saludando con la manita mientras le decía que la echaría de menos todo el día, era un lujo con el que no todo el mundo contaba.

Después de tomarse un café solo, ya que esa mañana no le apetecía nada más, subió a vestirse.

Eligió un traje de pana en color camel: pantalón de corte recto y chaqueta entallada que marcaba su cintura. Debajo, un jersey de cuello cisne en crema. Se calzó unas deportivas blancas, perfectas para moverse por la galería sin sacrificar el estilo.

Un abrigo largo de pelo negro, con gorro y guantes a juego, culminaron su look.

Mientras se vestía, Madeleine ya le había puesto el uniforme a Josephine y la peinaba con suavidad. Esa práctica no solía cambiar.

Cuando estuvo lista, bajó a recoger a Jo y se despidió de su marido, que aún no se había marchado.

—Que tengas buen día, cariño —dijo Matthew—. Me imagino que después del trabajo irás al gym con las chicas.

—Sí. Como siempre.

De lunes a viernes, su rutina fluía con la misma cadencia.

Pedía un coche privado a la puerta de casa, acompañaba a Jo al colegio y luego ponía rumbo a la galería.

Allí pasaba las mañanas entre llamadas, reuniones con artistas, ajustes de iluminación y decisiones que requerían tanto ojo como intuición.

A la hora de la comida, solía salir con Claire a algún rincón cercano en Chelsea —un bistró pequeño, una terraza discreta—; otras veces comía sola, dependiendo de si Claire tenía alguna cita o algún recado que hacer.

—Isa, hoy no comemos juntas —le dijo un día nada más llegar al trabajo—. Tengo que hacer un recado al mediodía.

—¿De qué se trata esta vez? —preguntó Isabella, sin poder evitar una sonrisa.

—Voy a la Veinte un momentito. A coger un disfraz. Ya sabes, esa tienda rara con el letrero dorado… la de al lado del estudio de tatuajes.

Isabella la miró de reojo.

—¿Te acuerdas del chico con el que estoy saliendo?

—Sí…

—Pues le gustan los disfraces.

—Entiendo —dijo Isabella, riendo.

Ese chico del que Claire hablaba no pasó de esa semana.

El viernes les contó a sus amigas que había decidido dejarlo porque estaba planeando unas vacaciones y a ella le pareció algo demasiado serio, así que lo plantó en ese mismo momento, sin vacilar, argumentando que aún no estaba preparada para dar ese paso.

Alrededor de las tres y media volvían a la galería para cerrar el día.

Revisaban los últimos detalles, preparaban el día siguiente, apagaban luces, cerraban con llave…

A las cinco, puntuales como un reloj suizo, estaban en el gimnasio.

Allí las esperaba Sophie, vestida de punta en blanco, con cada detalle —hasta la goma del pelo— en perfecta armonía con la paleta de colores que vestía ese día.

Suplía sus inseguridades con su exquisita y trabajada vestimenta.

La clase de mantenimiento era su momento de desconexión.

El profesor particular se llamaba Jeremy.

Era un chico de unos veintiocho años, todo músculos, fibra pura, poco agraciado de cara pero que sabía sacarse mucho partido: cejas perfectamente depiladas, afeitado al milímetro, ropa deportiva ajustada que marcaba cada línea de su cuerpo…

Las chicas siempre bromeaban diciéndole que se arreglaba más que ellas y no era mentira.

A veces su novio venía a buscarlo al acabar las clases y ellas comentaban después, mientras tomaban su refrigerio post-entrenamiento, lo diferentes que eran ambos.

Jeremy era todo exuberancia y gestos amplios, con esa feminidad natural que no escondía; Michael, en cambio, era un abogado serio y trajeado, masculinidad pura, de los que no hacían bromas y de los que no iban al gimnasio, lo que se traducía en un cuerpo rechoncho que era la antítesis del de Jeremy.

A pesar de sus diferencias físicas, se amaban con locura.

El gym ofrecía mucho más que las clases: spa, saunas, masajes y una oferta constante de talleres como meditación guiada, yoga restaurativo o sesiones de respiración consciente. Les encantaba ir probando todas las clases y quedándose con las que más les gustaban.

Después del refrigerio se iban cada una a sus respectivas casas y vidas.

Ese lunes por la mañana, como casi siempre, Isabella sacó el móvil y abrió Blacklane: coches de alta gama, chóferes profesionales y discreción absoluta.

Con un simple clic, en cuestión de minutos, tenía un vehículo esperándola en la puerta del edificio.

Seleccionó un Mercedes Clase S, confirmó la reserva y supo que el coche estaría allí en tres minutos.

—Buenos días, señora Crawford.

—Buenos días. A The Chapin School, por favor. Después me llevará a Eluphora Room. Gracias.

Isabella y la pequeña se acomodaron en los asientos de cuero y el coche arrancó despacio. El trayecto hasta el colegio no era largo. Al llegar, bajó con Josephine, le dio un beso suave en uno de los mofletes y le colocó bien la mochila en los hombros.

—Que tengas un buen día, cariño. Te quiero.

—Yo también te quiero, mami —contestó la niña sonriendo.

Josephine corrió hacia la entrada del colegio, donde otras niñas la esperaban charlando. Isabella la observó alejarse, como hacía siempre, pero en esta ocasión sintió una ligera pena, divagando sobre sus propias dudas y cómo éstas afectarían a la pequeña.

Regresó al coche.

El trayecto hasta Chelsea podía llevar unos cuarenta minutos si el tráfico era poco fluido, así que aprovechaba para organizar mentalmente su día.

Tenía una reunión con un coleccionista a las diez, una llamada con un artista emergente a las once y debía revisar los detalles de la próxima exposición que inaugurarían a finales del mes de diciembre.

El coche se deslizó por las calles de Manhattan hacia el sur, dejando atrás las avenidas amplias del Upper East Side y adentrándose en el ambiente más tranquilo y artístico de Chelsea. Cuando llegaron a la galería, Isabella agradeció al chófer el trayecto y bajó del vehículo.

Eluphora Room se alzaba ante ella como siempre: discreta pero imponente. La fachada era de cristal, con el nombre de la galería grabado en letras doradas junto a la puerta. No había escaparate ostentoso ni carteles llamativos. La galería era un remanso de elegante paz.

Isabella empujó la puerta y entró. Caminó por el suelo de madera oscura rústica que contrastaba con las paredes beige. La iluminación, cuidadosamente diseñada, bañaba cada cuadro y escultura con una luz perfecta, ni demasiado intensa ni demasiado tenue.

Esa mañana, la galería estaba en pleno montaje para la nueva exposición.

Claire estaba en el centro de la sala principal, de pie frente a un cuadro enorme, con los brazos cruzados y la cabeza ligeramente inclinada.

Llevaba un pantalón vaquero gris oscuro que le quedaba como un guante, un jersey entallado de cuello cisne en negro y unas botas cowboy que formaban parte recurrente de su vestuario.

A su lado, un chico joven ajustaba la iluminación de uno de los focos. Claire lo guiaba con sus instrucciones.

—Un poco más a la izquierda… no, demasiado. Vuelve. Ahí. Perfecto.

Isabella sonrió al verla. Cada mañana, entrar en la galería y encontrar a Claire ya trabajando, activa, eficiente, era como una inyección de energía.

Nada parecía ponerse por delante de esa mujer.

Tenía esa capacidad de hacer que todo pareciera fácil, de contagiar su entusiasmo a los demás.

Isabella adoraba compartir espacio laboral con su amiga.

Era una de las mejores decisiones que había tomado en su vida.

—Buenos días —dijo, quitándose el gorro y los guantes.

Claire se giró y le dedicó una de sus sonrisas enormes, iluminando toda la sala.

—¡Isa! Buenos días, cariño. Llegas justo a tiempo. Estoy a punto de mandar a este pobre chico al psiquiátrico con tanto cambio en la colocación de las luces.