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—Isabella, ¡qué hermosa estás, por Dios! —dijo Aldis, saludándola con un beso en la mejilla.
—Gracias, Aldis. Matthew se acaba de ir a hablar con los inversores, si llegas un poco antes lo pillas.
—Es una pena. Tenía ganas de saludarlo y de que me contara cómo va el tema de las nuevas adquisiciones. Pero bueno, ya hablaremos. Me quedaré aquí con mi bella esposa —dijo rodeando la cintura de Sophie—. ¿No está especialmente guapa esta noche?
—Está hermosa, Aldis —contestó Isabella.
Se quedó observándolos un instante. Aldis acariciaba la espalda de Sophie con suavidad. La miraba con unos ojos tan llenos de amor que ni las palabras más hermosas lograban expresarlo. Sophie le devolvió una sonrisa —pequeña, controlada— pero sus ojos miraban hacia otro lado.
Qué triste, pensó Isabella. Pero enseguida se calló a sí misma. ¿Quién era para juzgar la felicidad ajena cuando ni siquiera comprendía la propia? Si ella, teniendo al marido que tenía, se sentía falta de deseo y de vida... ¿cómo se sentiría Sophie, que no había tenido esa chispa jamás?
Claire, que observaba todo con expresión divertida, intervino.
—Aldis, ¿has probado los canapés? Están de muerte. Creo que Matthew ha traído a un chef nuevo.
—Aún no, pero lo haré. Gracias, Claire. Seguro que están de campeonato.
Isabella aprovechó el momento para excusarse.
—Bueno, chicas, yo también tengo que cumplir con mi parte. Matthew me ha pedido que vaya a saludar a los inversores y a sus esposas. Ya sabéis, protocolo —dijo con una sonrisa.
—Ve, ve —dijo Claire, agitando la mano—. Nosotros seguiremos aquí cuando vuelvas, en estas fiestas nunca se acaba el champán.
Sophie asintió.
—Nos vemos luego, Isa.
Se alejó, adentrándose de nuevo en la multitud. A medida que avanzaba hacia donde Matthew conversaba animadamente con los tres inversores y sus respectivas parejas, sintió cómo su sonrisa social se asentaba en su rostro cual máscara perfectamente ajustada.
Matthew la vio acercarse y le hizo un gesto con la mano, invitándola a unirse al grupo.
—Señoras, caballeros, les presento a mi esposa, Isabella —dijo con orgullo, atrayéndola hacia él.
Isabella sonrió, estrechó manos, intercambió cortesías.
Los inversores eran hombres de negocios serios, de miradas calculadoras pero amables. Sus esposas, enjoyadas y elegantes, la observaban curiosas, evaluándola de arriba a abajo.
Hablaron del hotel, de Londres, de las oportunidades del mercado europeo, de lo hermosa que estaba la fiesta… Isabella asentía, sonreía y hacía los comentarios apropiados en los momentos adecuados.
Pero no era la protagonista aquí.
Este era el territorio de Matthew, su juego, su estrategia. Ella era solo un accesorio más en la exhibición de su vida perfecta.
Después de unos minutos de conversación educada, Isabella se excusó con elegancia y dejó a Matthew hacer lo que mejor sabía: cerrar tratos.
Se alejó de nuevo, tomando otra copa de champán de una bandeja que pasaba, y dejó que la música y el murmullo de la fiesta la envolvieran.
Se movía entre grupos, saludando aquí, charlando allá…
Era buena en eso, en ser la esposa del anfitrión.
Pero por dentro, mientras interpretaba su papel, una parte de ella observaba todo desde lejos, preguntándose cuándo había dejado de sentirse parte de su propia vida.
Y de repente, ensimismada en sus pensamientos, tropezó con una figura firme.
El choque fue suave, pero la hizo perder el equilibrio. Se volvió inmediatamente con la intención de disculparse, pero se sorprendió al ver al atractivo hombre con el que había chocado.
Se ruborizó al instante y el corazón se le aceleró de golpe.
—Perdone, estaba absorta en mis pensamientos —dijo, levantando la vista hacia él, consciente del rubor que le subía por el cuello.
—No pasa nada —respondió una voz grave, cálida—. Yo también iba distraído. Lamento si le he salpicado el vestido con la copa —dijo señalando al bajo del mismo.
Una pequeña mancha de champán amenazaba con estropear el tejido, pero desapareció por completo cuando ella frotó ligeramente con la mano.
—No se preocupe —dijo—. Parece que no ha sido nada.
—Sería una pena —añadió él—. Está usted preciosa.
—Muchas gracias —murmuró sonrojada.
Y por primera vez en meses, sintió que su piel ya no era cristal a punto de quebrarse, sino algo vivo, visible.
Se miraron en silencio durante unos segundos que parecieron eternos.
Isabella terminó apartando la vista, incapaz de sostener por más tiempo aquel contacto, mientras el murmullo del salón los aislaba del resto del mundo.
El traje oscuro realzaba su figura alta y atlética. Sus ojos, de un gris azulado difícil de definir, la observaban sin el menor intento de disimulo. Había algo en aquella sonrisa, en aquella barba cuidadosamente descuidada, que resultaba peligrosamente atractivo.
Por un instante, tuvo que recordarse que acababa de conocerlo.
—Que disfrute de la fiesta —dijo entornando ligeramente la cabeza—. Lamento no haber mirado por dónde caminaba.
—Ha sido un placer conocerla —respondió él.
—Lo mismo digo.
Y cada uno siguió por su lado.
Isabella se quedó un instante quieta, el eco del choque aún vivo en la piel. No era solo que fuera guapísimo, que lo era, sino que algo la había hecho vibrar, esa sensación que se tiene cuando conectas con alguien de manera inmediata.
Caminó hacia la mesa de sus amigas y se unió a la conversación con una sonrisa. No faltaba mucho para irse. Estaba cansada: quería llegar a casa, quitarse los tacones, acostarse a una hora razonable —aunque ya era tarde— y aprovechar el día siguiente antes de enfrentar el lunes.
En la mesa, todos reían mientras Claire contaba alguna de sus batallas nocturnas. Lanzó una mirada furtiva por la sala, buscando al hombre con el que acababa de chocar.
No lo vio.
En la puerta del hotel, el hombre misterioso se detuvo un instante antes de bajar las escaleras. Giró la cabeza, buscando una última vez ese pelo rojo como el fuego, esos ojos azules que se le habían clavado en la retina.
Tampoco la vio.
Había conocido a muchas mujeres hermosas en su vida, pero nunca había sentido esa sensación de conexión. No parecía desear ser admirada; de hecho, daba la impresión de estar huyendo de cualquier mirada ajena.
¿Quién sería? La pregunta flotó un segundo en su mente antes de perderse en el frío de la noche. Cogió un taxi y puso rumbo a su casa.
El resto de los invitados fueron marchándose poco a poco. Sophie, Aldis y Claire se despidieron de Isabella y Matthew, listos para regresar a sus hogares.
—El lunes nos vemos en el trabajo, cariño —se despidió Claire con un beso en la mejilla de su amiga.
—El lunes nos vemos, Claire. Y a ver si me sueltas algo de tu nueva adquisición.
—¡Eh! Que yo también quiero enterarme. Lo cuentas el viernes, en la cena —exigió Sophie, que nunca quería perderse un chisme de sus amigas.
—Vale, vale… pues en la cena —dijo Isabella, resignada.
Los Crawford abandonaron también el hotel, dejando atrás a los últimos rezagados: esos que suelen cerrar los locales y que parecen resistirse a regresar a sus casas.
Conrad les esperaba fuera, de pie junto al coche.
—Señores, ¿cómo ha ido la fiesta? —preguntó.
—Pues ha ido estupendamente, Conrad —respondió Matthew—. Pero que te lo cuente Isabella, porque yo no soy objetivo. Ya sabes que adoro las fiestas que monta mi equipo.
—Ha estado muy bien, la verdad —dijo ella—. Una fiesta preciosa. Tienes razón, Matthew, tu equipo sabe sacarle el mayor partido al hotel. Debes estar muy orgulloso.
—La verdad es que sí lo estoy —dijo él, ya entrando en el coche tras su esposa.
Al llegar a casa, reinaba la paz.
Josephine dormía plácidamente. Isabella se acercó a su habitación y le dio un beso suave en la mejilla, como cada noche antes de acostarse.
Madeleine descansaba en el cuarto contiguo al de Josephine. Ya habría oído el leve crujido de la puerta. Siempre estaba atenta a todo.
Ya en el baño, se desmaquilló con calma. Se pusieron los pijamas comentando lo bonita que había sido la velada, lo guapas que iban sus amigas, lo bien que habían ido las negociaciones con los inversores de Londres y se metieron en la cama dándose las buenas noches con un beso.
Isabella agradeció en silencio que Matthew no se pusiera cariñoso; realmente, no le apetecía lo más mínimo.
Algo rondaba en su cabeza. ¿Quién será ese hombre tan guapo con el que me tropecé en la fiesta?
Se quedó con curiosidad: ¿Cómo se llamará?
¿A qué se dedicará? ¿Será neoyorkino? ¿Estará casado?
Sin poder evitarlo, se preguntó: ¿Habrá sentido la misma energía que sentí yo? ¿Estará pensando en mí ahora mismo?
Se durmió con todas esas preguntas merodeando por su cabeza, con una sensación placentera y con una sonrisa en los labios que ni siquiera sabía que tenía, como si fuera una adolescente que acababa de venir de su baile de graduación.
Estaba feliz sin saberlo, simplemente por un encuentro fugaz en el que había sentido química con un hombre al que no conocía de nada.
En otro punto de la ciudad, ese hombre misterioso albergaba las mismas dudas que ella, mientras se acostaba al lado de su mujer, observándola y dándole un tierno beso de buenas noches en la frente.