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A pesar de ello, se pasaba el tiempo escaneando a las demás mujeres con esa mirada triste, como si estuviera convencida de que cualquier otra persona en la sala le daba mil vueltas.
—¡Isa! —gritó Claire cuando la vio acercarse, agitando su copa—. Estamos aquí. No veas con los camareros, ¿no? —le comentó cuando la tuvo al lado, propinándole un pequeño codazo.
Le encantaba el coqueteo; era su debilidad y lo ejecutaba con maestría. Independientemente de dónde estuviera, Claire siempre terminaba siendo el centro de atención: una triunfadora nata.
—Estás impresionante —dijo Sophie—. Ese vestido es una obra de arte.
—Gracias, Sophie. Me lo dices tú, que vas con ese traje despampanante —contestó ella, haciendo alusión al traje plateado.
—¿Dónde está Aldis? —se interesó Isabella por su marido.
—En el baño —respondió Sophie, restándole importancia—. Ya sabes cómo es, en cuanto llegamos a cualquier sitio tiene que ir al baño. Debe de tener mal la vejiga o no sé.
Claire puso los ojos en blanco. Era evidente que Sophie no soportaba a su marido. Las dos lo sabían y ella tampoco hacía demasiado por disimularlo. Sus comentarios nunca eran desagradables, lo respetaba, pero arrastraban un deje de hartazgo, visible e inevitable.
Aldis era poco agraciado físicamente. Bajito —incluso un poco más que ella—, rechoncho y completamente calvo.
Bueno, completamente no: llevaba una cortinilla con la que intentaba tapar la falta de pelo, una cortinilla que a Claire le parecía mil veces más ridícula que la propia calvicie.
¿Por qué no asumirá la realidad y se rapará de una vez? , pensaba.
Sophie, por supuesto, se lo había dicho en más de una ocasión. Pero él estaba convencido de que así estaba más guapo y no había forma de hacerle entrar en razón.
Menos mal que vestía bien. Siempre solía ir de traje, aunque la ropa no le lucía como debería; su cuerpo no ayudaba a que las prendas tuvieran la caída adecuada.
Tampoco era la alegría de la huerta: era un tipo soso, aburrido y con la conversación justa, siempre hablando de trabajo.
Pero Sophie no se veía como la veían ellas; en su cabeza, era fea, bajita, del montón y sin una pizca de gracia, cuando la realidad era que estaba espectacular, tenía un puesto de trabajo estupendo y un encanto que ya quisieran muchas.
Aldis y ella se conocieron cuando las tres estaban solteras y solo pensaban en exprimir la noche; en aquel entonces, ninguna buscaba compromisos, solo diversión.
Aldis, que no daba crédito a que una mujer como Sophie se fijara en él, la subió a un pedestal. Y ella se dejó querer. Convencida de que nadie la volvería a tratar con semejante devoción, se lanzó de cabeza a un noviazgo insulso.
Ignoró las advertencias de sus amigas, que le repetían que no se conformara con lo primero que apareciera, que dejara fluir las cosas, que el idóneo ya llegaría. Pero el miedo la atenazaba. ¿Y si no aparecía nadie más para formar una familia?
De hecho, fue la pionera del grupo: cuando Isabella conoció a Matthew, ella ya era la novia formal de Aldis.
Pero no fue por un flechazo, sino por puro miedo a quedarse sola.
Su gran ilusión, su meta en la vida, era ser madre.
Por eso, en cuanto alguien le abrió las puertas de su corazón, aunque no fuera ni de lejos el hombre de sus sueños, lo dejó entrar en su vida y se puso manos a la obra.
—No seas mala, Sophie. Estará nervioso y se lo hará encima, quién sabe… —bromeó Claire, soltando una carcajada—. Pero bueno, hablando de hombres… —añadió, cambiando el tono y dibujando una sonrisa llena de misterio.
Isabella y Sophie la miraron al instante, intrigadas.
—¿Novedades? —preguntó Isabella.
—He conocido a alguien —soltó Claire, dando un sorbo a su champán en actitud interesante.
—Pero bueno, chica, qué callado te lo tenías. ¿Quién es esta vez? —exclamó Isabella divertida.
Claire soltó una carcajada.
Joven, soltera y sin prejuicios, se sentía libre para conectar con cualquier persona sin importar su género, aunque los ligues no le solían durar mucho; en cuanto algo se ponía más serio de la cuenta, cortaba por lo sano.
Isabella no sabía si lo de su amiga era miedo al compromiso o que de verdad disfrutaba de la soledad.
Claire no le debía explicaciones a nadie, y a Isabella eso le parecía un auténtico lujo.
Ella misma era una mujer libre, no podía negarlo, pero aun así añoraba la sensación de no tener que dar cuentas a nadie.
Extrañaba esa libertad de hacer, decir o ir a ver a quien le diera la gana sin tener que dar el más mínimo parte.
En el fondo, lo que de verdad echaba de menos era la adrenalina de conocer a alguien nuevo: las citas, el torrente de sangre corriendo más rápido por las venas, la sensación de estar viva y llena de energía.
Le faltaba la chispa de la novedad, la aventura de lo desconocido y ese vértigo idílico que solo produce el enamoramiento.
—¿Quién es? ¿Cómo es? —disparó Sophie, acercándose a Claire con la intención de nutrirse de sus anécdotas, como hacía siempre.
Vivía a través de ellas. Su faceta sentimental era tan tremendamente aburrida que cualquier aventura que contara su amiga le inyectaba un soplo de energía.
—El viernes —sentenció Claire—. Cenamos las tres y os lo cuento todo, con pelos y señales. Lo prometo. Os voy a llevar a un sitio que os va a flipar.
Sophie resopló, resignada; sabía lo mucho que a su amiga le gustaba estirar el suspense.
—Eres malvada.
Las tres se echaron a reír mientras Claire señalaba a Matthew con un leve gesto de la barbilla.
—Está en su salsa, ¿eh?
Sophie giró la cabeza y su rostro se dulcificó al instante.
—Es increíble cómo se maneja este hombre —dijo, casi con un suspiro—. Sabe qué decir, cómo hacer que la gente se sienta importante. Es un don. Y encima está guapísimo.
Isabella y Claire se miraron disimuladamente un instante.
—Sí, es muy bueno en lo suyo —dijo Isabella intentando no darle importancia.
—Es más que eso —continuó Sophie, sin apartar los ojos de Matthew—. Es… no sé, tiene esa presencia, ¿sabes? Cuando entra en una habitación, todos lo notan. No todos los hombres son así.
—Sophie, cariño, si sigues mirándolo de esa manera, la gente va a pensar que estás planeando secuestrarlo —dijo Claire con una risa burlona.
Sophie se ruborizó al instante.
—No seas ridícula. Solo estaba diciendo que Isabella tiene suerte.
—Lo sé, cariño —dijo Isabella, aunque las palabras sonaron huecas incluso para ella.
En ese momento, Matthew se acercó a las chicas.
—Señoras, ¿cómo va todo por aquí? ¿Necesitan que les traiga algo? —preguntó, rodeando con un brazo la cintura de Isabella. Las trataba de usted con ese aire de caballero antiguo, dejando que se le notara en la mirada que bromeaba para divertirlas.
—Estamos perfectas, Matthew —respondió Claire—. Te has lucido con la fiesta; eres el Rey de Manhattan, no hay quien te baje del trono. Enhorabuena.
Claire le tendió la mano de manera afectuosa.
—Gracias, Claire. Viniendo de la auténtica experta, me lo tomo como el mejor de los cumplidos —respondió él, aceptando la mano que ella le tendía.
Sophie se había quedado callada, pero sus ojos brillaban mientras observaba a Matthew.
Se sentía pequeña y se avergonzaba un poco en su presencia; deseaba con todas sus fuerzas tener la soltura de Claire para poder hablarle así, de tú a tú y sin trabarse.
Y por supuesto, ni qué decir tiene lo que daría por ser Isabella y poder disfrutar de un hombre como él cada día.
—Sophie, estás radiante esta noche —dijo Matthew, dedicándole una de sus sonrisas—. Ese traje te queda espectacular.
—Gracias, Matthew —respondió ella, con las mejillas sonrojadas—. Tú también estás muy guapo.
Isabella observó la interacción entre divertida y resignada. Sophie era tan transparente, tan predecible... Matthew, como siempre, se mostraba educado y amable, sin cruzar jamás ninguna línea.
—Bueno, señoras, disculpadme. Tengo que volver con los inversores. Isabella, ¿vendrás luego a saludarlos?
—Por supuesto —respondió ella.
Matthew le dio un beso en los labios, que para Sophie fue como una punzada de dolor, y se alejó de nuevo, perdiéndose entre la multitud.
Claire e Isabella hablaban a menudo en el trabajo sobre el pequeño amor secreto de Sophie hacia Matthew, pero solo cuando ella no estaba presente.
No lo hacían por cotillear ni con maldad, sino porque querían preservar la comodidad de su amiga y la armonía del trío.
Sabían que era un tema delicado y evitaban abordarlo abiertamente.
Ambas coincidían en que debía de ser triste vivir al lado de un hombre al que aprecias, pero no amas de la manera en que una vez soñaste hacerlo.
En más de una ocasión habían intentado averiguar si Sophie era realmente feliz, cosa que dudaban.
Le recordaban que la vida era demasiado corta para conformarse, pero ella siempre respondía lo mismo: estaba a punto de cumplir cuarenta años, tenía dos hijos, un marido que la trataba bien y una vida construida.
La idea de separarse jamás había formado parte de sus planes.
Aldis apareció entre la gente y se dirigió hacia ellas con esa seguridad que tanto irritaba a Sophie.
Caminaba erguido, con la cabeza alta, como si fuera el hombre más atractivo del lugar; y lo peor es que parecía creérselo de verdad.
Era un hombre orgulloso de su vida y de la mujer tan espectacular que tenía al lado; para él, Sophie era la prueba definitiva de su valía.
—Aquí estáis —dijo con voz suave—. Pensé que os había perdido entre tanta gente.
—Hola, Aldis —lo saludó Isabella con una sonrisa de oreja a oreja.
A ella le caía bien. Era cierto que, físicamente, era todo lo contrario a lo que una mujer busca en un hombre, pero le parecía alguien inteligente, buena persona y que se desvivía por su amiga.
Era el directivo de una de las empresas telefónicas más importantes del país y sí, a veces se ponía un poco pesado hablando de negocios, de su empresa o de la de otros, y no paraba de alabar a Matthew por todo lo que había logrado;
no era precisamente el alma de la fiesta ni la persona con la que Isabella más conectaba, pero le gustaba. Había algo en él muy noble.