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Conrad, el chófer de la familia, era un hombre al que llevaba viendo años, desde que compraron el ático, unos tres meses después de que Matthew le pidiera matrimonio en Central Park.
Pasó a ser el chófer de la familia poco tiempo después de la compra.
Matthew se encargó de buscarlo, por supuesto; Isabella consideraba que esas gestiones eran competencia exclusiva de su marido.
En ese aspecto, ella había tenido los roles muy bien establecidos.
Quizá sonase antiguo o retrógrado, pero se sentía feliz con aquella separación de poderes.
Ella se encargaba de unas cosas y su marido de otras.
A Isabella jamás se le habría ocurrido encargarse de los seguros o de contratar al chófer, del mismo modo que sabía que a Matthew ni se le pasaría por la cabeza alterar la decoración de ninguna estancia de su hogar o elegir la ropa de la pequeña Josephine.
Conrad era un hombre negro, muy alto, un poco más que Matthew, que rondaba el metro noventa. Era un hombre tan fuerte que Isabella pensaba que podía ejercer tanto de chófer como de guardaespaldas si fuera necesario.
Tenía la cabeza rapada, pero se le vislumbraba un pelo fuerte, rizado y brillante; ella estaba segura de que sería muy frondoso si lo llevara largo.
Era recto, educado, elegante y de porte señorial. Cada vez que subía al coche, la recibía con buenos gestos y palabras amables.
Vestía siempre de colores oscuros.
A sus cuarenta y cuatro años, no mostraba atisbo alguno de arrugas ni imperfecciones, tenía una barba muy poblada y sus dientes eran blancos como perlas.
Le parecía muy guapo, pero nunca se había fijado en él hasta ahora.
Se sorprendió a sí misma pensando en lo atractivo que era su chófer, al que jamás había preguntado cómo estaba o si tenía novia.
Su premisa de no interactuar más de la cuenta con las personas que trabajaban para ellos era algo que llevaba a rajatabla.
Pero en esa ocasión reparó en él más de lo habitual.
Notó que estaba más fuerte que la última vez, que el jersey gris se le ceñía a los músculos de los brazos y los pectorales como nunca.
Estaba en plena forma, sin duda. El pantalón de pinzas le hacía un trasero respingón y marcaba sutilmente la musculatura de las piernas.
—Señores, buenas noches —dijo con un gesto reverente—. Señora, hoy está especialmente hermosa, si me permite que se lo diga —añadió mientras le abría la puerta trasera con elegancia.
—Muchas gracias, Conrad. Tú también estás especialmente guapo hoy.
—Gracias, señora Crawford.
El chófer mantuvo el rostro impasible, ocultando la sorpresa que le sacudió por dentro. Jamás su jefa le había hecho un comentario de ese estilo; a menudo pensaba que ella ni siquiera lo miraba. Aquella noche le sorprendió lo amable y cercana que se mostró.
A Conrad, la señora Crawford le parecía una dama hermosa, elegante y distinguida.
Es obvio que jamás mostró ni un ápice de interés por Isabella; no podía permitirse algo así.
Para él, su trabajo era muy importante y bajo ningún concepto lo pondría en peligro porque su jefe notara que su chófer le tiraba los tejos a su esposa.
Estaba soltero. Había estado casado años atrás con su novia de toda la vida, pero la relación no prosperó. Fue entonces cuando dejó Minnesota y se mudó a Nueva York en busca de un nuevo comienzo. No tenía hijos, pero le habría gustado formar una familia algún día.
Ese deseo no llegaría a cumplirse nunca.
Al llegar a Nueva York, empezó desde abajo, trabajando en una empresa de alquiler de coches convencional.
No era lo que había soñado, pero era un comienzo, una forma de establecerse en la ciudad y aprender cómo funcionaban las cosas en Manhattan.
Conducía vehículos estándar, recogía clientes en el aeropuerto, llevaba ejecutivos de un lado a otro.
Era un trabajo honesto, pero sabía que podía aspirar a más.
Una noche de viernes, recibió una llamada para un servicio especial: un grupo de hombres celebraba una despedida de soltero en uno de los hoteles de la ciudad y necesitaban varios coches para llevarlos de vuelta a sus casas.
Le tocó conducir uno de esos vehículos.
En el asiento trasero iban dos hombres trajeados, aún eufóricos de madrugada, riendo y bromeando entre ellos.
Uno era Joel Hodge, un ejecutivo de inversiones que no paraba de charlar con él como si fueran viejos conocidos, preguntándole de dónde era, cuánto tiempo llevaba en la ciudad, qué le había traído a Nueva York…
No le dio mucha importancia a aquella conversación en ese momento.
Pero unos días después recibió una llamada de Joel, sobrio esta vez, para decirle que un amigo suyo necesitaba un chófer particular.
Así fue como Conrad conoció a Matthew Crawford y encajó con él a la perfección desde el primer instante.
Por supuesto, Matthew no se quedó solo con la intuición: pidió referencias a su empresa, investigó quién era, de dónde procedía, su familia, su historial… Exactamente igual que hacía con todas las personas que formaban parte de su vida o trabajaban para él.
Y así fue como pasó de conducir vehículos convencionales a convertirse en parte esencial de la vida de los Crawford.
Los dos hombres forjaron una relación sólida.
Se veían a diario, pasaban horas juntos en desplazamientos interminables por la ciudad.
Era leal, discreto como había prometido, una sombra silenciosa en disposición constante.
Y Matthew le compensaba generosamente, no solo con dinero, sino con ese reconocimiento tácito que solo se otorga a quien resulta indispensable.
Sabía que no podría estar en ningún lugar mejor. Le gustaba lo que hacía: conducir, gestionar los vehículos de los Crawford y organizarlo todo según las necesidades de cada evento. Se sentía feliz y, sobre todo, valorado.
El coche se deslizó apaciblemente por las calles de Manhattan hasta detenerse frente a The Sterling Hotel.
Isabella conocía ese edificio como la palma de su mano; había pasado innumerables veladas allí, pero cada vez que lo veía iluminado en todo su esplendor, no podía evitar admirarlo.
Conrad les abrió la puerta y ambos bajaron del vehículo.
El aire frío les golpeó fuerte la cara, pero la calidez que emanaba del vestíbulo del hotel contrastaba con ese frío prometiendo refugio inmediato.
Matthew le ofreció el brazo a Isabella y juntos atravesaron las puertas principales acristaladas.
El vestíbulo lucía completamente transformado.
Pese a que diciembre aún quedaba a unos días de distancia, Matthew había adelantado la decoración navideña para la ocasión.
El despliegue, lejos de ser recargado, era imponente: guirnaldas de abeto natural con lazos de terciopelo rojo y destellos dorados serpenteaban ascendiendo por las columnas de mármol.
En el centro, un árbol de Navidad de al menos cuatro metros presidía el espacio, decorado con bolas doradas y rojas que capturaban la luz de las arañas de cristal. Era elegante y sofisticado, exactamente lo que Matthew buscaba.
Un joven uniformado les recibió en el ropero, situado discretamente a la izquierda del vestíbulo. Se despojaron de sus abrigos.
Aquella noche, el espacio se había transformado en el escenario perfecto para una celebración de alto nivel. Entre las mesas distribuidas por la sala, los invitados conversaban mientras los camareros circulaban con bandejas repletas de canapés y copas.
En una esquina del salón, una banda de jazz en vivo tocaba moderadamente.
En la barra, las cubetas de hielo rebosaban botellas de champán y otras bebidas cuidadosamente seleccionadas para la ocasión. Los camareros se movían entre los invitados con eficacia impecable. Todos ellos muy atractivos, pensó Isabella, incapaz de evitar fijarse en aquel detalle.
Escaneó la sala. Reconoció rostros de amigos y conocidos: ejecutivos de Wall Street con sus esposas enjoyadas, cirujanos reputados, empresarios…
También estaban los empleados clave de Matthew, que siempre había creído en cuidar a su equipo, en hacerles sentir parte del éxito. Un hotel no es solo un edificio, solía decir, son las manos de la gente que lo cuida, lo quiere y lo hace funcionar.
Y por supuesto, estaban los inversores. Tres hombres trajeados, acompañados de sus respectivas parejas, conversaban cerca de una de las mesas altas.
Matthew llevaba meses volcado en el proyecto de Londres.
Abrir un hotel de tal envergadura exigía un capital colosal, incluso para alguien de su posición.
Necesitaba socios estratégicos que aportaran no solo dinero, sino también conocimiento del mercado europeo y conexiones en Londres.
Esa noche no era solo una celebración; era una exhibición.
—Isabella, cariño, voy a saludar a los Gilmore. Luego tengo que hablar con los inversores. ¿Estarás bien? —preguntó Matthew, ya con la mirada puesta en sus objetivos de la noche.
—Por supuesto, Matthew. No te preocupes por mí. Las chicas estarán por ahí —respondió ella con una sonrisa.
Matthew le dio un beso en la mejilla y se dejó llevar por la marea de gente. Daba gusto verlo: estrechando manos y repartiendo sonrisas. Sin duda, Matthew estaba en su elemento.
Isabella suspiró y buscó con la mirada. No tardó en encontrarlas: Claire y Sophie estaban ya sentadas, copas de champán en mano, observando el flujo de personas en el salón.
Claire iba vestida de negro, un tono al que recurría a menudo; no solo le gustaba, sino que le sentaba de escándalo.
Llevaba un diseño de corte recto hasta las rodillas, manga abullonada y un escote discreto a la par que elegante.
No le hacía falta más: su altura y sus curvas hacían el resto del trabajo.
Isabella la envidiaba por tener la capacidad de quitarle hierro a todo.
Era de esas personas que ven la vida como un juego, una partida que solo sirve para divertirse.
Para ella, si no se trataba de un problema de salud grave, no valía la pena perder el sueño ni preocuparse por nada.
Sophie, en cambio, era una mujer insegura, a pesar de su hermosura y de su talento.
Llevaba un dos piezas de traje sastre en plateado brillante que captaba todas las luces del salón.
Con su melena morena cayendo en ondas suaves sobre los hombros y sus ojos verdes maquillados para resaltar, estaba realmente bonita.