El secreto de Isabella 1 #3
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La taza, grande y ancha, en un marrón degradado, estaba ya algo gastada, posiblemente como su relación, pero aun así seguía siendo su preferida.

—Tengo que ir al Sterling —dijo Matthew, dando por terminada la conversación antes de que empezara.

Isabella sintió cómo el enfado le subía por el estómago.

—Pero es sábado, cariño. Pensé que haríamos algo. ¿Recuerdas que dijiste...?

—Lo sé Isabella, pero hoy es la cena de gala. Ya sabes que me gusta estar allí. Además vienen los inversores interesados en abrir el hotel en Londres. Hoy tiene que estar todo perfecto.

Se levantó de la silla y le dio un beso en la frente.

—A eso de las seis estaré por aquí para ponerme guapo y luego nos vamos, ¿vale?

—Vale, Matthew. Estaré lista —dijo ella—. Se tragó el resentimiento y se dirigió hacia Josephine—. No pasa nada, tú y yo haremos algo, ¿verdad, pequeña?

—¡Sí, mami! ¡Me apetece ir al Rockefeller de compras!

—Perfecto —Isabella sonrió con cariño a su hija—. Iremos a donde te apetezca. Y después, ya me prepararé para la fiesta en el hotel de papi.

Matthew compartía con ella esa búsqueda incansable de la perfección, y eso era algo que Isabella, en el fondo, no podía recriminarle.

El hotel era su creación personal. Aunque delegaba la operación diaria, mantenía una vigilancia constante; nunca dejaría sus sueños en manos de otros, pues cualquier error operativo era una amenaza directa a su prestigio.

Para Matthew, la propiedad no era solo un título, sino una responsabilidad que exigía un control absoluto. Este rasgo, si bien era la base de su éxito, drenaba el oxígeno del matrimonio, consumido por las incontables horas que Matthew dedicaba a su imperio.

Pero Isabella no podía levantar una protesta legítima; al fin y al cabo, había elegido a Matthew con pleno conocimiento de su naturaleza.

Las dos chicas se pusieron sus abrigos más calentitos, con bufandas, gorros y guantes a juego, listas para esa aventura que Nueva York siempre ofrece.

Aunque el frío de finales de noviembre calaba hasta los huesos, el ambiente del Rockefeller Center calentaba el alma.

Era como entrar en un cuento de Navidad.

Todo empezaba a brillar, las luces asomaban por todas partes y el icónico árbol de Navidad estaba a punto de encenderse.

El aire olía de maravilla, a castañas recién hechas, y a la magia navideña.

Los escaparates estaban llenos hasta el tope, y Josephine iba dando saltos de alegría por la juguetería, con los ojos abiertos como platos, buscando cuál sería el nuevo amigo que se llevaría a casa.

El interior era un laberinto de estanterías rebosantes de peluches y juguetes de todo tipo, y Jo no podía evitar ir abrazándolos uno tras otro.

Isabella la seguía, feliz de verla tan ilusionada, observando el río de gente que las rodeaba. Nueva York la llenaba por completo; sentía que pertenecía a ese ritmo, a ese caos hermoso.

Al regresar a casa, el tiempo ya apremiaba a Isabella. Aunque había disfrutado cada minuto con Jo, no podía ignorar la gala de esa noche, un evento donde su presencia debía brillar con luz propia, como si fuera una verdadera estrella de cine.

Las fiestas y los cócteles le encantaban.

Cada evento era una excusa perfecta para divertirse, disfrutar de la buena gastronomía y del mejor champán. Y últimamente, del selecto catálogo masculino que frecuentaba esos círculos.

No dejaba de sentirse mal cada vez que se arreglaba pensando en otros hombres y no en su marido, pero lo hacía igualmente, no era algo que pudiera controlar.

No es que no quisiera a su marido o pensara en separarse; simplemente se sentía atraída por otras personas, y por más que luchaba contra ese sentimiento, no conseguía que desapareciera.

De nuevo en su vestidor, la auténtica joya de la corona del ático, eligió un vestido de terciopelo burdeos de corte sirena y manga larga.

El tono de la prenda, casi idéntico al de su melena, resaltaba aún más su figura.

Después escogió los accesorios entre las vitrinas y cajones donde guardaba su extensa colección de bolsos y complementos.

Cerca de las cristaleras que enmarcaban Manhattan, un gran espejo de pie reflejó su imagen cuando se detuvo un instante a contemplarse.

En el dedo anular de su mano izquierda llevaba su inseparable anillo, una preciosa pieza de platino con un brillante del tamaño perfecto coronando el centro.

No era la mejor joya que tenía en su joyero, pero sí la que le había regalado Matthew cuando estaban enamorados y el tiempo se paraba a su alrededor.

Una noche mágica de verano, aproximadamente un año antes de casarse, él la llevó a Central Park justo cuando el sol comenzaba a despedirse, bañando el césped en una cálida luz dorada.

Montó un picnic con mantel de cuadros, cesta y todo incluido.

No se le veía con mucha pericia en lo que a montar picnics se refería, pero ella no recordaba haber visto más emoción en los ojos de Matthew que en aquella cena al aire libre.

De la cesta fue sacando una selección de quesos artesanos, frutas frescas, panes elaborados a mano y los mejores embutidos de la ciudad.

También descorchó una botella de champán y preparó las copas para la ocasión.

Y ahí, después de comer, de reír, de besarse y de amarse como locos, bajo la serenidad que trajo la luna llena, que se había alzado hermosa sobre el skyline, él le pidió matrimonio,

arrodillándose en el suelo como marcaba la tradición y haciéndole entrega de una cajita azul con el precioso anillo en su interior.

Cuando ella lo vio, no por el anillo sino por el momento y por el lugar, se emocionó y lloró desconsoladamente de felicidad.

Nunca olvidaría ese día: el recuerdo de la calidez del sol en su piel al atardecer, la hermosura de la luna al coronar la noche y la emoción en los ojos de Matthew.

De vuelta a la realidad, frente al espejo, la combinación de sus pecas, su piel clara y aquella melena cobriza componían una imagen casi etérea, una belleza natural que apenas necesitaba artificios.

Sintió a Matthew trastear en la habitación y se acercó a la puerta.

Tenía ganas de ir a la fiesta con su marido.

Aunque llevaba tiempo con pensamientos que la perturbaban y se empezaba a cuestionar las cosas, quería seguir luchando por su matrimonio.

Y esas fiestas, así como las cenas, los paseos o los planes que hacían, la entusiasmaban y eso se notaba en su actitud.

—Cariño, ya estoy lista. Si necesitas ayuda, me avisas —dijo ella, acercándose a Matthew con una sonrisa.

—¡Wow!, estás radiante, Isabella. Vas a dejar a todos boquiabiertos —admitió él, recorriéndola con la mirada—. Ese vestido te queda espectacular.

Tras el piropo, Matthew dio un paso atrás y se sujetó las solapas de la americana con una mueca divertida.

—Yo creo que ya estoy listo también. ¿Qué te parece?

Matthew llevaba puesto un traje de tres piezas. Como no podía ser de otra manera, le sentaba como un guante.

El traje era de un potente azul marino, casi medianoche, y lo había combinado con un chaleco en gris perla que rompía la seriedad y le daba un toque muy interesante.

Qué hombre más guapo. ¿Por qué no puedo seguir deseándolo como antes?

¿Qué ha pasado…? Realmente la apenaba sentir esas dudas, porque el hombre que tenía ante sus ojos lo englobaba todo.

Y sin embargo se daba cuenta de que no lo deseaba.

El no entender por qué pasaba aquello la frustraba y le partía el corazón.

Justo entonces, una voz resonó desde la planta inferior. Era Madeleine.

—Señores, el chófer está listo. Les espera abajo.

—Estupendo. Gracias, Madeleine —respondió Matthew cortésmente—. Vamos, cariño. Disfrutaremos esta noche juntos —dijo a su mujer cogiéndola de la mano.

Llenó de besos el rostro suave de su hija mientras la niña alababa el hermoso vestido que su madre había elegido para la fiesta. Le encantaban los vestidos de su mamá, siempre decía que parecía una princesa.

—Que la pequeña cene pronto y se acueste a la hora. ¿De acuerdo, Madeleine? —ordenó Isabella con un tono amable.

—Sí, señora. Todo como siempre —contestó ella.

Isabella no sabía mucho acerca de la vida privada de las personas que orquestaban su hogar.

Siempre había pensado que era mejor así; involucrarse demasiado solo podía traer problemas innecesarios.

Al ver a Madeleine retirarse, se preguntó fugazmente si su personal escondería algún secreto tormentoso.

¿Cómo serán sus familias o sus amistades?

¿Tendrán pareja? ¿Estarán enamorados? ¿Tendrán sexo placentero?

¿Serán felices? ¿Quizá infieles…? Esos pensamientos resonaban en su cabeza muy a menudo, preguntas recurrentes, cuyas respuestas jamás se molestó en descubrir.

Qué curioso, pensó, que me resulte más fácil preguntarme si Madeleine o el resto del servicio son felices realmente, que formularme esa pregunta a mí misma.

Sacudió la cabeza, intentando apartar esas divagaciones incómodas que amenazaban con perturbar su salida de esa noche.

Conrad les esperaba abajo, y tenían una fiesta a la que asistir.