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Él se rio, una risa cariñosa que le iluminó el rostro, e Isabella no pudo evitar reírse también.
Le encantaban los hombres caballerosos, siempre había sido uno de sus puntos débiles, pero si además venía acompañado de un físico como el suyo, entonces ya no tenía nada que hacer.
Recordaba haberse quedado prendada de él desde el primer momento.
—Estaba empezando a desesperarme, eso es cierto. Es increíble la cantidad de gente que hay en este local. Mi amiga tenía razón con lo de que es el local de moda de Manhattan.
—Sí que lo es. Pero pedir en la barra es misión imposible, como has podido comprobar.
—Menos para ti.
—Digamos que vengo muy a menudo —dijo él, extendiendo la mano—. Soy Matthew Crawford.
—Isabella Sallow —respondió ella, estrechándole la mano. Sintió que la suya era grande, suave y firme.
—Encantado de conocerte, Isabella. Nosotros estamos en la despedida de soltero de uno del grupo. Hemos venido a pasar un buen rato aquí. Y me alegro de haberlo hecho, no sabía que me iba a encontrar con la mujer más guapa de la ciudad esta noche.
Isabella se ruborizó al instante, sin saber que eso era precisamente lo que llamaba la atención del hombre que tenía enfrente, acostumbrado a que las mujeres fueran lanzadas y directas, haciendo que perdiera el interés por ellas por ponerlo demasiado fácil.
—¿Estás casada o tienes pareja? —le preguntó él directamente.
—No, estoy soltera.
—No me creo que una mujer como tú esté soltera.
—Vas a hacer que me sonroje.
—Ya veo, ya —dijo él, rozándole la mejilla con una caricia suave—. ¿Te apetece bailar? —añadió, atrapándole la mano para arrastrarla de cabeza a la pista y obligarla a mover el esqueleto.
Isabella miró hacia atrás. Sophie y Claire la observaban desde la barra sin perderse ni un detalle.
Claire le hizo un gesto con la mano que claramente la animaba a continuar con él.
Isabella volvió a mirar a Matthew y asintió.
—Me encanta bailar.
Y fue allí, bajo las luces suaves de aquel local de moda en Manhattan, donde Isabella Sallow conoció a Matthew Crawford, propietario del prestigioso The Sterling Hotel.
Un hombre de negocios cuya ambición encajó con la suya desde el primer instante, y que acabaría convirtiéndose en su marido, sumándose a esa vida perfecta que ella ya tenía y elevándola a una existencia de lujos y privilegios.
Se casaron tres años después de aquel encuentro, y dos años más tarde nació Josephine.
Su matrimonio era un reflejo de su éxito: un ático en Park Avenue, servicios de chófer, lujo discreto y una vida diaria que era una sucesión de trajes impecables, tacones de diseño y fiestas.
Ganaban ingentes cantidades de dinero y no escatimaban en nada.
Matthew no ocultaba su deseo de expandir ese imperio, y ella adoraba su ambición y sus ganas de crecer.
Pero todo aquel cuento de hadas hecho realidad empezaba a resquebrajarse.
Lo más inquietante era que Isabella ni siquiera sabía cuándo había comenzado a ocurrir ni por qué. Aquella perfección, simplemente, ya no bastaba.
Quería a Matthew; era el padre de su hija, su compañero y su mejor amigo.
Sin embargo, la rutina se había instalado entre ellos de forma silenciosa, apagando poco a poco aquello que un día los había unido.
Las mariposas habían muerto hacía tiempo y la verdad la golpeaba como un eco en medio de su lujoso silencio.
Esa mañana de sábado decidió deslizarse bajo el chorro de la ducha. Pasó un tiempo considerable bajo esa lluvia aromática, realizando con parsimonia su ritual de autocuidado.
Al terminar, tomó la toalla de algodón y secó su piel con movimientos suaves.
Se aplicó ese elixir que mantenía su melena pelirroja radiante, se deslizó en una bata de seda color marfil, y se dirigió a su vestidor.
Allí se decantó por un conjunto negro de estar por casa cuyos puños, adornados con plumas, aportaban la elegancia que Isabella era incapaz de abandonar ni siquiera en la intimidad de su hogar.
Una vez lista, descendió por la majestuosa escalera que desembocaba en el corazón del ático. El salón se abría ante ella como un espacio inmenso y luminoso, rodeado de altas cristaleras que enmarcaban el perfil de Manhattan.
En el centro destacaba un piano de cola blanco Steinway, testigo de incontables cócteles, cenas navideñas y reuniones organizadas por Matthew a lo largo de los años.
A veces, algún invitado lo hacía sonar con maestría; otras, contrataban a un profesional.
Isabella había intentado aprender, pero el tiempo escaseaba y el instrumento siempre se le había resistido.
Ella creía firmemente que se necesitaba un don natural para tocar el piano, pero lo amaba con locura: bastaba escuchar las primeras notas para que se le erizara la piel.
La cocina americana giraba en torno a una gran isla donde la familia compartía la mayor parte de sus comidas.
Allí estaba sentado Matthew, absorto en el móvil, o en la tablet, como casi todas las mañanas. Frente a él, el tazón verde agua contenía su café americano de cada mañana, junto a sus tostadas de masa madre con aguacate y semillas de sésamo.
Era tan extremadamente predecible en sus desayunos, como en todo lo demás. Esa estabilidad rigurosa, ese orden siempre calculado, la había enamorado al principio. Pero con el tiempo, esa previsibilidad se había vuelto un hastío soberano.
Le aburría profundamente que jamás se saliera de sus estrictos límites. Lo que antes la atraía de Matthew, ahora la aburría; nada estaba dejado al azar, ni siquiera el desayuno.
Una figura discreta se movía en la cocina, borrando cualquier evidencia de la preparación del desayuno.
Era parte del pequeño equipo de servicio que aseguraba la perfección inmutable de la residencia, una logística invisible que permitía a Isabella desentenderse de la rutina diaria.
Para ella, esa era la mejor parte de la riqueza: un funcionamiento impecable, digno de su exigencia, sin el menor esfuerzo propio.
De entre todo el personal de la casa, su debilidad era Madeleine; contar con ella como ama de llaves interna era un auténtico lujo.
Era ella quien realmente sostenía la casa, dirigiendo la rutina doméstica con una eficacia silenciosa y absoluta.
Siempre con el uniforme impecable y su moño bajo recogiendo sus cabellos canosos.
Isabella la veía casi como un ángel de la guarda; con los años habían forjado una relación cordial y su hija la adoraba.
Madeleine no solo organizaba la logística del hogar, sino que era ella misma quien se ponía al frente de los fogones.
Cocinaba con maestría, preparando desde desayunos ligeros hasta cenas sofisticadas, mientras supervisaba que cada rincón estuviera perfecto.
Josephine, con su pijama de ositos de colores y el pelo revuelto, jugaba sobre la alfombra de lana virgen del salón. Al ver a su madre bajar por las escaleras, soltó una exclamación de alegría y corrió hacia ella.
—¡Mami, mami! ¿Vamos a desayunar juntas?
Isabella se agachó y besó la mejilla suave y pecosa de su hija, aspirando el dulce aroma a vainilla del champú infantil.
—Por supuesto, cariño.
Tomó su sitio frente a Matthew. Él apenas levantó la vista, absorto, como de costumbre. A veces creo que soy invisible, pensó Isabella. Aunque sabía que él la quería, su inmersión en el hotel, sus finanzas y sus aspiraciones lo tenían completamente absorbido.
—Buenos días, cariño —dijo Matthew cuando se percató de que ella estaba sentada enfrente—. Estoy liadísimo con el evento de esta noche —se excusó—. Espero que salga todo bien.
—Buenos días, Matthew —contestó ella, con un tono frío al que él no pareció darle importancia—. No te preocupes, que saldrá todo a pedir de boca.
Isabella siempre había recordado a Matthew como un conquistador nato.
Todas las mujeres que se cruzaban en su camino se quedaban prendadas; sus amigas siempre alababan al hombre que había conseguido.
Aquello le agradaba, aunque al principio los celos la invadían hasta dolerle.
Vivía con el miedo constante de que alguna mujer más alta, más guapa o con mejor cuerpo pudiera arrebatarle al hombre de sus sueños.
Por eso se exigía mantenerse siempre perfecta para él y se aseguraba de que no tuviera carencias que lo empujaran a buscar a otra.
Incluso Sophie, que se había quedado fascinada con Matthew desde el mismo día en que se conocieron en aquel local, le sonreía de forma coqueta cada vez que coincidían y le reía todas las gracias, esforzándose por complacerlo con respuestas ingeniosas.
Sophie siempre lo defendía a capa y espada y le repetía a Isabella que debía sentirse agradecida por tener un marido así.
Matthew era uno de esos hombres que hacen que te gires en la calle para mirarlo.
Seguía siendo robusto, de cuerpo musculado gracias a sus carreras diarias, y los trajes de corte perfecto seguían siendo su uniforme.
El tiempo había dejado su huella: algunas canas plateaban su pelo, las arrugas marcaban las comisuras de sus ojos y su frente, pero lejos de restarle atractivo, esos signos de madurez lo hacían aún más interesante, pareciendo haber sido diseñados para él.
Pero a ella ya le daba igual que las camareras, las dependientas o cualquier mujer por la calle se quedaran embelesadas mirándolo.
Ya no sentía esos celos que la invadían como monstruos en otra época.
Ahora era la ausencia de los mismos, la que la golpeaba con fuerza.
Echaba de menos sentirse viva; esa necesidad de esforzarse, de querer abrazar y besar a su marido a todas horas, de compartir tiempo con él sin importar lo que estuvieran haciendo.
Echaba de menos la simplicidad de pasear por la calle cogidos de la mano, de planear viajes o aventuras, la sensación de estar enamorada.
Ahora solo le quedaba la punzada de la nostalgia.
De vuelta a la realidad, Isabella le dio un sorbo a su café con leche de máquina.
Siempre lo tomaba en la misma taza, era su taza favorita.
La había comprado en Kenia, en uno de los viajes que había hecho con Matthew.
Ese viaje lo recordaba en concreto porque había sido magnífico, muy divertido y reconfortante, quizá uno de los mejores.