El secreto de Isabella
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Isabella Crawford se peinaba su larga melena frente al enorme espejo dorado de su baño.
Su cabello, ondulado y pelirrojo, del color de las hojas en otoño, caía en cascada sobre sus hombros desnudos.
El reflejo le devolvía la imagen de una mujer de treinta y seis años, hermosa, de piel fina y blanca, casi cristalina, salpicada de pecas.
Sus labios rosados y gruesos, que armonizaban perfectamente con su pequeña nariz, le otorgaban un aspecto angelical.
Sonrió levemente.
Le gustaba hacer ejercicio. No solía faltar a su cita con el gimnasio, donde su entrenador personal la esperaba para su clase de mantenimiento. Esas sesiones las hacía normalmente por las tardes, junto a Claire y Sophie, sus dos mejores amigas.
Era sábado.
Los fines de semana, Isabella se permitía un respiro.
Disfrutaba de un baño relajante, de la lectura, de largos paseos y, en especial, de Josephine, su hija de ocho años, de cabello rubio fresa y ojos azules como los de ella, que seguía dormida pese a que ya pasaban de las nueve y media de la mañana.
Aunque no había colegio, Isabella había dejado una pequeña nota escrita a mano sobre la mesita de noche de la niña. Lo hacía desde que Josephine aprendió a leer y esperaba que aquel pequeño ritual las acompañara durante muchos años.
Jo era su alegría, el amor de su vida, pero no siempre había querido ser madre; de hecho, el instinto maternal le llegó tarde.
Sucedió cuando Sophie tuvo a su primer hijo, Thomas, y comenzó a llevarlo a las reuniones semanales de las tres.
Al ver a su amiga desenvolverse con la maternidad, aquel instinto creció en ella, no como un deseo profundo, sino como la siguiente meta a escalar, el paso lógico en la perfecta hoja de ruta de su vida.
Así que, casi un año antes de casarse, Isabella comenzó a dejar caer sus intenciones; al principio Matthew se mostró reticente, pero después de la boda, tras los pequeños ultimátums, no le quedó más remedio que comenzar la búsqueda.
Dos años después de dar el ¡Sí, quiero!, Josephine llegó a sus vidas. Con el nacimiento de la pequeña descubrió el amor incondicional, ese que te hace dar sin esperar nada a cambio y te despoja de todo egoísmo.
Se consideraba una mujer afortunada. Sin embargo, desde hacía algún tiempo no lograba sentirse del todo feliz. Un vacío extraño crecía en su interior, por más que intentara ignorarlo.
Nueva York era la ciudad que Isabella había elegido para reescribirse.
Había llegado a la isla a los diecinueve años para comenzar sus estudios en Gestión de Arte.
Allí, entre lienzos, maquetas y seminarios intensivos, conoció a Claire y a Sophie, sus inseparables, dos mujeres de una edad similar con las que había compartido la intensidad de aquellos tiempos universitarios y de la posterior conquista de Manhattan.
Tras graduarse, los años siguientes fueron un torbellino de trabajo y ambición en los que Isabella escaló posiciones con mano de hierro hasta convertirse en la directora de Eluphora Room, una de las galerías de arte contemporáneo con más renombre en Chelsea.
En la galería, un templo de paredes en color beige que exponía desde artistas consagrados hasta jóvenes promesas, se sentía como pez en el agua. Era un espacio que la afirmaba, donde se sabía poderosa e imprescindible.
Claire Reese, su compañera de universidad e íntima amiga, era su mano derecha como curadora senior, encargándose de la selección de artistas y el diseño conceptual de cada exposición.
Juntas formaban un equipo sólido: Claire se encargaba de visitar ferias, mercadillos de arte y exposiciones para descubrir nuevos artistas.
Isabella gestionaba los contratos, la imagen y el día a día de la galería con elegancia implacable.
Sophie Morrison, de soltera Parker, la tercera integrante del trío universitario, había optado por una trayectoria más independiente como consultora de arte para coleccionistas privados,
asesorando desde su hogar en el Upper East Side a clientes de alto poder adquisitivo en sus inversiones artísticas.
Las tres habían conquistado la ciudad a su manera, cada una labrándose su propio espacio en el competitivo mundo del arte neoyorquino.
Había sido una noche de viernes, años atrás, cuando se juntaron para salir a cenar y a tomar copas.
Claire les había prometido que las iba a llevar a un local de moda que habían abierto en la ciudad y que tenía una lista de espera impresionante.
Solo la gente cool y con poderío de la ciudad tenía acceso a esas noches exclusivas.
Claire, que era una mujer muy dicharachera y con un atractivo enigmático, siempre conseguía relacionarse con las personas más influyentes, logrando las mejores mesas en los mejores restaurantes,
las entradas para los locales más trendy de la ciudad o el pase a fiestas privadas en las casas y hoteles más exclusivos.
—¡Vamos! —exclamó, arrastrándolas hacia la puerta del local—. Vais a alucinar con este sitio.
—Nombres —frenó el guardia de metro noventa que estaba en la entrada con una lista en la mano.
—Reese —contestó orgullosa Claire.
El hombre comprobó el apellido en la lista y acto seguido quitó la cadena cubierta de terciopelo rojo que las separaba de la puerta de entrada. Una vez en el interior, y como Claire había pronosticado, alucinaron con el local.
Era exactamente lo que ella había prometido: luces tenues, música electrónica que vibraba en el pecho y una barra interminable repleta de botellas que brillaban como joyas bajo los focos.
La pista estaba abarrotada de gente elegante y con mucho estilo, una fusión de ejecutivos adinerados, modelos de pasarela y bailarines que parecían profesionales.
Las tres se abrieron paso entre la multitud, riéndose y moviéndose al ritmo de la música.
Sophie, con su melena morena cayendo sobre los hombros y sus ojos verdes brillando bajo las luces de colores, no dejaba de mirar alrededor, evaluando todo cuanto veía, comparándose con cada chica que pasaba a su lado.
Era una mujer preciosa, aun así siempre se mostraba insegura de sí misma.
Claire, con su corte bob rubio platino como complemento, alta y con curvas, bailaba sin complejos, ajena a cualquier juicio.
Isabella se dejaba llevar, sintiendo cómo el estrés de la semana se evaporaba con cada movimiento.
—¡Voy a por algo de beber! —gritó por encima de la música.
Se abrió camino hacia la barra, pero era imposible. Tres filas de gente esperaban su turno, agitando billetes en el aire, intentando captar la atención de los camareros. Isabella suspiró, apoyándose en la barra cuando consiguió alcanzarla, resignada a esperar y a que nadie le hiciera caso.
Entonces, de la nada, un camarero se plantó frente a ella con una botella de champán y tres copas. No cualquier champán, sino una botella de Dom Pérignon, con su etiqueta dorada reluciendo bajo las luces.
—Cortesía del caballero al otro lado de la barra —chilló el camarero con una sonrisa de dientes blancos impolutos, señalando hacia el extremo opuesto.
Isabella siguió la dirección de su mano.
Al otro lado, un grupo de hombres celebraba algo, riendo a carcajadas, chocando vasos.
Pero entre ellos había uno que destacaba.
Alto, muy alto, con una camisa blanca que dejaba ver unos pectorales trabajados.
No llegaba a descifrar qué pantalones llevaba, pero sabía que tenían corte de traje; iban todos muy bien vestidos, eran hombres de negocios, eso estaba claro.
Incluso a distancia, Isabella pudo ver sus ojos: verdes, intensos, como dos faros en medio de la penumbra del local.
Tenía el pelo perfectamente peinado hacia atrás, una mandíbula cuadrada, muy masculina, y una sonrisa hermosa.
Levantó su copa hacia ella en un gesto sutil, casi burlón.
¡Dios mío! Ese tío es un bombón. Ella, que en el fondo era una mujer tímida, recatada, hizo un gesto de agradecimiento que dejaba claro que era una mujer vergonzosa, que no estaba acostumbrada a desenvolverse en esos ambientes.
No como Claire, que hubiera sabido cómo coquetear y responder a un gesto así. Ella se quedaba paralizada.
Sophie llegó a donde estaba su amiga con cara de póker y las mejillas enrojecidas.
—¿Qué es eso, Isa? —preguntó, señalando la botella.
—Un regalo —contestó Isabella—. De aquel hombre que está al final de la barra.
Sophie siguió su mirada y se quedó paralizada. Sus ojos se abrieron como platos.
—Madre mía, Isa. Ese tío es un cañón —Sophie se mordió el labio, alucinada con el atractivo de ese hombre misterioso.
Claire llegó también, abanicándose con la mano.
—¿Quién nos ha mandado esto? ¿Tenemos un admirador secreto?
Isabella señaló al hombre con la cabeza, muerta de vergüenza.
—Aquel de ahí.
Claire silbó por lo bajo.
—Vaya, vaya… Menudo Adonis, Isa. Ve a darle las gracias, mujer. No te quedes ahí pasmada. ¿Has visto a ese hombre? Nosotras te esperamos aquí con las copas listas.
—¿Qué dices? Me muero de vergüenza.
—¡Pero qué vergüenza ni qué nada! —rio Claire—. No seas descortés y ve a darle las gracias —dijo empujándola delicadamente.
Isabella dudó un segundo, pero luego pensó que sí que podía ser descortés no ir a darle las gracias a una persona que había tenido un gesto amable. Al diablo, se dijo a sí misma. Agarró la copa que le tendía Claire y comenzó a rodear la barra.
A cada paso, el hombre se hacía más real, más tangible. Era incluso más guapo de cerca: la piel bronceada, los labios carnosos, una barba incipiente que le daba un aire varonil pero cuidado. Sus ojos la seguían, divertidos, como si supiera exactamente el efecto que causaba en las mujeres.
El nerviosismo de Isabella iba creciendo a cada paso que daba. Se paró a beber un sorbo de la copa. Él se apartó ligeramente de su grupo cuando vio que ella estaba cerca.
—Hola —dijo él, con una voz profunda—. Espero que te guste el champán.
—Está exquisito —contestó Isabella, alzando ligeramente la copa—. Quería darte las gracias por el gesto. Has sido muy amable —dijo agachando la cabeza.
—Me pareció que necesitabas ayuda en la barra y me sentí en la obligación de cuidar de ti. No quería que te murieras de sed, pudiendo ponerle remedio.