Capítulo 29 Los amantes #2
Ella sonrió, ladeando el rostro.
—Depende de a quién le preguntes.
Leonardo se puso de pie, rodeó la mesa y se detuvo tras ella. Sus manos bajaron, firmes, sobre sus hombros. No la tocó aún. Su presencia era suficiente para erizarle la piel.
—A mí —murmuró él—. Pregúntamelo a mí.
Fernabela cerró los ojos. El perfume de él era más fuerte de cerca: cuero, madera, algo oscuro. Pero su imaginación la traicionaba: lo olía también con ropa de cama, recién bañado, con el aroma de las sábanas tendidas al sol. Un olor limpio. Familiar. Un hogar. Su mano subió lentamente, acariciándole el cuello, y luego bajó por el escote de su vestido rojo. No había brusquedad. Solo certeza.
Ella se volvió, aún sentada. Lo miró desde abajo, como quien busca una señal en los cielos. Él bajó el rostro y la besó. No fue un beso salvaje. Fue contenido, dulce, con la clase de deseo que sabe esperar, pero que arde igual. Ella lo sostuvo del rostro, lo atrajo más cerca. La fantasía de una cena familiar se quebró cuando él la levantó de la silla y la besó con más hambre.
La llevó hasta la sala sin romper el contacto. En su mente, Fernabela aún lo imaginaba preparando hotcakes para una niña dormida en la otra habitación. Lo veía doblando una cobija vieja que olía a invierno. Pero ahora, el hombre que la sostenía era fuego y sombra.
Leonardo la besaba como si supiera que ella se iría. Como si cada beso fuese una despedida inscrita en su piel. Sus labios bajaron por su cuello, hasta la clavícula, y sus manos deshicieron el lazo del vestido. La tela cayó como una flor rendida. Fernabela se encontró desnuda frente a él. Pero no temía. No esta vez. Lo miró a los ojos, con voz baja y rota por el deseo, y dijo:
—Hazlo. Sin preguntas.
Leonardo dio un paso firme, decidido. La alzó con sus manos en sus caderas y la besó con una pasión que incendiaba cada rincón de su cuerpo. Fernabela no se resistió. Dejó que sus manos exploraran su deseo sin contención, rindiéndose por fin a la mujer que había callado durante años. Él era una bestia, sí. Pero no una que devorara con violencia, sino con hambre antigua. La colocó frente a la ventana, de espaldas a Roma, y la tomó como si el miedo no existiera, como si la lencería que aún cubría a Fernabela no significara nada frente al temblor de su piel.
Mientras la guiaba hacia la cama, Leonardo la miraba, pero no veía solo a Fernabela. Veía el eco del deseo de Isabela. La sonrisa de Ludovica. Como si en ella se reunieran todos los fantasmas que lo habían marcado. Como si, al tocarla, pudiera domar los errores del pasado.
Fernabela, en cambio, se dejó llevar por la fantasía: en su mente, Leonardo era su esposo. Tímido e inexperto. Un hombre que la tocaba con la torpeza dulce del que quiere aprender. Mientras él la sujetaba por el cuello con fuerza, ella imaginaba un abrazo suave. Mientras la lamía, sentía el roce tibio de unos labios inocentes. Y cuando sus mejillas ardían por sus caricias rudas, en su mente eran pétalos de rosa los que la rozaban.
El placer se desbordó, puro y sin filtros. Como con Ezio, pero distinto. Ahora el deseo se deslizaba por sus piernas mientras su alma soñaba con algo más: una sobrina que quizás nunca conocería, un cumpleaños sencillo, las dos hermanas juntas, por fin, celebrando un amor posible.
Leonardo comenzaba a rendirse, exhausto. Fue entonces cuando Fernabela tomó el control. Lo recostó sobre la cama; su cuerpo vibraba entre la fuerza y la ternura. Sus miedos y culpas quedaron atrás junto al vestido en el suelo. Por primera vez, era ella quien guiaba el deseo. Y Leonardo, atrapado en su mirada, sintió el beso suave de una mujer que ya no temía amar.
Aquella idea lo inquietó. Como una sombra deslizándose por su mente, un pensamiento se instaló con claridad peligrosa: Vincent no podía ganar. Fernabela se agitaba sobre él en una danza sensual, libre. Su cuerpo hablaba el lenguaje del anhelo cumplido, de una pasión largamente negada. Leonardo, sin dejar de mirarla, deslizó una mano bajo la almohada. Sus dedos encontraron el mango de la daga y su peso le recordó que Vincent ya le había arrebatado a demasiadas personas. No estaba dispuesto a perder a nadie más.
Fernabela, mientras tanto, se vio a sí misma caminando por las calles de Roma. Llevaba el vestido rojo que le regaló su hermana. Atrás quedaba la mujer que llegó a Italia perdida y temerosa. Ahora se sentía libre, sostenida por el viento nocturno y besada por la luna. Ya no era solo una maestra de idiomas: era una mujer despierta.
Leonardo la miró. En sus ojos había ternura y desesperación.
—No dejaré que Vincent te robe como hizo con Isabela —susurró, temblando—. Aunque deba matarte… te protegeré de sus manos.
Sacó la daga de debajo de la almohada. El filo, cruel y brillante, reflejó las luces de la habitación como una promesa rota. La apuntó al corazón de Fernabela… pero ella no retrocedió. Detuvo el beso del acero con la palma de su mano, sintiendo cómo el filo le abría la piel entre los dedos. Luego, sin apartarse, abrazó la mano de Leonardo con pasión, sin detener su cuerpo ni su deseo. Leonardo abrió la mano. Dejó que el puñal lo cortara también. Y en ese instante —con sangre, piel y amor mezclándose en la oscuridad— Fernabela comprendió que la sangre no bastaría para redimirlo o liberarlo.
Recordó a Isabela. Sus ojos llenos de miedo cuando la encontró en Venecia. Las conversaciones bajo la luz suave de la Stanza Rossa. Los secretos compartidos, las cicatrices que Leonardo había dejado en ambas. Recordó también su propio despertar, el deseo truncado por la obediencia, el dolor de su hermana y el suyo.
Y entonces, la imagen se quebró como un cristal y se vio a sí misma en una calle romana, abrazada por la noche. Un hombre la observaba desde la sombra. Sus ojos, feroces y hambrientos, la desnudaban con un deseo primitivo. Sintió la certeza de la violencia por venir. Vulnerable. Expuesta. Fernabela alzó el arma que escondía bajo el vestido. El hombre no se movió. El disparo rompió la noche con violencia.
El arma ardía entre sus manos desnudas. Un estremecimiento la recorrió al ver cómo aquellos ojos voraces se apagaban frente a los suyos. Retrocedió unos pasos. El cuerpo cayó con un golpe sordo. Un manto escarlata comenzó a expandirse desde el hueco abierto en su frente. Lo sabía. Las luces de Roma eran un paraíso para los deseos… y para los secretos que se escondían bajo la piel.
Desde que llegó, su transformación había sido lenta, silenciosa… pero poderosa. Por un instante, una oleada de irrealidad la envolvió: ¿cómo había llegado hasta aquí? Era una maestra de idiomas. Vivía en otro continente. Su vida podía definirse con una palabra: rutinaria. Sabía qué cereal le gustaba a su hija y qué tono usar con los alumnos más rebeldes. Su esposo, un dentista, le había dado estabilidad… y también una muerte silenciosa en vida. Y ahora… sostenía un arma.
La desesperación la abrazó como niebla espesa. Se agachó. Arrastró el cuerpo hasta el maletero. Las correas de sus sandalias se clavaban en el asfalto. El escote de su vestido aún sentía el roce frío de la piel muerta. Un escalofrío le recorrió el pecho: no era solo el recuerdo del acto… sino el eco oscuro del placer que lo había precedido.
Y entonces, de nuevo, la habitación. El presente.
El acero besó el corazón de Leonardo. Él la miró, sorprendido, mientras sentía cómo su vida comenzaba a escaparse por la herida. Apretó las manos de Fernabela con una mirada confusa, casi tierna, mientras ella alcanzaba un clímax inesperado. Leonardo la acompañó en el placer. Su último acto. Sus ojos comenzaron a apagarse poco a poco, pero en su rostro floreció una sonrisa dulce, como si al fin pudiera recordar quién era.
Fernabela, con los ojos llenos de lágrimas, acarició su rostro. La sangre de ambos dejó un hilo rojo sobre su mejilla. Leonardo la miró una última vez y susurró:
—Gracias.
Y así, su dolor, su culpa, su tormento… y su prisión, llegaron a su fin. El cuerpo de Leonardo se quedó inmóvil bajo ella. Solo quedaba el silencio. Un silencio espeso, manchado de sangre tibia, de gemidos suspendidos, de promesas que ya no tendrían tiempo.
Fernabela bajó lentamente la mirada. Acarició por última vez el rostro de aquel hombre, el que la había herido y también despertado. Lo besó en la frente, suave, como si lo despidiera de una vida a la que nunca perteneció del todo. Se incorporó. La sangre resbalaba por sus muslos. Su vestido rojo, arrugado y húmedo, parecía florecer como una herida viva. Entonces lo sintió.
La atmósfera cambió. El aire, antes cargado de deseo, se volvió denso, helado. Una presencia conocida llenó el umbral de la habitación.
—Siempre supe que terminarías así —dijo una voz grave, sin asombro ni juicio, solo con una peligrosa calma—. El príncipe caído, muerto entre las piernas de una mujer. Poético, ¿no crees?
Fernabela se giró despacio. En la puerta, con el rostro parcialmente oculto por las sombras, estaba Vincent.