Capítulo 29 Los amantes
—¿Estás segura de que quieres hacer esto? —preguntó Isabela mientras observaba a su hermana prepararse para su cita.
La habitación en la Stanza se había transformado en el refugio seguro de las dos hermanas, un santuario con aroma a mar Mediterráneo que les hacía sentir que nada podía hacerles daño. Fernabela estaba desnuda frente a su hermana mientras ambas escogían la vestimenta que usaría esa noche.
—Es una noche especial. Pase lo que pase, quiero que estemos juntas… aunque sea en espíritu —le respondió la mayor mientras contemplaba el vestido rojo que había traído del departamento de Isabela.
—Lo compré para ti —confesó Isa, mirando la seda intensa de aquel atuendo revelador—. Quería recordarte que tú también eres fuego —le dijo mientras la ayudaba a ponerse el vestido.
El vestido caía largo y sensual, con una abertura que enmarcaba su pierna. Lo había sentido como una piel ajena, una armadura que solo podía llevar Isabela. Pero ahora sujetaba sus senos en un cruce sensual en forma de X, dejando su abdomen al descubierto. Ya no era el cuerpo de una mujer joven, pero aún conservaba una firmeza serena, como si el tiempo no pudiera borrar su poder.
—Te ves súper zorra —le dijo Isabela con una sonrisa, mientras la ayudaba a maquillarse.
—Ni se te ocurra decirle a mi marido, mensa —contestó Fernabela con una alegría que se sentía antigua, pero necesaria.
Ambas rieron y se observaron en silencio. Fernabela estaba hermosa.
—Fer, estás loca… esta es tu peor idea desde que saliste con aquel tipo de la facultad de comunicación —bromeó Isa.
—Lo sé, Isa. Pero esa noche no me fue tan mal… —respondió con una sonrisa melancólica—. Quizá esta tampoco.
—Eso espero —dijo Isabela, más seria.
Se abrazaron. Largo. Casi como un adiós.
Y mientras lo hacían, en una distante estación de policía, un hombre que no había estado dentro de ese lugar en años cruzaba el pasillo con seguridad, directo a la oficina de Rizco Viorla. La puerta se abrió con sencillez. El detective tenía los ojos fijos en su ordenador, pero al ver la silueta que entraba en su despacho, algo en él se congeló. Un eco del pasado, aún vivo, cruzó por sus ojos.
—Capitán Viorla… ¿puedo pasar? —preguntó Ezio con una humildad extraña en él, casi dolorosa.
—Pensé que eras un mago que no salía de su castillo, chico —le respondió con un aire paternal, aunque visiblemente sorprendido.
—Ha pasado tiempo, capitán —dijo Ezio con una melancolía profunda, pidiendo permiso para sentarse solo con la mirada. El detective se lo concedió de la misma forma—. Me da gusto ver que conserva su buen gusto —añadió Ezio, señalando una botella de brandy medio oculta en un estante.
—¿Quieres un trago, muchacho?
—Quizá en otra ocasión —respondió Ezio. Un silencio denso se instaló en la oficina.
—¿A qué has venido, Ezio? ¿O de verdad solo necesitas un trago? —En su voz había la amabilidad de un viejo amigo al que no ves desde una pelea amarga.
—Me encantaría un trago, capitán… pero —Ezio buscó las palabras adecuadas— quizás después. Ahora vengo a pedirle un favor.
—No sería la primera vez —confesó Viorla, mirándolo con atención.
Leonardo observaba la ropa de su armario: con extrañeza y precaución. Frente al espejo, su cuerpo atlético se delineaba con cicatrices antiguas, hundidas en la profundidad de su piel como secretos de otra vida. Se miró con duda, pero no permitió que eso quebrara su máscara de marfil. Sabía que esa noche era importante y se preparó con disciplina.
Escogió una camisa en negro profundo que absorbía la luz del departamento, un saco azul oscuro y un gazné que hacía juego. Peinó la ferocidad de su cabello y se colocó sus anillos más elegantes. Esa noche tenía que transpirar lo que era. No solo impresionar, sino dominar.
Había mandado traer comida del mismo restaurante donde se había visto por primera vez con Fernabela… y con Isabela. Los sabores familiares serían su anzuelo: el sabor de tiempos mejores, donde todos se entregaban sin condiciones. Leonardo tenía todo perfectamente planeado; sabía que, por fin, esa noche cerraría un capítulo inconcluso desde hacía tiempo en su propia historia.
Abrió un cajón junto a su cama, sacó una daga con una empuñadura negra y la observó. Era un regalo de su madre, un símbolo de su poder y cariño. Era el instrumento perfecto para la noche. Llevó la daga hasta su cama y la ocultó. Vincent no ganaría esa noche.
* * *
La noche en Roma tenía el sabor del último sorbo de vino, ese que arde suave, pero deja un recuerdo imborrable en la lengua. Fernabela miraba por la ventanilla del auto mientras las calles se estiraban como viejas cicatrices iluminadas. Las luces doradas de los faroles flotaban, bañando las fachadas antiguas con una melancolía silente. La ciudad estaba vestida para despedirse.
El Tíber, oscuro y reluciente, se deslizaba como un espejo roto, reflejando la luna y los puentes como si también ellos guardaran secretos. Las cúpulas lejanas brillaban como promesas incumplidas y los adoquines bajo las ruedas parecían murmurar nombres antiguos… nombres que solo Roma recuerda.
Fernabela cruzaba las piernas con firmeza, pero sus manos temblaban levemente sobre la tela roja del vestido. Sabía que esa noche era un umbral. Lo que quedaba atrás ya no volvería. Pasaron frente al Coliseo —silencioso, imponente, irónico— como una advertencia tallada en piedra: aquí también se aplaudía la sangre. Había amado a Roma. También la había odiado. Pero esa noche se sentía como una mujer que abandonaba a un amante que nunca supo tocarla bien.
Cerró los ojos unos segundos. Aspiró el perfume de la ciudad: humedad, tabaco, cuero, flores viejas. Lo grabó en su memoria. Sabía que no volvería a olerlo del mismo modo. Entonces se permitió imaginar: a Leonardo manejando un auto menos lujoso, menos caro, menos poderoso. Una camioneta familiar. Con los restos de un verano feliz guardados en el maletero. Ella iba a su lado, con un vestido floreado de playa. En el asiento trasero, un niño absorto en una pantalla. La pareja discutía suavemente sobre posibles destinos para las próximas vacaciones.
Leonardo aún tenía ese porte magnético, pero la ropa negra y misteriosa había dado paso a un polo azul claro y unas bermudas sencillas. Su loción ya no era una expresión exquisita de poder, sino un reflejo genuino de ternura. Fernabela lo miraba enamorada… justo cuando el auto giró por una calle estrecha. Reconoció el edificio. Las sombras danzaban en la entrada como si supieran que algo estaba a punto de suceder.
Bajó del auto. Las zapatillas abiertas la hacían sentir como una diosa sensual. Así entró al edificio de Leonardo. Subió en el ascensor hasta esa vista que la había deslumbrado la primera noche. Sus pensamientos la acompañaban. Tenía una sola cosa en mente: ahora que el secreto de Isabela había sido revelado, solo quedaban las páginas finales por escribir.
Las puertas se abrieron. El aroma familiar la envolvió: cuero, carne, pasión, dominio… Ese cóctel que alguna vez le alteró el corazón. Leonardo estaba junto al ventanal, con Roma rendida a sus pies, ofreciéndose como testigo de aquel reencuñentro. Se acercaron.
—Te he extrañado —dijo Leonardo. Pero Fernabela no supo distinguir si había sinceridad en sus palabras… o solo una mentira ensayada.
—Gracias por recibirme —respondió ella. Se sentía en otro mundo, ajeno a su vida.
Volvió a imaginarlo: él y ella regresando de una noche de cine. La cena no era elegante, solo íntima. Cocinaban juntos. Él le mostraba las cicatrices en sus manos y contaba historias simples: accidentes infantiles, heridas torpes. No había un pasado oscuro, solo memorias humanas. El aroma de la cena los unía en un encuentro sin máscaras, sin disfraces. Dos almas que se reconocen.
—Te ves hermosa —dijo Leonardo, abriendo la silla frente a la mesa de cristal, iluminada por la luna.
—Gracias —respondió ella con sinceridad. Ambos se sentaron.
Leonardo descorchó una botella de vino. Sirvió ambas copas sin preguntar. Fernabela sintió ese pinchazo de deseo, esa atracción que se resistía a morir. Solo un hombre seguro decidía por ella de ese modo. Su respiración se agitó al recordar sus brazos, la forma en que la tomaba por el cuello. Ese pensamiento provocó una reacción inmediata en su cuerpo.
Comieron en silencio. Había un negocio pendiente entre ellos, pero sin palabras, ambos habían decidido que no lo abordarían aún. No durante la cena. Fernabela volvió a imaginar: una pijamada, Leonardo cocinando algo sencillo, atractivo y risueño, con una mirada amable. Las cicatrices aún estaban ahí, pero eran menos oscuras. Solo recuerdos, no condenas. Y por un instante… casi deseó que ese hombre hubiera sido real.
Leonardo llevó un bocado a su boca, lento, medido. La luz de las velas que había encendido reflejaba su sombra contra la pared, alargándola como si su figura también habitara otros planos: uno en el que era un monstruo, otro en el que era solo un hombre. Fernabela lo observaba desde el otro lado de la mesa. Sus ojos recorrían sus movimientos con una mezcla de hambre y nostalgia. El vino tenía el sabor de la última vez. No por amargo, sino porque lo sentía en la sangre, en los huesos. Como si nunca más fuera a beberlo.
En silencio, su mente la llevó a otra imagen: Leonardo en una cocina pequeña. Una que olía a mantequilla y a pan recién horneado. Con un mandil sencillo, harina en las manos. Fernabela, descalza, con una camisa suya, riendo mientras él la empujaba suavemente contra la alacena y le robaba un beso. Allí no había secretos. Ni club. Ni poder. Solo ellos dos y una eternidad inventada entre los platos sucios.
Un escalofrío la trajo de regreso. Leonardo la miraba. No sonreía, pero en sus ojos había algo… ¿ternura? ¿anticipación?
—Estás muy callada —dijo él, su voz un hilo de terciopelo oscuro.
Fernabela bajó la mirada, pero no por vergüenza. Quería controlarse. No pudo.
—Estoy… imaginando cosas —confesó.
Leonardo apoyó su copa en la mesa. Sus dedos largos, seguros, se acercaron a los de ella, rozándolos.
—¿Cosas bonitas?