Capítulo 30 El secreto de Fernabela
Fernabela sentía el temblor en las manos. La daga de Leonardo aún conservaba el calor de su cuerpo, pero el acto que acababa de cometer era frío. La sangre se había deslizado por su puño como una caricia final, íntima, como una despedida. Y en cierto modo, lo era.
Entonces apareció Vincent. Todo se había torcido.
El plan de Ezio e Isabela era provocar a Vincent, sacarlo de su guarida y acceder al expediente con los nombres de las mujeres vendidas. Con la experiencia de ambos y el respaldo de la policía, especialmente de Rizco Viorla, había esperanza. Pero ahora... esa esperanza se había desvanecido con un cuerpo en el suelo.
Vincent no traía arma visible, pero sus ojos dominaban la escena. Fríos, oscuros, impenetrables. Esperó con paciencia cruel a que Fernabela se vistiera, observándola mientras sus manos aún estaban delineadas en sangre. Luego se acercó al cuerpo de Leonardo.
—Lo siento, muchacho. Es el precio de enamorarse en este mundo —le dijo con suavidad, mientras cerraba sus ojos con un gesto casi paternal—. Siempre pensé que sería yo quien te mataría —añadió con una sonrisa ladeada—. Gracias por eso, Fer. ¿Puedo llamarte Fer?
Era una pregunta que no lo era. Una cortesía vacía, un permiso que no necesitaba. Fernabela no respondió. Cuando terminó de vestirse, bajaron juntos en dirección al auto de Vincent. Un chofer los esperaba. Subieron a la camioneta. El chofer al volante; Vincent detrás, revisando su teléfono con un aire de indiferencia estudiada. Fernabela, en el asiento opuesto, se dio cuenta de algo: tenía acceso a su celular. Él no la vigilaba. No parecía importarle si pedía ayuda o si se despedía de alguien. Era inquietante.
Y entonces lo entendió: quiere que la busquen. Quiere que busquen a Isabela.
Vincent hablaba con ella de forma casual. Preguntas simples. Qué opinaba de Roma. Le confesó que prefería Milán por su elegancia. Hablaba como si nada hubiera pasado. Fernabela cerró los ojos un momento. Pensó en Maribela. Su hija crecería sin ella. Aprendería sola lo que ella e Isabela descubrieron juntas: sobre los chicos, el amor, la vida. Le habría gustado decirle que no se refugiara en el amor, que no lo usara como escondite. Que fuera más como su tía. Que saliera al mundo con sus propios deseos, sus propias reglas.
Una lágrima caliente le corrió por la mejilla. Vincent le ofreció un pañuelo.
—No te haré daño —dijo con voz suave—. Estoy seguro de que Leonardo te enseñó a obedecer. Mientras lo hagas, estarás bien.
Fernabela no le creyó. Tomó el pañuelo cuando él lo agitó de nuevo frente a su rostro. Había una orden oculta en el gesto, y ella la entendió. Pensó en Fernando. ¿La perdonaría? Si él hubiera tenido su propia aventura en esas semanas, si también hubiera cruzado una línea, tal vez todo sería más fácil. Por primera vez desde que llegó a Italia, se dio cuenta de cuánto extrañaría su hogar. A Maribela. Incluso a su esposo. Apretó el pañuelo en las manos. El aroma que desprendía le sabía a incertidumbre. A algo inevitable.
Fue entonces cuando su teléfono sonó. Un número desconocido. El mismo que la había guiado desde su llegada a Roma. Era Isabela. Esta vez fue Fernabela quien no contestó. Al otro lado, Isabela sintió un nudo cerrársele en el pecho. Observó la máscara de cerámica frente al espejo. Ya no protegía; ahora exigía una decisión. Tenía que asegurarse de que su hermana estuviera bien… aunque eso significara traicionar el plan.
* * *
El departamento de Vincent se alzaba sobre el corazón de Milán, en un piso tan alto que el murmullo de la ciudad parecía un eco lejano. Apenas cruzaron la puerta, Fernabela supo que no estaba en un hogar, sino en una escena perfectamente curada. Todo era tan pulcro, tan simétrico, que resultaba antinatural. El aire olía a madera de cedro… y a control. Ese mismo control se manifestó cuando Vincent le ofreció un antifaz negro y le pidió que se lo colocara. Fernabela obedeció.
El recibidor era amplio y silencioso, con un mármol gris que parecía no haber sido pisado jamás. Sobre una consola delgada descansaba una escultura de vidrio soplado: una figura femenina sin rostro en actitud de sumisión. No había fotografías ni rastros personales, solo arte frío, costoso y de un gusto impecable. Las paredes, de un gris pálido casi blanco, estaban interrumpidas por espejos antiquísimos de marcos dorados. Todo reflejaba algo, todo deformaba.
La sala principal tenía ventanales gigantescos que daban al Duomo, pero las cortinas estaban parcialmente corridas. La luz entraba filtrada, como si tampoco allí tuviera derecho a brillar. Los muebles eran modernos, italianos, con líneas tan rectas que parecían herir. En una repisa baja, libros perfectamente alineados: ensayos filosóficos, historia del arte, tratados sobre manipulación. Nada que hablara de amor. Ni una sola novela.
Vincent le indicó un sillón frente a una chimenea apagada. Él se sentó frente a ella, con un trago en la mano, sin apartar los ojos.
—Sé la imagen que tienes de mí —dijo—. Y puede que no estés del todo equivocada. Pero, como descubrió tu hermana antes que tú… puede que yo sea algo más que un villano de caricatura. —Bebió con calma, como si cada palabra fuera parte de una cata delicada—. Imagina que vuelves a casa. ¿Cuánto tiempo tardarás en extrañar esto? Los lujos, los autos, los clubes caros. Tú no eres una mujer para vivir encerrada entre paredes de concreto, yo, te propongo algo más… liberador.
En sus palabras había algo que Fernabela reconoció de inmediato: ese tono suave, disfrazado de deseo, envuelto en promesas de libertad. Y entonces recordó a Leonardo. Recordó sus cuerpos desnudos frente al espejo, su voz preparándola para resistir a Ezio, para resistir el placer.
—Creo que prefieres una vida con emoción en vez de ver el tiempo pasar —agregó Vincent. Esta vez, la pregunta sonaba honesta.
—Tú no me ofreces libertad —respondió Fernabela, clavando sus zapatillas en el suelo como si pudiera trazar con ellas una frontera.
—No. Claro que no —admitió él con una sonrisa suave—Pero te ofrezco una oportunidad única. Sé mi socia. Leonardo te enseñó, al igual que a tu hermana, a complacer los deseos oscuros de los hombres. Una mujer como tú —con tu carácter, tu fuerza y tu belleza— podría convertirse en una dama de compañía de altísimo prestigio. Hablas varios idiomas, tienes presencia. Serías perfecta para cualquier hombre que, como yo, tiene necesidades muy específicas.
Le tendió una hoja. Una propuesta de negocios. Lucrativa. Precisa. Imposible de ignorar. Fernabela la tomó por reflejo, tal vez por el antifaz aún tibio entre sus dedos.
—Soy un empresario, Fer. Quizás un poco monstruoso, sí, pero este es mi mundo. Hoy perdí a mi sobrino porque no supo reconocer el verdadero valor de una mujer como tú. Y aunque lamento haber perdido a la única familia que me quedaba… me consuela saber que puedo ganar una nueva socia para mi firma. —La sonrisa que le ofreció parecía sincera. Pero era una sonrisa ensayada
—. ¿Le ofreciste lo mismo a mi hermana? —preguntó Fernabela, sin despegar la mirada de la cifra que encabezaba el documento. Tantos ceros… en tantas divisas… que sus bolsillos se estremecieron de hambre.
—Tu hermana se marchó asustada de su propio potencial. Es una lástima. Pero debo decirte que duplicaré la oferta… si la incluyes a ella. Ambas escogerían a la mayoría de sus acompañantes. Es cierto que, a veces, tendrán que hacer cosas más desagradables. Pero dime, ¿hay algo más triste que morir pagando una hipoteca? ¿Que ver cómo se marchita una casa, un matrimonio y la vida misma?
Fernabela sintió su pecho latir con furia. Como si su corazón quisiera escapar.
—No… no sé si mi hermana está viva —mintió.
—Lo está. De eso no tengo duda. Tu mirada me lo dijo todo cuando mataste a Leonardo. Pero ya llegaremos a eso —le prometió—. Por ahora, ¿por qué no lo piensas y me acompañas a uno de mis clubes aquí, en Milán?
Se inclinó hacia ella y sonrió.
—Te prometo que verás el mundo con otros ojos.
Fernabela sintió que el corazón se le encogía de miedo. Miró a Vincent; este le ofreció una copa y esta vez ella aceptó. Deslizó sus dedos por el cordón de su cabeza y desató el antifaz, que cayó lentamente sobre su regazo.
—¿Nos harás lo mismo que les has hecho a otras mujeres? —le preguntó—. Mi hermana en sus diarios hablaba de cosas horribles en la pasión. ¿Quieres someterme a eso? —Le sostuvo la mirada al poder, como le había enseñado Leonardo para resistir a Ezio.
—Yo no le hice nada a tu hermana. Fueron sus propias inhibiciones, sus propios complejos morales y la negligencia de mi sobrino para construir a la mujer correcta. Si ella hubiese estado preparada, habría disfrutado de todas las cosas que le hicimos, te lo prometo. Lo he visto en la mirada de muchas otras antes que ella. Incluso estoy seguro de que tú disfrutarías de una experiencia con más de un hombre, con criaturas más salvajes que un simple humano —le dijo con un eco de violencia.
Fernabela se odió a sí misma por sentir cómo sus muslos se tensaban y su feminidad se volvía líquida.
—No puedo hacerle eso a… —Se detuvo—. A nadie —concluyó.
Vincent recibió un documento cerrado de manos de una mujer con el rostro inexpresivo; era imposible saber si sentía miedo, estaba drogada o le tenía devoción.
—Gracias, muchacha —le dijo con una sonrisa, y la chica desapareció en las sombras de las que había salido—. Nos esperan en el club. Puedes dejar el antifaz si te sientes más cómoda —añadió, extendiéndole la mano para ayudarla a levantarse.
Fernabela aceptó la mano y se levantó. Vincent sonrió. Ambos caminaban de la mano. Fer no se dio cuenta en qué momento pasó de sentirse como una prisionera sentenciada a muerte a, simplemente, sentirse como una prisionera.