El Secreto de Isabela (La Amante del Príncipe nº 4) Capítulo 24 Un deseo oculto
74%

Capítulo 24 Un deseo oculto

Antes de Venecia.

Leonardo estaba nervioso. Cuando su tío lo citaba, nunca era por cortesía. Las reuniones con Vincent eran como sentarse al borde de un volcán dormido: todo parecía en calma, pero el calor bajo los pies advertía de una erupción inminente. Que lo hubiera llamado apenas dos días después de dejar a Fernabela en la estación de Milán no era una coincidencia. Pero Leonardo no encontró una excusa lo bastante buena. Nadie evitaba a Vincent. Nadie lo desobedecía.

Llegó al bar de siempre, esa discoteca camuflada en el centro de la ciudad, donde los rumores hablaban de sótanos insondables y techos con cámaras que no grababan para la policía. Los asientos de piel roja y las luces de neón convertían el lugar en las fauces de una bestia elegante, que exhalaba alcohol, sudor y deseo en cada respiro. La música retumbaba en las paredes como un corazón enfermo. Leonardo se abrió paso entre cuerpos que se contorsionaban, miradas que lo devoraban. Algunas lo deseaban. Otros lo temían. Él no miraba a nadie.

Subió las escaleras del fondo. Dos hombres lo esperaban como estatuas hechas de músculo y rencor. Le abrieron paso sin una palabra. Vincent lo aguardaba en su santuario, sentado como un dios degenerado. Dos mujeres danzaban a su alrededor, vestidas en verde esmeralda, obedientes al ritmo de sus dedos. No bailaban: ofrecían. Vincent jugaba con ellas como con marionetas vivas. Sabía cómo usar el placer como cuchillo.

Leonardo se detuvo en el umbral. No era prudente interrumpir. Vincent levantó la vista. Sus ojos eran dos pozos oscuros, húmedos, brillando con un apetito satisfecho. Le sonrió. —Pasa, muchacho.

Leonardo entró. Cada paso pesaba como una condena. Se sentó frente a él, tenso, evitando mirar a las mujeres. Una de ellas lo reconoció. Compartían un pasado de obediencia y dolor. Eran hermanas. Como Isabela. Como Fernabela. Vincent notó su incomodidad. La saboreó.

—¿Qué noticias me traes? —Chasqueó los dedos. Las mujeres se desvanecieron como humo, pero una rozó el hombro de Leonardo al pasar. El perfume era barato. El recuerdo no.

—Fernabela… —tragó saliva—. La hermana de Isabela está avanzando. Ezio la tiene cerca. Pronto entraremos a la Stanza. Y… podremos encontrar a Isabela.

El silencio se volvería una soga. Vincent se sirvió un trago. Lo giró en su vaso, pensativo. Luego habló, con esa sonrisa que no era sonrisa, sino amenaza disfrazada. —¿Así que Fernabela está jugando con Ezio? Qué curioso. Ezio... Ezio fue nuestro. Lo entrenamos. Lo formamos. Y él se cogió a tu hermana. ¿Lo recuerdas?

Leonardo asintió, la mandíbula apretada. —Claro que lo recuerdas —dijo Vincent, inclinándose hacia él—. En la casa de mi hermana. En mi casa. Y tú… tú los viste. Estoy seguro. —Soltó una risa lenta, podrida—. Y ahora vienes a decirme que la hermana de Isabela está usando al mismo cabrón que traicionó a tu hermana, que la dejó morir. Me estás diciendo que están cogiendo… y tú les estás financiando el teatro. ¿Sabes qué eres? Un maldito pendejo. Ezio y Fernabela se revuelcan y tú pagas los trajes, los secretos, los silencios.

Dio un trago largo. Luego extendió la mano, seco. —Dame tu celular.

Leonardo dudó. Apenas un segundo. Fue suficiente para recibir una mirada que helaba la sangre. Le entregó el teléfono. —Si ella accede a darme la llave… vas a pagar un precio, sobrino. Para que recuerdes tu lugar. La casa, los lujos, las mujeres. Todo eso es una ilusión. Tú… eres mío.

Tecleó un mensaje. Sonrió. Guardó el teléfono en su abrigo y se levantó. Leonardo también se levantó, alarmado. —Espera, tío, tú no puedes…

Vincent le estampó el vaso en la cara. El cristal se rompió contra su mejilla. La sangre brotó de inmediato. Leonardo se llevó la mano al rostro. —¿No puedo? —preguntó Vincent, con fingida sorpresa—. ¿No puedo?

Leonardo bajó la mirada. Asintió, mientras la sangre le delineaba las facciones. —No te muevas. Hablaré con tu mujercita… y luego regreso contigo.

Los hombres cerraron la puerta tras él. Leonardo se quedó solo, respirando con dificultad. La humillación ardía más que el corte. Sentía una punzada en el pecho. Sabía lo que vendría. Cuando Vincent regresó, ya no fingía. Lo golpeó con la mano abierta. Luego con el puño. Leonardo cayó de rodillas. Dos guardias lo sostuvieron por los brazos. Vincent sacó una navaja y la clavó en la mesa.

—Me dará la llave. Y tú… tú me vas a dar tu lealtad. —Se inclinó—. Escoge un dedo.

Leonardo levantó la mirada, el rostro surcado de sangre, los ojos llenos de fuego y miedo. El filo brillaba. El aire olía a cobre y sudor. —Escoge un dedo —repitió Vincent—. O lo haré yo.

Leonardo no respondió. Solo tomó la navaja. Y mirando al hombre que compartía su sangre, colocó el filo sobre su dedo meñique… y lo separó de su mano en un solo movimiento. El grito fue contenido. Pero el dolor fue absoluto. Vincent aplaudió, satisfecho.

—Bravo. Muy bien hecho, chico. Puedes irte a casa. Descuida. Te coserán la herida. No quiero que mi sobrino se muera… aún.

Los guardias lo escoltaron afuera. La noche lo recibió como un cadáver. El recuerdo de esa noche seguía vivo en su corazón, Vincent estaba sobre él y Leonardo sabía lo que significa: su tío quería sangre y aquella lujuria de violencia no iba a ser contenida con ninguna fiera domada. Entró al baño del departamento, se veía cada vez más vacío y al mismo tiempo las sombras parecían más grandes.

En la actualidad

Leonardo se miró en el espejo. El rostro aún marcado, la herida cosida a la fuerza, el ojo con un tono verdoso. El dedo amputado vendado como un secreto inútil. Parecía un fantasma. Abrió el botiquín. Sacó una jeringa, alcohol, gasas. Todo estéril. Todo impecable. Se quitó la camisa. Su torso estaba lleno de cicatrices antiguas. Algunas por deber. Otras por castigo. Pero las que dolían eran las recientes, las que Isabela no había visto. Las que nadie sabría nunca. Llenó la jeringa con una dosis medida. No morfina. No anestesia. No se trataba de olvidar el dolor. Se trataba de amplificarlo. De hacerlo presente. De obligarlo a hablar y limpiar la humillación.

Se inyectó lentamente, con la misma calma con la que una vez la había acariciado bajo la lluvia. Luego tomó el bisturí. —Una más —susurró, quería que la mayoría de sus heridas fueran suyas.

La hoja cortó la piel con precisión. Bajo el omóplato, como un tajo de alas que nunca lo llevarían a ningún lado. No era violencia. Era limpieza. Como escarbar hasta la raíz de una infección. El dolor llegó como una ola. Y con él, la imagen de Isabela, viva en el puente. La vio de pie, con el vestido negro, el cabello suelto, la mirada nublada por la impotencia y la tristeza. Sintió cómo lo llamó cobarde. Sintió la distancia entre ellos como una soga mojada al cuello. Siguió cortando. Superficial. Metódico. Hasta que el espejo se manchó con gotas oscuras.

No lloró. No gritó. Pero algo se rompió dentro. Una costra vieja, una memoria podrida. Se dejó caer de rodillas, la respiración agitada. En su pecho no quedaba aire, solo ceniza. El silencio se volvió espeso. El dolor lo había vaciado. Solo entonces, pudo hablarle a ella sin que lo destrozara.

—¿Dónde estás, Fernabela? Perdóname por lo de Vincent, ¿podemos vernos? Necesito contarte la verdad sobre tu hermana, sobre Ezio y sobre mí —escribió en un mensaje y esperó a que su fantasma en la habitación le respondiera.

Miró sus manos manchadas. Las apretó contra el pecho. Quiso grabarse con sus dedos una respuesta. Y entonces, la vio. No en carne. No en verdad. Pero lo suficiente. Isabela. En la entrada del baño. Con los ojos cargados de preguntas. En su mente, o en el recuerdo, daba igual. Pero estaba ahí.

—¿Otra vez lo haces? —le decía—. ¿Es así como aprendes a querer?

Leonardo cerró los ojos. —No sé querer de otro modo.

Y la figura desapareció. Se quedó solo con la sangre, el bisturí, el silencio... y la decisión de verla una vez más, cueste lo que cueste. Y entonces la respuesta de la hermana llegó: "¿Si de verdad eres Leonardo, te veré en el mismo lugar en el que nos vimos la primera vez?"

Una sonrisa de satisfacción apareció en su rostro, el dolor le daba claridad, motivo y una salida. Se desplomó en el baño, tenía tiempo y eso lo volvía aún más peligroso.

* * *

Fernabela abrió la puerta de Café Romance como una tormenta, esta vez la puerta se sentía pesada, como si no quisiera abrirse, pero Fernabela perseveró, como lo había hecho desde que había llegado a Roma. Observó a los presentes, pero todos la saludaron con normalidad. Se acercó a la barra; estaban Trisha y Anaís preparando café, mientras observaban a la mujer que se había vuelto su amiga.

—¿Quieres un poco de café antes de verlo? —le preguntó Trisha con amabilidad contenida y respeto de sus sentimientos.

—¿Ustedes lo sabían? —les preguntó como una acusación.

—Sabemos lo que nos dijeron: necesitaba un refugio, nosotros seríamos su escudo y si tú cruzabas la puerta seríamos un bálsamo hasta que estuvieran listas —respondió Anaís.

—Quiero verlo —respondió Fer con una pasión furiosa delineada en sus palabras.

—Él te espera en la Stanza —respondió Trisha con solemnidad.

Fernabela se levantó con sus manos en la barra, lista para afrontar a Ezio, pero ambas mujeres pusieron sus manos con amor y cariño sobre las de Fernabela. —Sin importar qué pase —le dijo Trisha. —Estaremos aquí para ti —continuó Anaís.

Fernabela sintió que su corazón se agitaba con gratitud. Si todo lo que le había dicho Ezio era una mentira, agradeció que aquellas dos mujeres fueran auténticas. Fernabela caminó hasta la puerta negra que, como si respirara, la aguardaba. Con una exhalación apenas audible, la puerta cedió y, sin pensarlo más, ella abrió el ascensor y subió a él.

La habitación a la que llegó no tenía puerta. Tenía un umbral: una línea casi invisible que separaba el mundo del deseo del mundo del alma. Solo se cruzaba una vez que el cuerpo ya no buscaba, sino que el corazón necesitaba. Adentro, el silencio era una textura. No pesaba, pero envolvía. Las paredes eran de piedra antigua, porosa, que conservaba el calor como una memoria íntima. No había ventanas, pero una cúpula de cristal esmerilado, en lo alto, filtraba una luz blanca y serena, como un amanecer perpetuo. Esa luz no juzgaba, solo acariciaba.

El ambiente olía a cedro, a tabaco suave, con notas lejanas de mirra. Todo en la habitación parecía estar dispuesto no para impresionar, sino para permitir respirar. No había lujos ostentosos, pero sí una belleza funcional, pensada para durar. Un diván de cuero envejecido descansaba junto a una alfombra oriental gastada por los pasos descalzos. Estanterías con libros en varios idiomas adornaban las paredes: algunos abiertos, otros marcados con pétalos secos o cintas negras.

El lecho no era una cama. Era un refugio. Amplio, bajo, cubierto por sábanas color vino, gruesas como abrazos. En la cabecera, una serie de clavos viejos sostenía rosarios rotos, collares olvidados, pequeños talismanes. Tesoros de otras vidas. Había una chimenea encajada en la pared del fondo, siempre encendida con un fuego bajo. Frente a ella, una silla de brazos anchos. Y junto a la silla, como si tuviera voluntad propia, estaba ella: "Il Cuore della Stanza Rossa", que usaba como sello protector en letras doradas el título de Salattu Sali. Un rezo oculto, privado y misterioso, conocido solo por aquellas almas que habían sentido el llamado más profundo del salón.

La caja no era grande, pero brillaba. Lacada a mano, con detalles dorados en forma de espinas y alas, reposaba sobre un pedestal negro de mármol. Su presencia dominaba la habitación con la misma intensidad que un secreto a punto de revelarse. Nadie tocaba esa caja salvo Ezio. Nadie preguntaba qué guardaba, pero todos la sentían. Cada invitación dentro —escrita a mano, firmada, tal vez manchada con lágrimas o perfume— era el testimonio de una mujer que había cruzado su propio infierno… y había salido distinta. Más viva. Más suya. Cada nombre era una victoria silenciosa contra el olvido.

Ezio no la abría seguido, pero cuando lo hacía, lo hacía con respeto, con una mano firme y la mirada limpia. Era su altar privado, su memoria, su promesa. En un rincón, casi oculto, había una pequeña mesa con una copa de cristal llena de vino tinto. Nadie sabía si alguna vez la bebía o si estaba ahí solo como ofrenda. En la pared más cercana, colgaba un único cuadro: una mujer de espaldas, envuelta en una tela roja, caminando hacia el mar. Firmado con una sola letra. L

La habitación no tenía reloj. El tiempo allí no pasaba: se rendía. Sobre una repisa discreta, clavada en la pared cerca del diván, había una fotografía enmarcada en madera negra. No resaltaba como la caja roja, pero tenía un poder distinto: el del origen. En ella, Ezio aparecía al centro, mucho más joven, el cabello más largo y revuelto, la sonrisa apenas contenida como si en ese instante aún dudara de merecer la paz. A un lado estaba Mellrrick, vestido con sencillez, pero con una sonrisa cálida que invitaba a la amistad, una mano sobre el hombro de Ezio, los ojos sabios y brillantes. Detrás de ellos, un grupo variado: mujeres y hombres de distintas edades, razas, cuerpos… todos con la misma luz en la mirada. Era el equipo original de Café Romance y de la Stanza Rossa. Los fundadores de un espacio donde lo perdido podía encontrarse de nuevo.

Al reverso del marco, escrito con caligrafía elegante, se leía: “Non salviamo. Ricordiamo.”

Fernabela no podía reconocer si había subido o bajado para llegar. No hubo vibración, ni música. Solo un leve cambio en el aire, como si la atmósfera se volviera más densa, más íntima.

—Perdóname por recibirte en mi habitación —dijo Ezio, llamado de una sombra en un rincón que Fernabela no pudo ver, mientras se abotonaba la camisa y un chaleco sobre la seda de su ser—. ¿Te molesta si subimos? —le preguntó, pero regresó al ascensor.

Ezio se veía tranquilo, pero herido, como alguien que sabía que había hecho algo que no debía pero aceptaba su castigo. Regresaron a la azotea y tomaron asiento. Fernabela fue directa, no había tiempo para ocultar sus emociones.

—¿Dónde está mi hermana? ¿Por qué la ocultaste de mí?