El Secreto de Isabela (La Amante del Príncipe nº 4) Capítulo 25 La verdad
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Capítulo 25 La verdad

—Estaremos juntas siempre, ¿verdad? —preguntó Isabela, con la voz hecha ceniza, frente al ataúd de su madre, que descendía lentamente al vientre de la tierra. Una caja cerrada por la derrota ante un enemigo sin rostro: una enfermedad tan cruel e implacable como silenciosa y mortal.

—Claro que sí —respondió Fernabela, abrazando a su hermana con la urgencia de quien intenta detener el tiempo. Se fundieron en un eco de dolor compartido, mientras quienes las conocían, los que alguna vez fueron parte de su universo, las rodeaban con una manta fría de sentimientos empáticos… que se desvanecieron apenas pasada la primera semana.

Isabela tomó de la mano a Fernabela… o Fernabela tomó de la mano a Isabela. No importa. Desde siempre, desde antes del dolor, desde antes de saberse solas, habían estado juntas. Unidas por un hechizo de amor fraternal, un conjuro antiguo que sólo conocían las hermanas que han sobrevivido al mundo. “Las hermanas Bela podían salir juntas de cualquier problema”. Eso se decían. Eso creían.

Pero el tiempo, traidor, no perdona hechizos. Fernabela se casó pronto. Se enamoró. Y sin saberlo, dejó a su hermana a la deriva. Construyó un hogar… donde Isabela nunca encontró una habitación para ella. Un techo que no la cobijaba. Una mesa sin silla. Un refugio sin llave.

Los problemas de Isabela, una vez compartidos, se volvieron con los años apenas chispazos incómodos, llamadas de auxilio que sonaban como berrinches. Para el mundo, era la hermana huérfana de la esposa de Fernando. Para Fernabela… quizás también. Y ante esa verdad punzante, Isabela hizo su promesa secreta: encontraría su propio espacio. El eco de su propio hogar.

El santuario de su sanación. Y así, lentamente, sin grandes batallas ni gritos ni traiciones… se separaron. Se alejaron en un silencio que ahogaba décadas de historias compartidas, como si nunca hubieran sido niñas que dormían abrazadas temiendo a la misma pesadilla.

* * *

Fernabela recordó ese momento mientras la noche romana la envolvía como un velo negro. Caminaba por la azotea, detrás de Ezio, con la respiración suspendida y el alma alerta, buscando algo más que respuestas. Buscando el misterio tras el Secreto de Isabela.

La noche se había posado sobre Roma como un suspiro antiguo. Desde lo alto del Edificio Romance, la ciudad parecía un tapiz de luces doradas y sombras interminables. A lo lejos, el Coliseo, cicatriz eterna de la historia, se erguía como un guardián silencioso, testigo mudo de los dramas humanos que seguían repitiéndose en otros cuerpos, en otras bocas.

La azotea era un espacio secreto, casi sagrado. No había muebles, solo el rumor de las baldosas cálidas bajo sus pies y el susurro del viento que traía olores a piedra mojada, a jazmines dormidos, a río lejano. El cielo se abría sobre ellos con un esplendor abrumador: negro profundo, tachonado de estrellas, y en lo alto, la luna, inmensa, pálida, cómplice. La ciudad hablaba en susurros, pero arriba, en la cima del edificio, solo existía el silencio.

Ezio estaba allí, de pie, con la chaqueta abierta y los ojos convertidos en espejos de mercurio líquido. Tenían un brillo imposible, como si fueran parte del cielo que los envolvía. En sus pupilas vibraba algo más que magia: verdad contenida, deseo reprimido y un dolor que solo podía habitar en los que han perdido demasiado y, aun así, siguen de pie.

Fernabela, firme a pocos pasos, con los brazos cruzados no por defensa, sino por temblor, sostenía la mirada de Ezio con el temple de quien ha esperado toda su vida por una respuesta. En su pecho latía una mezcla de miedo y coraje. Estaba dispuesta a escuchar, incluso si lo que oyera la partía en dos.

Allí, bajo la luna, sin nadie más que las estrellas por testigos, Fernabela y Ezio estaban solos. Desnudos no en cuerpo, sino en alma.

—¿Cuánto tiempo pensaban seguírmelo ocultando?

Fernabela temblaba por dentro. Su corazón palpitaba en la garganta. Se abrazaba a sí misma como si sus propios brazos pudieran impedirle colapsar. Las piernas le flaqueaban, pero su orgullo la mantenía de pie. Ezio la miraba desde la baranda, con Roma extendida detrás de él como un tapiz de luces lejanas.

—¿Cuánto tiempo me iban a hacer pensar que mi hermana estaba muerta, cuando aún respira… y muy seguramente está siendo protegida por este lugar? —reclamó Fernabela con la voz rota, herida, con la furia contenida del amor traicionado.

Ezio bajó la mirada. Sabía que ese momento llegaría. Que tarde o temprano alguien —una hermana, un padre, un amante, un amigo— haría la pregunta inevitable: ¿dónde está la mujer que ardió en un auto sin dejar más que un rastro de culpa, dolor y transformación?

—Isabela llegó aquí como un alma rota… Más de lo que cualquiera podría soportar. Incluso para alguien fuerte como ella. —Su voz era grave, dolorosa, teñida de una tristeza antigua—. Sus pies sangraban tras una caminata perdida, una noche entre los laberintos de Circo Romance. Esa noche… no pude protegerla. La vi frente a las fauces de un lobo que conozco demasiado bien… y no encontré la forma de salvarla.

Había poesía en su lamento. La tristeza de un granjero que ve caer a su cordero devorado por un depredador invisible, conocido, inevitable. Fernabela lo examinaba con la mirada de una hermana convertida en madre por necesidad. Ezio reconoció esa mirada como la más temible de todas.

Sus ojos… estaban vacíos. No por una vida gris, sino por una verdad insoportable que le arrancó todo de golpe: la certeza de que sí, los monstruos existen… pero los príncipes no.

Ezio sostuvo su mirada. Fernabela buscaba una mentira, una grieta en sus palabras, algo que la hiciera dudar. Pero no encontró nada, salvo la misma desesperación que ella cargaba.

—¿Por qué no me lo dijo? ¿Por qué me hizo pasar por esto? ¿Por ti? ¿Por su sombra en ese departamento que aún olía a ella? —Su voz era baja, pero cada palabra estaba afilada como una navaja.

—Ella quería protegerte. Yo… quería protegerlas a ambas.

—¿Protegerme? —escupió con furia—. ¿Protegerme de qué? ¿De la verdad? ¿De saber que dejé a mi esposo en brazos de su amante? ¿Que abandoné a mi hija para buscar el cadáver de mi hermana, creyendo que estaría sola y destrozada en alguna maldita morgue italiana? ¿Con el rostro quemado, irreconocible, esperando por la única persona que le prometió jamás fallarle… y le falló?

Ezio tragó saliva. Sus labios apenas se movieron cuando dijo: —De Vincent.

Fernabela lo miró sin parpadear. —No me importa si es el mismísimo diablo… Le mordería los cuernos si se atreviera a tocar a mi hermana, si me amenaza a mí o a mi familia. Nada… nada te da derecho a ocultarme que Isabela está viva. ¡Nada, Ezio! —Sus lágrimas caían sin permiso, pero su voz no temblaba.

—No se detendría —replicó él, en voz baja.

—Y yo tampoco me detendré si se trata de defender a la pendeja de mi hermana.

En esa frase se asomó la madre que Fernabela no había querido ser, pero que siempre vivía en ella.

—Lo entiendo, Fer… Pero no hablo de fuerza de voluntad. Hablo de un hombre que hizo caer a otros como Leonardo… hasta hundirlos en sus propias pasiones más oscuras. Hablo de un monstruo que suavizó su propio mito sólo para no perder negocios. De alguien que le arrancó la sonrisa a una mujer que aprendió a sonreír por fin en una ciudad nueva, una ciudad donde ya no le daba miedo mirarse al espejo.

El silencio pesó como una lápida.

—Hablo de un monstruo que mató a su propia sobrina para castigar a un espía infiltrado en su organización. Un espía que cometió el error de enamorarse. Un espía que sobrevivió… solo para vivir sabiendo que está vivo por decisión de ese monstruo. Que cada aliento… es un castigo.

Fernabela se tambaleó. Las palabras de Ezio eran cuchillos envueltos en terciopelo.

—¿Entonces… por qué mi hermana no quiere verme? —preguntó, con los ojos anegados. Su voz era apenas un susurro, cargado de dolor—. ¿Me odia? ¿Por no haberla acompañado en sus viajes? ¿Por dejarla cuando juramos que siempre estaríamos juntas? ¿Por haber priorizado sanarme… antes de buscarla?

Y al decirlo, se derrumbó. Cayó de rodillas como si el peso de su culpa fuera más fuerte que la gravedad. Nadie pudo detenerla.

—No… no, Fer, no digas eso.

La voz no vino de Ezio. Vino de la oscuridad. De la sombra que había escuchado todo, que había llorado en Café Romance desde qué llegó la primera vez, que había temblado sola en las noches evitando responder los mensajes que rompían su alma. Esa sombra avanzó, dejando atrás los velos rojos, la máscara felina, el disfraz de mujer que ya no existía. Caminó con pasos humanos, torpes, vulnerables. Y cuando la luz de la luna tocó su rostro, Fernabela la vio.

Isabela. Rota, viva, sin máscaras. Sólo con el dolor vistiéndola.

—No te odiaría… Nunca lo haría —confesó con la voz temblorosa.

Y entonces ambas se abrazaron en medio de la azotea. Como niñas. Como hermanas. Como dos pedazos de un alma que se habían buscado sin saber cómo volver a ser una. La luna se ocultó un instante tras el velo de una nube, regalándoles a las hermanas un respiro de intimidad. Ezio, a unos pasos de distancia, sonreía para sus adentros. Sabía que ninguna de las hermanas Bela podría estar separada de la otra por mucho tiempo. No eran dos mitades: eran un reflejo que solo encontraba sentido en el otro.

—Perdóname, hermana… no quería… —la voz de Isabela se quebraba—. No quería decepcionarte. Que vieras en lo que me convertí… y te avergonzaras de mí.

Fernabela negó con la cabeza, conteniendo las lágrimas. —Eres una mensa —dijo, entre el alivio y la tristeza—. Nunca me vas a decepcionar. Siempre vas a ser el sol de las hermanas Bela.

Y la abrazó con más fuerza, como si con ese gesto pudiera resguardar los años perdidos. Se quedaron así, envueltas en la oscuridad, sin querer soltarse, como si el tiempo pudiera remendarse en un solo abrazo. Se habían buscado durante tanto tiempo, incluso antes de que Isabela llegara a Roma, incluso antes de saber que algo andaba mal. Fue Isabela quien, con la voz apenas un susurro, puso palabras al cierre de su reencuentro.

—Gracias por venir a buscarme, Fer.

El corazón de Fernabela latió con ternura y simplemente la rodeó con los brazos, decidida a no soltarla nunca más. Las chicas de Café Romance aparecieron en el umbral de la azotea. Al ver a las hermanas finalmente reunidas, abrazadas como si el tiempo no hubiera pasado, no dijeron palabra. En silencio, comenzaron a servir bocadillos, permitiéndoles compartir una cena como no lo hacían desde hacía años.

Olivier lanzó una mirada de satisfacción paternal hacia Ezio, quien le respondió con un leve ademán de cabeza. Agradecía el gesto, aunque sabía que ese momento de paz era apenas un respiro. Ezio se sentó junto a las hermanas Bela, observándolas con una mezcla de orgullo y melancolía. Las había protegido, las había guiado hasta este punto… pero la amenaza seguía latente.

—Vincent sigue afuera —dijo al fin, con gravedad en la voz—. No puede saber que Isabela está viva... o las perseguirá hasta el fin del mundo.

—No vamos a dejar que ese monstruo vuelva a ponerle un dedo encima —advirtió Fernabela, con una firmeza nueva en la voz.

—No es lo que propongo —respondió Ezio con calma—Pero fingir la muerte de dos hermanas puede ser demasiado. Podría levantar sospechas.

—No. Ya no quiero que corramos más —declaró Fernabela—. Ya no quiero que Isabela tenga que esconderse. Es hora de enfrentarlo. De frenarlo.

Ezio la miró con atención, interesado. —¿Tienes alguna idea?

—Rizco Viorla parece un oficial decente, alguien en quien podríamos confiar. Si le damos nuestros testimonios, tal vez podamos lograr que lo arresten.

Ezio asintió lentamente. —Viorla lleva años tras Vincent. Pero nunca logramos acercarnos lo suficiente para descubrir dónde guarda su "registro"... esa lista con los nombres de las mujeres que ha vendido. Cuando lo intenté —hizo una pausa, como si las palabras pesaran—. Mató a mi contacto. Perdí la oportunidad de acceder a esa caja negra… para siempre.

—Yo sé dónde está —dijo Isabela de pronto, su voz temblando de asco—. Está escondida bajo un busto de mármol, en su escritorio de cedro negro. Me tomó fotos... y dejó ahí mi pasaporte. Jamás lo voy a olvidar.

—Tenemos que darle esa información a Viorla. Si puede usarla, tal vez estemos viendo el final de esta pesadilla —afirmó Ezio.

—Aún no —intervino Fernabela—. Creo que hay alguien más que podría ayudarnos. Alguien que tal vez esté dispuesto a actuar.

Ezio la miró con dureza, adivinando de inmediato a quién se refería. —No creo que sea una buena idea.

—Leonardo es una víctima más, como nosotros —insistió Fernabela—. Quizá… quizás pueda convencerlo de actuar en nuestro nombre.

El nombre de Leonardo hizo estremecer a Isabela, pero Fernabela tomó su mano con suavidad. —Descuida, Isa. Yo me encargo —le prometió con una sonrisa cálida.

Luego se volvió hacia Ezio y Olivier con decisión. —Ustedes hablen con Rizco Viorla. Yo hablaré con Leonardo. Y si todo sale bien… tal vez por fin estemos cerca del final de este mal sueño.

Y por primera vez desde que llegó a Roma, Fernabela sintió que algo dentro de ella, algo que creía perdido, comenzaba a latir de nuevo: su esperanza.