Capítulo 23 Heridas abiertas
La voz de Fernabela desgarró el cielo nocturno de Venecia, pero nadie respondió a su llamado. La ciudad, con su hechizo antiguo y decadente, guardó silencio. Corrió tras la góndola donde creyó ver a su hermana desaparecer, pero no halló rastro alguno, solo el reflejo de su angustia en el agua oscura.
Su frustración se volvió una caricia punzante, una herida que palpitaba con cada paso sobre las piedras húmedas de la ciudad encantada.Fernabela lloró en soledad sobre el puente que anclaba su realidad a la pérdida: sentía, con el corazón desgarrado, que había vuelto a perder a Isabela. No por la muerte, sino por un misterio que se le escapaba entre los dedos.
Los chicos de Café Romance la siguieron. Anaïs fue la primera en abrazarla, y Trisha se sumó a la protección, rodeándola con sus brazos como si intentara escudarla del dolor que Venecia le devolvía. Fernabela se desmoronó en sus propias dudas, y no supo cómo sostenerse en pie.
A lo lejos, el lobo herido reconoció a las protectoras de Fernabela y el secreto que se escondía tras esa revelación. Leonardo sonrió herido y se sujetó la mano izquierda: la ausencia del meñique —trofeo de Vincent— ardía como advertencia. No era el castigo lo que temía, sino lo que aún estaba por venir. Decidió retirarse, convencido de que había visto lo suficiente.
Ezio, con su traje de bufón, lo siguió desde lejos, asegurándose de que no se acercara a Fernabela. Pero ni él ni el detective Viorla lograron interceptar a Vincent, quien abandonó el escenario principal escoltado por dos mujeres hipnotizadas por su embrujo primitivo.
—¡Detective Viorla, siga haciendo un trabajo excelente! —gritó Vincent al pasar junto a él, con una sonrisa sarcástica, antes de desaparecer en su ostentoso auto.
Ezio observó el vehículo alejarse. No dijo nada. Solo supo que debía volver. La noche aún no había terminado.
La fiesta de Venecia siguió hasta la madrugada, pero Café Romance regresó agotado. Fernabela permaneció en silencio, encerrada en su propia mente. Ver viva a su hermana había sido un relámpago de esperanza... pero no trajo respuestas.
¿Estaba atrapada? ¿Había fingido su muerte por voluntad propia? ¿Era víctima o arquitecta de su desaparición?
El regreso a Roma fue gris, denso. El departamento de Isabela ya no era un santuario: era un eco constante de algo inconcluso. Una presencia que no se había ido.
Fernabela lo recorrió como si pudiera oírla, como si el alma de su hermana hubiese dejado migas de pan invisibles en cada rincón. Se detuvo frente al espejo, aquel donde Isabela solía maquillarse. Su reflejo le devolvió una mirada distinta. Más oscura. Más decidida.
Isabela regresó a la Stanza Rossa cruzando el umbral de la oscuridad hacia su habitación, la misma que había visto la primera vez que llegó y donde Fernabela, más tarde, vislumbró la sombra de su dolor. Ese espacio, hecho de reflejos y secretos, parecía respirar con la memoria de ambas hermanas: el diario compartido, la mirada escondida tras los espejos, la discusión con Ezio que ninguna de las dos logró olvidar.
Los espejos devolvían cientos de versiones de sí misma: una niña asustada, una mujer deseante, una hermana ausente, una sombra. Algunas imágenes mostraban a Fernabela; otras, solo oscuridad. Isabela se dejó caer en la cama. Esa habitación —que podía abrirse hacia afuera— casi siempre la encerraba en sí misma. Había sido su refugio, su trinchera contra Vincent Loza… ahora le parecía una prisión, porque su hermana la había visto. Porque ya no podía esconderse más.
Ezio contemplaba la ciudad desde la azotea del edificio, su figura delineada por la bruma nocturna de Venecia. Sus ojos, apagados por una tristeza antigua, buscaban respuestas en el cielo. Sabía que había fallado. Que su misión —proteger las almas que llegaban a la Stanza— pendía de un hilo, y no estaba seguro de tener la fuerza para sostenerlo.
Una silueta cruzó el umbral detrás de él. Era un hombre mayor, con una chaqueta oscura y un bigote blanco que parecía hablar antes que él. Traía una botella de vino y dos copas. Olivier. El mismo barista que Fernabela había visto el primer día, el mismo que rescató a Isabela de la góndola, compañero silencioso de Anaïs. Parte del corazón oculto de la Stanza.
Ezio no se giró, pero supo que era él.
—¿Puedo sentarme? —preguntó Olivier con la cortesía de un viejo ritual, dejando las copas sobre la mesa de piedra.
Ezio lo miró por fin, con una leve sonrisa quebrada.—Este lugar fue tuyo antes que mío. Yo debería preguntarte eso.
Olivier sirvió el vino en ambas copas con lentitud, como si ese acto también fuera un lenguaje.—¿Sabes por qué sugerí a Mellrrick que te eligiera como Príncipe de esta Stanza?
Ezio tomó su copa, pero no bebió.
—Porque eres más inteligente que yo —dijo, con una sinceridad amarga.
Olivier soltó una risa breve, cálida.
—No, Ezio. No fue por eso. Lo hice porque eres más humano que yo. —Su voz tenía la ternura de un abuelo que había visto demasiadas guerras—. Mellrrick creó este lugar, como tantas Stanzas en el mundo, para proteger a los corazones rotos. Para ofrecer un santuario donde el amor pudiera recordarse a sí mismo. Cuando llegaste aquí, eras fuego y ceniza. Herido. Perdido. Pero aun así, ofreciste tu vida por otros. Incluso antes de saber quién eras.
Ezio bajó la mirada hacia el vino. Su reflejo danzaba en la copa, marcado por el hechizo plateado del dolor que todavía lo habitaba.
—Isabela está atrapada en una jaula de espejos. Fernabela está en la mira de un monstruo. Y yo… yo no sé si puedo protegerlas. No somos guerreros, Olivier. Aquí hay niños. Mujeres. Gente rota que encontró en nosotros un refugio. ¿Qué vamos a hacer si Vincent decide destruirlo todo?
Sus ojos, humedecidos, reflejaban no solo el miedo, sino el peso insoportable de la responsabilidad.
Olivier lo observó con una calma grave.
—Ezio… muchos Príncipes se quedan tras los muros. Se esconden en sus heridas. Tú no. Tú caminas entre las sombras para buscar a quienes no saben que necesitan ser encontrados. Sí, eso te hace vulnerable. Pero también te hace verdadero.
Ezio inspiró hondo, como si el aire pesara.
—Pero no es suficiente…
—Lo será —interrumpió Olivier con suavidad— si recuerdas algo: tu deber como Príncipe nunca fue pelear. Es guiar. Es abrazar. Proteger. Es enseñar a los demás a amar. A amarse. A amar la verdad que late en sus propios corazones.
Hizo una pausa y levantó su copa.
—Ese amor, Ezio… ese amor es el único escudo real. Es lo que impide que la oscuridad —la de afuera, y la de dentro— lo devore todo. Enséñales eso. Enséñales que el amor no es una debilidad, sino un conjuro. Uno que no necesita armas, solo verdad.
—Si Vincent Loza entra por esa puerta, de verdad acabará con nosotros —dijo Ezio con una sonrisa irónica. Ya lo había visto hacer eso antes.
—Quizás lo que necesita ese hombre es mirarse en el espejo de su propia alma y preguntarse si puede soportar al hombre en el que se ha convertido —respondió Olivier con una sonrisa.
—¿Debería llamar a Mellrrick? —preguntó Ezio, dudativo—. Él es el único que puede proteger este lugar.
—Él está al tanto de lo que está pasando, te lo aseguro. Y si no se ha presentado por esa puerta, es porque confía en ti, al igual que yo. Al igual que todos los que estamos aquí. Todos sabemos que el Príncipe nos protegerá —le dijo Olivier, bebiendo de su copa con una melancólica profundidad, mientras observaba a Ezio alzar la mirada a la luna y sentir su caricia como un símbolo de su aprobación.
En la otra cara de la ciudad, Leonardo llegó a su departamento. El aroma a cuero lo envolvió, pero no ofreció consuelo alguno. Su dedo ausente lo quemaba, un recordatorio constante de la condena que llevaba consigo. Se sirvió whisky y lo bebió lentamente frente al espejo de la barra de su cantina. Los recuerdos de la noche lo asfixiaban, la sensación de ser visto por Vincent, su dueño, su controlador. Nada que hiciera podía cambiar la verdad: él ya no tenía el control.
Un suspiro le escapó, dejando en el aire un eco de frustración. Necesitaba desahogarse. Las emociones lo estaban desgarrando y, aunque lo sabía, no podía permitir que el dolor lo consumiera por completo. La necesidad de liberarse, de encontrar algo de consuelo en la oscuridad, lo empujó a hacer algo que apenas reconoció en sí mismo, con el recuerdo de haber visto a Isabela viva en el corazón.
Caminó hacia el escritorio, donde reposaba la caja que había mantenido oculta durante meses. En su interior, varias fotos cuidadosamente guardadas mostraban a Isabela en momentos íntimos, en los que ella no sabía que era observada. Fotos de sus sesiones con Vincent, esas sesiones que la degradaban, en las que ella parecía perdida, sometida al control absoluto del mafioso. Había otras también, de sus encuentros con Ezio, la otra cara de su historia, las pasiones que Leonardo había seguido con la misma mirada fija. Había vigilado todo, hasta que la noticia de su muerte lo quebró de nuevo.
Tomó una de las fotos, la que más lo torturaba: Isabela recostada, vulnerable en la cama, la luz suavemente acariciando su piel, un brillo furtivo en sus ojos que él había llegado a conocer demasiado bien. El deseo lo invadió, pero esta vez era distinto. No era un deseo que lo llenara, sino uno que lo vaciaba aún más.
Sin poder evitarlo, se quitó la chaqueta y dejó que su cuerpo se acercara a la imagen de ella. No era solo deseo. Era la angustia de haberla perdido, de haber entregado todo lo que tenía a Vincent, de haberse quedado con las sombras de lo que pudo haber sido.
La prenda de Isabela, recorrió sus manos, ahora tenía un aroma doble, se trataba del mismo vestido verde que le había regalado a Fernabela después, un eco de su verdadera obsesión, un recuerdo de las dos mujeres que lo habían desnudado de su control. El gesto era desesperado, doloroso. No podía pensar, solo actuar.
Su cuerpo se movía casi como una necesidad impuesta por el dolor. Se detuvo al sentir la calma después del clímax. El vacío. La fragilidad del momento lo golpeó de nuevo. No importaba lo que hiciera. No podía tenerla. La realidad de la mentira de su muerte lo desbordaba, la culpabilidad lo ahogaba, y sin embargo, allí estaba, con la ropa de Isabela entre las manos, tratando de sostener lo que ya no podía ser.
Sus piernas flaquearon y quedó de rodillas frenet a su cama, cuando la puerta del ascensor se abrió. Entró Vincent con toda su opulencia y control, miró a Leonardo fragil y humano y le sonrió.
“Sobrino mío, tenemos que hablar” Le dijo con una autoridad fria.