Capítulo 22 El mago y la musa
Isabela abrió los ojos. El aroma a pan caliente, higos maduros y jugo de frutas se colaba por el umbral de la puerta, cruzando como un susurro hasta su cama. Había pasado la noche en el edificio del Café, donde la cuidaban con una delicadeza casi desconcertante. Sin embargo, apenas despertó, su instinto de supervivencia se activó como una alarma silenciosa.
—¿Se puede? —preguntó una voz joven desde el otro lado. No era fácil adivinar su edad, pero sonaba suave, sin amenaza.
Isabela no respondió. La puerta se abrió con lentitud. Una muchacha apareció en el umbral con una sonrisa dulce y una charola sencilla de madera. Sobre ella: pan, jugo y una pequeña flor silvestre.
—Ah, ya estás despierta. Qué alivio. El Príncipe me pidió que te trajera algo de ropa y comida. Puedes quedarte en esta habitación o bajar a desayunar con nosotras. Eres bienvenida.
La joven —Mila, pensó después Isabela— tenía el cabello suelto, el cuerpo libre y una expresión luminosa. Aquella visión la confundió. Todo parecía tan amable, tan cotidiano… que por un instante temió que lo de anoche no hubiera ocurrido. O peor aún: que sí hubiera ocurrido y nadie pensara hablar de ello jamás.
Isabela se incorporó lentamente. Llevaba una pijama sencilla, larga, aunque su abdomen se asomaba con descuido. Por un momento pensó en salir corriendo, pero sus ojos se detuvieron en el plato a un costado de la cama. Pan fresco. Jugo. Paz. Desconfiaba y, aun así, no se movió.
El vestido con el que había llegado estaba inutilizable, cubierto de lodo y de la violencia sutil de la ciudad. Eligió unos tenis blancos, unos vaqueros y una camiseta de manga larga. Se ató el cabello en una coleta alta, ocultando el temblor con el que bajó las escaleras. El olor a mantequilla, café y pan recién horneado la recibió como una caricia. En algún rincón sonaba música, y el aire cálido de la cocina le recordaba a una noche de verano donde todavía todo era posible.
—Ah, qué bien. Decidiste acompañarnos. Ven, siéntate, pequeña —dijo una mujer robusta de piel oscura. Su tono no era de mando, sino de acogida.
Isabela la miró. Luego miró a las demás. Un chico pasó detrás de Trisha con un garrafón de agua y una chica de cabello rubio apareció lavándose las manos.
—No puedo creerlo… la Roma perdió —se quejó ella.
—Te lo dije —respondió el chico, de cabello negro con puntas moradas—. El Milan era claramente superior. —
Hola —intervino la rubia, sonriéndole a Isabela—. Siéntate donde quieras. ¿Quieres jugo?
—Sí… —respondió Isabela, aún sin saber muy bien dónde estaba ni quién era en ese instante.
—No dejes que Franky te intimide con su mal gusto deportivo —bromeó Mila, señalando al chico, que hizo una mueca burlona.
—Siéntense los dos —ordenó Trisha con amabilidad—. Mila, por favor avísale al resto que el desayuno está listo.
La mesa se llenó de panecillos esponjosos, miel, mermelada de fresa y cajeta casera. Las chicas del café se sentaron alrededor de Isabela sin planearlo, pero la separaron de los hombres como por reflejo.
—Perdón… —dijo Isabela con timidez—. ¿Dónde estoy?
—En Café Romance —respondió Mila mientras partía un panecillo con las manos. —Un refugio para enamorados, corazones rotos… y gente con pésimo gusto futbolístico, al parecer —añadió entre risas. —
Puedes quedarte el tiempo que quieras —dijo Trisha, untando mermelada—. Las habitaciones están arriba, como ya viste. Si prefieres huir de nuevo a la calle, lo entenderemos; somos desconocidos, después de todo. O, si quieres, puedes quedarte a preparar café con nosotras.
—No… no sé si quiero volver a mi casa —admitió Isabela. Su voz traía consigo un eco de miedo.
—No importa lo que haya pasado anoche. Ni ninguna otra noche —dijo Anaís, la mujer que la rescató de la lluvia—. Estás a salvo. Estás entre amigos.
Isabela sonrió con un sarcasmo herido. No estaba segura de que alguien pudiera protegerla del monstruo que había visto la noche anterior.
—El Príncipe te protegerá —prometió Anaís, con esa voz que tienen los que han sobrevivido al infierno.
—¿Príncipe…? —murmuró Isabela, con el corazón aún entumecido.
Ezio apareció entonces, atravesando la puerta como una figura que no parecía real. Llevaba un traje oscuro, el cabello salvaje y unos lentes de sol. Al quitárselos, sus ojos revelaron el fuego plateado de su alma. Intentó tomar un panqueque directamente de la sartén y recibió un cucharazo en la mano de parte de Trisha.
—¡Auch!
—No meta la mano en mi cocina, Príncipe —le reclamó ella, y las risas estallaron. También las de Isabela.
La cocina olía a pan recién horneado y a jazmines. Afuera, el día se desplegaba lentamente teñido de oro. ¿Era eso la paz? Recordó cómo la mirada de Leonardo la poseía y el miedo helado que Vincent le provocó, pero allí había calidez. Aunque no comprendía quién era realmente ese Príncipe que se servía el café con los dedos manchados de tinta y sombras, sabía que estaba en un lugar donde podía sentarse sin ser devorada.
Los días pasaron en Café Romance. Comenzó a ver fútbol con Mila y Franky, a compartir café con Alphonse y Mila, y a abrirse con Trisha y Anaís, quienes la acogieron como una madre recibe a su hija. Poco a poco, Isabela encontró el valor para regresar a su departamento, pero el lugar parecía manchado. Ezio le ofreció un pequeño departamento independiente, pero pronto se dio cuenta de que extrañaba la compañía del café.
Una noche, tras una pesadilla con Vincent, encontró la tarjeta que Ezio le había dado. En ella apareció la figura de una rosa y una llave, acompañada de un aroma a jazmín. Sintió un impulso y volvió al café.
Usó la tarjeta negra y subió a la Stanza Rossa. Allí, el espacio secreto la esperaba como un poema suspendido en la oscuridad. Ezio la recibió en el umbral.
Su primer llamado en la Stanza la llevó a una habitación frente al Mediterráneo donde pudo dormir sola, sin miedo, mientras veía fotos de su infancia con Fernabela.
Al salir, conoció a un hombre de voz profunda y ojos dorados, resplandecientes, capaz de transformar el aire en deseo. Lo llamaban, al igual que a Ezio, "El Príncipe".
Isabela le pidió ayuda a Ezio para recuperar su alegría. Él la guió por un umbral distinto. Le enseñó a redescubrir su cuerpo con paciencia. —A veces —le dijo—, lo más difícil no es decir “no”, sino aprender a decir “sí”, sabiendo todo lo que eso implica.
La amarró de pies y manos, pero esta vez no hubo sometimiento, sino entrega protegida por palabras seguras. Ezio la tocaba como si estuviera ayudándola a renacer.
Sin embargo, todo cambió una noche. Vincent la esperaba en una calle solitaria. Su presencia bastó para inmovilizarla.
—Hola, Isabel. Te extrañé. No me gusta que me dejen esperando —dijo con voz cruel. Su chaqueta se abrió lo suficiente para mostrar un arma. La condujo a un callejón y la humillación fue un espejo de sus peores pesadillas.
La obligó a actos degradantes con el arma, disfrutando más de su miedo que del acto mismo. Justo cuando el horror parecía inevitable, una sombra se movió tras ellos: Ezio.
El enfrentamiento fue rápido y brutal. Ezio lo desarmó.
—Los mataré a todos, Ezio. No puedes detenerme —escupió Vincent.
—Veremos qué opina Mellrrick —respondió Ezio, firme—. Café Romance tiene sus propios monstruos.
—Solo la muerte me separará de ella, ¿me oíste? —sentenció Vincent antes de desaparecer.
Isabela temblaba en brazos de Ezio. Comprendió que Vincent no olvidaría.
—No estás segura, Isabela —murmuró Ezio—. Pero podemos hacer que desaparezcas... de verdad. Durante semanas planearon el accidente, las pistas y el ADN manipulado.
—¿Y si mi hermana me odia después de saber lo que he hecho? —preguntó ella.
—Entonces tu muerte habrá sido real —respondió Ezio—. Pero si viene... te buscará como una hermana y te encontrará como una mujer nueva.
Y así fue como Isabela murió. En una noche lluviosa, un coche fue hallado calcinado. El nombre de Isabela desapareció de los registros. Desde una ventana oculta en Roma, una mujer observaba las luces.
Ya no era Isabela, no del todo, pero su corazón latía fuerte, esperando el regreso de su hermana para que, juntas, formaran parte del mismo secreto.