Capítulo 21 Isabela #2
La noche había caído sobre Roma como una promesa rota. Leonardo caminaba por Via Giulia con la inquietud reptando en su espalda. Lo habían citado en un hotel antiguo, uno de esos lugares donde las paredes absorben secretos y el silencio pesa más que las palabras. Vincent Loza lo esperaba en la terraza con una copa de coñac en la mano, el rostro sereno y los ojos como cuchillos ocultos en terciopelo. Vestía como un hombre que no necesitaba probar su poder: con elegancia silenciosa y esa aura peligrosa que hace que los demás bajen la mirada al pasar.
—Buenas noches —dijo Leonardo con ceremonia, mientras besaba la mano de su jefe.
Vincent no se molestó en levantarse. —La chica. Isabela. ¿Te pertenece?
Leonardo titubeó apenas. Ese instante bastó. —No. Aún no —respondió con franqueza.
Vincent asintió, sorbiendo su coñac como si acabara de tomar una decisión menor. —Quiero que la prepares. No me gusta tomar algo que no ha sido abierto. No me gustan las vírgenes, pero sí las bestias domadas.
Leonardo tragó saliva. No preguntó a qué se refería; ya lo sabía.
—Hazlo con cuidado, con precisión. Si se rompe, no me sirve. Si se enamora de ti, la destrozas tú mismo. Cuando esté lista, me la traes. —Vincent se levantó, su figura alta recortada contra el cielo de Roma—. Y, Leonardo... no te encariñes.
Fue una sentencia para ambos.
En la penumbra de su habitación, Leonardo le anuda una cinta negra en la muñeca. —Para que recuerdes que perteneces a algo más grande que tú —dice, con su voz convertida en un murmullo grave.
Isabela ríe, convencida de que es un juego. Él no. La cinta es un grillete disfrazado, un lazo que la ata a un destino que ella aún no ve. Cuando se queda dormida, Leonardo la observa con los ojos encendidos de deseo y tormento. Sabe lo que hace. Sabe que no tiene el valor para detenerlo.
Las noches se deslizan como sombras. En una, Leonardo le pide que no lo mire mientras la toca. —Solo escucha. Solo siente —susurra, vendándole los ojos con un pañuelo de seda. La guía con su voz, baja y peligrosa, en la oscuridad. Isabela gime su nombre, entregada. Él aprieta los dientes. Cada gemido es un eslabón nuevo en la cadena que él forja, una condena que no puede deshacer.
Otra noche, ella se contempla desnuda en un espejo antiguo, su reflejo atrapado en el cristal opaco. Leonardo está detrás, inmóvil. —No es tu cuerpo. Es mío ahora —ordena, con voz cortante como un filo.
Isabela se estremece en un escalofrío de deseo. Él también tiembla, pero no de placer: la culpa le araña las entrañas. Cada orden que ella obedece es un paso más hacia Vincent, un nombre que Leonardo no se atreve a pronunciar, pero que pesa como una losa.
El tiempo avanza y Leonardo la rocía con un perfume que él eligió: jazmín dulce con un trasfondo de cuero y almizcle, un aroma que promete y amenaza. —Quiero que tu piel hable por ti —dice.
Esa noche la lleva a cenar. Caminan por Roma bajo un cielo de estrellas afiladas. No hacen nada más, pero los hombres la miran, giran la cabeza, atraídos por algo que no nombran. Ella no lo entiende; él sí. La está moldeando para ser deseada, preparándola para un escenario donde otro la reclamará. Las noches se vuelven rituales. Leonardo le enseña frases que ella repite como un mantra: "Soy tuya. Haré lo que me pidas. No tengo miedo".
Isabela sonríe después, creyendo que es un juego de amantes. Él no puede dormir. Sabe que las palabras ya no son suyas, que Vincent las ha escrito en su mente mucho antes. En una noche silenciosa, le ata las piernas con una cuerda de seda roja. Ella se entrega, jadea, gime. Cuando termina, él la besa con una ternura desesperada, como si quisiera grabarla en su piel antes de perderla. Ha cruzado un umbral. Teme que no pueda salvarla ni de Vincent, ni de sí misma.
Una vez, ella le desobedece por capricho, un desafío juguetón. Él la corrige con una calma cruel: sin besarla, sin tocarla, la hace arrodillarse. Isabela tiembla, no de miedo, sino de un deseo que no comprende. Leonardo siente que muere un poco más. Cada vez que ella se somete, él pierde algo de lo que fue. Le regala un vestido negro, ceñido, exquisito. —Úsalo cuando estés lista para entregarte por completo —le dice.
Isabela lo guarda emocionada, sin preguntar qué significa. Él siente náuseas. Sabe que la está vistiendo para otro. Para un monstruo.
Se marcharon juntos al Circo Romance, un lugar de promesas, luces y redención, donde Isabela se encontró con un bufón que, con un gesto juguetón, intentó separarla de Leonardo, pero esta lo ignoró. Siguió su noche con la promesa de una velada de pasión. Juntos, Leonardo e Isabela se marcharon a un encuentro pactado con un hombre que la cambiaría para siempre.
El salón elegido por Vincent es un susurro envenenado: elegante, oscuro, con una lámpara antigua que derrama luz dorada como un velo. Isabela, envuelta en el vestido negro, parece una ofrenda. Leonardo la acompaña en silencio, con los pasos pesados y el corazón latiéndole en la garganta. Entonces lo ve: Vincent Loza, impecable, con una sonrisa torcida que no ofrece placer, sino dominio. Está de pie, esperándola, como un rey que reclama su tributo.
—Isabela —dice, con cortesía teatral—. Al fin.
Ella se detiene. Su mirada busca a Leonardo, vulnerable, como una niña perdida en un bosque sin luz. Vincent extiende la mano. Isabela duda un instante. Luego, obediente, como fue entrenada, se la da. Sus dedos tiemblan al contacto. Leonardo no puede moverse; el miedo y la culpa lo estrangulan.
Vincent lanza una mirada a Leonardo. Una que dice: "Bien hecho". Leonardo baja la cabeza, no por respeto, sino por vergüenza. Isabela lo mira una última vez. No hay odio, ni deseo, ni sumisión. Solo miedo. Un miedo triste, puro, callado, como el de quien descubre que el juego nunca fue un juego.
Eso lo destroza. No la besa. No la detiene. Solo la ve irse.
Esa noche, Isabela camina sola por Roma, con los pies descalzos heridos por el empedrado y la lluvia cayendo como agujas. Algo en ella se ha apagado, una luz que no sabe cómo recuperar. Se abraza los hombros, temblando, perdida en un miedo que no puede nombrar. La lluvia no la limpia; la castiga.
—Ven, mi niña, ya estás a salvo —dice una voz cálida y paciente.
Una mujer de cabello blanco aparece con una manta y un paraguas, su delantal café con el nombre Café Romance bordado en el pecho. Isabela, con los ojos llenos de lágrimas, se deja guiar. El interior del café la envuelve como un abrazo. Le ofrecen pantuflas, la secan, la rodean de calor. Ezio, un hombre de mirada amable, le promete refugio. Isabela llora, no de alivio, sino de algo más profundo: la certeza de que, aunque está a salvo, una parte de ella se ha perdido para siempre.