Capítulo 21 Isabela
Isabela sintió el peso de sus decisiones reflejado en los ojos de su hermana. El impulso de correr a sus brazos, de fundirse con ella y escapar juntas de Roma era abrumador; una necesidad humana de afecto y confianza que se había diluido desde su llegada a esa ciudad. Aunque sus ojos se llenaban de lágrimas y el corazón le latía con un dolor espeso, se obligó a continuar.
—Debes irte, Fer. Estoy viva y estaré bien... pero no puedo quedarme. Él nunca olvida un rostro. Si no te marchas, te usará a ti. Vete. Vive una vida libre por mí —dijo. Sus palabras estaban cargadas de un dolor tan hondo que parecía inhumano.
Isabela se giró y contempló la góndola que la esperaba en el canal, bajo sus pies.
—Fer... por favor, espera —suplicó su hermana.
Pero ya era tarde. Isabela se dejó caer con una elegancia felina, deslizándose al interior del mismo compartimento secreto en el que había llegado. El hombre que manejaba el pequeño navío era el maestro de ceremonias del Circo Romance; acompañado de rostros y nombres conocidos para Fernabela pero, en medio de la adrenalina y la penumbra, sus rostros parecían distorsionados, como figuras de un sueño.
Los pasos de Fernabela resonaron sobre el puente. Se asomó, buscando a su hermana, pero solo halló oscuridad. Intentó correr hacia el canal, pero el lugar había sido elegido con precisión quirúrgica. Para cuando llegó, ellos ya se habían confundido entre las góndolas que surcaban la ciudad, y la atmósfera de vida y aromas en las calles se impuso, sofocando el grito de pérdida que comenzaba a crecer en su pecho.
En la embarcación, Isabela se recostó. Sus sollozos, al principio contenidos, se transformaron pronto en un lamento profundo, desgarrado, que se escapaba desde lo más hondo de su cuerpo. El maestro de ceremonias y el hombre de cabello cano comenzaron a cantar, cubriendo su dolor con música. Así, el reencuentro de las hermanas se ahogó en la noche veneciana, como una ópera sin final.
* * *
Tiempo atrás, cuando aún creía que Roma podía salvarla, Isabela había descubierto algo que no esperaba. Había llegado a Italia con un hambre humana de libertad, con el deseo de encontrarse a sí misma y hallar su lugar en el mundo. Tras la muerte de su madre, no encontró consuelo ni seguridad en el amor, como sí lo había hecho su hermana. La envidiaba por eso, pero eligió continuar su propio camino.
Roma despertaba bajo una luz dorada que parecía bendecirlo todo. Las calles adoquinadas reflejaban el sol como si guardaran siglos de historias y promesas aún por cumplirse. Las fachadas terracota, cubiertas de buganvilias y hiedra, respiraban una belleza antigua y viva, como si la ciudad misma murmurara al oído de los viajeros: "Estás a salvo aquí, puedes empezar de nuevo".
El aroma a café recién hecho flotaba desde las terrazas, mezclándose con el murmullo de las fuentes y el lejano repicar de campanas. Había algo en el aire, una calidez suave que no venía solo del clima, sino de los rostros, de los gestos pequeños, de la manera en que el tiempo parecía ralentizarse para que uno pudiera sentir, mirar, respirar. Roma no exigía, ofrecía. No presionaba, acogía.
Y así, mientras caminaba por sus plazas soleadas y sus callejones que desembocaban en maravillas inesperadas, Isabela empezaba a entender algo simple y profundo: que algunas ciudades no se visitan, se sienten. Y Roma, con su eterna dulzura melancólica, la estaba abrazando como si siempre la hubiese estado esperando.
Había conseguido un pequeño departamento que soñaba compartir con su hermana. Un refugio sencillo y discreto que pintaba de luz sus días y la resguardaba de noche. Allí, Isabela podía salir cuando quisiera. Allí, comenzaba a soñar otra vez.
Roma ardía con una suavidad deliciosa esa noche. El cielo era de un azul profundo, salpicado de estrellas, y el aire olía a tierra caliente, a vino derramado, a jazmín. Isabela caminaba como si la ciudad le perteneciera: su vestido de lino claro flotaba en torno a sus piernas y el cabello le caía suelto, con mechones enredados por el viento. Había algo en ella que no se podía fingir: la certeza de estar viva, de estar abierta a lo que viniera, incluso al dolor.
Entró a un bar pequeño, escondido entre callejones que solo los locales conocían. La madera oscura, las luces tenues y el sonido bajo del jazz creaban un refugio íntimo del bullicio nocturno. No era el tipo de lugar al que se llega por accidente; era una especie de santuario para almas errantes.
Isabela no buscaba a nadie, pero todos la miraban. No porque fuera la más hermosa, sino porque su luz era imposible de ignorar: caminaba con los hombros erguidos, los labios apenas curvados en una sonrisa secreta y una energía que parecía envolver el aire a su paso. Se sentó en una mesa al fondo, cerca de una ventana abierta que dejaba entrar la noche. Fue entonces cuando lo vio.
Él estaba solo en una mesa con vista a la barra. No bebía, apenas tocaba su copa. Su postura era relajada, pero su mirada estaba perdida en algún sitio muy lejano. Llevaba una camisa negra, ligeramente desabotonada en el cuello, y los rizos oscuros le caían sobre la frente. Parecía una estatua tallada en sombra y humo. Isabela lo observó un momento, sin disimulo. Luego pidió una copa de vino blanco y giró el rostro hacia la calle, como si no pasara nada.
Pero él la había visto desde el primer instante. Como si algo en el ambiente hubiese cambiado con su llegada, Leonardo alzó la mirada. Fue un segundo: el cruce de dos mundos que no se esperaban. Ella, hecha de sol y carne; él, atrapado en el duelo y en la oscuridad. Y, sin embargo, hubo algo en sus ojos que se encontró en el aire entre ellos.
Isabela se levantó, desenfadada y libre. El hombre la vio y se sintió impresionado e incómodo; sus ojos con su reflejo metálico y el carisma nato de un hombre que se ha abierto paso con su propia fuerza e ingenio se sintieron pequeños.
Isabela se sentó. —¿Puedo sentarme contigo? —le preguntó en un italiano infantil, como si fuera un niño el que aprendía.
—Sí —respondió el hombre, abrumado por la presencia de la chica.
—¿Cómo te llamas?, ¿cuál es tu historia? —le preguntó con una sonrisa carismática y profunda. Su belleza, su libertad y su aire jovial desarmaron al hombre.
—Leonardo —contestó, con un presagio al futuro—. Es el aniversario de mi hermana... ella murió —confesó, aún sin saber bien por qué.
Isabela tocó su mano con cercanía, pero sin seducción; solo una persona que acompaña a alguien en su dolor.
—Lo siento mucho —le dijo, y sus palabras parecieron sinceras—. ¿Quieres contarme de ella? —Leonardo se sorprendió.
Él pidió una botella de vino caro, pero Isabela se conformó con lo que estaba bebiendo. Lo rechazaba con elegancia; no era un juego de seducción, simplemente su naturaleza era diferente. Ambos platicaron al calor de la bebida y los alimentos. Se tomaron una foto, que años después sería modificada para manipular a su hermana y acordaron verse de nuevo y comenzaron a salir.
Su primera cita fue en una plaza. La lluvia caía en silencio por Roma, como si quisiera limpiar el lugar para su encuentro y purificar las cosas que no podían decirse en voz alta. Leonardo la miraba mientras se cubrían bajo el toldo de un café y sintió, por un momento, que el peso del mundo se deshacía en la sonrisa de Isabela.
—Te ves feliz —le dijo con una sonrisa contenida.
—Estoy viva —respondió ella con una mirada comprensiva y cariñosa, en una forma silenciosa pero valiente de resistir la distancia de ser una extraña en un país que no conocía.
Sus encuentros siguieron siendo cada vez más frecuentes, incluso por las noches en el río Tíber, donde ambos avanzaban de la mano. Caminaban sin prisa, con las luces del río reflejadas en sus rostros como una promesa incierta.
—¿Tienes miedo? —preguntó Leonardo.
—Claro —respondió Isabela. Luego se detuvo, lo miró y añadió—: Pero tú me haces querer atravesarlo.
Y así lo hicieron, juntos de la mano, en una marcha silenciosa en la que sus almas encontraban un refugio seguro del mundo que los vigilaba.
El departamento de Leonardo era un refugio de sombras. Pocas luces, libros apilados en esquinas, una lámpara encendida junto a un vinilo girando lentamente. Isabela entró sin preguntar demasiado, con ese andar suyo entre la danza y el desafío. Llevaba una blusa blanca abierta en los hombros y una falda que parecía flotar a cada paso.
No hubo prisa. Él le ofreció vino y ella lo aceptó. Hablaron poco. La intimidad ya no necesitaba palabras.
—¿Te molesta si me quedo un rato más? —preguntó ella con la copa en la mano, de pie frente a la ventana.
—Quédate —dijo él. No era una orden ni una súplica; era una rendición.
Isabela se acercó y lo miró con la misma intensidad con la que se mira una ciudad desde lo alto: con una mezcla de ternura y hambre. Lo besó sin previo aviso. Sus labios fueron suaves al principio, como quien saluda una herida, pero luego profundos, como si quisiera beberse el dolor. Leonardo la tomó del rostro, como si necesitara asegurarse de que era real. Ella lo desvistió con la paciencia de quien descubre un secreto. Él tembló un instante —no de deseo, sino de miedo— y ella lo notó.
—Estoy aquí —le susurró, como si esas dos palabras pudieran reconstruirlo.
Hicieron el amor en la sala, frente a la ventana, sin ceremonias ni palabras vacías. No fue perfecto, pero fue verdadero: una búsqueda desesperada de consuelo, una danza entre dos heridas que, por un momento, encontraron abrigo en la piel del otro. Después, ella se quedó dormida en su pecho y, por primera vez en años, Leonardo no soñó con la muerte.
Pero un mensaje, en mitad de la oscuridad, cubrió su felicidad apenas naciente con un manto de sombras:
"Quiero verte mañana en donde siempre". Vincent.