El Secreto de Isabela (La Amante del Príncipe nº 4) Capítulo 19 Venecia
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Capítulo 19 Venecia

—No puedes hacerlo. No debes. Entiendo cómo te sientes, pero las pondrás en peligro a todas —exclamó Ezio, con el miedo y la incertidumbre quebrándole la voz.

—Sus ojos se posaron sobre su piel… sabe quién es, no está segura —susurró un eco del pasado.

—Debemos confiar en lo que hemos logrado —rogó Ezio. Ya no era poesía lo que hablaba, sino el lamento de un hombre al borde de la rendición.

—Sé que te pido demasiado… pero amenaza mi mundo —dijo ella, con la voz temblando.

—También es mi mundo. El mundo de todas —resaltó Ezio, y miró la máscara frente a él, colgada sobre el espejo.

Entonces la máscara habló: —No puedes proteger a nadie de su propia oscuridad.

Fernabela sintió un peso frío hundírsele en el pecho. Aquellas palabras le erizaron la piel. Cuando abrió los ojos, la incomodidad no había desaparecido. Solo se había deslizado a sus sueños.

No había logrado contactar a Leonardo. No apareció la noche anterior. Y tampoco tenía fuerzas para hablar con Ezio, a quien había sorprendido discutiendo con máscaras incrustadas en las paredes de la Stanza Rossa. Al parecer, no era la única que bordeaba el abismo de su propia cordura.

Se levantó y fue a la cocina. Apenas habían pasado un par de semanas desde su llegada a Roma y, sin embargo, el lugar ya tenía el aroma de su infancia: caos, promesas rotas y el amor inexplicable entre dos hermanas que, aunque opuestas, seguían siendo dos partes del mismo secreto.

Bebió un vaso de agua. Sentía la vulnerabilidad como una segunda piel. La fotografía que tenía entre manos revelaba dos verdades inquietantes: Ezio y Leonardo se conocían, se veían jóvenes y unidos por una confianza que no se forja sin lealtad… o sin crímenes compartidos. Lo peor no era eso. Lo peor era que ambos estaban ligados a dos asesinatos. Uno de ellos, el de su hermana Isabela.

Pero la pregunta que la torturaba no era cómo. Era por qué. Y esa duda le trituraba el corazón.

Esa mañana no despertó con ganas. El teléfono seguía en silencio. Escribió al número sin nombre, la persona que la había guiado hacia la Stanza. No hubo respuesta. Le suplicó ayuda. Silencio.

Leonardo era su otra opción. Pero no podía llamarlo. El hombre de la noche anterior era demasiado aterrador como para provocarlo. Y aunque no se presentó directamente, Fernabela ya sabía quién era: Vincent Loza.

Se vistió para salir. Se le ocurrió un nombre más, el último en quien podía pensar. No sabía si era aliado, o siquiera confiable, pero al menos estaba buscando lo mismo: saber qué le pasó a su hermana. Marcó su número. Acordaron verse en un café.

El lugar elegido por Rizco no tenía nombre en el toldo ni menú en la puerta, solo una vieja máscara de carnaval colgando sobre la entrada, como si el azar o el deseo fueran los únicos requisitos para encontrarlo. Estaba en una callejuela empedrada detrás de Campo de' Fiori, donde los edificios parecían arrugarse de edad y la hiedra trepaba sin vergüenza por las paredes color terracota.

Al cruzar la puerta, Fernabela sintió que el mundo se ralentizaba. El interior olía a madera antigua, vino tinto, albahaca recién cortada y un perfume apenas perceptible a incienso de iglesia abandonada. Había pocas mesas, todas ocupadas por hombres mayores que leían el periódico con gafas gruesas, y mujeres que hablaban bajito, como si confesaran secretos.

Las paredes estaban cubiertas de retratos borrosos en blanco y negro: mujeres con sombreros de ala ancha, hombres con ojos que no sonreían. Una de las lámparas colgaba torcida y parpadeaba como si alguien la hubiese maldecido para recordar el pasado.

El camarero —un anciano elegante con los labios pintados de rojo vino y la voz rasgada por el tabaco— la condujo a una mesa junto a una ventana desde donde se veían las cúpulas lejanas de Roma, suaves como un suspiro al atardecer. Fernabela pidió un espresso, aunque no lo necesitaba. Le bastaba con el calor de la taza entre las manos para fingir que aún controlaba algo. La melancolía del lugar era perfecta para decir lo que tenía que decir, para hacer lo que no sabía si era una traición o una súplica.

Cuando Rizco Viorla entró, no saludó con palabras, sino con una mirada que parecía haber nacido cansada. Se sentó frente a ella, y el peso de sus ojos bastó para que Fernabela supiera que ambos estaban a punto de cruzar una línea sin retorno. El camarero se alejó con pasos suaves, y el silencio cayó entre ellos como una capa de niebla densa. Rizco Viorla observó a Fernabela con los ojos entrecerrados, como si estuviera midiendo cada palabra antes de pronunciarla.

Ella fue quien rompió el silencio primero. Su voz sonó rota, humana, empapada de una tristeza que apenas podía contener.

—Creo que mi hermana está viva —dijo Fernabela, aunque la duda temblaba en el borde de sus palabras—. Pero no sé dónde… ni cómo. Creo que Leonardo tiene razón. Ezio la esconde.

Su confesión cayó sobre la mesa como una piedra al agua: honda, inevitable, cargada de culpa. Le dolía decirlo. Le dolía pensarlo. Sentía que estaba traicionando algo mucho más profundo que la verdad: estaba traicionando su propio corazón.

Rizco se inclinó apenas hacia ella. Sus ojos, curtidos por los años y la experiencia, no la juzgaban. Solo medían el terreno con la precisión de quien ha pisado muchas escenas rotas.

—¿Qué te hace pensar que Ezio está involucrado? —preguntó con tono medido. Demasiados años en la policía lo habían vuelto eficaz… y prudente.

Fernabela metió la mano en su bolso y sacó el diario. El de su hermana. El acto le supo a traición definitiva, como si al entregarlo también estuviera entregando lo más íntimo que le quedaba de ella.

—Este es el diario de Isabela —dijo, colocándolo frente a él—. Su última anotación fue un día antes del accidente.

Rizco lo tomó con delicadeza, como si sospechara que aquel objeto podía arder en sus manos. Lo hojeó con atención, dejando que las palabras privadas de una mujer que jamás conoció cruzaran el umbral hacia una investigación formal.

—Entiendo… —murmuró con cautela. El hombre de la barba bien recortada y belleza italiana hablaba como si cada palabra pesara—. Podríamos solicitar una orden para registrar el lugar, pero tienen una puerta que… desaparece cuando llega gente no invitada. No sé cómo lo hacen, pero sucede.

—La Stanza —susurró Fernabela, como si en el nombre se escondiera el secreto de todas las respuestas.

—Si de verdad quieres encontrar a tu hermana —dijo Rizco, y su voz cambió de tono: era la de un hombre que iba al grano—, necesito que me consigas una forma de abrir esa puerta. No puedo hacerlo solo. No si juega con reglas que no entiendo.

Fernabela bajó la mirada. Su alma temblaba con una pregunta que no sabía si quería hacer.

—¿Qué pasará con Ezio y los que trabajan ahí?

—Si los empleados desconocen lo que ocurre, no podemos hacerles nada —respondió con franqueza—. Pero si encontramos a Isabela ahí dentro… las cosas se pondrán feas para Ezio.

Ella lo miró, buscando aún un resquicio para salvar a ese hombre enigmático que la había sostenido cuando su mundo se derrumbaba.

—Dijiste que alguna vez usó el uniforme de los buenos. ¿Qué quisiste decir?

Rizco suspiró y tomó un sorbo de café. Su voz llegó más baja, más pesada.

—Ezio fue espía. Durante años infiltró la familia Loza. Ahí conoció a Leonardo Liza y a otros hombres peligrosos. Pero también encontró a una mujer… Las cosas no terminaron bien. Desertó.

Fernabela sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—Era joven, impresionable. Muchos creen que el sindicato Loza lo corrompió… y que el asesinato de esa mujer fue su llave de escape.

Fernabela se removió en la silla. Le costaba imaginarlo así. Pero entonces recordó aquellas palabras que él le dijo una noche: “Si te rompes lo suficiente… quizás también te llamen príncipe”. Rizco volvió a hablar, esta vez con una dureza que le dolió oír.

—También hay quienes dicen que Ezio nunca cortó lazos con los Loza. Que ahora oculta mujeres. Que usa su fachada del café y ese club secreto para entrenarlas… para prostituirlas. Para cosas peores.

Las palabras eran cuchillas, y Fernabela sintió cómo le rajaban la fe. Pensó en Ezio. En los chicos de Café Romance. En la calidez que había sentido. Y también en lo extraño que era todo. En cómo esa casa de placer y descubrimiento podía parecer… un culto.

—¿Y usted… qué cree? —preguntó, vencida por la confusión.

—Ezio solía ser un joven ejemplar —dijo el detective, como si se obligara a recordar a alguien que ya no existía—. Pero son ellos… los que más hondo caen.

Fernabela sintió cómo se le desmoronaba algo dentro. Como si al escuchar eso, Ezio ya no pudiera volver a ser quien ella creía.

—Si consigues que esa puerta mágica se abra para mí y mis hombres… si logras eso —continuó Rizco mientras se levantaba, su figura imponente frente a la mesa—, encontraremos a tu hermana. Y castigaré a los culpables. Te lo prometo.

Fernabela quiso detenerlo, pedirle más tiempo, negarlo todo. Pero no encontró fuerza en su corazón. Solo sintió una profunda soledad… y el aroma de un desayuno ajeno, en un café sin alma, muy lejos de Café Romance. El sonido de la taza sobre la loza blanca aún resonaba en sus oídos cuando Fernabela salió del café. No miró atrás. No porque no quisiera, sino porque sabía que, si lo hacía, se quebraría.

Afuera, la ciudad aún bostezaba bajo una luz pálida de mediodía. Roma olía a humedad y café, pero no tenía el mismo calor que Café Romance. Se envolvió en su abrigo con un gesto automático y bajó la calle con la determinación vacía de quien ya no sabe en quién confiar. Sentía que el suelo temblaba, no por un sismo, sino por las grietas que Rizco acababa de abrirle en el pecho.

Del otro lado de la avenida, entre los autos detenidos y los turistas dispersos, una figura permanecía de pie, oculta entre las sombras de la calle. Llevaba un vestido rojo, pesado y brillante como un pecado. En su rostro, una máscara de cerámica blanca, perfectamente lisa, sin ojos visibles. No se movió. Solo observó. Pero Fernabela no la vio. Su atención estaba clavada en su celular sin respuesta, en su respiración agitada, en el sonido de su corazón que golpeaba como si corriera hacia una verdad que no quería encontrar.

La mujer de la máscara ladeó la cabeza con una lentitud que helaba la sangre. Y entonces, sin anunciarse, cruzó la calle detrás de Fernabela, sin tocarla, sin ser vista, como si una sombra caminara junto a su destino.

Esa tarde, Fernabela regresó a Café Romance. El lugar parecía el mismo, pero algo en su atmósfera había cambiado. Menos luces, menos risas. Como si la noche ya se preparara para lo que vendría. Sobre una mesa, alguien había dejado una invitación escrita en tinta dorada.

“Venecia. Un baile, una máscara, una verdad”.

Y junto a la tarjeta, un pétalo negro. Como los que siempre aparecían cuando Ezio no estaba.

Fernabela entró a los vestidores, donde las voces del equipo se entrelazaban entre risas y preparativos, ajenas a la tormenta que vivía en su pecho. Salieron juntos en la camioneta de Café Romance. Ezio los encontraría directamente en la ciudad, y aunque esa ausencia le dio un respiro, no logró hacerla sentir mejor. Franky se mostraba tan cálido y comprensivo como siempre, y eso solo le dolía más. Su charla con el detective Viorla, y la perturbadora petición de ese hombre, Vincent, le rasgaban el alma en silencio.

Durante el trayecto, el equipo compartía una camaradería luminosa, una cercanía que parecía real, palpable, hermosa. Pero Fer no era parte de ella. Le ofrecieron una tarta de galleta con limón. La aceptó, pero no la comió. Las risas del grupo rebotaban contra un escudo invisible que rodeaba su corazón. Se sentía atrapada. Y aquellos que la conocían bien la miraban con una mezcla de comprensión y distancia. Nadie dijo nada. Porque su lucha, mientras no la compartiera, era solo suya.

Venecia los recibió con una bruma suave que parecía haberse tejido entre los siglos. Era mediodía, pero las nubes cubrían el cielo como un velo de duelo, apagando los colores de la ciudad. Las góndolas se mecían en silencio, como si también guardaran luto, y los canales reflejaban un gris profundo que distorsionaba los contornos del mundo. El aire olía a humedad, a piedra vieja y a sal, y cada rincón susurraba historias de amores perdidos y secretos hundidos en el agua.

Fernabela descendió del transporte con el corazón encogido. El equipo de Café Romance caminaba en silencio, con los rostros marcados por el viaje y la extrañeza del lugar. La ciudad era hermosa, sí, pero tenía esa clase de belleza que duele: una belleza detenida, como una flor seca enmarcada en cristal. Las fachadas, desgastadas por la sal y el tiempo, mostraban heridas abiertas. Ventanas que miraban al vacío. Balcones cubiertos de musgo como coronas mortuorias.

El lugar asignado para el festival de máscaras estaba a las afueras de un antiguo palacio al borde de un canal. Sus muros de mármol, agrietados; su escalinata, húmeda. La puerta principal crujió al abrirse, como si protestara ante su propio olvido. Dentro, la luz tenue que se filtraba por las vidrieras rotas proyectaba sombras que danzaban solas sobre los muros. No había música. No había voces. Solo el rumor constante del agua y el eco de los pasos, mezclados con el sonido metálico de las estructuras que comenzaban a montarse afuera.

Y sin embargo, debajo de toda esa tristeza, algo latía. Como un corazón escondido tras un antifaz, esperando su momento para revelarse. Esa noche, la ciudad despertaría. La melancolía daría paso a la lujuria de la máscara, al fulgor de los candelabros, al murmullo de secretos compartidos entre desconocidos. Pero ahora, Venecia era un cadáver hermoso. Uno que respiraba.

Ezio lideraba los esfuerzos para montar el stand asignado con la precisión y pasión de quien lleva un templo en la piel. Estaba esforzándose por sembrar la esencia de Café Romance en el corazón lúgubre de Venecia. Al verlos llegar, los saludó con afecto, incluso a Fernabela. Y esa calidez la hirió. No pudo evitar sentirse como una traidora. Estaba apuñalando al hombre que la había sostenido.

Y aun así… si tenía razón y si Isabela estaba atrapada en la Stanza Rossa, Ezio no era un salvador, sino un monstruo con rostro de ángel. Ahora lo veía con otros ojos. Después de hablar con Rizco Viorla, todo encajaba: Ezio era el adiestrador perfecto. La había hecho sentirse cómoda en su cuerpo, plena, deseada… como si redimir su deseo fuera una victoria. Le había quitado el peso negativo a la palabra “prostituta”. Y Leonardo, por otro lado, se ofrecía como una alternativa. Pero si aceptaba la mano de cualquiera de los dos… terminaría perdida. Como su hermana.

Pensamientos así la perseguían mientras cumplía su rol, observando al resto del equipo sonreír con una calidez que ya no podía compartir. Y entonces llegó el pensamiento más oscuro: ¿y si Ezio había matado a una mujer para salir de la mafia? ¿En qué convertía eso a su hermana? ¿Realmente estaba capturada? ¿O era ella la moneda de cambio?

Su cuerpo se tensó. Estaba atrapada.