Capítulo 18 Petalos rojos
Fernabela se revolvía incómoda en el asiento del copiloto. Ezio había cumplido su promesa: actuaba como un desconocido, y eso se convertía en un poderoso catalizador de su deseo. Mientras conducía con una destreza que delataba experiencia en situaciones tensas, su mano rozaba apenas la pierna de Fernabela. Ella no lo registraba del todo, pero sentía la presión de sus muslos contra el cuero desnudo del asiento.
Llegaron a la Stanza Rossa, aunque Fernabela no pudo recordar con claridad el trayecto. Subieron juntos a una habitación expandida, con una vista que parecía clavarse en el corazón romano. Se miraron. Ella puso un precio a sus caricias, y Ezio lo pagó con un beso delineado en el margen de sus labios.
Fernabela se lanzó sobre él. Ezio la recibió con sus brazos firmes, sin ceder al peso del deseo compartido. La llevó a la cama y la desnudó con una calma casi ceremonial. Fernabela estaba a punto de estallar, y la fuerza con la que él la sujetaba solo avivaba su pasión desbordante.
Ezio recorrió su cuerpo con una lengua educada en rincones que ella jamás había explorado. Era como si el italiano intentara descifrar los sabores de su piel. Le besó los pies, trazando un arco de deseo que despertó reacciones desconocidas en su interior.
Apretó las manos contra la seda roja de la cama. El fuego plateado en los ojos de Ezio la atravesó con un deseo carnal, profundo, sin restricciones. Fernabela llevó la mano a su propio delirio y, por primera vez, se permitió ser vista desde un lugar más humano, menos poético. Ezio acudió al llamado de su deseo y se deshizo de la ropa que contenía su cuerpo. Fernabela lo esperaba, desnuda de sus miedos.
Se fundieron en un beso hambriento. Ezio alcanzó un punto inexplorado en ella, y Fernabela gimió con un placer que no sabía que existía. Se liberaba. Se transformaba en una expresión más auténtica de sí misma: salvaje, indómita. Su cuerpo adquiría una nueva sensualidad a través de su propio deseo. Sintió una urgencia tan física que casi interrumpía el acto, pero Ezio le sujetó los brazos, impidiéndole liberarse. Fernabela mordió sus labios, sintió la contracción en sus muslos y, finalmente, la explosión de su feminidad.
El deseo recorrió su entrepierna. Sus ojos se nublaron y sus piernas se convulsionaron con fervor. El recuerdo de Fernando se borró. Leonardo desapareció de su mente. Incluso la culpa por su hija, al otro lado del océano, se apagó entre las llamas de su propia erupción.
Ezio llevó su cuerpo extasiado de vuelta a la cama y la cuidó con ternura. Fernabela sonrió para sí misma. Recordó las palabras de Lucía al salir por primera vez de la Stanza Rossa y, por fin, las entendió:
—Él te desnudaba el alma.
Ezio realmente lo hacía. Y con sus besos encendía una chispa interna: el permiso de ser ella misma y abrazar su oscuridad sin pena, sin pudor, sin miedo.
Los días en Roma se volvieron un crisol de luces y esperanzas. Fernabela comenzaba a sentirse cómoda en su propia piel. Aprendía la fluidez de un idioma que creía dominar, solo para descubrir la riqueza escondida en sus matices. Junto con Mila, Trisha, Lucía y Anaïs salía a explorar una ciudad tan hermosa como fría, con la que ahora se sentía más cercana. En las tardes, revisaba las anotaciones de un alma con la que anhelaba reconectar: el diario de Isabela.
Las páginas le mostraban facetas fascinantes de un reflejo hermoso que había evitado por años. Comprendía que la Stanza guardaba secretos que podía explorar a través del eco de su hermana. Así, aprendía a disfrutar matices profundos que antes ignoraba.
Pero no siempre era Fernabela; a veces se dejaba seducir por su sombra. Viajaba a Milán transformada en otra mujer: una criatura elegante, con tacones que delineaban una sensualidad distinta. Una dama sumisa, ansiosa por descubrir los matices más peligrosos del deseo. Con Ezio, se permitía ser suave, intensa, vulnerable. Con Leonardo… se convertía en otra cosa. En la puta de su poder.
El primer encuentro en Milán fue brutal. Leonardo la recibió con una copa de vino y una sonrisa que ocultaba veneno. Fernabela lo siguió hasta un salón escondido detrás de una puerta sin nombre. Todo allí olía a control. Al cerrar la puerta, la encerró también en una atmósfera cargada de deseo y sumisión.
—Estás tarde —le dijo sin mirarla—. Quítate la ropa.
Ella obedeció sin decir una palabra. No porque lo deseara, sino porque lo necesitaba. Necesitaba perder el control que durante años había sido su único escudo. Leonardo la tomó con una fuerza calculada. Cada caricia era una orden disfrazada de pasión. La hizo suya en un acto sin poesía, sin ternura, sin esperanza. La dejó desnuda y temblando en una cama que no era suya, con las piernas abiertas y el alma rota. Cuando terminó, se marchó sin mirarla.
Fernabela quedó ahí, con la espalda sudada, las mejillas ardientes y la dignidad colgando de un hilo delgado. No lloró. Sabía que eso también era parte de su proceso. Que a veces se necesita tocar la oscuridad para comprender el valor de la luz. Que la rosa también florece en el fango.
Volvía a Roma con la piel marcada por manos que no amaban, pero con el corazón cada vez más claro. Sabía que estaba cruzando un umbral interno, aunque aún no sabía hacia dónde la llevaría.
Ezio lo sabía. No preguntaba, no exigía. Solo la esperaba con un té caliente y una mirada que la abrazaba sin tocarla. Fernabela se dejaba caer en sus brazos como quien encuentra refugio después de una tormenta.
Una noche, mientras el sol moría sobre los tejados de Roma, Fernabela abrió el diario de Isabela y leyó una frase subrayada con tinta roja: “La libertad es dolorosa. Pero después… lo entiendes”. Cerró el cuaderno, se desvistió frente al espejo y por primera vez se observó sin odio. Ya no era solo una mujer rota, era una mujer en reconstrucción y, con eso en mente, Fernabela comenzó a escribir. No sabía bien qué. A veces eran frases sueltas. Otras, escenas que no recordaba haber vivido. A veces escribía como Isabela, otras como ella misma. Pero lo que salía de sus dedos era verdadero. Doloroso, desordenado, pero suyo.
Ezio la observaba desde la distancia. No intervenía. La dejaba sangrar en palabras. Una noche, mientras la ciudad dormía y el viento movía las cortinas de la Stanza Rossa, Fernabela se sentó desnuda al piano. No sabía por qué. No sabía tocar. Pero sus manos buscaron las teclas como si lo supieran todo. Como si la memoria de su hermana habitara en sus dedos.
Las notas fueron torpes al principio. Luego algo emergió: una melodía simple, melancólica, imperfecta que la hizo llorar. Lloró por primera vez en años. No por Leonardo. No por su padre. No por Ezio. Lloró por ella. Por todo lo que había perdido al intentar ser la mujer correcta. Por las veces que se calló, por las veces que se traicionó, por las veces que prefirió no sentir.
Ezio la encontró así: desnuda, temblando, con los dedos en las teclas y los ojos enrojecidos. No dijo nada. Se sentó a su lado y puso su mano sobre la suya.
—No tienes que ser fuerte esta vez —susurró.
Fernabela lo miró. Vio en sus ojos la promesa de algo más. No salvación. No amor. Algo más valioso: presencia. Ezio no la tocó esa noche. No la llevó a la cama. No la poseyó. Solo estuvo. Y en ese estar, Fernabela entendió que también el silencio puede ser erótico. Que el amor puede no tener forma. Que el deseo no siempre exige cuerpo. Durmió en el sofá, envuelta en una manta, con la respiración de Ezio como arrullo. Y soñó; soñó con ella misma bailando con la sombra de Isabela en su espalda y ambas disfrutaban a un mismo ritmo, libre y sensual.
—¿A dónde iremos? —preguntó Fernabela, sorprendida por la noticia en Café Romance.
—A Venecia —le respondió Trisha, sonriendo.
—Cada año nos invitan al carnaval de las máscaras, así que debes prepararte —agregó Alphonse con la misma calidez.
—Esperamos que esta vez te animes a comer algo —pidió Franky mientras limpiaba una mesa, sonriendo.
—Lo intentaré, lo prometo —respondió Fernabela con una sonrisa.
Salió por uno de los costados del edificio y recibió un mensaje de Leonardo: “Nos veremos en el bar, a las 9”. Sus mensajes eran los de siempre: desconectados e intensos. Pero de alguna forma, había aprendido a respetar sus silencios, incluso a disfrutarlos. No respondió. Solo le envió una foto de sus senos a través del uniforme y se rió con la imagen antes de prepararse para una noche salvaje.
Fernabela pensó que vería a Leonardo. Por eso eligió ese vestido. Seda color vino tinto, ceñido en la cintura con un lazo delgado. Tirantes mínimos que apenas sostenían el escote corazón. Había algo nostálgico en él, como de una mujer que intenta recordar quién fue antes de ser madre, maestra, esposa de nadie. Llevaba el cabello suelto, un perfume floral con fondo de vainilla y tacones que la hacían sentirse más decidida de lo que era.
Subió al restaurante por un ascensor dorado sin botones. Solo un sensor la reconoció. Las puertas se abrieron a un corredor tapizado en terciopelo negro. Al fondo, tras unas puertas de cristal esmerilado, estaba el salón sin nombre. No era un restaurante. Era una sentencia.
El aire olía a incienso de resina, cuero añejo y maderas exóticas. Las mesas estaban separadas por cortinas translúcidas que dejaban ver siluetas, no rostros. El cielo de Roma ardía más allá de los ventanales, pero dentro reinaba una penumbra elegante. Un piano de cola, sin pianista, tocaba en bucle una versión casi irreconocible de Nessun dorma.
El maître no pidió su nombre. La guio, en silencio, hasta una mesa en el rincón más oscuro del salón. Allí, con una copa en la mano y la sombra como abrigo, estaba Vincent Loza. Nada en él era vulgar. Y, sin embargo, todo era amenaza. El traje azul medianoche. Los anillos discretos. El reloj sin marcas visibles. El rostro afilado como una mentira dicha con calma. Y esos ojos: grises, secos, viejos.
—Llegaste puntual —dijo. Su voz era un trago de whisky a medianoche.
Fernabela se detuvo. —¿Dónde está Leonardo?
Vincent sonrió como si la pregunta fuera una flor que se marchitara al tocarla. —Oh, querida. Aún crees que esta historia tiene héroes.
Hizo un gesto. Un camarero silencioso colocó una copa de vino oscuro frente a ella. Otro trajo una caja de madera antigua. La abrió sin ceremonia. Dentro, un par de fotografías, desgastadas por los bordes, pero con una verdad devastadora.
Ezio. Leonardo. Y dos mujeres. Una desconocida. La otra, un puñal en el corazón: Isabela. Ambos hombres eran más jóvenes. Más sucios. Más vivos. Uno tenía el brazo sobre el hombro del otro. Sonreían como dos hombres que aún no sabían cuánto daño podían hacerse. Detrás de ellos, un muro con grafiti: La vera passione è una condanna. "La verdadera pasión es una condena".
Fernabela tocó la foto. Sus dedos temblaron. —¿Qué es esto?
Vincent no respondió de inmediato. Se sirvió más vino. Bebió. Luego habló con una lentitud afilada.
—Una advertencia. O un epitafio, según prefieras verlo. Ezio y Leonardo se conocen desde hace más de una década. Fueron… amigos. Amantes, tal vez. Cómplices, seguro.
La fotografía ardía en su regazo.
—Y entre ellos dos —continuó Vincent, inclinándose apenas— han muerto dos mujeres.
Fernabela no respiró. No podía.
—Tu hermana Isabela. Y antes que ella, la hermana de Leonardo. Que también amó a Ezio. Que también terminó… en silencio.
Una ráfaga leve de incienso se alzó en el aire, como el aliento de un fantasma.
—La Stanza Rossa no protege —dijo Vincent—. Solo embellece el sacrificio.
Fernabela sintió que todo dentro de ella se contraía. El vestido, tan cuidadosamente elegido, ahora le parecía inapropiado. Como si hubiera venido a una cita con la muerte sin saberlo.
—¿Por qué me dice esto?
Vincent apoyó los codos sobre la mesa, enlazó las manos. El anillo de su pulgar reflejó un brillo opaco.
—Porque creo que tú y yo queremos lo mismo: encontrar a tu hermana. Aunque has estado dispersa, jugando un juego que no entiendes. Sea como sea, yo te haré las cosas más fáciles —dijo sin dejar de mirarla—. La Stanza Rossa no se abre sin invitación. Dame una forma de entrar y yo encontraré a tu hermana. Y castigaré a quienes las separaron. Leonardo. Ezio. O cualquier otro.
Se levantó sin despedirse. Antes de irse, volvió a mirar la fotografía.
—Piénsalo. Y ten cuidado con los hombres que se aman entre la sangre. Siempre buscan una nueva víctima para terminar su duelo.
Se fue, dejándola en la penumbra, con el vino sin probar, el vestido demasiado frágil y la certeza de que acababa de cruzar un umbral sin retorno.