El Secreto de Isabela (La Amante del Príncipe nº 4) Capítulo 17 La sombra del oscuro deseo #2
53%

Capítulo 17 La sombra del oscuro deseo #2

Fernabela se detuvo. Su respiración era un suspiro tembloroso, y su piel, encendida. Ezio era un faro dentro de esa oscuridad, pero no la llamaba. No la guiaba. Solo esperaba, como si la elección debiera ser exclusivamente suya. En ese instante, comprendió algo más profundo que cualquier instrucción. La Stanza Rossa no era un lugar. Era una decisión. Una promesa. Una confesión de todo lo que había reprimido. Ezio la sostuvo con la mirada. Y en ese silencio espeso, que lo envolvía todo como un terciopelo invisible, Fernabela sintió que algo dentro de ella comenzaba a rendirse.

—Ezio, escucha... no sé qué estoy haciendo aquí. Tuve que salir... No quería faltar al trabajo, pero es que... —Fernabela intentaba juntar las palabras como si pudiera construir con ellas una salida.

Ezio la interrumpió con voz serena, envuelta en una poesía hecha de comprensión:

—Confiesa.

—No sé de qué hablas, Ezio. Te juro que surgió algo...

Las palabras se arremolinaban en su pecho, buscando una mentira creíble. Pero en ese instante, los ojos de plata de Ezio comenzaron a brillar como diamantes, capturando la esencia interna de la mujer. Ella se vio reflejada en su mirada. Una verdad inalterable la atravesó.

—Solo la verdad te permitirá sostenerme la mirada —dijo él, no como amenaza, sino como promesa.

Fernabela intentó girarse, pero sus piernas le fallaron. Recordó lo que había hecho con Leonardo… y, sin embargo, intuyó que esa no era la verdad que Ezio exigía. Había algo más. Algo más oscuro. Más íntimo. Algo que solo había compartido, y a medias, con Leonardo. Porque solo él la había visto así.

—Por favor… por favor, Ezio —suplicó, su voz temblando—. No me hagas decirlo…

—Solo acéptalo —le susurró él.

Fernabela se llevó las manos al rostro, desesperada por escapar de esa mirada que no se acercaba, pero que tampoco retrocedía.

—No… No quiero ser esa mujer… Por favor, Ezio, mi hija me odiará. Mi marido nunca me lo perdonará…

—Mírame a los ojos —le pidió él, con suavidad pero con firmeza—. Y asegúrate de que puedes verte a ti misma sin pena.

Fernabela levantó la mirada, convencida de que Leonardo le había enseñado a resistir esa clase de juicio. Pero lo que encontró en Ezio no fue juicio. Fue reflejo. Un espejo implacable. Se vio a sí misma de nuevo con Leonardo, sintiendo que él le daba permiso para abrazar su propia oscuridad sin culpa. Se vio parada en la esquina, inmóvil, con el corazón aprepado. Recordó la humillación, las miradas. Recordó también el rechazo de otras mujeres. Pero, sobre todo, recordó lo que había intentado olvidar.

—No… por favor, Ezio… —volvió a suplicar, mientras imágenes la atravesaban como cuchillas dulces.

El deseo. Los labios de Leonardo. El roce de aquel hombre en el auto. La necesidad brutal de ser vista. Deseada. El sexo palpitando entre sus piernas por una orden. La masturbación secreta. El clímax prohibido. Todo estaba ahí. La voz de Ezio sonó y resonó como un trueno en su interior, rompiendo la fina armadura de mentiras que ella misma había tejido.

—¿Cómo te hizo sentir estar ahí? ¿Cómo te hizo sentir estar expuesta, vulnerable… deseada?

Ella negó con la cabeza, pero él volvió a preguntar, más profundamente:

—Fer… ¿cómo te hizo sentir pararte en esa esquina?

Su voz, su mirada, la recorrieron con una furia sobrenatural. La obligaron a ver. A recordar. Y la derrumbaron. Fernabela cayó de rodillas, vencida por el peso insoportable de su propia verdad. Y entonces lo dijo. Lo confesó.

—Me hizo sentir viva. Me hizo sentir que aún era atractiva. Que, aunque soy solo una simple maestra de secundaria, todavía puedo despertar deseo. Me hizo sentir… bonita. Deseada.

—No necesitas avergonzarte de tus deseos —le dijo Ezio, dando un paso hacia ella—. Permíteme mostrarte otra forma de mirarlos.

Y entonces, las luces de La Stanza Rossa se encendieron. Mujeres con máscaras de cerámica comenzaron a acercarse. Sus cuerpos eran diversos, imposibles de encasillar, y, sin embargo, Fernabela sintía que las conocía. Tal vez porque representaban partes de ella misma. O tal vez porque trabajaban con ella en el café.

—Escoge tu ropa. Que sea en tus términos. Tu maquillaje. Tus zapatos. Que sea tu deseo, tu anhelo, tu verdad —le dijeron con voz suave y coral.

La ayudaron a vestirse. A prepararse. A sentirse segura.

—¿Qué sigue? —preguntó Fernabela con un nudo en la garganta—. ¿Me harás una puta…?

La sombra de Isabela pesaba demasiado.

—No —respondió Ezio—. Te acompañaré.

Ambos subieron al auto. Ezio condujo en silencio hasta el lugar donde Fernabela había comenzado a reprimir sus propios deseos.

—Daré una vuelta —le dijo—. Cuando estés lista, nos marcharemos como dos desconocidos que se encuentran en la noche.

Ella no lo entendió del todo, pero asintió. Bajó del auto. Ezio se alejó. Las mujeres de cerámica la observaban desde la distancia, como guardianas silenciosas. Y Fernabela comenzó. Se miró. Esta vez, su disfraz no le pesaba. Era extraño… pero suyo. Coqueteó con la noche. Con la oscuridad. Se movió con una elegancia que no conocía. Cada paso soltaba una cadena. Cada movimiento borraba una culpa. Era maestra. Pero también era mujer. Y se sentía viva.

Cuando el auto regresó, Fernabela se inclinó en la ventanilla. Los ojos de Ezio, sus espejos de plata, la miraron sin reconocimiento, como si fueran dos extraños. Y eso la liberó. Subió al auto. Juntos se dirigieron a un lugar que nadie conocía. Mientras tanto, las cadenas de culpa, vergüenza y sumisión que Fernabela había anclado a su alma… se desvanecieron en una noche de deseo y redención.