El Secreto de Isabela (La Amante del Príncipe nº 4) Capítulo 17 La sombra del oscuro deseo
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Capítulo 17 La sombra del oscuro deseo

Leonardo estaba sentado en el borde de su cama en un hotel de Milán, el aire cargado con el aroma de su propia colonia y el eco del deseo que aún latía en su cuerpo tras el encuentro con Fernabela. Todavía podía sentir el roce húmedo de sus labios en su piel, pero una culpa afilada le apretaba el corazón. La penumbra de la habitación apenas era interrumpida por una lámpara de mesa que proyectaba sombras afiladas contra las paredes. Sus manos temblaban mientras sostenía un relicario de plata, un pequeño objeto que había sido de Isabela. Dentro, una foto diminuta de los dos, capturada en un atardecer romano: ella riendo, él mirándola con una devoción que ahora le quemaba las entrañas.

Cerró el relicario con un chasquido seco y lo guardó en el bolsillo de su chaqueta, pero el peso de la culpa no se desvanecía. Vincen Loza, su jefe, un hombre cuya presencia era un veneno frío, había reclamado a Isabela para sí mismo. Leonardo no tuvo opción. Sabía que Isabela había desaparecido poco después, pero no sabía si había huido de Loza o si él la había silenciado para siempre. La incertidumbre lo carcomía, y ahora, con Fernabela en el tablero, la culpa se había transformado en una bestia que lo devoraba desde dentro.

El celular vibró sobre la mesita de noche, rompiendo el silencio como un disparo. Leonardo lo tomó con dedos tensos y, al ver el nombre en la pantalla, su estómago se contrajo: Vincen Loza. Respiró hondo, intentando calmar el pánico que le trepaba por la garganta, y contestó.

—Te llamé a Milán para que me trajeras tus avances; en su lugar, te estás cogiendo a la hermana de mi mujer. Eres un bastardo y un oportunista; espero que eso sea parte de tu plan para encontrar a mi mujer —la voz de Loza era una daga que cortaba el aire; Leonardo podía sentir su filo.

—Está en La Stanza. Si está viva, creo que ella lo descubrirá —prometió, intentando contener el miedo que le temblaba en la voz.

—No me interesa lo que creas, Leonardo —la voz de Loza se endureció, cada palabra un filo—. Isabela era mía. Si alguien la tocó, si alguien la escondió, quiero su cabeza. Y si no puedes dármela, la tuya servirá.

Leonardo sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Sabía que Loza no amenazaba en vano. Había visto lo que le hacía a los que lo decepcionaban: cuerpos que aparecían en el Tíber, rostros irreconocibles, familias destrozadas como advertencia.

—Lo sé, jefe —su voz salió más débil de lo que quería, y se odió por ello—. Estoy cerca. Fernabela está en La Stanza. Si hay algo que nos lleve a ella, lo encontraré.

Hubo un silencio al otro lado de la línea, tan largo que Leonardo pudo escuchar su propio corazón martilleando en el pecho. Finalmente, Loza habló, su tono más bajo, más peligroso.

—Tienes poco tiempo. Si no tengo a Isabela o si no descubres si realmente murió, voy a Roma yo mismo. Y cuando llegue, no habrá lugar donde puedas esconderte. Ahora ven al bar; necesitamos terminar otros negocios pendientes.

La llamada se cortó con un sonido seco, y Leonardo mantuvo el teléfono pegado a su oreja un instante más, como si pudiera mitigar el latido acelerado de su corazón. Isabela había sido una exigencia de su jefe, y Leonardo cumplió con su deber como siempre, pero algo salió mal y ahora su vida también estaba en peligro.

Se levantó, se puso su chaqueta y escondió el relicario dentro de un libro negro. Leonardo había sido el verdugo de muchos hombres y mujeres, la última visión de tantas personas antes de morir. Isabela había sido algo diferente: encantadora, libre y alguien que no lo juzgó. A pesar de ello, Leonardo hizo lo que se suponía que debía hacer y ahora la incertidumbre de si estaba viva o muerta lo carcomía en vida.

Salió a las calles de Milán y la ciudad lo abrazó con frialdad. El tacto de Fernabela se había desvanecido y no sabía cómo continuar; su única esperanza de salvarse era que Fernabela siguiera adelante, profundizando en los secretos de La Stanza Rossa, y averiguara si su hermana estaba viva o no.

* * *

Fernabela sintió el frío cortante de la madrugada romana al salir de la estación. El aliento del invierno le lamía el cuello, y sus pasos resonaban en el pavimento húmedo de una ciudad que parecía suspendida entre el sueño y la vigilia. Había pocas personas a esa hora, sombras errantes entre luces tenues y callejones dormidos. Se sentía desorientada, desbocada, descontrolada. El encuentro con Leonardo había sido un disparo en medio de su letargo: su cuerpo todavía ardía, y su corazón no dejaba de susurrarle que algo se había roto… o liberado.

Caminó sin rumbo fijo, envuelta en una noche densa de nubes y murmullos, como si la ciudad supiera que algo estaba a punto de quebrarse. Se detuvo en una esquina solitaria. Alrededor, algunas mujeres trabajaban con sus cuerpos; se confundían con la niebla, con las luces rojas que parpadeaban como latidos. Fernabela bajó la mirada. Vestía como Leonardo le había indicado: elegante, provocativa, expuesta. Se sentía sexy… pero también aterrada. El miedo la clavó al suelo.

Un claxon sonó. Se giró. Un hombre desde su auto la observó con descaro, la desnudó con la mirada. Y Fernabela sintió la respuesta inmediata, traicionera, palpitante de su feminidad. Pero el deseo se congeló en el filo de un recuerdo: uno antiguo, oscuro. Un pasado que aún le sostenía las cadenas.

Las piernas le temblaron. El impulso de huir, de deshacerse, la atravesó como un rayo. Pero justo entonces, el sonido seco de su celular la devolvió a otra realidad. Un mensaje del número desconocido que había guardado silencio desde su primer ingreso a La Stanza Rossa:

“Ve a La Stanza”.

Una orden. Fría. Clara. Y, sin embargo, como un hilo que tiraba de ella hacia lo profundo.

Fernabela apretó los labios y se obligó a avanzar. Caminó hasta llegar a Café Romance. El edificio la esperaba en penumbra, imponente y cerrado, como un centinela dormido bajo el peso de los secretos. La fachada, siempre tan acogedora, parecía distinta esa noche: más antigua, más viva. Fernabela se detuvo frente a la puerta principal, que solía abrirse como si supiera su nombre. Pero ahora estaba cerrada. Silenciosa. Indiferente.

Un nuevo mensaje vibró en su mano:

“Usa la llave”.

Frunció el ceño. ¿Qué llave? No tenía acceso a Café Romance, apenas había empezado a trabajar ahí. Pero al rebuscar en su bolso, sus dedos rozaron el metal frío de aquella llave: la que encontró en la escena del accidente de su hermana. Aquella que le había dado la mujer vestida de rojo.

La revelación fue un golpe en el pecho. Esa llave era de Café Romance. Siempre lo había sido. O quizás no del Café… sino de algo más profundo. Algo que la esperaba.

Fernabela alzó la mano. El llavín encajó con un clic preciso, casi ceremonial. Y la puerta, esta vez, no se abrió sola. Tuvo que empujarla, como si el lugar quisiera asegurarse de que su deseo era más fuerte que su miedo.

Al cruzar el umbral, no encontró más que sombras. El aroma del café había mutado en algo más profundo, más antiguo: canela quemada, madera húmeda, vino derramado. Las mesas estaban vacías, pero no solas. Había un murmullo en el aire, un eco de risas apagadas y gemidos lejanos, como si las paredes respiraran historias que no podían morir.

La oscuridad no era total. Algunas velas encendidas parpadeaban sobre candelabros altos, derramando luz líquida que bailaba en los espejos y en las botellas de la barra. Las sombras se alargaban como dedos, susurrando secretos a los rincones. Fernabela sintió que caminaba dentro de un recuerdo.

Y entonces la vio: la puerta negra al fondo del salón, entreabierta como un suspiro. No había nadie que la custodiara, pero el aire a su alrededor parecía más denso, casi húmedo, como si acabara de exhalar. La Stanza Rossa respiraba y derramaba su luz seductora por la abertura. Cada vez que la miraba, la puerta palpitaba apenas, como un corazón latiendo con deseo contenido.

Fernabela no supo si caminaba hacia ella o si era la puerta la que se acercaba. Su cuerpo se movía con lentitud, como sumergido en agua tibia. La madera parecía más viva que muerta; su superficie, fría al tacto, le envió un escalofrío directo a la nuca.

La Stanza la esperaba. No con urgencia, sino con certeza, como si ya supiera que ella iba a abrir. Fernabela pasó la invitación que le había heredado Isabela y el ascensor se abrió. Regresó al interior de terciopelo rojo, con la ropa que le había dado Leonardo, y cuando el ascensor se movió, Fernabela recordó la sensación de no saber si subía o bajaba.

Al entrar, Fernabela sintió que la oscuridad la envolvía como un manto antiguo. Las luces del vestíbulo estaban apagadas, y el silencio era tan espeso que parecía tejido con los susurros de los que alguna vez cruzaron ese umbral. Avanzó lentamente, guiada solo por la tenue luz de una lámpara olvidada en algún rincón, parpadeando como una luciérnaga a punto de morir.

El aire tenía un perfume denso, embriagador, mezcla de incienso, cuero viejo y deseo sin nombre. Cada paso resonaba sobre la madera con un eco íntimo, como si los muros quisieran recordarle que estaba sola... y no.

Al llegar a la gran sala de La Stanza Rossa, la encontró sumida en sombras. No había velas encendidas ni luces rojas bañando los rincones. Pero, aun así, el lugar parecía latir, como si respirara en secreto. Las cortinas de terciopelo estaban apenas entreabiertas, dejando entrar jirones de luz lunar que acariciaban los muebles con dedos plateados. Y entonces lo vio.

En mitad del salón, entre los sillones antiguos y los espejos ennegrecidos por el tiempo, Ezio la esperaba. De pie, inmóvil, vestido de negro. La tela de su camisa parecía parte de la noche, y su rostro, medio cubierto por las sombras, tenía la expresión de un ángel caído que ya no temía al infierno. No dijo nada. No se movió. Solo la miraba, como si supiera que cualquier palabra rompería la hechicería.