Capítulo 16 Oscuro deseo
Isabela danzaba lentamente sobre la tarima de La Stanza Rossa. La música era una caricia poderosa que la envolvía con la lentitud de un amante atento, mientras el sudor resbalaba por su piel como la lengua del deseo. Se entregaba a la música y al fuego de su cuerpo con una pasión contenida, consciente de las miradas que la recorrían con hipnótica adoración.
Mientras las prendas se desprendían de su piel como hojas al viento, Isa dejaba que sus manos encarnaran a su amante ausente, en un oscuro deseo de reconectar con lo más profundo de su alma.
Un par de ojos plateados la observaban. Mientras ella desnudaba su cuerpo, él desnudaba su alma, en una complicidad silenciosa y salvaje. Pero aquellos ojos no eran los únicos que la deseaban.
Isabela abrazó por completo su fuego interior y se recostó sobre el escenario. Un hombre de aspecto discreto se acercó, llevando una charola de plata reluciente. Sobre ella descansaban los instrumentos de su propio placer. Isabela eligió el más grande y lo deslizó por su cuerpo desnudo. Los hombres del lugar se acercaron en un coro de deseo contenido. Ella se acarició con lentitud, mientras el juguete la atravesaba con un gemido que superó incluso a la música tribal de La Stanza.
El placer fue salvaje, primitivo, y la obligó a intensificar el ritmo. Los hombres sucumbieron a sus propios instintos, algunos rozándose con fuerza contra ella, terminando sobre sus piernas en una danza instintiva y profana. Isabela les devolvió el gesto con su feminidad desbordada, como si sus cuerpos sellaran un pacto secreto.
* * *
Fernabela cerró el diario con las manos temblorosas, sus piernas se contrajeron y un calor violento le recorrió el cuerpo. Su boca salivaba, sus pezones se endurecieron y un deseo crudo la perseguía. Reconocía los juguetes del diario, pero no a la mujer que los había usado así. ¿Era esa su hermana? Sintió admiración… y celos. ¿Ella podría entregarse así?
Llevó una mano a su pecho, deseando ocupar ese escenario en su mente. Cuando sus dedos tocaron su sexo, el deseo se quebró: la imagen de Leonardo se impuso como una sombra y el placer se volvió culpa. Se obligó a detenerse, con rabia y tristeza. Había vuelto a ser la mujer contenida que odiaba ser. Se incorporó y se acercó al espejo.
La marca de Leonardo seguía allí, como una cicatriz en su alma.
—¿Alguna vez podré sentirme femenina de verdad? —susurró.
El pensamiento la desanimó. Cerró los ojos. Quería reconectar con algo dentro de sí, pero no sabía con qué. Tomó el celular y volvió a leer el mensaje de Leonardo. Sonaba auténtico, pero contrastaba brutalmente con la armonía que había encontrado en Café Romance.
¿Cómo había conseguido Ezio el diario? ¿Se lo había dejado Isabela voluntariamente?
Tomó el cuaderno y lo examinó con más atención, pero, si ocultaba un secreto, aún no sabía cómo descifrarlo.
Un nuevo mensaje llegó, alarmante, frío y sin contexto: una imagen tomada desde el anonimato. Isabela caminaba con unas esposas en su espalda, un hombre a su lado la jalaba como si fuera su pertenencia. Isabela usaba una gabardina larga, pero sus piernas desnudas insinuaban que podría no estar llevando ropa. Fernabela intentó descifrar quién era aquel hombre; no tardó en asumir que era Ezio
“Tu hermana está atrapada, debemos vernos”, repitió Leonardo.
“¿Cuándo y dónde?”, escribió ella con dedos torpes. Recibió un ticket digital con destino a Milán para esa misma tarde. Fernabela dudó, pero recordó las palabras del detective Viorla: “Ezio tiene su propia oscuridad”.
* * *
Fernabela abordó el tren al amanecer. Había elegido su ropa con cuidado: una falda sencilla y una blusa de lino compradas con su primer sueldo del café. Esa independencia la hacía sentir firme, dueña de sus pasos. Sin embargo, al sentarse, encontró una nota sobre el respaldo frente a ella:
“Vagón 6. Compartimento privado. No llegues tarde. — Leonardo”.
Caminó por el tren como en trance. Al abrir la puerta del compartimento, lo encontró vacío, pero sobre el asiento descansaba un maletín de piel negra. Dentro había un vestido de seda oscura que brillaba como el vino tinto, lencería de encaje y una nota más:
“Siéntete hermosa. Yo te veré como nadie más lo ha hecho”.
Sabía lo que significaba aceptar ese atuendo. Leonardo no solo quería verla; quería demostrar que aún podía poseerla con un solo gesto. Con las cortinas corridas a medias y el riesgo de ser vista, se desvistió lentamente. No era solo pudor, era esa antigua mezcla de miedo y excitación que él sabía despertar. El vestido, ceñido y exquisito, estaba diseñado para una mujer que deseaba rendirse con elegancia. Al mirarse al espejo del vagón, ya no vio a la maestra asustada, sino a una mujer reconociendo el vértigo de su propio abismo.
* * *
Leonardo la esperaba en el bar de un hotel clásico. Vestía un traje azul profundo, impecable. Cuando la vio entrar con el vestido que él había elegido, sonrió con la satisfacción del cazador que recupera su pieza.
—Gracias por venir —dijo él.
—No vengo por ti —respondió ella—. Vine por mi hermana.
Leonardo no se inmutó. —Ezio nos vigilaba la noche del Circo Romance; no me dejaban acercarme. Sabe que conozco la verdad.
Sacó su celular y le mostró otra imagen: Isabela atada, desnuda, expuesta. Ezio estaba detrás de ella, sujetando una cuerda que parecía dominar no solo su cuerpo, sino su respiración.
—¿Qué es esto? —preguntó Fernabela, conteniendo el aliento.
—Una noche con Ezio. Está atrapada. La Stanza Rossa es una jaula de terciopelo, solo que tú aún estás deslumbrada por la tela. Leonardo se acercó. Su mano rozó la mejilla de Fernabela sin ternura, reclamándola.
—¿Sabes cuántas veces te he imaginado así? No rendida. Mía.
Bajó la mano hasta el cuello de su vestido, jugando con la tela. —Podrías quedarte. Esta noche. Solo tú y yo.
Fernabela sintió la tentación deslizándose por su columna como miel caliente. Su cuerpo recordaba la furia de la noche en que le dio la bofetada.
—No quiero… no puedo —murmuró con la voz quebrada.
—¿Me crees, verdad? —preguntó él, con una vulnerabilidad fingida que la desarmó.
—No lo sé —admitió ella.
Leonardo lo sintió como una victoria.
* * *
—Fer, si no quieres quedarte conmigo, lo entenderé, pero por lo menos déjame llevarte a la estación. Quiero asegurarme de que estés segura —dijo Leonardo, su voz suave, casi como una caricia invisible, impregnada de una promesa no dicha.
Fernabela lo miró, atrapada en una tormenta de emociones y deseos. Asintió lentamente, como si el aire en la habitación hubiera desaparecido por completo, como si su decisión estuviera suspendida en un hilo tan delgado que podría romperse con un solo suspiro. Se levantaron juntos, tomándose de la mano. El calor de su tacto varonil se coló en su piel, un recordatorio palpable de que aún quedaba algo más, algo insostenible y tentador entre ellos.
Un pitido vibró desde su bolso, rompiendo el momento. Era un mensaje de su esposo: “Iremos a pasar unos días con mis padres. No dejes de escribirme. Te amo”.
Fernabela leyó las palabras con una extraña desconexión, mientras sentía la presencia de Leonardo a su lado. No supo qué sintió exactamente. Si hubo algo en su pecho que se sacudió, lo enterró rápidamente, junto con el teléfono, en el fondo de su bolso. Nada de eso importaba ahora.
Leonardo abrió la puerta del auto y Fernabela se deslizó dentro. El cuero frío la envolvió, y una pequeña chispa de excitación recorrió su cuerpo desnudo, en contraste con el ambiente cálido del coche. A su lado, la ciudad de Milán se deslizaba a gran velocidad, pasando por ellos de forma violenta y salvaje. Fernabela se aferró al asiento, sintiendo el peligro y la adrenalina, deseando que todo fuera más rápido, más arriesgado. Algo en ella quería que el coche siguiera acelerando hasta que ya no pudiera pensar en nada más.
El auto se detuvo en un alto. Leonardo la miró, su mirada ardiente, reconociendo en ella el mismo deseo. La tensión era palpable, tan densa que parecía que el aire mismo los oprimiría. Se aflojó el pantalón sin pensarlo, y el aroma a hombre, a deseo reprimido, invadió el espacio cerrado del coche.
Sin decir una palabra, sus cuerpos se movieron en sincronía. Fernabela acudió al llamado y sus cuerpos se encontraron en un tacto salvaje, sin preámbulos, casi necesitado. Fernabela, atrapada entre la confusión y la necesidad, respondió con urgencia. El deseo de Leonardo fue una invitación feroz que no podía rechazar. La pasión los envolvió en un torbellino tan salvaje como el coche que había cruzado a toda velocidad.
El contacto fue leve, pero lo suficiente para que la tensión se hiciera insoportable, dejando un vacío entre ellos cuando se separaron.
Finalmente, llegaron a la estación. Fernabela abrió la puerta, pero antes de que pudiera bajar, Leonardo la sujetó del brazo. En un último impulso, la besó, fue más suave, pero no menos lleno de deseo. Fue íntimo, ferozmente apasionado y momentáneo, como si el mundo entero pudiera desmoronarse en ese instante.
Fer cedió, y sus labios encontraron los de él una vez más, entregándose a la última caricia antes de separarse. Con una última mirada cargada de promesas no dichas, ella regresó al vagón del tren, su cuerpo aún temblando por la intensidad del momento. El tren comenzó a moverse, llevándola lejos de él, pero su mente seguía atrapada en aquel instante, en aquel beso, en la sensación de ser devorada por su presencia.
A medida que el tren avanzaba, su cuerpo se deshizo en una vorágine de pensamientos. Unos minutos después, la presión en su entrepierna se volvió imposible de ignorar. La necesidad que había estado reprimida comenzó a hacerse más fuerte, hasta que no pudo evitar tocarse, recordando los labios de Leonardo, el roce de su cuerpo contra el suyo, el sabor de su deseo.
Cerró los ojos, dejando que los recuerdos invadieran cada rincón de su ser mientras su mano se deslizaba lentamente, buscando liberarse de todo lo que ya no podía contener, dejando a Fernabela con una sensación clara: esta sería la primera vez de muchas por venir, en la que tendría que escapar a Milán para confrontar su deseo.