Capítulo 15 El deseo de tu corazón
Lo primero que sintió fue la brisa del mar en un día soleado de verano. Una esencia de vainilla flotaba en el aire, envolviéndola con una dulzura casi imposible. Las luces del cuarto titilaron antes de apagarse, y la puerta se cerró con un susurro tras la espalda de la mujer que era —y ya no sería— Fernabela.
Durante un instante que pareció eterno, la oscuridad la contuvo. Entonces, desde el recuerdo más íntimo, desde el lugar más profundo de su alma, escuchó una voz.
—Estoy aquí, Fer.
Dulce, esperanzadora. La voz de Isabela.
La luz volvió y, por un parpadeo, la vio: su hermana, alta y hermosa, vestida de rojo. De pie al borde de la cama. Pero al siguiente segundo, el deseo se deshizo como el vapor. Solo quedaba un espejo y, en él, el reflejo de Fernabela. Su corazón recibió el abrazo punzante de la realidad.
La habitación no tenía máscaras ni ceremonias. Solo un silencio denso y sagrado. Las cortinas de terciopelo rojo se mecían con el aliento del Mediterráneo, y cada pliegue atrapaba una palabra nunca dicha. El cuarto era bello como lo son las cosas que han sido amadas: libros abiertos, un par de zapatillas abandonadas, el eco de un perfume floral. Había algo de Isabela en cada rincón. No una aparición, sino una promesa.
Sobre la cama, extendido con esmero, descansaba un cuaderno de tapa dura. Roja. Intensa. Desgastada por las manos que lo habían escrito. Fernabela lo reconoció al instante; era lo único que no esperaba ver y, sin embargo, era todo lo que en el fondo deseaba.
Se sentó en el borde de la cama. El colchón crujió con un sonido tan humano que le temblaron los dedos. Rozó el diario con la yema de los dedos, pidiéndole permiso a su hermana para entrar una vez más en su alma. Sintió el aroma a jazmín y presencias cálidas, femeninas, como sombras antiguas que la observaban con ternura.
Abrió el cuaderno. Fotografías, recortes, notas… un mapa hacia el corazón de Isabela. Leyó. Una frase la devastó:
"Hoy fue un gran día. A pesar de las dificultades en Roma, pude hablar con mi hermana mayor".
Las lágrimas brotaron, silenciosas, sobre las páginas de una vida incompleta. Abrazó el diario contra su pecho y se recostó en la cama. Se quitó las zapatillas de Leonardo y se sumergió en los secretos de su hermana.
* * *
Cuando la puerta volvió a abrirse, Fernabela emergió distinta. Transformada. Nadie preguntó por el cambio de calzado: de los tacones que le había dado Leonardo a las zapatillas que le había obsequiado el recuerdo de Isabela.
En la Stanza, Anaís, Trisha, Lucía y Mila la esperaban con una sonrisa. Los chicos del café la recibieron con un abrazo sincero, como quien acoge a alguien que por fin ha vuelto a casa. Fernabela caminó hacia Ezio. Sus ojos aún eran espejos del alma, pero el fuego diamantado parecía haberse replegado.
—Gracias —susurró ella.
—Sé que no es la respuesta que querías… pero es la que necesitas. Al menos por ahora —respondió él con melancolía.
La Stanza Rossa esa noche no era un club; era un santuario. Una gran mesa de mármol oscuro se vestía de velas y copas finas. Ezio la invitó a acercarse.
—Quiero presentarte a alguien —dijo—. Un amigo lejano que también ha viajado a través del deseo y del dolor.
Del otro lado de la mesa, un hombre giró con lentitud. Alto, de piel tostada y tatuajes serpenteando por su cuello. Pero lo que cortaba la respiración era su mirada: ojos lilas, idénticos a los de Ezio. Ojos que reconocían sin juzgar.
—Tim Raizo —dijo el hombre con una sonrisa leve—. Hoy no vengo a provocar, vengo a nutrir.
—Esta noche —continuó Ezio—, Tim nos ofrecerá sus platos más íntimos. No es una cena. Es una ceremonia. Cada bocado ha sido creado para tocar una herida o abrir un deseo.
Raizo se movía entre flores comestibles y especias raras como si danzara con ellas. Fernabela entendió que la Stanza Rossa no era un lugar de placer, sino de reconstrucción. Que el deseo era solo la puerta, pero la verdadera estancia era el alma. Allí, entre vino tinto como sangre transformada, Fernabela encontró un nuevo nombre para el deseo: Perdón.
* * *
Al final de la velada, subieron a la azotea del edificio. Franky y un chico de cabello negro con puntas rojas servían el vino. Ezio alzó su copa hacia el firmamento romano.
—Por Raizo. Por Fernabela. Y por quienes nos abrazan desde la distancia.
—Y por mi hermano Renji —añadió el chico de los ojos lilas—, cuyo talento musical nos trajo aquí, hasta la stanza italiana.
Fernabela, atrapada por una intuición, preguntó al viento: —¿Hay más de una Stanza?
—Una en cada ciudad del mundo —respondió Anaís.
—¿Y cada una tiene su propio Príncipe? —preguntó Lucía.
—Cada una tiene su propia magia —explicó Raizo, provocando la risa de las chicas.
Fernabela abrazó su copa y murmuró con anhelo: —Tal vez mi hermana esté en alguna de ellas. Todos la abrazaron en silencio. El amor verdadero no necesitaba más.
* * *
La noche fue desvaneciéndose. Fernabela regresó al departamento de su hermana y dejó el diario sobre la mesa, junto al ordenador. Tal vez ahora los videos de Isabela comenzarían a tener sentido.
Entonces, su celular vibró. Un nombre inesperado apareció en la pantalla. Leyó el mensaje y cada palabra le atravesó la espalda como una daga fría:
“Perdóname. Se dieron cuenta de que te vigilaba, por eso no te dejaron entrar. Pero ahora, sin mí, estás dentro. Ezio no es quien parece. Él retiene a tu hermana. Ahora estoy seguro. Vamos a vernos”.
— Leonardo