El Secreto de Isabela (La Amante del Príncipe nº 4) Capítulo 14 La Stanza Rossa
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Capítulo 14 La Stanza Rossa

—El amor no debería ser una trampa, hermana… pero si decides entregarte, hazlo a tu ritmo. ¿De acuerdo?

Fernabela recordaba con claridad ese momento. Estaban en su habitación, años atrás, mientras observaba a su hermana menor arreglarse con manos temblorosas. Isabela se preparaba para escaparse con Eduardo, su novio de la preparatoria. Lo habían planeado durante meses; aquella noche, ambas asistirían a la fiesta donde Isabela planeaba perder su inocencia.

—No sé si estoy lista —confesó Isabela con una vulnerabilidad que desarmó a Fernabela. Era inesperado. Su hermana siempre había sido la liberal, la de los novios y los amigos cariñosos. Verla dudar despertó en Fernabela una ternura protectora.

—No te preocupes. Si no te sientes bien, me llamas y voy por ti. Pero… por si acaso, toma —le extendió un paquete de preservativos—. Y espero que hayas seguido bien el régimen de anticonceptivos —agregó con la mezcla justa de severidad y cariño.

—Sí, me esforcé por no saltarme ni uno —respondió Isabela con una sonrisa nerviosa.

—El amor, cuando es real, es natural y divertido. Solo necesitas sentirte lista… y dejar que el momento guíe tus pasos. No tengas miedo. A nosotras no nos hicieron dibujando.

Ambas rieron.

—Me da miedo —murmuró Isabela, buscando refugio en los ojos de su hermana.

—Yo también tuve miedo la primera vez… pero luego, con el tiempo, se vuelve más rico —respondió Fernabela, y su sonrisa pícara sorprendió a la más joven.

—Eres una zorra —dijo Isabela con un pequeño golpe juguetón en su brazo.

—Y si encuentras al hombre indicado, tú también lo serás.

Se miraron, cómplices. Rieron. Eran dos niñas jugando con fuego sin saberlo.

* * *

Años después, Fernabela no podía evitar mirar con nostalgia aquel recuerdo mientras revisaba las carpetas en el ordenador de Isabela. La inocencia de entonces contrastaba con la rebeldía sensual que ahora descubría: fotos, videos, escritos… La Isabela que había florecido en Café Romance era una mujer libre que había elegido su placer.

Pero para Fernabela, la sensualidad se había vuelto un campo minado. Después de Leonardo, la idea de desear se teñía de repudio. Su cuerpo aún temblaba al recordar cómo se había ofrecido como una sombra en una esquina.

—Me ofrecí… —susurró con amargura, cubriéndose los ojos con una culpa de plomo—. Dios mío… que mi hija nunca se entere de lo que he hecho.

Ezio. Solo su nombre le provocaba un estremecimiento profundo. Leonardo, con toda su oscuridad, la había preparado para resistirlo, pero bastó una mirada de Ezio en el puente para desmontarla por completo. Él no tocaba su piel; tocaba su alma.

Respiró hondo. Era hora.

Trisha y Anaís le habían aconsejado usar algo que la hiciera sentir ella misma. La primera noche en La Stanza Rossa no debía ser la más ardiente, sino la más honesta.

Abrió el armario y recorrió con los dedos las telas colgadas. El vestido rojo aún estaba ahí, como una promesa. No era para esta noche.

Eligió un vestido gris perla, liviano como una caricia, con hilos finos que se deslizaban por sus hombros. No era provocador; era sutil. Una rendija a su deseo. Las zapatillas de tacón —un regalo de Leonardo— la hacían sentir poderosa y vulnerable a la vez.

Un collar recuerdo de su hermana tocó su clavicula al colocarlo y luego tomó la tarjeta negra del tocador. El aroma a jazmín se intensificó, como si el aire respondiera a su plegaria. Por primera vez en mucho tiempo, no se sintió disfrazada. No era la madre, ni la esposa, ni la mujer perdida. Era Fernabela.

Salió del departamento envuelta en un abrigo discreto. Bajo la lluvia impredecible de Roma, susurró al vacío:

—Dios mío… por favor que Fernando también me esté engañando.

* * *

Al llegar a Café Romance, descendió del auto y se detuvo frente a la puerta de madera. El corazón le latía como si fuera la primera vez. Por un segundo temió que no se abriera, que no la reconociera. Pero en la penumbra, la puerta se abrió sin ceremonias, como si la estuviera esperando desde siempre.

El aroma la envolvió: pan dulce, especias, hogar. Dio un paso al interior, con la frente alta, aunque la duda aún temblaba en sus ojos.

Trisha la recibió con una sonrisa maternal, serena, mientras Anaís le hacía un gesto desde la barra, invitándola a acercarse.

—Te ves preciosa, hija —le dijo Trisha, con una ternura que se sentía en el pecho.

—Y te ves lista, cariño —agregó Anaís, en una voz amorosa que la sostenía.

Fernabela sostuvo con fuerza su pequeña bolsa frente al cuerpo, las manos le temblaban.

—¿Y si me da miedo allá arriba? ¿Y si ya no quiero seguir?

Anaís le sonrió sin perder dulzura.

—Entonces te quedas con nosotras. Podemos platicar toda la noche, sobre lo que tú quieras.

—Pero no lo postergues más, pequeña —intervino Trisha, suave pero firme—. La Stanza te ha estado llamando desde hace tiempo. Tiene algo que decirte… y es mejor que la escuches.

Fernabela intentó sonreír, aunque la inquietud la cubría como una brisa helada.

—Si no lo aguanto… voy a bajar corriendo para que me abracen. ¿De acuerdo?

Ambas mujeres asintieron, con la promesa silenciosa de estar ahí para ella.

Fue entonces cuando Franky se acercó. Llevaba una camisa abierta hasta el pecho y una pulsera de cuero trenzado. Le ofreció el brazo con una cortesía cómplice.

—Esto suele hacerlo Alphonse… —le dijo en voz baja— pero le pedí permiso para acompañarte. Quiero ser parte de lo que vas a encontrar allá arriba. Y quiero que sepas que, pase lo que pase, siempre seremos amigos… aunque la que baje de ahí no sea exactamente tú.

Fernabela no lo pensó mucho. Lo besó en la mejilla, agradecida, con una ternura que le ardía en la piel.

—Gracias, Franky.

—Ahora… —le indicó él— debes poner la tarjeta en el lector, junto a la puerta negra. Lo demás… lo llevará tu corazón.

Caminaron juntos. Nadie en el Café pareció notar su partida. Como si la vida allí fluyera por ríos paralelos, ajena y protectora a la vez. Las voces, las risas, los secretos… todo seguía su curso. Café Romance, como siempre, era un lugar donde el mundo dejaba de tener sentido, para que el alma pudiera encontrar el suyo.

Fernabela sostuvo la pequeña tarjeta entre los dedos temblorosos. Frente a ella, la puerta del ascensor negro parecía respirar, como si la esperara. Insertó la tarjeta en el lector dorado y un crujido antiguo le respondió. La puerta se abrió lentamente, derramando una luz roja, profunda y densa como vino añejo.

El aire que escapó del elevador tenía un perfume embriagador: canela, rosas oscuras y madera húmeda. Fernabela tragó saliva. Entró.

El interior estaba cubierto de terciopelo rojo, sin botones ni pantallas, sólo una palanca dorada. Franky no entró. Solo la miró con ternura desde fuera.

—Descubre lo que ya está dentro de ti —susurró, antes de que las puertas se cerraran con un suspiro de terciopelo.

Cuando la palanca descendió por sí sola, el tiempo pareció disolverse. Fernabela no sabía si subía o bajaba, pero su corazón palpitaba con un ritmo que no era suyo, como si otro cuerpo latiera en su interior.

La música cambió.

Adiós al murmullo del café. Ahora eran violines lentos, voces femeninas que parecían flotar desde lo profundo de la tierra. No entendía las palabras, pero su piel sí.

Cuando las puertas se abrieron, lo hicieron hacia un pasillo curvo, cubierto de un rojo quemado, paredes tapizadas de terciopelo grueso, lámparas colgantes como frutos dorados que emitían un resplandor suave, como si la luz allí no tuviera prisa.

El suelo bajo sus pies estaba mullido, vivo, y cada paso era un susurro de historias pasadas. Aromas a incienso, higos secos y flor de nardo llenaban sus sentidos como una promesa.

Al final del pasillo, un recibidor íntimo y circular la esperaba. Todo parecía hecho para acariciar en vez de impresionar: sillones de terciopelo verde oscuro, una alfombra negra que parecía flotar, y una iluminación dorada, baja, que se colaba como un amante furtivo por las curvas del espacio.

Detrás del mostrador, una pareja la esperaban, la mujer, su vestido era de encaje marfil, ajustado, antiguo como una canción olvidada. Llevaba un antifaz dorado que no ocultaba su sonrisa, pero sí sus ojos. El hombre tardó en reconocerlo, se trataba del maestro de ceremonias del circo romance, vestía un atuendo formal en color negro con una camisa blanca que respiraban tranquilidad, sus ojos la miraron con una bondad romantica. Fernabela tardó en darse cuenta, a amabos los había visto en Café Romance, beber un café o platicar, eran parte del personal, aunque algunas veces parecían más clientes que colaboradores, ahora entendía que las respuestas siemrpe estuvieron frente a ella, pero no supo preguntar.

—Bienvenida, Fernabela —dijo con una voz que parecía conocer sus secretos—. Ezio te espera.

Fernabela sintió que todo su cuerpo se tensaba y se aflojaba al mismo tiempo. No había vuelta atrás.

Las puertas de la Stanza Rossa estaban a su espalda. Dobles. Altas. De madera negra con filigranas en oro viejo, como ramas trepando hacia el cielo. En el centro, una manija en forma de hiedra entrelazada con una rosa.

Puso la mano sobre ella. La puerta no necesitó ser empujada: se abrió con un suspiro grave, como si el edificio exhalara un deseo.

Y entonces la magia la envolvió.

Una ola de calor, de perfume espeso y salvaje —vainilla, mirra, almizcle— acarició su cuello como una lengua invisible. La música era distinta aquí. Tribal, húmeda, antigua. Era una llamada. No a bailar, sino a recordar.

Adentro, la luz era roja, pero no agresiva. Telas flotaban en el aire sin viento. El suelo parecía un espejo que no reflejaba el cuerpo, sino el deseo. Mujeres caminaban desnudas de rostro o de alma. Otras bailaban. Algunas lloraban. Otras se reían. No había juicio. Sólo verdad.

Fernabela dio un paso y entonces lo vio.

Ezio.

Apoyado contra una columna de mármol rojo sangre, Ezio era la encarnación de un secreto que se susurra entre las sombras. Vestía un abrigo largo de terciopelo oscuro, abierto sobre su torso desnudo, como si el placer no necesitara protección. En su pecho latía una joya antigua: un colmillo dorado, símbolo de una pasión que no muerde, sino que marca.

Su rostro tenía la belleza devastada de una estatua que hubiese conocido tanto el éxtasis como la pérdida. El cabello caía en mechones indómitos sobre su frente, como si el viento del deseo aún lo reclamara. Y sus ojos… oh, sus ojos. Fuego plateado contenido, dos brasas en calma que iluminaban sin cegar, que ardían sin quemar, y que desnudaban sin tocar. En ellos, Fernabela se sintió contemplada hasta el alma.

Él no caminó hacia ella.

La esperó, como espera la noche al primer relámpago. Como espera la tierra seca a la tormenta.

—Fernabela —pronunció su nombre como si lo acabara de descubrir, y en su voz, ella sintió que acababa de nacer.

—Quiero que me acompañes —le pidió, su voz una caricia tibia que estremeció el eco de su deseo más callado.

Se tomaron del brazo. El contacto fue sutil, pero dentro de ella todo tembló.

Fernabela perdió la noción del tiempo. Dejó que sus ojos se deslizaran por todo lo que la rodeaba: salas veladas por cortinas de seda, susurros contenidos como gemidos dormidos, figuras que se desdibujaban tras puertas cristalinas, cuerpos que danzaban en la penumbra del secreto. El aire tenía el perfume de los sueños no confesados. Una atmósfera de deseo sagrado, de romanticismo desbordado, de pasión sin cadenas.

Era todo lo que Leonardo temía y todo lo que Isabela había susurrado en sus videos salvajes como una promesa. No era sólo sexo ni vino ni cuerpos: era un templo. Un santuario donde cada alma era invitada a mirar su reflejo más íntimo y hermoso. Allí, cada rincón contenía un altar y cada paso era un rito.

Se detuvieron frente a una puerta cerrada, sellada sin llave. Ezio la miró con una ternura feroz. Sus ojos —espejos de un alma vasta— no sólo la observaban: la atravesaban.

Y ella, sin ropa ni armadura, se sintió expuesta. No en la carne, sino en la esencia.

—Detrás de esta puerta —dijo Ezio— se guarda lo que tu corazón más anhela. Si estás lista para mirarte de verdad, si puedes sostener tu deseo sin temor... entonces, cruza. Y cuando termines, te estaré esperando.

Fernabela dudó. Todo lo que había hecho —cada paso, cada riesgo— había sido por su hermana. Por encontrar la verdad. Por vivir, por fin, una novela propia y no una escrita por otros. Había venido a escapar de una vida que ya no sentía como suya… pero ahora, esa puerta no prometía respuestas. Prometía revelaciones.

Se preparó para sostenerle la mirada al deseo. Para no retroceder cuando lo viera de frente.

Y entonces abrió la puerta.

Pero no estaba preparada para lo que encontraría.