El Secreto de Isabela (La Amante del Príncipe nº 4) Capítulo 13 ¿Qué le pasó a Isabela?
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Capítulo 13 ¿Qué le pasó a Isabela?

Fernabela se sentía liviana mientras flotaba por las calles de Roma, como si su cuerpo no le perteneciera. En su sueño, llegó al departamento de Leonardo, envuelto en una oscuridad caótica. En el centro de la sala, una mujer desnuda jugaba a las cartas con él y un grupo de figuras difusas. La mujer llevaba una máscara de cerámica y observaba a Fer con una súplica muda. Fernabela intentó tocarla, pero al estirar los dedos, el escenario se fragmentó.

Ahora estaba de nuevo en una esquina, vestida de negro. El coche de Leonardo se estacionaba frente a ella. Aceptó la invitación invisible. Al sentarse, el asiento se transformó en manos que la exploraban. Se vio desde fuera, de pie en la calle con un extraño, sintiendo el deseo de otros hombres fundirse en su propia piel.

La imagen se desvaneció una vez más. Ahora estaba en el puente nocturno. Estaba desnuda, mirando la luna… pero la luna eran los ojos de Ezio: espejos plateados que lo veían todo. No la juzgaban, pero la miraban como nadie lo había hecho jamás.

Despertó sobresaltada en el departamento de Isabela, con los muslos tensos y la respiración agitada. Había sido su propia voz, excitada, la que la había traído de vuelta. Pero no hubo placer, solo una repulsión aguda por las sensaciones del pasado. Se sumergió en la ducha, queriendo arrancarse de la piel el rastro de Leonardo y de la mujer que había aceptado ser.

Al salir, se puso el uniforme de Café Romance. Las clases habían quedado atrás; la directora ya le había advertido que era reemplazable. En su vida, siempre lo había sido. Incluso para Fernando. Incluso, quizá, para su hija, le escribió un mensaje pero no respondió. El silencio de ese "visto" dolió más que cualquier reproche.

Antes de salir, miró la tarjeta del detective. “Oficialmente muerta”. La frase retumbaba. ¿Y si Ezio estaba involucrado? Siempre le habían dicho que desconfiara de los más amables. Pero si quería la verdad, solo había un camino. Primero, la ley; después, la sombra.

* * *

La comisaría era un edificio gris e indiferente. Fernabela pidió hablar con el detective Rizco Viorla. Tras una espera eterna, entró en una oficina ordenada con precisión quirúrgica. Rizco, de cabeza afeitada y barba impecable, cerró su portátil y la observó con una amabilidad medida.

—Ayer, en el café, dijo que mi hermana estaba “oficialmente muerta” —empezó ella—. Siento que quería decirme algo más.

Rizco le entregó un archivo negro. Fernabela dudó antes de abrirlo.

—El cuerpo estaba irreconocible —explicó el detective—. Quemado por las llamas. Sin registro dental ni ADN, asumimos que era ella por los objetos personales. Pero en el funeral aparecieron tres personas que nos hicieron dudar.

—¿Tres personas?

—Ezio —dijo Rizco con un tono entre respeto y desdén—. Un hombre enigmático. Fue uno de “los buenos”, con medallas, antes de desaparecer y reaparecer como el líder de ese culto hedonista sobre una cafetería.Algunos dicen que es el mejor café del mundo (ironía incluida) El segundo es Leonardo Liza; el último vinculado a Isabela. Se sospecha todo de él, pero no se prueba nada. Es un espectro de Vincen Loza.

Rizco se inclinó hacia delante.

—Y la tercera persona es usted, señorita. Leonardo se abalanzó sobre usted apenas la vio. Como si la historia se repitiera. Y Ezio... Ezio parece tener un interés particular. ¿Hay algo que quiera contarme?

Fernabela sostuvo la mirada. Quiso confiar, pero el miedo a lo que Ezio u Leonardo pudieran ocultar la mantuvo callada.

—No lo sé —dijo finalmente—. Siento que soy un peón en un juego que no comprendo.

Rizco sonrió de forma honesta por primera vez.

—Tal vez solo sea paranoia, pero mi trabajo es dudar. Mi consejo: siga con su vida y manténgase lejos de Liza. No es saludable confiar en un hombre que usa tanto cuero.

* * *

Al salir de la comisaría, el cielo era una sábana desgarrada de gris y azul plomizo. El aire olía a piedra caliente y a la electricidad que precede a la tormenta. Fer sacó su teléfono y escribió al hombre que habitaba sus dudas:

“Si estoy lista para la Stanza, ¿me dirás qué pasó con Isabela?”

La respuesta fue inmediata: “La Stanza revelará lo que llevas en tu corazón”.

“Quiero entrar”, sentenció ella.

“Esta noche. Trae la invitación”.

Fernabela caminó entre la multitud, sintiéndose un espectro. De pronto, una ráfaga de viento frío le hizo alzar la vista. Al otro lado de la Piazza Navona, la vio: la mujer del vestido rojo y la máscara de cerámica blanca. Inmóvil, como en sus sueños. Vibrante contra el gris del mundo.Era imposible pero estaba ahí.

Corrió tras ella, ignorando la lluvia que empezaba a caer como agujas. La figura se deslizó con elegancia felina por una callejuela estrecha. Fernabela la siguió, el corazón martilleando en sus oídos, hasta que la mujer desapareció, junto con lo que sintió era su cordura.

La calle estaba desierta, pero Fernabela reconoció el lugar: adoquines rotos, restos de cinta policial. Era el sitio exacto donde Isabela había muerto. Roma lloraba sobre ella, empapando su uniforme.

Entonces, un destello dorado entre las piedras oscuras la detuvo. Se agachó para recogerlo: una llave pequeña con un llavero de plumas rojas que parecían arder bajo el agua. Era un objeto que Isabela habría adorado. Fer cerró el puño en torno a la llave. Alguien la había guiado hasta allí. Alguien la estaba observando desde las sombras.