El Secreto de Isabela (La Amante del Príncipe nº 4) Capítulo 12 El mago y la sombra
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Capítulo 12 El mago y la sombra

Leonardo caminaba por un largo pasillo, acompañado solo por el eco de sus pasos que resaltaban su amarga y brutal presencia. De sus dedos, un fino hilo de sangre marcaba un mapa invisible en dirección a la violencia que era capaz de ejercer.

Un hombre, en una habitación de una parte olvidada de Roma, había sido testigo de su frustración.

—Ella es su hermana —suplicó el hombre que le había señalado a Fernabela en el funeral, atado a una silla y rodeado de rostros endurecidos por el silencio—. Si alguien sabe si tu mujer está viva, es ella. No es mi culpa que la rechazaran.... — Suplico

—No me gusta que me mientan —dijo Leonardo con voz serena—. Y la decepción... me hiere profundamente.

Uno de sus hombres sujetó la lengua del prisionero con unas pinzas. Leonardo, sin inmutarse, cerró unas tijeras sobre ella. El cuarto se llenó de un grito ahogado. Aquella imagen lo perturbaba; no amaba la violencia, pero era necesaria. Era lo que se esperaba de él para mantener el respeto. Pronto tendría una reunión importante, pero antes necesitaba vaciarse.

Una puerta negra como una bóveda lo esperaba. El cuarto estaba iluminado por una luz ámbar, suave y espectral. Un enorme espejo permitía ver todo lo que sucedía dentro. Arriba, un bar agitaba la noche con delirio; abajo, en el subsuelo, el área secreta aguardaba.

En el centro, cadenas colgaban del techo. Leonardo se quitó la camisa, revelando un cuerpo marcado: cicatrices cruzaban su torso como las páginas de un diario cerrado. Isabela las había tocado. También Fernabela. Se ajustó las muñequeras de cuero, se encadenó y pisó el interruptor de su propio placer. Las cadenas se tensaron, inmovilizándolo.

Tacones resonaron tras la puerta. Una mujer cruzó el umbral vestida de cuero, pero su rostro estaba cubierto por una máscara de cerámica negra: una exigencia de él para protegerla del reproche de su mirada. La mujer le colocó a Leonardo una máscara de tela negra y dejó descansar un látigo aceitado en el suelo.

Lo agitó en el aire. El sonido cortó la tensión. El primer latigazo rompió el silencio y Leonardo se aferró a las cadenas. El ardor le arrancó un suspiro de fascinación. El segundo llegó más fuerte.

Recordó a Fernabela. Sus manos. Su tacón. El tercero le recordó su bofetada. El quinto, a "Bela"... con otra mujer. El sexto, verla parada en una esquina. El séptimo, subir al auto de un desconocido.

El octavo no fue necesario. Leonardo había terminado su pantalón manchado; sus brazos colgaban, descansados, sobre el hierro.

—Déjame así —susurró—. Necesito descansar.

Cerró los ojos. Por primera vez en días, no pensó en nada.

* * *

Fernabela sintió la caricia del viento romano. Era fría y nostálgica, pero reconfortante. Atrás había quedado el maquillaje exagerado y las sonrisas impostadas. Ahora llevaba un delantal café con el logo de Café Romance. Lo eligió por instinto; combinaba con la camisa azul profundo que resaltaba la melancolía de su mirada. Se sentía lejos de la maestra que fue y de la mujer de la esquina. Estaba más cerca de Isabela… y de sí misma.

—Ese mismo delantal lo usaba tu hermana —comentó Anaís, la mujer de cabello blanco—. Parece que les sienta bien a las hermanas Bela.

—Vaya con calma, Miss. Roma no se construyó en un día —dijo Ezio sin mirarla, mientras descargaba cajas, junto con los chicos del café ante la mirada de Anais.

Fernabela lo observó. Sintió pudor al recordar cómo la había visto aquella noche. Desde entonces, la tarjeta negra no había dejado de emitir ese aroma a jazmín. La rosa y la llave seguían nítidas en su grabado.

—¿Alguna de ustedes… ha entrado a la Stanza? —se arriesgó a preguntar.

Una carcajada coral, cálida y despreocupada, se desató entre las mujeres.

—Todas lo hemos hecho —dijo Anaís.

—La primera siempre es por respuestas —añadió Trisha.

—Pero a veces solo por placer —bromeó Lucía, con su cabello rojo encendido como un faro.

—¿Y qué encontraron ahí? —insistió Fernabela.

Lucía la miró con una sonrisa ambigua.

—Lo que lleves contigo, amiga… Lo que lleves contigo.

En el exterior, bajo la luz amarillenta del callejón que bordeaba Café Romance, encontró a Ezio. Era imposible saber su edad con certeza. ¿Mayor? ¿Más joven? Tal vez exactamente de su tiempo. Su rostro tenía los rasgos definidos y simétricos de una belleza italiana antigua, como sacada de una pintura renacentista. El cabello, espeso, recogido en una coleta informal, caía en mechones castaños que rozaban sus mejillas. Sus ojos estaban despejados, pero ya no tenían el brillo diamantado que Fernabela había visto aquella noche en el Circo.

—¿Tú creaste la Stanza Rossa? —preguntó ella.

—Ella me encontró —respondió él—. Igual que a ti.

—A mí no me llaman Príncipe —bromeó ella.

—Si te rompes lo suficiente, tal vez lo hagan.

Hubo un silencio. Ella respiró hondo.

—Si decido entrar… ¿qué encontraré?

—No lo sé. Para cada quien es distinto.

—¿Y tú qué encontraste?

Ezio desvió la vista al cielo oscuro y apagó el cigarro con los labios, como si lo besara por última vez.

—Un espejo. Y una jaula. Ambos hermosos, pero definitivos. ¿Y tú? ¿Qué crees que vas a encontrar?

—Me da miedo saberlo —confesó ella—. Si me veo tal como soy... no sé si podría soportarlo.

Ezio asintió con gravedad y, antes de entrar al café, murmuró:

—Si debes escoger entre ser valiente o ser intrepida, escoge ser prudente.

* * *

Antes de cerrar, un hombre entró y se sentó en la barra. Su traje gris claro contrastaba con una piel curtida y una cabeza recién afeitada. Fernabela le tendió la carta con un movimiento que ya se sentía natural.

—Buenas noches, señorita Fernabela. O debería decir: profesora Fernabela —dijo el hombre. Sus ojos eran oscuros, pero no agresivos.

—¿Nos conocemos? —preguntó ella, inquieta.

—Oficialmente no. Pero su nombre apareció en algunos registros: el manifiesto de un vuelo, una renta en la Via Garibaldi... pequeños rastros que dejan las personas que aún no han decidido si van a desaparecer o a quedarse.

—No entiendo a qué se refiere.

—Estoy seguro de que sí. —El hombre sonrió, apenas, con cansancio—. Su hermana sigue oficialmente muerta. Y usted ha comenzado a aparecer como una mujer oficialmente perdida.

Fernabela no parpadeó. No negó ni afirmó. Solo esperó.

—No la culpo por buscarla —continuó él—. Lo haría cualquiera. Pero si sabe algo, si la ha visto, si tiene una forma de contactarla, es momento de que lo diga. Porque no todos los que la buscan quieren protegerla. Algunos, como Vincen Loza, solo quieren recuperarla. Entera. O rota.

El nombre le cayó encima como una piedra hundida en agua sucia. No sabía quién era, pero entendía el peso.

—No lo conozco —dijo.

—Él a usted sí. Su hermana estuvo... demasiado cerca de uno de sus hombres. Un tal Leonardo Liza. —Hizo una pausa, como quien lanza una pregunta disfrazada de afirmación—. ¿Le suena?

Fernabela apretó las manos debajo de la barra.

—¿Y qué quiere de mí?

—Solo esto —dijo él, deslizando una tarjeta blanca sobre la mesa. Con un nombre y un número—. Si aparece. Si sabe algo. Si se cansa de jugar a ciegas con personas que no le dicen toda la verdad. Ezio incluido.

—¿Ezio? ¿Qué tiene que ver Ezio en esto?

El hombre rió. Bajo. Breve.

—Todo el mundo quiere algo. Algunos protegen. Otros comercian. Pero nadie es inocente. Y los que dicen no confiar en nadie... suelen tener razones.

Se puso de pie con una elegancia que incomodaba más que su presencia sentada. Antes de marcharse, se inclinó apenas hacia ella.

—Dígale a su mago de las sombras que la policía ha dejado de observar. Ahora, actúa. Y lo hará... con o sin su ayuda.

Y entonces se fue, entre el murmullo de las cucharas y el vapor de las tazas. Fernabela miró la tarjeta.

Detective de la Dirección Investigativa Antimafia (DIA)

Rizco Viorla