El Secreto de Isabela (La Amante del Príncipe nº 4) Capítulo 11 Circo Romance #2
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Capítulo 11 Circo Romance #2

Y entonces, en un parpadeo, se fragmentó en pétalos de fuego que flotaron hacia la multitud, tocando a los asistentes sin herirlos. Quienes eran tocados recibían una marca luminosa sobre la piel, como si hubieran sido elegidos.

Fernabela observó, hipnotizada. Uno de los pétalos voló hacia ella.

Extendió la mano, pero el pétalo la esquivó y se posó sobre el hombro de una niña detrás de ella, que sonrió como si supiera algo que Fernabela no.

El maestro de ceremonias apareció de nuevo, ileso, entre las cenizas de su propio fuego, y dijo: “Quienes hayan recibido la invitación, pasen al café y descubran la magia del amor”, entre vitores y aplausos del público.

Las mujeres se abrieron paso ante la mirada paralizada de Fernabela, quien observó cómo una niña y una mujer mayor entraban en un lugar que le había negado santuario. Su cuerpo tembló. Intentó acercarse, pero el bufón de los lentes oscuros apareció fugazmente, se llevó una mano a la boca para ocultar su risa y se burló de ella. Luego volvió a su acto en la calle, entre aplausos del público.

Corrió hacia el Café Romance, pero las luces estaban apagadas. El edificio en penumbra le susurró la verdad: no había sido elegida.

Marcó a Leonardo. Nadie respondió. Lo buscó entre las sombras, pero él no estaba. Entonces, llegó el mensaje:

“No fuiste suficiente. No eres como tu hermana. Perdí mi tiempo contigo”.

La daga perforó su pecho sin piedad. Caminó sin rumbo, y los recuerdos de sus acciones cayeron sobre ella como una losa. Los tacones tambaleaban bajo su peso. Pasó de largo la carpa, el circo. Roma era oscuridad.

Se arrancó el antifaz de encaje y se detuvo en el borde de la ciudad. La luna fue su única compañía. Roma estaba entera en el circo, y ella había sido expulsada.

Sus piernas cedieron. Cayó de rodillas, aferrándose al barandal de un puente que conectaba su frágil corazón con el mundo.

Una pregunta la golpeó, martilleante:

¿Qué hiciste?

Las imágenes la atravesaron: lo que había hecho con Leonardo, el burdel, el coqueteo con un hombre, el beso con una mujer, la esquina donde se ofreció, los cuerpos que la tocaron, las miradas que la consumieron.

No pudo procesarlo. Vomitó.

La realidad la destrozaba: se había prostituido para estar lista para un encuentro que nunca llegó.

Lloró. Marcó de nuevo. Leonardo no contestó. Las lágrimas empañaban su vista, y su llanto se perdía en la indiferencia de la noche romana.

“¿Qué hiciste, Fernabela? ¿Qué hiciste?”

Ya no era una pregunta, era un lamento.

Sabía lo que había hecho. Traicionó a su marido. Abandonó a su hija. Dejó de ser la mujer que era. Se había perdido.

Se sujetó al barandal, intentó levantarse sobre sus tacones, pero el vacío la esperaba.

Entonces, una mano la sujetó.

La mano del bufón.

Fernabela lo miró, los ojos rojos, anegados de lágrimas. No dijo nada.

Tampoco él.

Y entonces lloró. Lloró con rabia, con confusión, con vergüenza. Lloró porque la mujer que creyó ser se había transformado en una prisión.

Se aferró a su vestido y comenzó a desgarrarlo. Se quitó las botas y las arrojó con furia. El peso del disfraz la asfixiaba.

La tristeza le trituraba el alma.

—¿Sabes por qué no te eligió? —preguntó el bufón.

Su voz era una poesía nocturna: varonil, armónica, humana. No había juicio en sus palabras, solo una invitación.

—Traté… traté de ser lo que debía para encontrar a mi hermana —murmuró Fernabela, con la voz rota—. Me dijeron que podría estar viva, que debía estar preparada… y acepté. Acepté todo lo que él quiso. Dejé que me transformara en alguien que no era. Dejé que usara mi cuerpo, el cuerpo que le pertenece a mi esposo. Dejé que me mancillara como mujer. Y ahora… —se quebró—. No sé cómo voy a ver a mi hija de nuevo. Me ofrecí… me ofrecí como una cualquiera. Dejé que otros me tocaran, me miraran… No soy nada. Soy la peor madre del mundo. No merezco estar en el mismo mundo que mi hija…. No dejes que sepa lo que hice.

Le suplicó al bufón bajo la luna, que aún sostenía su hombro.

—Solo la verdad te protegerá de mi mirada —dijo él— y evitará que caigas más profundo en tu oscuridad. No puedes mentirme. Pero, más importante, no puedes mentirte a ti misma. ¿Reconoces por qué hiciste todo eso?

Fernabela pensó en su hermana. Pero el bufón la miró, y entendió que no podía mentir. La mentira la consumiría.

Lloró. Y entre sollozos, su alma se liberó. “Porque me odio a mí misma. Odio mi vida, mi rutina. Mi matrimonio no me llena, no me da emoción. Ser madre no es lo que me prometieron que sería. No quiero ser solo una madre, no quiero ser solo una maestra ignorada. Quería… quería vivir, tener mi propia novela romántica, ser, por una vez, libre, como lo fue mi hermana. Todo lo que quería… era vivir un poco…” confesó, con una voz dolorosa.

El bufón la ayudó a incorporarse. La sostuvo con firmeza.

—Quiero que cierres los ojos y escuches. Escucha el llamado de tu hermana.

Fernabela obedeció. Cerró los ojos. Sintió la luna, la presencia del bufón, el río bajo sus pies.

Y entonces lo percibió: un aroma. Jazmín.

El mismo abrazo que la recibió la primera vez en el departamento.

Metió la mano en su bolsa. Ignoró el celular. Tocó la tarjeta negra. La sacó.

El aroma a jazmín era más poderoso. Y por primera vez, vio el secreto de la tarjeta: una rosa grabada en relieve, con una llave en su interior, ambas imágenes fundidas. Y una palabra: Stanza Rossa. Letras rojas. Un destino marcado.

—¿Cómo… cómo es posible? —preguntó, sin comprender—. ¿Quién eres?

El bufón se quitó los lentes oscuros. La luna pareció detenerse para observarlo. La noche romana guardó silencio.

Abrió los ojos lentamente. Fernabela vio el blanco transformarse en gris, luego en plateado, una mirada como diamantes.

Las palabras de Lucia se encendieron en su memoria:

“Sus ojos te desnudan.”

El corazón de Fernabela se estremeció. Vio su reflejo en él y comprendió el misterio… aunque no aún lo que ocultaba.

—Soy el Príncipe de la Stanza Rossa en Italia —dijo con solemnidad—. Aunque creo que ya sabes mi nombre.

Fernabela lo miró, desnuda de alma.

—Ezio.

Y por primera vez, se vio tal cual era: una mujer rota, confundida… pero comenzando a arder, en el eco de su propia liberación.