El Secreto de Isabela (La Amante del Príncipe nº 4) Capítulo 11 Circo Romance
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Capítulo 11 Circo Romance

El sonido del auto anunció la presencia de Fernabela antes de que Isabela pudiera verla. La mayor de las hermanas Bela caminó entre palmeras apagadas, sintiendo el peso de la arena bajo sus tacones, hacia una figura solitaria sentada en la playa, apenas acariciada por el fulgor de la luna y la brisa marina.

Fer se sentó junto a Isabela con dos latas de cerveza. No dijo nada, pero su hermana se giró, dándole la espalda.

—No… no me veas —dijo Isabela, con una voz que sonaba más a alivio que a molestia.

—¿Estás bien? —preguntó Fer, enterrando las latas en la arena y mirando al frente.

—Eduardo es un idiota —respondió Isabela, con una expresión cansada y herida.

—La mayoría de los hombres lo son —confesó Fer con una sonrisa agotada.

—Me dijo que esperaría hasta que estuviera lista, pero quiso obligarme…

—Entonces por eso le estrellaste el vaso en la cabeza. Audaz —comentó Fernabela con una sonrisa sincera.

—Yo… yo pensé que él era diferente —dijo Isabela con nostalgia—. Fernando no parece ser un mal tipo. Tú sí sabes escoger.

—No, hermana. Solo me tomo mi tiempo antes de dar un paso a la locura —respondió Fer, dejando que un silencio fraternal se instalara entre ellas—. Iría hasta el fin del mundo para encontrarte.

—Gracias por venir a buscarme —dijo finalmente Isabela, girando para mirar el reflejo de la luna sobre el mar junto a su hermana.

—No tienes nada que agradecer. Iría hasta el fin del mundo para encontrarte —prometió Fernabela, entregándole una lata de cerveza que Isabela aceptó con una sonrisa.

—¿Necesitamos regresar ya o podemos quedarnos hasta el amanecer? —preguntó la menor de las Bela, sonriendo.

—Podemos tardarnos todo lo que queramos —le prometió Fer.

—¿Y si nos metemos en problemas con la escuela? —preguntó Isabela.

—Bueno, ya sabes lo que dicen: ‘Las hermanas Bela pueden salir juntas de cualquier problema.’

* * *

Fernabela observaba la selfie que se tomaron ese día. De alguna forma, había roto esa promesa. Se sentó en la cama, sintiendo el peso del trayecto. Mirarse al espejo era doloroso; se había transformado en otra. Buscó a la maestra de secundaria en su reflejo, pero de ella solo quedaban los ojos.

Un mensaje llegó a su teléfono desde un número italiano: “Deja las máscaras”.

Fer marcó el número; el silencio fue la única respuesta. Se sentía perdida. ¿Quién le escribía? ¿Ezio? ¿O era Leonardo en un ardid aún más complejo? Leonardo se había transformado ante ella: un aire más humano, ¿celoso? La idea le dio un placer raro; le gustaba que él confesara su atracción.

Miró su teléfono. Mensajes de su esposo: amorosos, pero sin chispa, esquivos a la realidad de que ella estaba en Roma teniendo una aventura. Luego, los mensajes de su hija. ¿La perdonaría? Se obligó a no reflexionar. Debía seguir adelante.

Se dejó caer en sus pensamientos. Su relación con Leonardo era diferente a la que tenía con Fernando. Leonardo era fuerte, decidido. Tenía un poder y un magnetismo que la atrapaban. Se sentía femenina a su lado. Y aunque tuviera perversiones, también era un hombre que la procuraba: le compraba ropa, la había invitado a lugares exclusivos, tenía un departamento de lujo… seguramente trabajaba en algo importante.

Su hermana era una mujer impulsiva, pero hombres importantes siempre se habían fijado en ella. Quizás era hora de que Fer tuviera un poco de esa chispa

—Te dejaste quemar por tus deseos, y ahora yo empiezo a arder con un poco de tu eco —le dijo al recuerdo de su hermana. Se sentía preparada para enfrentar a Ezio. El deseo era algo que ella, por fin, creía dominar.

* * *

Roma, ciudad de imperios y fantasmas, se transformaba una vez al año en un escenario abierto, palpitante, donde el mármol antiguo y los adoquines milenarios servían de pista para un carnaval que no distinguía entre edades ni orígenes. Aquella noche, no era la Roma de los turistas ni la de los peregrinos; era la Roma de los niños que aún creen en la magia, de los viejos que recuerdan su infancia, de los enamorados que no tienen miedo de soñar despiertos.

El Circo Romance no tenía carpa, sino cielo abierto. Se desplegaba como una flor encendida entre plazas, callejones y ruinas, utilizando la arquitectura como si hubiera sido construida siglos atrás solo para ese fin. Las columnas de mármol eran bastidores; las fuentes, espejos líquidos donde los disfraces se multiplicaban como reflejos de una infancia eterna. El Coliseo brillaba a lo lejos como un centinela orgulloso, y entre los arcos del Trastevere colgaban guirnaldas de luces, máscaras venecianas y cintas escarlatas que bailaban al compás del viento.

Todo en el Circo era un umbral: las entradas se marcaban con túneles de humo dulce y música gitana; los muros invisibles entre la realidad y el deseo se diluían en cada esquina. Había carruseles dorados junto a estatuas centenarias, globos flotando sobre las cúpulas barrocas, acróbatas lanzándose al vacío desde los balcones de viejos palazzos, y un desfile interminable de aromas: azúcar tostado, romero, madera quemada, vino caliente y risas.

Los magos de chaqueta larga y mirada chispeante improvisaban trucos en los escalones del Panteón, mientras mimos enlutados ofrecían rosas rojas a las viudas y a los niños. La música venía de todas partes: desde los violines de una tarantela hasta el bajo eléctrico de un jazz callejero, todo sonaba como si Roma entera tuviera un corazón que latía solo por esa noche.

Los payasos no daban miedo; eran nobles, sabios, melancólicos. Se maquillaban con nostalgia y ofrecían su arte como quien ofrece perdón. Las máscaras eran una invitación a ser otros, a jugar a ser valientes, a bailar sin nombre. Todo el mundo estaba invitado. Todo el mundo era bienvenido. Aquella era una fiesta sin puertas.

En medio del bullicio, entre las carpas rojas de terciopelo, las estatuas vivientes, los juegos mecánicos cubiertos de hiedra, y las voces que gritaban “Amore!” desde los balcones, se erguía el escenario central: una estructura de hierro forjado con formas orgánicas, como si el arte nouveau hubiese brotado de la tierra y se hubiese enredado con los sueños. Era un teatro sin telón, con el cielo por techo. Ese era el escenario del Circo Romance.

Fernabela atravesó la entrada del Circo Romance con paso firme, mimetizándose con naturalidad entre los rostros fascinados de quienes, como ella, se habían dejado seducir por la promesa de una noche mágica.

Leonardo la había acompañado hasta allí, pero se mantenía entre las sombras, cumpliendo su parte del plan: observar sin intervenir. Estaría cerca si ella lo necesitaba, como lo había estado en todas sus pruebas anteriores. Como una sombra fiel, como una herida abierta.

Fer era una antorcha oscura en medio de las luces ámbar que salpicaban las callejuelas romanas como luciérnagas encantadas. A su alrededor, las carcajadas infantiles arrastraban el eco de una ciudad que, por una vez, no parecía indiferente, sino vulnerable, entregada al embrujo de una celebración que no tenía templo ni rey, sino un corazón palpitante escondido en un pequeño café al final del laberinto.

Entre los pasillos vivientes del circo, un hombre con un traje de bufón rojo se cruzó en su camino. Llevaba una máscara completa y unos lentes oscuros absurdos que rompían toda lógica, como si la noche no aplicara para él. Fernabela no se detuvo a mirarlo. Su mirada estaba fija en el centro, en la promesa, en el escenario donde Ezio debía revelarse. Pero el bufón sí la miró, no era la primera vez que se veían.

Colocó una mano sobre su pecho, como si acabaran de atravesarlo con una flecha invisible, y se tambaleó teatralmente hacia atrás, provocando las carcajadas de los niños. Luego tomó a uno de ellos sobre los hombros y desapareció corriendo por el corredor central, con una agilidad imposible, como si los adoquines lo conocieran.

Fer lo ignoró.

Se detuvo frente a los puestos de comida, donde el aire olía a canela, a mantequilla derretida y a magia. Observó a la multitud: algunos llevaban máscaras de gala y trajes propios de un carnaval veneciano, otros vestían con la ropa de la rutina, como si hubieran tropezado accidentalmente con un sueño. Y estaban los del medio: con sombreros de copa sobre jeans, con maquillaje sobre la cara cansada del día.

La música envolvía todo, una mezcla de jazz, violines y percusión circense que vibraba con las entrañas de la ciudad. Fer sintió el impulso de bailar, de probar cada plato, de entregarse. Pero se contuvo. Tendría tiempo para eso cuando encontrara a Ezio, cuando revelara su acto de Príncipe y finalmente obtuviera respuestas y el poder que anhelaba.

Las luces del corredor principal se atenuaron. Un silencio repentino cayó sobre la multitud, como si alguien hubiera contenido la respiración del mundo.

Del centro del escenario emergió un hombre alto, imponente, con un traje de maestro de ceremonias en terciopelo negro, adornado con bordados dorados y una capa que ondeaba. La multitud estalló en aplausos, y él los miró.

El escenario se sumergió en una penumbra apenas interrumpida por pequeñas flamas danzantes a lo largo del borde del entarimado. El maestro de ceremonias alzó la mano, y un silencio reverente se apoderó del público. No dijo una palabra. Solo extendió una antorcha hacia el cielo, y entonces, con un chasquido seco, las luces se apagaron por completo. De pronto, una chispa. Otra. Y otra más.

Del suelo brotaron llamas azules que no quemaban, que flotaban como si obedecieran a su voluntad. Las flamas dibujaron un círculo de fuego que giraba lentamente, como un reloj que había empezado a contar algo inevitable.

Con un movimiento elegante, el maestro lanzó la antorcha al centro del escenario y desapareció en el mismo instante en que las llamas se elevaron, formando una mujer desnuda hecha de fuego, que danzaba como si hubiera estado esperando siglos para ser mirada.

La mujer de fuego se transformó en múltiples figuras: una niña, una madre, una anciana, todas girando sobre sí mismas, quemándose y renaciendo con cada vuelta.