Capítulo 10 Resistir su mirada
—Las mujeres fantasean con cosas prohibidas, cosas que no le dicen a nadie. Los deseos más sucios y perversos de tu mente son las debilidades que Ezio explotará. Con ellas doblegará tu voluntad; te robará. —Leonardo la miró con ojos fríos, calculadores, mientras le entregaba el vestido—. Debes experimentar esos deseos oscuros ocultos en tu corazón; solo así podrás resistirlo en el Circo Romance.
El vestido era una provocación: negro como una noche sin luna, cubierto de lentejuelas que destellaban como escamas bajo los faroles. El escote profundo revelaba más de lo que ocultaba y el ruedo apenas cubría sus muslos. Los tacones altos, elegantes pero desafiantes, parecían gritar un deseo que no era suyo. Para Fernabela, era el disfraz de una mujer que no quería ser, pero la posibilidad de encontrar a Isabela viva la empujó a un límite que nunca pensó cruzar.
La noche en Roma no era oscura; era dorada. Los faroles antiguos proyectaban una luz cálida sobre las calles de piedra, como si la ciudad nunca olvidara su linaje imperial. Cada esquina olía a historia, a vino caro y a tabaco francés. Roma no miraba. Roma no juzgaba. Era una ciudad diseñada para sobrevivir a todo, incluso al escándalo.
Fernabela esperaba en una esquina de Via Veneto. El vestido negro atrapaba la luz, devolviéndola en destellos agresivos. Sobre los hombros, un abrigo de piel sintética blanca era una contradicción deliberada. El maquillaje era excesivo: labios rojos y pestañas postizas que gritaban artificialidad. Fernabela no parecía una mujer, sino una versión deformada del deseo de alguien más. Pero sus ojos seguían siendo suyos. Firmes. Cansados.
Un auto se detuvo frente a ella. El rostro de un hombre amable, aunque fatigado, la recibió. No quería sexo, solo compañía; alguien con quien conversar toda la noche. Le pagaría bien. Fer dudó, con la garganta seca, pero la imagen de Isabela la obligó a abrir la puerta.
El interior del auto era ordinario, pero un nerviosismo diferente la consumía. Esquivó con ferocidad las imágenes de su esposo y su hija. “Si esto me ayuda a encontrarte, entonces esto seré”, pensó. “Dejaré que Roma me compre con la mirada”.
El auto se detuvo en un callejón oscuro. El hombre se reclinó y liberó su sexo del pantalón; el aroma masculino impregnó el aire. Preguntó si se sentía cómoda, pero Fer no contestó. Se dejó tocar, se dejó besar, y luego sus manos y sus labios hicieron el resto. Pero en ese momento, Fer tomó una decisión: si aquello era lo necesario para resistir a Ezio, tal vez no quería resistir de esa forma.
Se bajó del auto y caminó hacia un café cercano, ignorando las miradas de desprecio. Leonardo la había vigilado todo el tiempo, con su propio deseo saciado a la distancia. Ambos regresaron al departamento.
Fer entró con una furia contenida; los tacones resonaban como disparos.
—¿Fue liberador? —preguntó Leonardo con una curiosidad que ocultaba burla.
Fernabela le arrojó el vestido a la cara.
—No soy una puta muñeca, ¿entiendes? —dijo con una rabia profundamente humana—. Y si crees que esto me protegerá de Ezio, estás muy equivocado.
—¡No sabes lo que está en juego! —respondió Leonardo—. Él te poseerá si no estás saciada de deseo. ¡Te llevará!
—Quizás prefiero que lo haga —replicó ella, desafiante.
Leonardo la sujetó de los brazos con fiereza y la besó con una pasión tóxica. Fer lo mordió. Él se liberó con un movimiento brusco, el labio sangrando. Fer lo abofeteó, dejando su marca. Él, excitado, le devolvió el gesto; la mejilla de Fer ardió y ella gimió sin explicación.
Se acercaron, sus labios chocando en un beso desesperado. Fer saltó sobre Leonardo, él la cargó y la recostó en el suelo. Sus manos se buscaron, sus lenguas se fundieron en un torbellino de deseo. Leonardo ardía, su cuerpo tenso, al borde del colapso. Fer lo devoró con una pasión caótica, entregada a un deseo oscuro que no entendía. Él se derramó en su boca, el labio aún sangrando. Fer no lo dejó descansar.
Lo montó con una vibración poderosa, guiando sus manos a sus senos. Leonardo los apretó, sus ojos fijos en ella. Roma los miraba, cómplice de un deseo desenfrenado. El entrenamiento no había terminado.
* * *
Seis noches antes del Circo Romance
La habitación era un laberinto de espejos. Fer vestía una máscara veneciana y un corsé que apenas contenía su respiración. Leonardo la observaba desde la penumbra.
Hombres desconocidos la rodeaban, susurrando deseos prohibidos sin tocarla. Fernabela sentía el peso de cada mirada como caricias invisibles. Su reflejo la confrontaba: ¿era víctima o cómplice? Al terminar, se encerró en el baño y, con las lágrimas recorriendo sus mejillas, se masturbó con furia. Necesitaba liberarse de la tensión de ser observada.
Cuatro noches antes del Circo Romance
El salón privado parecía sacado de una pesadilla de terciopelo. Las cortinas eran tan rojas como una herida abierta, y las paredes olían a vino tinto, cuero viejo y secretos mal guardados. Fernabela estaba sentada en una silla baja, como una espectadora invitada a una ópera íntima que no entendía del todo. Leonardo, de pie a su lado, irradiaba dominio como una llama que no pedía permiso para arder.
—Hoy aprenderás a mirar —le dijo sin mirarla—. A sostener la mirada sin parpadear. A leer el deseo en el cuerpo ajeno como si fuese un idioma sagrado.
La joven sumisa apareció entonces. Era menuda, de cabello oscuro y mirada dócil, como una mariposa entrenada para volar solo en círculos. No llevaba más que una falda transparente y un collar. Sus pies descalzos no hacían ruido al caminar, pero cada paso parecía hacer temblar a Fernabela por dentro.
Leonardo la recibió con un gesto leve. No usó palabras. Las instrucciones estaban en su cuerpo, no en su voz. La sumisa se arrodilló frente a él y esperó.
—Mírala —ordenó.
Fernabela obedeció. Pero no sabía qué debía ver. ¿La entrega? ¿La humillación? ¿El poder? La joven no parecía sufrir. Tampoco sonreía. Era otra cosa. Algo más antiguo. Como si hubiese encontrado paz en el centro del caos.
Leonardo extendió la mano. La sumisa lamió sus dedos con devoción. Y luego, sin quitarle los ojos de encima a Fernabela, él deslizó lentamente esa mano por el cuello de la joven, hasta que ella cerró los ojos con un suspiro.
—Esto no es sexo —dijo—. Esto es rito.
Fernabela tragó saliva. Una parte de ella quería mirar hacia otro lado. Otra parte… quería estar en su lugar.
La escena se desarrolló como una danza. No hubo gritos ni palabras obscenas. Solo gemidos ahogados, caricias cronometradas, órdenes dadas con una ceja alzada o un susurro apenas audible. Fernabela sintió cómo su cuerpo se tensaba, no por pudor, sino por reconocimiento. Algo en esa entrega le hablaba. Algo le resultaba cruelmente familiar. Como si siempre hubiera vivido a medias, como si el lenguaje del deseo le hubiese sido negado.
Cuando Leonardo terminó, la sumisa se recostó a sus pies. Él se acercó a Fernabela, sin tocarla.
—No te traje para excitarte. Te traje para que entiendas. —Su voz era tan baja que parecía un pensamiento—. El cuerpo obedece cuando el alma se rinde.
Fernabela no respondió. Pero dentro de ella, algo se había rendido.
Dos noches antes del Circo Romance
La noche tenía dientes. Fernabela podía sentirlos morderle el cuello cuando bajó del taxi frente al bar. Llevaba puesto un vestido que había dudado en usar. Demasiado corto. Demasiado abierto. Demasiado ella.
Era la primera vez que iba sola. No a cualquier bar, sino al que Leonardo frecuentaba. Donde todo estaba medido: la luz, la música, el peligro.
Cruzó el umbral como quien entra en una iglesia profana.
Lo buscó con la mirada y lo encontró en una mesa del fondo, bebiendo whisky como si fuera agua y mirando a una mujer que no era ella. Perfecto. Lo que necesitaba.
Fernabela no fue hacia él. Fue a la barra. Pidió un cóctel con ginebra y un toque de flor de saúco. Se lo sirvieron en una copa que parecía más una joya que un vaso. Se recargó en la barra y dejó que su cuerpo hablara por ella.
Sabía que Leonardo la estaba mirando.
Sabía que no iba a acercarse.
Un joven se le acercó. Bonito, pero no demasiado. Sonreía con dientes sinceros y preguntas sin importancia. Fernabela no lo escuchó del todo. Solo asintió y lo dejó invitarle otra copa. Reía sin motivo. Coqueteaba sin intención. Jugaba a una provocación que ya no era juego, sino arma.
De vez en cuando, lanzaba una mirada rápida hacia el rincón oscuro donde Leonardo bebía. A veces lo encontraba observándola. Otras, fingía que no.
Cuando el joven puso la mano sobre su muslo, Fernabela no lo apartó.
Solo entonces Leonardo se levantó.
No fue hacia ella. Salió del bar.
Y Fernabela se sintió vacía, como si acabara de ganar una batalla equivocada.
Una noche antes del Circo Romance
El bar era una caverna subterránea de humo, sudor y música electrónica que se deshacía como un veneno lento en los cuerpos. Fernabela llevaba un vestido negro de seda que se pegaba a su piel como una segunda intención. Sus labios rojos eran una herida fresca que nadie se atrevía a cerrar.
Leonardo la había traído allí como parte del entrenamiento. O eso había dicho.
—Esta noche, no me busques —le había susurrado al oído, con voz de decreto—. Quiero verte. Eso es todo.
Ella lo obedeció, pero lo hizo a su modo. No se sentó a su lado. No cruzó la pierna para provocarlo. No lo miró más de una vez.
En cambio, se dejó observar.
En la barra, pidió un gin tonic sin mirarlo. Lo bebió en dos sorbos lentos mientras dejaba que la música entrara por la boca y saliera por la espalda. A su izquierda, una mujer de pelo rubio y tatuajes en los brazos la observaba. La sonrisa entre ambas fue breve. Pero suficiente.
Leonardo las miraba desde una mesa en penumbra, los dedos apretando con una tensión casi ridícula el borde de un vaso vacío.
Fernabela bailó. Primero sola, luego con la mujer. La música las envolvía, las arrastraba. La mujer puso las manos en su cintura. Fernabela no se apartó. Se dejó guiar. Las bocas se rozaron con la lógica perfecta de algo que no era fingido. Y cuando se besaron, no lo hicieron por provocación, sino porque era lo más natural del mundo.
Cuando abrió los ojos, Leonardo había desaparecido.
Pero no tardó en encontrarla.
Afuera, en un callejón tras el bar, la tomó del brazo con violencia. La empujó contra la pared. No dijo su nombre. Solo respiraba fuerte, como si acabara de salir de un incendio.
—¿Qué estás haciendo? —escupió la pregunta, como si ardiera.
Fernabela no apartó la mirada. Estaba herida, pero no asustada. Estaba viva.
—Estoy terminando lo que tú empezaste —le respondió—. Me enseñaste a mirar, ¿recuerdas? A provocar. A seducir. ¿Y ahora quieres cerrar la jaula cuando el pájaro canta?
Leonardo la sostuvo por el rostro, no con ternura, sino con furia contenida. Su boca temblaba, sus ojos eran dos cuchillos hundidos en su ego herido.
—No con ella —dijo—. No con otro. No así.
—¿Entonces cómo? ¿De rodillas? ¿De espaldas? ¿Con tu permiso?
Él la besó. Pero no fue un beso dulce ni conciliador. Fue un acto de posesión, como si quisiera borrar con saliva todo rastro que no fuera suyo.
Ella respondió. Pero esta vez, fue ella quien interrumpió.
—¿Eso es lo que temes? —dijo, jadeando, la frente aún pegada a la suya—. ¿Que deje de necesitarte?
Leonardo se apartó. Dio un paso atrás como si acabara de ser golpeado. La máscara cayó. Por un segundo, no fue el mentor ni el guía ni el domador. Fue un hombre asustado.
—Ezio no va a dudar —susurró—. No como yo.
—Entonces déjame dudar a mí —dijo Fernabela—. Déjame decidir si elijo el fuego o la piel.
Silencio.
La noche se tragó las palabras como una boca paciente. El callejón olía a lluvia, sexo y algo que se parecía demasiado al principio de una despedida.
Leonardo la miró una vez más. Esta vez, sin poder. Sin reglas. Sin máscaras.
Y Fernabela sonrió.
Había ganado.
Fernabela dio un paso atrás, su respiración aún agitada, el sabor de la victoria mezclado con el eco de la furia en su piel. La noche romana, húmeda y paciente, parecía observarla por primera vez, como si Roma, al fin, reconociera su presencia. El callejón olía a lluvia, a sexo, a despedidas a medio pronunciar. Pero también a algo más: un rastro sutil de jazmín, apenas perceptible, que le apretó el pecho.
Se llevó la mano al bolso, donde la tarjeta negra descansaba como un secreto vivo. Sus dedos rozaron su superficie lisa, y por un instante, juró que vibró, cálida, como si Isabela estuviera cerca, susurrando desde La Stanza Rossa. “¿Tú también pasaste por esto, Isa?” pensó, los ojos fijos en la penumbra. “¿Fue esta tu prueba?”
Leonardo, aún jadeando, la miró en silencio, su máscara de mentor hecha añicos. No dijo nada. No hacía falta. Fer sabía que el juego había cambiado. Ya no era su muñeca, ni su arma. Era algo más peligroso: una mujer que había aprendido a mirar, a provocar, a decidir.
Un crujido rompió el silencio. Pasos, lentos, deliberados, resonaron desde el fondo del callejón. Fer giró la cabeza, el corazón acelerado, pero la oscuridad no reveló nada. Solo un destello fugaz, como el brillo de unos ojos plateados, se desvaneció tras la esquina. Su piel se erizó. Pero la noche romana no ofrecío una respuesta adicional.