El Secreto de Isabela (La Amante del Príncipe nº 4) Capítulo 9 Petalos negros
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Capítulo 9 Petalos negros

—¿Quién es él? —preguntó Fernabela, con voz coqueta y sensual, mientras acariciaba la espalda desnuda de Leonardo con el pie. La noche aún los envolvía con su tibia sombra y ella buscaba reavivar las brasas de la pasión consumida horas atrás.

Leonardo se tensó bajo su toque, abotonándose la camisa sin mirarla.

—Lo llaman El Príncipe —dijo, con tono frío y distante—. Pero su verdadero nombre es Ezio.

Con esas palabras se levantó; su silencio cortó la intimidad como una navaja. No habló más del Príncipe, ni del Café Romance, ni de la noche que los había unido. Se ajustó la chaqueta, con su figura recortada contra la penumbra del departamento.

—Puedes quedarte —añadió, ya en la puerta—. Tengo trabajo. No sé cuándo volveré, pero necesitamos continuar tu preparación antes del Circo Romance. No dejaré que Ezio te robe como a ella.

Su voz era una advertencia, cargada de una posesión que hizo que Fer se estremeciera. La puerta se cerró, dejando un silencio que pesaba como plomo. Sola, envuelta en sábanas negras que olían a Leonardo, Fer sintió un nudo en el pecho.

—¿Qué hiciste, Fernabela? —susurró, cubriéndose el rostro con las manos. Las lágrimas fluyeron, cálidas y silenciosas. Agotada, hasta que el sueño la reclamó.

Soñó con Isabela. Estaba sentada a una mesa redonda, con los ojos opacos, como si el brillo de su alma se hubiera apagado. Leonardo la observaba desde las sombras con mirada afilada. Detrás, una figura de ojos plateados —Ezio— los vigilaba; su presencia era un imán que hacía temblar el aire. Todos giraron hacia Fer cuando entró; su cuerpo estaba desnudo, vulnerable. Corrió por un pasillo interminable con el eco de pasos persiguiéndola. La puerta de La Stanza Rossa, entreabierta, exudaba un velo rojo que palpitaba como sangre líquida. Estaba a punto de alcanzarla cuando se cerró con un golpe seco.

Despertó con un sobresalto, el corazón desbocado. La luz de la mañana iluminaba el departamento que, sin Leonardo, parecía un escenario vacío. Sobre el respaldo de una silla, alguien había dejado un vestido elegante. Un regalo de Leonardo, tan calculado como su toque.

Fer revisó su bolso. El celular cayó, seguido de la tarjeta negra de Isabela. La tarjeta continuaba en oscuridad, sin marcas visibles. La sostuvo, sintiendo un calor inexplicable, y la guardó.

El teléfono vibró. Un mensaje de voz de Maribela.

—Mami… ¿cuándo vienes a casa? —La voz de su hija, dulce pero lejana, fue un cuchillo.

—Pronto, mi amor —respondió, con la voz temblando—. Necesito resolver unos asuntos de tu tía.

Una mentira que dolía más que la verdad. Se levantó, aún desnuda, con el cuerpo ardiendo por los ecos de la noche. Se sentía radiante, deseada… y manchada.

Otro mensaje. Fernando. "Perdón, amor. Estuve con una paciente y llegué tarde. Toma el tiempo que necesites".

Su esposo. Su realidad. La jaula invisible que había aceptado sin cuestionar. Fer cerró los ojos, viendo la imagen de Fernando desvanecerse bajo el recuerdo de Leonardo.

Un tercer mensaje, de un número desconocido: "Leonardo no es quien dice ser".

Las palabras latían como una advertencia. Marcó el número, pero solo respondió un silencio hueco. Se sentó en la cama, con el vestido rojo a su lado, y comenzó a escribir: —¿Quién eres? No hubo respuesta. Escribió entonces a Leonardo: —Si crees que mi hermana fue víctima de un atentado o de un asesinato, deberíamos ir a la policía. Diles tus sospechas.

El teléfono vibró de inmediato: "Nunca dije que estuviera muerta. La ocultan en La Stanza Rossa".

Las manos de Fer temblaron; el celular cayó sobre las sábanas. Isabela, viva, oculta. ¿Pero por qué? El teléfono sonó. “Leo”, decía la pantalla. Fer contestó con respiración entrecortada.

—Escucha —dijo él, con voz urgente e íntima—. Creo que tu hermana está viva, Fer. Oculta en La Stanza Rossa. Ezio la tiene y no la soltará fácilmente. Si queremos llegar a ella, debemos continuar lo de anoche. ¿De acuerdo?

—S-sí —susurró ella, apenas audible.

—Te mandaré la ubicación del próximo encuentro. Debes estar lista para el Circo Romance. No te preocupes, bebé. Yo te cuidaré.

La línea se cortó. Fer comprendió que lo de ayer solo había sido el principio. Un primer descenso.

Salió del departamento de Leonardo llevando el vestido que él le había dejado —sencillo, de un tono piel casi invisible— y unos botines que creyó haber visto antes en una foto de Isabela. Pidió un Uber hacia el departamento de su hermana. Al llegar, distinguió la silueta de un hombre alto y delgado frente a la puerta. Se detuvo en seco.

—Hola, Fer. ¿Cómo estás? —saludó el joven con una sonrisa de alivio—. Nos preocupaste cuando saliste del café sin avisar.

Era Franky.

—¿Qué haces aquí? —preguntó ella con frialdad—. ¿Cómo sabes dónde vivía mi hermana?

—Fuimos compañeros de trabajo —respondió él, manteniendo la sonrisa—. Vine un par de veces a dejarla.

Fer hizo un esfuerzo por suavizarse.

—Perdón… No fue una buena noche.

—No te preocupes. Yo también me asusté la primera vez que vi lo que el Príncipe les hacía a las mujeres.

Esa frase pinchó algo dentro de Fer. Abrió la puerta e invitó a Franky a pasar. Dentro del departamento, lo primero que vio sobre la cama fue el juguete que había usado la mañana anterior. Lo escondió rápidamente bajo la cama, esperando que él no lo hubiese notado. Franky se acomodó en la barra.

—Vaya, eres más ordenada que tu hermana.

—¿La conocías bien?

—No del todo. Todos los que trabajamos en el café estamos ahí porque necesitamos un refugio. Pero tu hermana hablaba de ti… y de su sobrina, Maribela. La acompañé algunas veces hasta aquí, así que vine a ver cómo estabas.

—Dijiste que te sorprendió lo que el Príncipe les hacía a las mujeres. ¿Qué les hace?

—No tenemos permitido saberlo, al menos los que trabajamos abajo. Pero a cada una le pasa algo distinto. Cambian. Se ven… liberadas. Isa era más feliz después de que subió. Como si fuera más ella misma. Es difícil de explicar.

Fer quedó pensativa.

—¿Nunca pensaste que podría ser algo… malo?

—No lo sé. No lo parece. Lucía, por ejemplo, está más radiante que nunca. Ya la verás.

Franky se levantó para irse.

— Escucha, tengo que irme. Estábamos preocupados, pero me alegra que estés bien. Nos estamos preparando para el Circo Romance. Si quieres venir, la entrada es gratuita.

Sacó una máscara de cerámica blanca de su mochila.

—Era de Isabela la noche que conoció al Príncipe. Si quieres usarla… es tuya.

Le sonrió con dulzura antes de marcharse. Fer lo observó desaparecer y la duda volvió a morderle el corazón. ¿Quién decía la verdad? Se recostó en la cama; su cuerpo le suplicaba una tregua.

De la máscara cayó un pétalo negro que voló hasta debajo de la cama. Ahí, junto al juguete, había una fotografía que se había zafado de la libreta de Isa. En ella aparecía Isabela, sonriente, de la mano de Leonardo en el Circo Romance de hacía un año.