El Secreto de Isabela (La Amante del Príncipe nº 4) Capítulo 8 Ojos plateados
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Capítulo 8 Ojos plateados

El clic de la cámara de su celular capturó un instante de liberación para Fernabela. Estaba sudorosa, pero, extrañamente, eso no la incomodaba. Era un recordatorio físico de que ya no era solo la hermana de Isabela, ni la mujer melancólica que había llegado a Roma cargando una maleta de duelos. A su alrededor, Mila, Franky y los demás del Café Romance la envolvían con sonrisas cálidas, como si formaran una familia improvisada, unida por algo más profundo que el aroma a café.

Fer había aceptado ayudar sirviendo tazas humeantes y llevando bandejas a mesas ocupadas por clientes ajenos a los mensajes crípticos que quemaban en su bolso y a las puertas secretas que parecían respirar bajo el suelo del café. Esa rutina sencilla la ancló, por un momento, a una realidad sin enigmas, un refugio frente a las sombras de Isabela.

—No todo es un misterio —se dijo, esbozando una sonrisa que no esperaba sentir.

—Miss, ¿cómo te sientes? —preguntó Mila, una chica de cabello rubio y ojos verdes que brillaban como promesas de esperanza.

—Feliz de no estar frente a un pizarrón con un plumón sin punta —respondió Fer, con una alegría que creía haber dejado en el avión al llegar a Roma.

—¡Excelente, Miss! Roba un cuernito de jamón, ya te toca comer —intervino Franky, el chico de cabello negro con puntas moradas, guiñándole un ojo.

—Lo haré, Franky —prometió ella, equilibrando una bandeja con dos tazas que desprendían volutas de vapor.

No todos en el Café Romance conocían su historia, pero la trataban con una familiaridad cálida, humana. Cuando la tarde envolvió las paredes del lugar y la oscuridad comenzó a filtrarse por los cristales ahumados, Alphonse, un chico de cabello dorado y ojos color miel, le entregó un sobre manila con una nota manuscrita: Gracias por tu ayuda.

—¿Me van a pagar el día? —preguntó Fer, genuinamente sorprendida.

—La explotación laboral es cosa de Latinoamérica, no tanto de este lado del mundo —bromeó Alphonse, arrancándole una risa honesta.

El comentario desató risas entre sus compañeros. Por primera vez desde que llegó a Roma, Fer se sintió cómoda, casi en casa. Sacó su celular y envió la foto a Maribela con un mensaje: “Quiero traerte a este lugar, mi amor”, acompañado de emojis y un anhelo luminoso que le apretó el pecho. Pero la voz de su hija, guardada en un mensaje no escuchado, trajo una punzada de culpa. ¿Estaba traicionándola al quedarse?

El eco de las palabras de Leonardo irrumpió como un relámpago: “No dejes que te engañen”. La advertencia la hizo dudar, pero no se detuvo. Estaba cansada de los misterios sin respuesta. La dulzura de servir café, de moverse sin pensar, apagaba su conciencia, aunque solo fuera por un instante.

En un momento de calma, se dejó caer en un sofá envejecido. Sus dedos rozaron el bolso, donde la tarjeta negra descansaba, y un leve aroma a jazmín la envolvió, como si Isabela susurrara desde algún lugar. Trisha se acercó con una complicidad que calentó el aire.

—Si quieres saber el mayor secreto de tu hermana, te lo diré ahora —anunció con solemnidad. Fer se inclinó, expectante—. Le quedaba horrible el café de vainilla. No tenía idea de cómo prepararlo.

Ambas rieron, y Fer acogió la broma con una sonrisa nostálgica.

—Lo suyo nunca fue la cocina —murmuró.

—Voy por algo de comer. No te muevas —dijo Trisha antes de alejarse.

El café, ahora más vacío, seguía siendo un abrazo cálido. A través de la ventana, Roma llovía. Fer cerró los ojos hasta que un cambio en el aire la hizo mirar hacia la esquina. La puerta negra estaba abierta, exhalando un calor denso. Un aroma a jazmín escapó de su umbral, mezclado con algo más pesado, casi metálico.

De la puerta salió Lucia, la chica pelirroja. Tambaleaba, su cabello rojo vibrante estaba húmedo. Alphonse la sostuvo antes de que cayera.

—Tranquila, Lucia. Parece que te trataron bien —bromeó, guiándola al taburete junto a Fer.

Lucia se sentó; su mirada estaba extasiada, perdida, pero desbordante de vida. Apretó el borde del sillón con una furia sensual, cerró los ojos y susurró:

—Sus ojos me desnudaban.

Cubrió su rostro con ambas manos. Antes de que Fer pudiera hablar, la mujer de cabello blanco se acercó con una taza de té.

—Tranquila, Lucia. Pronto pasará.

Lucia alzó la vista y clavó sus ojos en Fer. Por un instante, Fer se vio reflejada en ellos: vulnerable, deseosa, rota. Algo dentro de ella se quebró.

—Sus ojos te desnudan el alma —murmuró Lucia, su voz entre advertencia y promesa.

Un escalofrío recorrió a Fer, seguido de un deseo punzante. Trisha regresó, rozándole el hombro con calma.

—Se le pasará. Los ojos del Príncipe no son para cualquiera —dijo, su tono cargado de una sabiduría que pesaba.

Fer se levantó, el pecho apretado. Su teléfono vibró: un mensaje de Leonardo. “El café es su disfraz, Fer. Si quieres la verdad, encuéntrame esta noche en mi departamento. No confíes en ellos”. Las palabras cortaron como una navaja.

Recorrió el lugar con la mirada hasta que la vio: una máscara de cerámica blanca colgada en la pared, idéntica a la de sus sueños. Un recuerdo la golpeó: el hombre en la iglesia, su mirada plateada que parecía saberlo todo. Una sombra se movió en el umbral de la puerta negra y, por un instante, juró ver esos mismos ojos brillando en la penumbra.

Apareció una servilleta con un pétalo negro y la frase de Leonardo regresó a su alma: “Te observo”.

Fer apretó su mano, su pulso temblando. Guardó el pétalo en su libreta, junto a la tarjeta negra, y salió del café bajo la lluvia. Roma la recibió con un susurro, pero Fer solo escuchaba el latido de su corazón, guiándola hacia el departamento de Leonardo.

Corrió como queriendo escapar de su propia inocencia. Había confiado en ellos y algo en ella se había transformado; imaginó que su hermana había pasado por algo similar y aquello la había roto hasta la muerte. Se sentía sola y esto la llevó a los únicos brazos que podían ofrecerle lo que había perdido: control.

Fer subió los escalones de mármol con el corazón en llamas. El recepcionista la miró empapada pero no dijo nada; era como si hubiera visto la misma escena muchas veces antes. Llamó al ascensor; este la recibió con un espejo. Fer se miró, vulnerable, húmeda, y entró avergonzada por su reflejo.

El ascensor se abrió en el piso de Leonardo. Él estaba allí. Descalzo. Una camisa blanca abierta hasta el pecho, el cabello húmedo.

—Pensé que no vendrías —dijo él, con esa voz baja.

—¿Es cierto todo lo que dices? —preguntó ella, con los dedos aún aferrados a su bolsa.

Él no mintió. No prometió.

—No vine a mentirte, Fernabela. Vine a mostrarte en qué te estás metiendo.

Sus ojos —los mismos que la inquietaban desde aquella iglesia— no eran dulces, pero eran honestos. Y ese día, Fer necesitaba una verdad. Cualquier verdad.

—No sé qué hago aquí —confesó ella, temblando.

Leonardo se acercó. No con las manos, sino con el aliento. Le susurró:

—Esta ciudad sí lo sabe. Tu hermana lo sabía. El Príncipe te observó. Pero tú… tú tienes que aprender a contrarrestarlo, a dominarlo, a arder sin dejar que te queme su fuego o serás consumida por el mismo fuego que consumió a tu hermana. Tu hermana sobrevivió a su encuentro porque cuando sus ojos la miraron, ella pudo mirarlo de vuelta. Estaba lista.

—¿Me ayudarás? —preguntó Fer dubitativa—. Enséñame.

Le pidió aquello sabiendo que no era protección lo que buscaba. Fer estaba húmeda, pero no todo era culpa de la lluvia. Leonardo asintió y caminó detrás de ella. Sus manos se posaron en su cintura.

—Respira. Ahora cierra los ojos. Y siente.

Su ropa seguía húmeda, pegada al cuerpo. Leonardo la tocó apenas, recorriendo la tela empapada desde su espalda baja hasta la nuca.

—Tu cuerpo está gritando, ¿lo escuchas? No por sexo. Por permiso.

—¿Permiso?

—Para existir.

Sus manos se deslizaron a sus brazos, a su pecho, sin invadir.

—No digas nada —le dijo al oído—. Deja que tu cuerpo me lo cuente.

Y el cuerpo de Fernabela habló. Se arqueó bajo sus dedos. Era como si cada roce borrara un poco del olvido, de la culpa, del control. Leonardo giró su rostro.

—Te voy a besar, Fernabela. No para que me recuerdes a mí… sino para que recuerdes quién eres.

Y lo hizo. Un beso hondo, pausado. Ella se sostuvo de sus hombros. Por un instante, el mundo era solo eso. La imagen de su esposo apareció y se desdibujó con culpa, pero ella la ignoró. Leonardo apoyó su frente contra la de ella.

—Él no va a tomarte por la fuerza. Él va a esperarte. Y tú vas a desear que lo haga. Vas a querer arrodillarte frente a él, entregarle todo... Pero si quieres sobrevivir, Fer, tienes que aprender a mirar el deseo a los ojos... y no cerrar los tuyos.

Leonardo le quitó el abrigo y besó su cuello. Fer apretó los puños. Luego, sintió cómo él le desabotonaba la camisa con lentitud. La abrazó con una firmeza que la estremecía; sus labios se derramaron por sus hombros, su pecho. Le quitó el sujetador y la probó. Y Fernabela recordó cómo se sentía la pasión verdadera.

La alzó y la llevó a su cama. Leonardo le retiró el calzado, el pantalón, y besó cada centímetro de la mujer que era. A la maestra ignorada por la directora, la que callaba mientras los alumnos se burlaban de sus zapatos, la mujer sobre la que las vecinas murmuraban señalando la infidelidad de su marido. Besó sus pies, su piel húmeda, su carne vulnerable. La desnudó por completo y la recostó sobre las sábanas negras como el pecado. Separó sus piernas y ella lo miró.

Leonardo ya no llevaba camisa. Su torso era firme. El pantalón ceñido no ocultaba el deseo ardiente. Fer cerró los ojos, temerosa.

—Abre los ojos —ordenó Leonardo—. Debes ser capaz de sostener su mirada.

Fernabela obedeció. Y también obedeció cuando él le pidió que se arrodillara. Obedeció cuando le pidió que lo mirara mientras probaba su pasión. Sus manos, su boca, su deseo la superaban, como vino derramado sobre un altar.

—Bebe —ordenó él, alcanzándole una copa con vino oscuro.

Bebió. El calor bajó por su garganta como una bendición maldita. Diluyó la conciencia, la culpa… y su última inocencia. Se besaron, arrastrados por una pasión feroz, mientras él la conducía al borde del ventanal.

—Mira al mundo —dijo, posicionándola frente al vidrio—. Ellos no pueden vernos, pero nosotros podemos sentirlos.

Leonardo presionó su cuerpo contra el cristal, se colocó tras ella… en la entrada de su deseo. Fernabela tembló. No de miedo. Era culpa. Una puerta se cerraba y no habría regreso.

Y entonces empujó. El mundo de Fernabela cambió. El deseo se esparció por su cuerpo como fuego sagrado. Sintió cómo un hombre que no era su esposo la tomaba por completo. Gozó. Gimió. Aunque intentó contenerse. Su cuerpo sí lo sabía. Y ella… dejó de pensar.

Afuera, Roma dormía bajo la lluvia. Adentro, una mujer acababa de despertar.