Capítulo 7 Una puerta entreabierta
Una mujer envuelta en un sensual vestido rojo se deslizaba entre la penumbra. Su máscara de cerámica delineaba sus facciones con una elegancia afilada. Se sentaron frente a frente en una mesa de madera negra, donde el silencio se volvió lenguaje.
Fernabela avanzó por un pasillo rojo. Las puertas se abrían a su paso, dejando escapar un calor denso: gemidos, susurros, respiraciones entrecortadas. En cada habitación se veía a sí misma, entregada a hombres distintos, envuelta en actos salvajes que desafiaban su propia cordura. Al final del corredor, una puerta cerrada: Café Romance. Su mano rozó su propio cuerpo y la puerta pareció latir con deseo. Pero no pudo abrirla.
Entonces, abrió los ojos. Despertó.
La noche anterior había sido un enigma. Café Romance no era lo que imaginó: nada de velos oscuros o secretos inconfesables. Encontró, en cambio, un refugio de almas rotas.
Fernabela se metió a la ducha. El agua tibia recorría su piel, pero entonces recordó las manos de Leonardo: su aliento en el cuello, la presión de sus dedos en sus senos. Por un instante, imaginó su boca rozando su piel. Sus manos, que al principio solo lavaban, comenzaron a explorar. Se rindió al deseo sin culpa. El placer llegó, inevitable, exquisito. Y entonces, una imagen nítida: Isabela subiendo a un auto. ¿Esperaba a alguien? ¿O había cruzado una puerta que no necesitaba explicaciones románticas?
Sus manos ya no eran suficientes. Aún húmeda, fue a la cama de su hermana. Encendió el ordenador. Abrió el cajón que la noche anterior la había escandalizado. Entre los instrumentos de placer, eligió uno, guiada por una lujuria desconocida. Era más largo que su esposo.
En la pantalla, Isabela yacía en la cama, devorada por un hombre corpulento de piel oscura. Un relámpago de placer recorrió a Fernabela. Separó las piernas, sintió el tacto frío de su nuevo cómplice. Vibró. Sus gemidos se desataron. Se rindió al elixir de la pasión, sin delicadezas. Su voz se fundió con la de su hermana en la pantalla, como si se acariciaran a través del tiempo.
—Eres una puta —dijo sin pudor, sin saber si se lo decía a Isabela, a su recuerdo o a sí misma. Fue liberador.
Un aroma a jazmín se escapó de la tarjeta olvidada en su bolso.
—¿Te gusta que se cojan a tu mujer, Fernando? —susurró, inclinándose sobre la cama, dejando que una furia salvaje la conquistara. Una Fer dormida despertaba en su interior.
En la pantalla, Isabela se transformaba bajo el placer. Fernabela era su espejo.
—Leonardo —gimió, mientras su cuerpo se retorcía. Su respiración se aceleró. Estaba a punto de llegar… pero se detuvo. Retiró el juguete. Contuvo el aliento.
En el video, Isabela se desbordaba. En la habitación, Fernabela sintió vergüenza. Se levantó, fue al baño y sacudió la cabeza. ¿Qué me está pasando?
Regresó a la cama, más serena. Silenció el ordenador y revisó cada video, buscando un indicio. Pero los amantes parecían solo accesorios para un placer que se centraba solo en Isabela.
—Al menos tú fuiste libre —murmuró, con un nudo de remordimiento.
Un mensaje llegó a su celular, de un número desconocido: "Solo tú puedes ver la llave, presta atención y siente". Fernabela lo ignoró. Se vistió con los mismos vaqueros de siempre y una playera de Isabela que le quedaba más ajustada de lo ideal. Le escribió a su marido: “Hola, mi amor, solo quiero que tengas un gran día”. A su hija le dijo que la extrañaba; eso no era mentira, pero tampoco se sentía del todo cierto.
La mañana en Roma era fría. Pensó en Café Romance. Quería regresar, pero no recordaba cómo había llegado. Las palabras de Leonardo resonaban: “Necesitabas ser vista”.
Su teléfono vibró. Un mensaje de Leonardo: “Necesitas prepararte para lo que viene”. Recordó su promesa impulsiva de agradecerle con una chupada. ¿Lo aceptaría? Tenía esposo. Estaba mal. Imperdonable.
Intentó regresar al café, recorriendo las calles empedradas, pero cada paso parecía alejarla más. Se sentó en una banca, exhausta. Leonardo insinuaba un misterio detrás de la muerte de Isa. La policía había sido vaga: "no veas el cuerpo, será doloroso". Tenía sentido. ¿O era otra mentira?
De pronto, sintió unos ojos sobre ella. Al fondo de una calle estrecha, una figura imposible la miraba: la mujer de rojo, la de sus sueños, con su máscara de cerámica. Fernabela caminó hacia ella, corrió, pero no la alcanzaba. En un último giro, la perdió. En su lugar, un póster en la pared: “Café Romance invita a su baile anual de máscaras”.
Siguió los carteles hasta que un eco de música la envolvió. Café Romance no se anunciaba; lo susurraba. Oculta en los callejones del Trastevere, era un edificio de seis pisos con balcones cubiertos de enredaderas moradas. En lo alto, el sexto piso se desvanecía tras una marquesina de cristal negro.
No había letrero, solo una puerta doble de madera roja tallada con símbolos. Frente a ella, una rosa en bajorrelieve. Nadie la cruzaba dos veces siendo la misma persona. Tocó la puerta. Esta se abrió sola, con un suspiro.
El interior era un abrazo cálido. Fernabela se sentó en la barra. Un hombre mayor le ofreció la carta con una sonrisa paternal.
—Bienvenida a casa, señorita.
La mujer de piel morena deslizó un plato de pan dulce.
—Hoy te ves menos perdida, querida.
—¿Conocían a mi hermana? —preguntó Fernabela, conteniendo una lágrima.
—Era nuestra amiga. Nos pidió que, si alguna vez venías, te cuidáramos como la cuidamos a ella.
—Me dijeron que este lugar la destruyó… —balbuceó Fernabela.
—¿Por qué crees que destruir es malo? —replicó la mujer morena—. A veces, para renacer, hay que deshacerse primero.
—Isabela llegó con el corazón roto. El Príncipe la vio… y la llevó a La Stanza Rossa. El Salattu Sali. Nunca volvió a ser la misma —explicó la mujer de cabello blanco.
Fernabela miró la puerta en la esquina. Era casi invisible.
—¿Quién es el Príncipe y por qué parece estar en todos lados?
—Él Nos cuida… aunque no siempre lo veamos —respondió la mujer de cabello blanco, señalando una servilleta. Dentro, había un pétalo negro—. Si quieres descubrir lo que tu hermana encontró, debes cruzar esa puerta. Pero antes, tendrás que abrazar tu verdadera naturaleza. Reconocer lo que nos ocultamos… duele, tu hermana lo descubrió. Ven al Circo Romance.
Era la festividad favorita de Isabela. Música, danza y comida en las calles.
—De momento —añadió la morena, sonriendo—, ¿qué tal si nos ayudas a preparar pan, servir café y atender a los clientes?
La propuesta la desconcertó. Entre las fotos de la pared, vio una imagen: Isabela, con el uniforme de Café Romance, sonriendo mientras servía café.
Fernabela sostuvo la invitación. La sonrisa de su hermana en la foto la miraba, tan viva que sintió que le susurraba: “Encuentra la llave, Fer. Siente”. Miró la puerta en la esquina —La Stanza Rossa— y juró que algo al otro lado respiraba. No estaba lista. Aún no. Pero por primera vez, quiso estarlo.