El Secreto de Isabela (La Amante del Príncipe nº 4) Capítulo 6 Bienvenida
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Capítulo 6 Bienvenida

El aroma a café fue lo primero. No un café común, de aeropuerto u oficina, sino uno molido por manos amorosas, tostado al sol de un patio que solo vive en la memoria. Fernabela cruzó el umbral y la puerta se cerró tras ella con un susurro, no un portazo. Fue un cierre que no asustaba, que no aislaba. Un abrazo. Como si alguien le hubiera puesto una manta sobre los hombros sin decir palabra.

El lugar olía a pan recién horneado, a flores secas, a madera tibia. Y algo más: a infancia, a carreras por el pasto en veranos largos, a meriendas con la abuela. A cosas perdidas que, por un instante imposible, volvían. El suelo ya no dolía bajo sus pies. El frío de Roma quedó fuera, disuelto en el aire cálido y denso del lugar. Luces colgadas como luciérnagas tranquilas envolvían todo en una calma vibrante.

Las paredes, adornadas con flores secas y cuadros que narraban otros mundos, parecían decoradas por alguien que entendía el alma rota. Cada objeto tenía su historia, cada historia susurraba: “Aquí estás a salvo”. Las mesas, en un desorden armonioso, parecían dispuestas para que la vida ocurriera sin guion. Personas de todas las edades y colores reían, compartían platos, conversaban en susurros o carcajadas. Turistas. Vecinos. Artistas callejeros. Como si todos se conocieran, como si este café fuera una casa a la que todos habían regresado.

—¡Hola! Pásate, ahorita te tomamos la orden —dijo una voz desde el suelo.

Fernabela bajó la vista y vio a un chico de cabello negro con puntas moradas, medio recostado, como si hubiera tropezado antes de que ella entrara. Sonreía sin vergüenza.

—¿Quieres un té? Acabamos de hacer uno con flores del jardín. Es una delicia, lo juro. Si no te gusta, despedimos al cocinero —bromeó, levantándose con gracia torpe pero amable.

—Ay, mi niña… —interrumpió una voz cálida.

Una mujer de piel morena, con ojos dulces como la miel, se acercó con una sonrisa que lo abarcaba todo.

—Has caminado mucho, ¿verdad? Ven. Ya estás en casa.

Sin esperar respuesta, la tomó del brazo con ternura desarmante y la guio a un sillón mullido.

—Vamos a cuidar de tus piecitos. No se puede andar por el mundo con el alma descalza.

Antes de que Fernabela pudiera responder, una joven de cabello rojo le entregó pantuflas de lino tejidas a mano.

—Para que tus pasos se ablanden —dijo con un guiño.

Fernabela las calzó con lentitud; sus pies, curtidos por la dureza del mundo, se rindieron a la suavidad con gozo infantil. Un muchacho de cabello dorado y ojos color miel acercó una taza humeante, colocándola como un ritual.

—El Príncipe te envía esto. Dice que descanses todo lo que necesites —dijo con una voz de otro tiempo, y se fue antes de que ella pudiera preguntar.

En una pared, Fernabela notó máscaras del festival colgando sobre muñecos de tela. Sobre su mesa, una servilleta de lino blanco con un mensaje en tinta azul: “Bienvenida”. Eso. Solo eso. Y sin embargo, era todo.

Fernabela volteó la servilleta. En la parte trasera, bordado con letras suaves, estaba el nombre: Café Romance. Y entonces lo supo: aquel lugar era como regresar a casa.

Pero un pensamiento regresó, inesperado: Leonardo diciendo que Café Romance era un lugar peligroso. Afuera, los artistas callejeros movían sus máscaras en una danza ritual, como una ceremonia antigua. Dentro, cada objeto parecía susurrar: “Sé amable”. ¿Cómo podía un lugar tan encantador estar vinculado al misterio de su hermana? La idea parecía absurda, pero no bajó la guardia.

—¿Puedo sentarme? —preguntó una voz femenina, cálida y firme.

Una mujer elegante, de figura esbelta, con un vestido color café y cabello blanco en un moño bajo, la observaba con una sonrisa suave. En su pecho, el logo de Café Romance.

—El Príncipe me pidió que viniera a escucharte —dijo, sentándose con una naturalidad que ofrecía compañía—Con solo verte, sé que necesitas una amiga. ¿Estás bien? La mente de Fernabela vibró, recuerdos, imágenes, la culpa de lo vivido con Leonardo, la carta de la embajada, el viaje, el cuarto, las memorías.

Algo en Fernabela se quebró. Las lágrimas que no había permitido se precipitaron.

—No estoy bien —susurró, con la voz rota—. Mi hermana… mi hermana murió.

La mujer la abrazó en silencio, y el Café Romance no miró, no interrumpió; estuvo presente, amable. Fernabela lloró, acunada por la confidencialidad sagrada del lugar. Una sombra en la distancia lloró con ella, aunque ella no la vio. El velo que la oprimía se desvaneció y el vestido, antes ajeno, pesaba como un disfraz usado demasiadas veces.

Pero algo no encajaba. Este lugar no podía ser el oscuro secreto de Isabela, no el sitio donde la vio transformada en aquellos videos. Y aun así, su hermana nombró una carpeta igual. Un escalofrío le recorrió la nuca.

—¿Pasa algo, mi niña? —preguntó la mujer de cabello blanco.

—Una tontería —murmuró Fernabela, avergonzada por haberse dejado vestir así por un extraño.

—Nada aquí es una vergüenza —dijo la mujer, acercándose—. ¿Qué más guarda tu corazón?

Fernabela tragó saliva.

—Un amigo de mi hermana… un hombre que apenas conozco… me dijo que me vistiera así, que “él” me vería. No entendí. Ahora, menos.

—“¿Él?” —repitió la mujer, como si hubiera oído un nombre prohibido—. ¿Y tú qué crees?

—Siento que me equivoqué de lugar —susurró Fernabela, pero la mentira pesó en su lengua.

La mujer guardó silencio y luego habló con la delicadeza de quien deja caer una llave:

—A veces, las personas equivocadas nos guían a la puerta correcta. Pero las puertas saben disfrazarse. Lo importante eres tú, mi niña. ¿Cómo te sientes sabiendo que aún no has visto todo?

—¿A qué se refiere? —preguntó Fernabela, con un dejo de alarma.

—No soy yo quién responderá eso —respondió, en un susurro íntimo—. Él lo hace, cuando tu corazón está listo. ¿Estás preparada para los secretos que guardaba tu hermana y los que viven en tu corazón?

Fernabela tragó saliva; su corazón latía con fuerza.

—¿Qué debo hacer?

—Sigue el aroma del secreto, mi niña. Regresa cuando estés lista.

La mujer sonrió, levantándose con gracia y perdiéndose entre la multitud del café. Fernabela esperó, pero nadie más se sentó con ella. Estaba sola y, aunque no se sentía abandonada, el misterio resonaba en las paredes. Sacó su teléfono. Había un mensaje de Leonardo:

"No dejes que te engañen, guardan un secreto, él te está vigilando".

Por primera vez en toda la noche, dudó. El mensaje de Leonardo le quemaba los dedos. Miró las máscaras del festival en la pared; sus formas parecían moverse en la penumbra, susurrando el nombre de Isabela.

El aroma del café evocaba la risa de su hermana. ¿Era este lugar el hogar que Isabela encontró… o el disfraz que la consumió?

Una puerta al fondo del café, apenas visible entre las mesas desordenadas, llamó su atención. No la había notado antes. La mujer de piel morena pasó con una bandeja de galletas y sus ojos dulces se detuvieron en ella.

—Cuando estés lista, mi niña —dijo, con un susurro que resonó igual que el de la mujer anterior—. Él sabrá.

Fernabela sintió un escalofrío, pero no de miedo. Era algo más, como si el Café Romance la estuviera llamando, como si Isabela estuviera al otro lado de esa puerta. Guardó el teléfono. No sabía en quién confiar, pero una cosa era clara: no podía regresar a casa. No aún.