El Secreto de Isabela (La Amante del Príncipe nº 4) Capítulo 5 Café Romance
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Capítulo 5 Café Romance

—¿No crees que es demasiado? —preguntó Fernabela con una sonrisa amplia, intentando disimular su sorpresa, aunque por dentro moría por probárselo.

—Es una noche especial para mamá. Tenemos que vernos radiantes, que el mundo sepa que logró algo increíble… y que nosotras somos sus guardaespaldas —dijo Isabela con entusiasmo, mientras se observaba en el espejo.

Fernabela tenía dieciocho años; Isabela, diecisiete. Su madre estaba a punto de inaugurar un pequeño restaurante en la ciudad.

—El rojo es para mí —dijo Isabela con una sonrisa.

—El azul para mí —respondió Fernabela.

—¿No que era demasiado? —se burló Isa. Ambas rieron.

Se probaron los vestidos, se maquillaron y se peinaron la una a la otra.

—Un tono más intenso para tu labial —sugirió Isa—. El mundo debe ver el fuego que llevas dentro.

—¿Y tú? ¿Por qué quieres ser fuego y que todos te vean?

—Porque quiero que recuerden a mamá. Que sepan que somos sus hijas.

Ambas se miraron en el espejo, reflejadas lado a lado, como si fueran versiones opuestas de un mismo secreto.

—Parece que eres una dama de película de espías, Fer. Como si escondieras un misterio interesante...

—Y tú pareces estar invitando a todos a descubrir nuestros secretos.

Las dos rieron, cómplices.

La risa trajo de regreso a Fernabela, quien seguía de cerca la cuenta de los Uber que había gastado; si seguía viajando así, pronto tendría que regresar a casa con el misterio de Isabela inconcluso o comenzar a dar clases de español a los italianos.

Esta vez Leonardo le pidió que no llevara nada en especial; él se encargaría de la ropa. Aquello le había recordado a Isa: la sensación de ser vista.

El departamento de Leonardo, en lo alto de un edificio antiguo y restaurado, parecía más una galería secreta que una vivienda. Las paredes eran de un gris pizarra profundo, interrumpidas por mármol blanco y vetas doradas. No había desorden, pero sí historia: arte contemporáneo, esculturas suaves como cuerpos dormidos y libros encuadernados en cuero.

Las ventanas abrían el departamento a Roma como si la ciudad fuera un cuadro en movimiento. En el centro de la sala, una tina de mármol negro estaba colocada justo frente al ventanal más grande. No había cortinas: la altura aseguraba una intimidad absoluta. Leonardo podía sumergirse allí, desnudo y expuesto al mundo, sin que nadie lo viera jamás. Era una declaración de poder: “yo veo, a mí no me ven”.

Todo en ese departamento era hermoso, sí. Pero también daba la sensación de ser una jaula de cristal.

Leonardo apareció sin anunciarse. La miró con la serenidad de un hombre que ya lo ha visto todo. Vestía de negro, con la camisa remangada hasta los codos.

—¿Primera impresión? —preguntó con suavidad.

—No traje nada adecuado para cambiarme —dijo ella, como si quisiera disculparse por existir.

—Lo sé. Yo sí traje algo para ti. Pero primero debes darte un baño —dijo señalando la tina—. Nadie te ve. Y tú puedes decidir si quieres que yo te vea.

Ella dudó. Luego se desabrochó el vestido lentamente, dándole la espalda. La tina de mármol negro se ofrecía frente a la noche romana.

—Te haré preguntas, Fer —dijo Leonardo, usando por primera vez su apodo—. Tú no tienes que responder. Solo... deja que el agua lo haga.

La ayudó a entrar. El calor le subió por los muslos hasta envolverla. Sintió cómo su cuerpo se relajaba con un gemido que no fue vocal, sino interno. Él tomó una jarra y vertió agua sobre ella. Sus dedos, con jabón de ámbar oscuro, recorrieron sus hombros y su espalda. No era deseo lo que él expresaba, sino un dominio estético. Ella era un lienzo.

Cada roce activaba nervios dormidos. Su pecho se alzaba; su respiración se volvía errática. Dentro de ella, una puerta invisible se abría. Y detrás... fuego.

La secó con precisión. La envolvió en una toalla negra y la condujo a la habitación contigua. Allí, sobre una silla de terciopelo, descansaba lencería de encajes finísimos. Leonardo eligió uno gris perla.

—Esto. Porque tu piel es luna, y la luna no se exhibe… se deja adivinar.

Fernabela se lo puso sin mirar atrás. Sintió una súbita euforia. Él la vistió luego con un vestido verde profundo, de tela líquida. Ajustó los tirantes y cerró la cremallera con un suspiro.

—Estás lista. No para mí. Para la noche.

Cuando se quedó sola junto al ventanal, su mente vibraba. ¿Esto soy yo… o soy lo que él ha decidido que sea?

Subieron al auto. Leonardo conducía con una mano firme sobre la pierna de ella.

—Debes ser vista por él. Te dejaré en la ciudad. Camina como si estuvieras perdida... y cuando estés lista, él te verá. Lo sabrás cuando lo veas.

—¿Y si no escucho el llamado? —susurró ella.

—No pienses en eso. Te llamará. Yo estaré cerca, entre las sombras. No estarás sola.

Fer se ruborizó. Abrió la puerta y salió.

La ciudad la recibió como un sueño húmedo. Roma de noche era un cuerpo que respiraba entre sombras. Fer caminó entre ruinas y escaparates, buscando algo que no sabía nombrar.

Los minutos se volvieron horas y llegó una frustración muy humana, cuando el alma comenzó a doler más que los pies.

—¿Qué estoy haciendo aquí?

Había aceptado que un hombre que no era su esposo la viera desnuda. Pensó en Fernando. Quizás en ese mismo momento él estaba en los brazos de otra mujer… pero esa posibilidad no borraba la suya: ella ya lo había traicionado.

Se detuvo en una plaza. Se sentó en una banca, se quitó las zapatillas y sobó sus pies doloridos, Roma la igonoraba y por un momento deseó arrancarse la ropa. Si Leonardo la había visto así, ¿qué importaba que la ciudad también lo hiciera? Aquella no era ella.

Isa era fuego: viva, vibrante. Ella era agua estancada: incolora, reflejando una imagen ajena. Revisó su celular. Un mensaje: “Te extraño, mami”.

Fer lo leyó con los ojos llenos de sal. Aquella mujer de vestido verde, tocada por un extraño, no era ella. Fer era una maestra de idiomas atrapada en una rutina que odiaba. Isabela había vivido de verdad. Ella no. Lo suyo sería esto: un hombre italiano que la desvistió y la hizo sentir algo. Esa sería su mayor aventura. Lo sabía. Le dolía.

Se levantó de la banca. La mentira terminaba ahora. Le devolvería el vestido a Leonardo, los zapatos, todo. Tal vez incluso le agradecería con una sonrisa, con una palabra, con una chupada rápida por haberle hecho recordar que seguía viva. Pero la ilusión se acababa.

Entonces la música la alcanzó. Alegre, como una fiesta en otra ciudad. Un hombre enmascarado se cruzó en su camino. Raro, inusual y luminoso. Fer entonces vio a una pareja en zancos giró a su alrededor. Se abrió pasó, sólo quería regresar al departamento de Isa y terminar todo, pero la ciudad entera parecía haberse disfrazado sin avisarle.

Apretó el paso, descalza, con los pies lastimados. El carnaval la perseguía. Entonces, una puerta se abrió frente a ella, como si la esperara. Madera antigua. Luz cálida. La música venía de allí, Fer dudó. “Quizás sólo un café y me largó”

Entró. No notó el letrero sobre la entrada. No vio el nombre escrito en una caligrafía suave y elegante:

Café Romance.