Capítulo 4 Leonardo
Fernabela caminaba desnuda por la ciudad. Las personas a su alrededor pasaban sin mirarla, como si fuera invisible. Una niebla densa la envolvía y la sensación de ser observada le aprisionaba el pecho. Se giraba en cada esquina buscando aquello que la seguía, pero solo hallaba la oscuridad persistente de la noche.
Llegó a un edificio antiguo, cubierto por la misma niebla espesa. Entonces, una figura capturó su atención: una mujer hermosamente vestida, de una sensualidad delicada, la miraba tras una máscara de cerámica blanca, adornada con líneas de colores en los ojos.
El grito de Isabela la alcanzó, cruzando el tiempo y el espacio. Fernabela sintió su eco romper la noche. Y al final de la oscuridad, los ojos plateados que había visto en la iglesia la devoraban. Estaba rodeada de hombres. Ninguno de ellos era su marido, y no parecía necesitarlo. La recorrían, dibujaban deseos ocultos sobre sus senos, sus nalgas, sus muslos. La probaban, y ella lo permitía.
Un gemido brotó desde su alma, incontrolable, liberador.
Despertó agitada en la cama de su hermana, con la entrepierna húmeda.
—Me estoy volviendo loca —murmuró con cansancio.
Fue al baño, guiada por una urgencia primitiva. Relajó el cuerpo y dejó que el fluido saliera de sí misma. No sabía que aquello era parte de un orgasmo. Nunca lo había vivido. No tenía manera de saberlo.
Su día comenzaba de nuevo, pero ya nada era rutinario. Era como si la Fernabela de Roma no conociera en absoluto a la Fernabela que estaría, en ese momento, dando clases. Se dio un baño y los aromas de su infancia regresaron a ella, cortesía de los recuerdos que vivían en el baño de su hermana. Se dejó consentir un instante, hasta que la culpa por usar las cosas de Isa le acarició la conciencia como una memoria tibia, pero incómoda.
Regresó al ordenador, envuelta en una suave toalla que le rozaba los senos. Encendió la computadora, buscó la ubicación de la carpeta que había visto el día anterior y el aroma a jazmín volvió a apoderarse de la habitación. Fernabela seguía ignorando su llamado.
Los vídeos y fotografías formaban una colección silenciosa de una mujer que ya no parecía su hermana. La Isa que creía conocer se diluía. No se detuvo en ninguno, pero los ojeó todos. Se convenció de que buscaba una pista, un indicio... aunque su cuerpo sabía que se mentía a sí misma. Se controló. O al menos, lo intentó.
Vio la urna donde descansaban los restos físicos de su hermana. La tocó con un aire ceremonial.
—¿Quién murió primero? —se preguntó, y la idea la hizo sentirse prisionera de una cadena invisible.
Un mensaje de Leonardo la sacó del trance:
"Nos veremos aquí. Si estás lista para saber más sobre Isabela, 9:00 a.m. No llegues tarde".
Las palabras del día anterior seguían perforándola sin piedad. ¿Había insinuado que Isabela no había muerto en un accidente?
—Es solo un desayuno. Quizás descubras más de la mujer que solías amar —se dijo, mientras buscaba algo que ponerse.
Estar en casa de Isa se sentía como violar una intimidad sagrada. Se vistió con los únicos jeans de repuesto que tenía, una camisa blanca de cuello alto y un suéter de su hermana que delineaba suavemente su figura. Se puso sus tenis, pero no parecían lo que Leonardo aprobaría. Terminó optando por unos botines que combinaban con la blusa, cortesía del buen gusto de Isabela. La culpa volvió a perseguirla al cerrar la puerta.
En el fondo de su bolsa, la tarjeta negra respiraba. Seguía allí, exhalando un aroma a jazmín. Un llamado que aún decidía ignorar.
Se fue en Uber; el lugar estaba distante pero llegó a tiempo. Revisó los mensajes; uno de ellos era de voz:
—Mamá, te extraño. ¿Cuándo vas a regresar? —preguntó su hija. Un pinchazo doloroso le tocó el corazón. Respondió que sería tan pronto como pudiera. Aquello se sentía como una mentira más.
De su esposo no sabía nada, tampoco le interesaba demasiado. No había secreto en sus pensamientos, solo una verdad dolorosa: no se extrañaban.
El lugar que propuso Leonardo era un restaurante escondido entre callejones estrechos de Trastevere, donde el tiempo parecía haberse detenido. El letrero decía simplemente: Lucia. Adentro, la atmósfera era íntima. Había aroma a mantequilla tostada, higos y café fuerte. Nadie la recibió. Caminó entre mesas vacías hasta que lo vio.
Leonardo era el tipo de hombre que no se podía mirar sin imaginar lo que sería perderse en él. Su cabello, oscuro y rebelde, caía con una elegancia salvaje. Pero lo verdaderamente perturbador eran sus ojos: un misterio profundo, cargado de un brillo metálico que no ocultaba una diversión perversa. Observaba como quien ya ha probado el alma del otro y solo espera que el cuerpo lo confirme.
Su cuerpo era un templo tallado con devoción. Y sus manos… sus manos eran puro instinto. Manos grandes, creadas para sostener, dominar, explorar, tomar. No sabían de paciencia. Leonardo no caminaba, se deslizaba. Y cuando hablaba, incluso el silencio se inclinaba para escucharlo.
Se saludaron con una cercanía inusual. Leonardo olía intensamente a madera antigua, a algo ritualista. Fernabela, en cambio, olía a su hermana.
—Gracias por acceder a verme —dijo Fernabela, intimidada.
(¿Será este el hombre que se estaba cogiendo a mi hermana?)
—Te pareces mucho a ella. A Isabela —comentó Leonardo con cortesía, mientras señalaba una mesa para dos adornada con una vela que danzaba viva.
Ambos se sentaron. Antes de que la conversación comenzara, un camarero apareció en silencio con una bandeja de frutas oscuras —higos, moras, uvas negras— y pan rústico. Leonardo vertió café en dos tazas e incluyó una pizca de cardamomo a la suya. Fernabela supo que el desayuno ya había sido ordenado. No pudo decidir si aquello era un gesto considerado o un acto de dominio. Y, aun así, se sintió atraída. Sonrió.
—¿Te gustan las moras? —preguntó Leonardo.
(Me gusta que un hombre sea un hombre, y me consienta).
—Gracias por ahorrarme el momento incómodo en el que no sabría qué pedir —dijo con auténtico alivio.
—Ya has pasado por muchas cosas. Solo quiero ayudarte —respondió él con una sonrisa que la hizo sentir atrapada.
—Ayer encontré una carpeta en la computadora de mi hermana —empezó a explicar—. No sé si era de ella, pero decía Café Romance. ¿Tú sabes qué es?
El mesero, al escuchar ese nombre, pareció molestarse sutilmente antes de alejarse. Leonardo no lo miró; solo inhaló el aroma del café con los ojos entrecerrados.
—Es un lugar interesante —comenzó—. La gente habla de él como si fuera una persona. Lo cierto es que podría decirte cómo llegar, pero si lo hiciera… perderíamos la oportunidad que estamos buscando.
—¿Qué oportunidad es esa?
—La oportunidad de que te inviten a pasar. Solo así descubrirás qué le pasó a Isabela
—¿Por qué crees que le pasó algo? La policía dice que fue un accidente —replicó Fernabela.
—Yo no lo creo. No era la Isabela que conocí. No habría manejado de forma descuidada… a menos que algo la estuviera persiguiendo. Y creo que ese algo está oculto en Café Romance, en sus salas llenas de secretos.
—Por el nombre pensé que era una cafetería —dijo ella con resignación.
—Es más que eso. Hay un salón secreto en la parte superior. Un lugar de placeres al que solo se accede con una invitación. Es un lugar que te llama. Que solo puedes cruzar si estás… ardiendo.
—¿Ardiendo?
—No literalmente, claro —sonrió con ese brillo peligroso—. Pero debes estar dispuesta a enfrentarte a ti misma. A tus secretos. O eso dicen.
—¿Tú no has entrado?
—Llegué haciendo preguntas. Y a él… no le gustan las preguntas. Me sacaron.
—¿Qué relación tenías con mi hermana?
Leonardo no respondió de inmediato.
—Come, por favor. Está mejor mientras está caliente.
Fernabela obedeció.
—Éramos… cercanos —añadió luego. Su garganta se movía con una elegancia salvaje—. Cuando llegó a Italia, no conocía a nadie. Nos hicimos amigos. Pero entonces descubrió Café Romance… y los secretos la transformaron. Intenté alcanzarla. Recuperarla. Pero ella levantó un muro. La verdad es que la extraño; quizás es solo el delirio de un hombre que creyó encontrar algo especial.
Fernabela bajó la mirada. Sintió el pan deshaciéndose en su boca, pero no podía tragar. Aquella frase —no pude alcanzarla— le oprimió el pecho.
—Ella nunca me hablaba de nada —murmuró—. A veces parecía feliz, como si por fin estuviera viviendo algo que la emocionaba. Pero también estaba distante. Como si no quisiera contaminarme.
—Y ahora —continuó Fernabela con un hilo de voz— tengo miedo. No sé si quiero saber lo que descubrió. No sé si estoy preparada…
—Lo estarás —interrumpió él con suavidad.
—¿Y si no me invitan?
—Entonces significará que aún no estás lista. Pero si estás dispuesta a quemarte un poco… lo harán. Te verán. El lugar siempre ve a los que arden por dentro.
Fernabela respiró hondo. Sintió el perfume del café, el dulzor de las moras y el aroma de la vela. Todo parecía un conjuro.
—¿Y cómo empiezo?
Leonardo sonrió. Era una sonrisa cómplice.
—Empiezas dejando que te vean. Observa. Escucha. Permite que el deseo te lleve. No finjas estar lista, solo arde.
—¿Y tú… vas a ayudarme?
—Café Romance no abre sus puertas a cualquiera. Pero si dejas que el fuego dentro de ti arda un poco más... podrías atraer su mirada. Déjame ayudarte. Esta noche, ven a mí. No al café, a mí. Quiero prepararte. El lugar debe verte... pero también desearte.
El corazón de Fernabela dio un vuelco. No supo si era miedo o deseo.
—¿Prepararme? —susurró.
—No será un disfraz —aclaró él—. Será una revelación. Lo que Café Romance busca… es que te atrevas a mostrar lo que eres. Incluso si tú misma aún no lo sabes.
—¿Dónde nos veremos?
—Te enviaré mi dirección. Llega alrededor de las cinco. Esta noche llamarás la atención de los ángeles… te lo prometo.
Se marchó con esa mezcla exquisita de gracia y dominio. La cuenta ya estaba pagada. Fernabela se quedó quieta, sintiendo que el mundo se inclinaba hacia una nueva dirección. Algo irrevocable.
El aroma a jazmín que llevaba en su bolso —ese que parecía susurrarle cosas que no entendía— se desvaneció. Y esta vez, Fernabela tampoco lo notó.