Capítulo 3 El Departamento
—Ya te lo he dicho: las hermanas Bela pueden salir de cualquier problema, ¿no? —preguntó Isa con una sonrisa enérgica, en medio de una noche calurosa de verano.
Llevaba ropa que su madre jamás habría aprobado, y con la que Fer no se sentía del todo segura.
—¿Y si mamá se entera? —preguntó, con la voz llena de emoción contenida.
—Nos regañará de por vida a las dos y no volveremos a ver la luz del sol hasta que terminemos la preparatoria. Pero... si las cosas salen bien, tú vas a poder besuquearte con el chico guapo del club de baloncesto y yo me voy a divertir de lo lindo con el chico de las nalgas duras —dijo con una sonrisa pícara que, contra toda lógica, llenó de entusiasmo a Fernabela.
Ambas hermanas saltaron por la ventana, se pusieron los tacones abiertos sobre el césped del jardín y corrieron en mitad de la oscuridad, rumbo a una fiesta a la que no tenían permiso de asistir.
Aquel recuerdo —el de la libertad de Isabela— hizo que la mano de Fernabela se estremeciera ante el reflejo de su teléfono. El segundo mensaje, el desconocido, parecía tener oculta una verdad inquietante, algo que escapaba a su comprensión y, al mismo tiempo... algo que perfectamente podría haber dicho Isabela.
Se levantó de la cama. Pensó en regresar a la estación de policía; sería lo lógico, lo correcto. Pero cuando intentó caminar en esa dirección, sintió la mano de Isa en el mensaje. Se detuvo. Suspiró. Guardó el teléfono en su bolso y caminó en dirección al departamento de su hermana. En el camino se detuvo a comer una pizza cuadrada que le pareció tan irreal como su situación. La devoró sin pensar; no recordaba cuándo había comido por última vez, pero su cuerpo lo agradeció.
El edificio donde vivía Isabela era uno de esos secretos bien guardados de las ciudades antiguas: escondido en una calle secundaria, flanqueado por buganvilias que crecían salvajes desde macetas de terrocota colgadas en balcones de hierro forjado. No era lujoso, pero sí encantador. La fachada, de un tono ocre desgastado, tenía cicatrices del tiempo y del clima, y eso no hacía más que darle carácter. Los vecinos saludaban con la calidez de quien conoce tu nombre aunque nunca te haya visto antes. Había algo en ese edificio que parecía latir con una calma propia, como si hubiera aprendido a respirar con la ciudad.
El ascensor era antiguo, con puertas plegables de metal y un zumbido grave que anunciaba su llegada. Pero la escalera de caracol, con peldaños de mármol gastado, era más confiable. Probablemente, la favorita de Isabela.
—Parece un lugar que Isa amaría —murmuró Fer en voz alta, sintiendo un pinchazo de nostalgia cálida que le ayudó a subir los escalones, como si su hermana la acompañara.
Se detuvo frente a una puerta sencilla, marcada con el número trece. Introdujo la llave como quien sabe que está cruzando un umbral prohibido. Giró el pomo, pero no entró. Se quedó ahí, en el umbral. Dar un paso sería aceptar que Isa ya no estaría. Y todavía no estaba lista para eso.
El aire del interior estaba cálido, como un abrazo suspendido en el tiempo. Olía a la cocina de su madre, al jabón de manos de la abuela, al aroma de dos niñas corriendo descalzas en una casa antigua.
Entró.
El departamento era pequeño, pero no se sentía abandonado ni callado. El lugar tenía sus propios murmullos. Los estantes de libros contenían conversaciones que Fer nunca alcanzó a escuchar, pero que ahora parecían vibrar en las paredes. En la cocina, un pan a medio terminar y una taza de cerámica con restos de café hablaban de una mañana presurosa.
Una bufanda azul tejida descansaba sobre una silla. Encima, una libreta abierta mostraba trazos de vestidos: diseños espontáneos, seguramente sueños que Isa había comenzado a moldear. Al atravesar el salón, una madera crujió, como si le diera la bienvenida.
En el dormitorio, la cama estaba a medio tender. Sobre ella, un vestido rojo sugerente y unas zapatillas nuevas en su caja. Era una estampa perfecta de la mujer que Isa había sido: luminosa, sensual, indómita.
Fernabela se quitó los zapatos, los lentes, y se sentó en el borde de la cama. Cerró los ojos. Colocó la urna con las cenizas de su hermana sobre la mesita de noche, al lado de un ordenador portátil aún encendido, en reposo.
No lloró. Se sintió agradecida. Isa seguía ahí.
Se levantó cuando estuvo lista. Sus pies descalzos recorrieron la historia muda que se ocultaba en el suelo del departamento. La madera crujía apenas, como si conservara secretos que no se atrevían a pronunciarse. Se detuvo frente a la ventana. Durante un instante fugaz, le pareció que su reflejo no era suyo, sino el de Isabela. Se giró de golpe, con el corazón acelerado… pero no había nadie.
Un cuaderno llamó su atención. Isabela nunca abandonó ese viejo hábito: escribir en libretas. La tomó con cuidado. Era sencilla, de tapa negra, gastada en las orillas. Al abrirla, se encontró con versos escritos con una caligrafía urgente, intensa. Poemas que parecían arrancados del pecho de una criatura salvaje y frágil a la vez.
Leyó uno:
“Ceder ante tus deseos fue como abrir la jaula desde dentro. Tu amor, un refugio que se volvió celda. Me hiciste tuya, pero me olvidaste mía. Y en la perversión… encontré libertad. Una que aún no sé cómo mirar sin temblar”.
Fernabela sintió un escalofriío. Era bello, pero también oscuro. Pasó la página. Otro poema; este hablaba de un hombre distinto. O quizás no.
“Tus ojos, espejos antiguos. Me ves. Me sabes. Me desnudas sin tocarme. Me tiemblan los huesos cuando me miras. Porque no hay nada que te pueda ocultar. Porque me reconozco, y me da miedo. Porque contigo… no puedo fingir”.
Fernabela tragó saliva. Se dejó caer en la silla frente al ordenador. Empujó con suavidad un objeto que sobresalía del cajón: un pequeño juguete íntimo. Parpadeó. Se rió, sin poder evitarlo. Un estallido breve, casi culpable. Típico de Isa.
Seguía hojeando la libreta cuando una hoja suelta cayó sobre su regazo. No estaba firmada, pero reconoció la letra de inmediato. Casi todo el texto estaba tachado, como si Isa hubiera peleado consigo misma. Pero lo que quedaba era para ella:
“No quiero que cuando me vuelvas a ver, sigas viendo a esa sombra divertida que ya no siento que soy. Te extraño. Me duele vivir esta aventura sin ti. Sé que me advertirías... Pero necesito encontrarme. Sin miedo. Quiero ser como tú, Fer. Amar a un solo hombre. Tener una familia que sea mía. Y tal vez, solo entonces, pueda volver a ti”.
Fernabela no supo en qué momento empezó a llorar. Apretó la carta contra sí. El departamento se convirtió en un santuario. Se levantó a la cocina y, sin esfuerzo, encontró un vaso y se sirvió agua. Eran idénticas en muchas formas; se podrían encontrar sin importar la morada.
El sonido de su teléfono la arrancó de sus pensamientos. Era otro mensaje del mismo número: “Busca en el ordenador”.
Intentó llamar, pero no le contestaban. Se sentó de nuevo frente a la pantalla. Había una foto de ellas dos cuando eran niñas. Escribió la contraseña que se le ocurrió —la misma que tenía ella en casa— y accedió.
Pasó mucho tiempo viendo fotos y videos de Isa disfrutando de su vida. Había muchos chicos y chicas, pero ninguno parecía ser la persona de la que Isa hablaba en sus cartas. De pronto, llegó un correo del casero confirmando que el departamento estaba saldado un mes más. Aquello le permitió respirar.
Se preguntó qué otros secretos esconderían su hermana. Recordó que de adolescentes compartían ordenador y ocultaban cosas en carpetas. Fer tecleó una palabra y apareció una carpeta que jamás había visto: “Café Romance”.
El nombre le provocó un escalofrío. Le resultaba extrañamente familiar. Un eco lejano de algo que alguna vez también había deseado. Hizo doble clic.
La carpeta se abrió. Dentro había videos de una Isa desconocida. Abrió el primero.
La pantalla se tiñó de penumbra. Una música suave, casi líquida, llenaba el espacio. Isa estaba desnuda, de espaldas, con una delgada tela negra ceñida a su cintura. Unas manos masculinas recorrían su espalda. No se veían rostros.
—Dime lo que eres —ordenó una voz profunda, melódica.
Isa arqueó su espalda con una gracia devastadora. Se giró apenas. Su rostro, cubierto por una máscara, dejaba entrever unos labios entreabiertos.
—Soy tu puta —susurró con una sensualidad abrasadora.
Fernabela contuvo la respiración. Un estremecimiento le subió desde el pecho hasta el cuello. Cerró el video, pero sus dedos se movieron antes que su conciencia. Abrió otro archivo.
Isa, arrodillada frente a un hombre. Seguía enmascarada. Pero la escena se volvió coral. Más cuerpos. Más deseo. Isa exploraba y disfrutaba sin pudor, mientras miraba a la cámara con una sonrisa inquietante dirigida al alma de su hermana.
La respiración de Fernabela se volvió errática. Separó apenas los labios. No era solo voyerismo; era reconocimiento. Sus muslos apretados pedían algo que no sabía nombrar. ¿Isa sabía que ella vería esto?
Cerró el video como si fuera un sacrilegio. Pero un tercer archivo se abrió solo: Isa, en un vestido rojo, de pie en medio de una carretera. Un auto se detuvo frente a ella. Isa se inclinó hacia la ventana...
Cerró el ordenador de golpe. No quería saber más.
Su entrepierna estaba húmeda. Sus pensamientos eran una mezcla tóxica de culpa y excitación. ¿En quién se había convertido Isa?
Entonces, un aroma a jazmín comenzó a colarse desde su bolsa. Dulce. Penetrante. Tecleó como en trance: “Café Romance”, en español y en italiano. Miles de resultados, pero nada concreto. Como si el lugar no quisiera ser encontrado.
Recordó al hombre de la cremación. Al tal Leonardo. Sacó el papel con su número y le envió un mensaje:
“¿Conoces un sitio llamado Café Romance?”
La respuesta fue inmediata: “Es un lugar peligroso. Ahí fue donde tu hermana comenzó a perderse”.
En el interior de su bolsa, la tarjeta negra —olvidada bajo la tensión del día— reveló un dibujo que no había visto antes: una rosa y una llave. Una llamada silenciosa que Fernabela aún no sabía escuchar.