El Secreto de Isabela (La Amante del Príncipe nº 4) Capítulo 2 Italia
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Capítulo 2 Italia

—¡No tenemos miedo! —gritó Isabela debajo de la mesa a su enemigo invisible, que se escondía detrás de la puerta de la cocina de su abuela—. Somos las hermanas Bela, agentes supersecretos, con poderes mágicos y permiso de mamá —señaló con valentía mientras observaba la puerta.

Isabela estaba descalza, igual que su hermana; tenían seis y siete años respectivamente. Fernabela miraba con precaución la puerta de la cocina.

—Deberíamos jugar en otro lado —sugirió Fernabela, quien sabía que su madre se enfadaría si las descubría jugando en la cocina.

—No tengas miedo, Fer. Las hermanas Bela pueden salir juntas de cualquier problema —dijo con una sonrisa, mientras que Fer se sumergía en la fantasía de su hermana.

La puerta se abrió; era la abuela. Las dos hermanas salieron de debajo de la mesa con un eco de risas mientras la mujer seguía el juego y cargaba a ambas niñas.

—¡Las tengo, pequeñas traviesas! —dijo la abuela con una sonrisa enorme.

—Abuela, se supone que debes darte por vencida —le reclamó Isa entre sus amorosos brazos.

—La abuela Bela también tiene poderes mágicos, pequeña —le sonrió la mujer mientras las besaba.

Fernabela recordó cómo era estar con su hermana y una dolorosa lágrima recorrió su mejilla, mientras una pregunta persistente se tomaba un café con su tormento: “¿Por qué no vine antes a verla?”. Parpadeó frente a la ventana y un sentimiento de vacío la abrazó con pesadez.

El viaje había sido largo. Apenas había tenido oportunidad de preparar una maleta improvisada y la embajada italiana se había portado accesible al apoyarla con el boleto de ida. Fer había perdido a su madre poco después de los veinte años y a su abuela siendo adolescente; de su padre sabía poco, solo que un día se marchó y nunca más supieron de él. Aquello la lastimaba, y Fernabela se prometió que nunca dejaría sola a Maribela, pero también se había prometido nunca dejar sola a Isabela. Ambas promesas estaban rotas.

La ciudad la recibió con un aliento tibio y ajeno, como si no se diera cuenta de que alguien acababa de llegar con el corazón roto. Fernabela descendió del avión con los pies hinchados y los ojos secos de tanto contener lágrimas. El aire tenía ese aroma denso del verano europeo mezclado con queroseno y cansancio. Todo le parecía difuso, como si flotara entre el duelo y el insomnio.

El taxi la llevó por calles silenciosas, entre luces ámbar y fachadas antiguas que parecían observadoras eternas del dolor ajeno. Roma no tenía prisa ni compasión. La ciudad respiraba lento, entre adoquines mojados por un riego reciente y ventanas cerradas tras las que intuía vidas cálidas, completas, intactas.

Fernabela apoyó la frente en el vidrio. Las luces de los faroles pasaban como fantasmas dorados sobre su rostro. Pensó en Isabela. En su risa, en su forma de desaparecer sin despedirse. El correo electrónico con la noticia aún vibraba en su memoria como un trueno que no terminaba de apagarse. Al pasar frente al Coliseo, sintió una punzada en el pecho. Todo parecía tan eterno, tan indiferente a su pérdida. ¿Cómo podía un lugar seguir en pie cuando su hermana ya no existía? ¿Cómo podía respirar ella, ahora, sin ese otro latido paralelo que siempre la había acompañado?

El conductor no hablaba; ella tampoco. Solo el murmullo del motor y una canción vieja en italiano que sonaba muy bajo —una voz de mujer, dolida, lejana— la acompañaban. Cuando por fin llegaron al hotel, un edificio discreto con persianas cerradas y un portón de hierro forjado, Fernabela descendió con la maleta arrastrándose como una extensión de su cansancio. Levantó la vista al cielo nocturno. Las estrellas estaban ocultas por la luz de la ciudad. Como si tampoco quisieran mirar. Roma la envolvía, y Fernabela, sola, traía consigo el secreto de una muerte que aún no entendía. El viaje apenas comenzaba.

El chico tras el mostrador veía un partido de fútbol de la Roma; un grupo de amigos cantaba el himno del club en la distancia. Al percatarse de la presencia de Fer, la saludó con un gesto, pero se portó indiferente al recibir su reservación. Fer había aprendido tantos idiomas como pudo; pensó que viajaría mucho con su hermana, pero el romance la alcanzó primero.

La habitación era pequeña pero acogedora, y era para ella sola, algo que se sentía como un lujo en aquella ciudad de sueños rotos. Se desplomó sobre la cama. No sabía si podría dormir; aún estaba aturdida por el viaje, pero los husos horarios la estaban consumiendo lentamente. Se quitó los zapatos, se tapó la mirada con las manos y, aun así, no pudo llorar. Era como si estuviera guardando sus lágrimas para la mañana siguiente.

Era difícil saber si Fernabela había dormido en algún momento. Cerraba los ojos, pero su cuerpo seguía en alerta, como si el dolor no la dejara entrar en la noche del todo. Intentó darse una ducha para relajarse, pero el agua tibia no hizo más que acentuar la sensación de estar en un país que no era suyo. A pesar de hablar el idioma, todo le parecía extraño, como si el duelo tuviera otro acento, otra gramática.

Escribió a su esposo. Él estaba en casa, cuidando de Maribela. Le respondió con un mensaje breve, correcto, que no le ofrecía consuelo ni preguntas. Fernabela pensó en el rumor que rondaba desde hacía meses: una aventura suya con una clienta. Un dolor sombrío, seco y viejo, le apretó el pecho. “Debería aprovechar”, pensó con un dejo de tristeza, pero no pudo seguir esa línea. Isabela la necesitaba. O, más bien, necesitaba despedirse de ella. Aunque, en el fondo, sabía que cuando su hermana realmente la necesitó, Fernabela encontró formas elegantes, incluso racionales, de ausentarse. De negarse.

La mañana llegó gris. Un gris antiguo, como si Roma contara su duelo a través del clima. Se bañó una vez más, más por inercia que por necesidad. Se puso lo único que tenía a mano: un pantalón negro, una camisa del mismo tono, sus lentes y los zapatos cómodos que usaba para dar clases. No se sentía adecuada, pero tampoco capaz de sentir algo más preciso.

La policía le había enviado la ubicación por Google Maps. Fer pensó que podía llegar sola. El dinero era limitado, y cada gasto contaba si quería cumplir con la última promesa: llevarse las cenizas de su hermana de vuelta a casa.

La ceremonia se realizaría en una iglesia pequeña, escondida en una callejuela romana que olía a piedra húmeda y flores muertas. La embajada había gestionado la cremación, pero aún faltaba el rito religioso. Había más gente de la que esperaba. Nadie la recibió. Algunos la miraron; tal vez la reconocieron, tal vez solo la juzgaron con la misma dureza con la que ella misma se juzgaba por haber estado ausente tantos años.

El féretro estaba cerrado. Le habían dicho que el accidente había sido violento, que el auto había explotado y que no quedaba mucho que mostrar. El simple pensamiento le arrancó una punzada de vértigo. Quiso acercarse, pero el cuerpo no le obedecía.

Y justo cuando sus rodillas comenzaron a flaquear, una mano la sujetó por el brazo con firmeza. El tacto era cálido, decidido. Y una voz, suave y grave como una cuerda de chelo, murmuró:

—Tranquila. Te tengo.

Fernabela giró apenas el rostro. Un hombre de cabello oscuro, rebelde y ondulado la sostenía con una presencia que parecía llenar el aire. Sus ojos eran intensos y había en su gesto algo inusualmente sereno. No llevaba traje, sino una camisa oscura perfectamente ajustada y un abrigo elegante que lo hacía parecer salido de otro tiempo.

—Gracias —dijo Fernabela en un susurro que no parecía suyo.

—No deberías estar sola hoy —añadió él, con un tono que no buscaba invadir, pero que se sentía peligrosamente cómodo.

Ella no supo qué responder. Él no se presentó, ni ella preguntó su nombre. Solo caminó con ella unos pasos, como si supiera exactamente cuánto sostenerla y cuándo soltarla. Se despidió de ella cuando una mujer con lentes y un dolor visible se acercó a Fer. La besó dos veces en las mejillas y expresó su duelo en italiano. Fernabela la comprendió, pero solo pudo responder con un "gracias".

En la distancia, un hombre estaba de pie, apartado del grupo. Alto, vestido de negro, con el abrigo abierto al viento. Sus ojos eran lo que más llamaba la atención: plateados, como espejos antiguos. No parecía esperar a nadie, pero tampoco era un extraño. Observaba con una calma extraña. Fernabela sintió que la miraba. Su estómago se tensó. Era apenas un roce de mirada y, sin embargo… lo sintió. Como si la hubiese tocado sin moverse. No supo por qué lo notó; quizá porque era el único que no lloraba, o porque parecía no mirar a su hermana, sino a ella. Un enigma callado entre sombras de duelo.

Y entonces, mientras el sacerdote comenzaba a hablar, el hombre que había sujetado a Fer desapareció. Solo lo vio moverse con naturalidad entre la gente y el mundo regresó a su sombría despedida.

La ceremonia fue breve. El nombre de su hermana apenas se escuchó en voz alta; Fernabela sintió que, al decirlo, se lo arrebataran. Después, fueron al cementerio. La urna, discreta y sellada, fue colocada en un nicho preparado. Una funcionaria de la embajada se acercó al final y le entregó un sobre con una pequeña llave. Le explicó que era del departamento de Isa y le dio la ubicación.

—La policía querrá verla —añadió la mujer en voz baja— Solo para confirmar algunas cosas. El oficial la esperará cuando esté lista.

Fernabela asintió. Volvió la vista hacia la iglesia, pero los ojos plateados ya no estaban ahí. Ni el hombre de la voz de chelo, ni su hermana. Italia la abrazaba con una frialdad que le recordó cuán humana era.

El hombre que la había sujetado más temprano se le acercó una vez más. Le extendió un pequeño papel doblado en cuatro.

—Conocía muy bien a tu hermana. Si necesitas algo, no dudes en llamarme —le dijo.

Fernabela recibió el papel con manos temblorosas. Tenía una caligrafía precisa: un número de teléfono y un nombre. Leonardo.

Asintió, agradecida. Él se alejó hacia un grupo que lo esperaba. Cuando todo terminó y le entregaron la urna, fue como cargar la ausencia. Pidió un transporte al hotel, dejó la urna sobre una silla y le escribió a su marido. No respondió. Fernabela no insistió. Sintió que debía seguir; como si detenerse fuera peligroso.

Fue a la estación de policía. Un edificio sobrio y funcional. Una oficial de mayor rango entró con una carpeta y saludó a Fernabela con seriedad.

—Hay algunas pertenencias que debemos entregarle. Su hermana las llevaba consigo el día del accidente —explicó.

Sobre la mesa colocó una caja. Fernabela la abrió: una libreta negra con anotaciones, un par de aretes de plata con el aroma del perfume de Isa, una cartera sencilla y, al fondo, una tarjeta negra. Lisa. Opaca. Con una cinta magnética y ningún logo.

—¿Y esto? —preguntó Fernabela.

—No es bancaria ni comercial. Tal vez de algún club privado… o algo muy personal —respondió la oficial.

—¿Qué pasó con mi hermana? —preguntó finalmente.

—No lo sabemos con certeza. Es posible que perdiera el control del auto. Se estrelló contra una estructura abandonada y el vehículo se incendió. No creo que deba conocer más detalles.

Fernabela asintió. La salida de la estación fue solitaria. Se detuvo en una banca y sacó su celular. Tenía dos mensajes nuevos. El primero era de su esposo: “Todo está bien por acá”. Un intento de contención distante.

El segundo mensaje provenía de un número italiano desconocido. Sin nombre ni foto. Solo seis palabras que helaron su sangre:

“La verdad está en su departamento”.

Fernabela se quedó mirando la pantalla. No había dado su número a nadie. El cielo sobre Roma pareció encogerse.