Prologo #2
"¿Y si simplemente camino hasta el aeropuerto?", pensó. "Y tomo el primer vuelo que salga. Sin avisar. Sin empacar. Solo yo, sola, lejos, nueva...".
Suspiró. Repitió lo que decía todos los días: —Tomen nota. Esto entra en el examen.
Pero nada entraría en el examen. Salvo, tal vez, esa pregunta que siempre se mordía la lengua para no hacer: si no les interesa mi clase, ¿por qué vienen? Terminó su hora y sacó el celular.
Una hora libre. El salón olía a adolescentes. Pensó en salir, pero no encontró el ánimo suficiente. Se instaló en su silla de maestra y, desde ahí, abrió su celular. Una aplicación de novelas románticas la esperaba. Se sumergió con la promesa de escapar de la secundaria una vez más. Se perdió en una historia de una mujer que dejaba todo por un amor prohibido en una ciudad lejana. Las palabras la envolvieron como un bálsamo:
“Él la tomó de la mano, sus ojos prometiendo un mundo donde las reglas no existían”.
Fer sintió un calor en las mejillas, su respiración acelerándose, pero apagó la pantalla con un nudo en el pecho. Esas historias no eran para ella. Eran para mujeres como Isabela. Su hermana. Isabela vivía en algún rincón de Europa, persiguiendo aventuras con las que ella solo podía soñar.
Se llevaban un año, pero cualquiera que las viera podría jurar que una le llevaba a la otra un par de traumas de ventaja. Isabela siempre había sido más libre, más expresiva, una líder natural a pesar de ser la menor. Fernabela, en cambio, asumió desde joven el rol protector y maternal. Eso la llevó a una vida cómoda y llena de certezas que ahora se sentían como grilletes.
Isabela había estudiado arte, luego ingeniería, después derecho… y finalmente volvió al arte. Se fue a Norteamérica como niñera, y de ahí a Europa, a conocer culturas, idiomas, personas. Fernabela se casó con Fernando en una hermosa ceremonia… a veinte minutos de su casa.
Aún se comunicaban con frecuencia. Isabela hablaba de ciudades, monumentos, fiestas, personas nuevas. Fer hablaba de hipotecas, de compañeros de escuela, maternidad… y erecciones que se acababan antes de empezar.
Llevaban tiempo planeando una escapada juntas. Pero Fernabela siempre encontraba una excusa para eludirla. Porque verla… dolía. Porque recordaba a la mujer que ella no era. Las clases se arrastraban en su rutina implacable. Fer miraba el reloj con una desesperación silenciosa, compartida por sus alumnos, que tamborileaban los pupitres con la misma impaciencia. Nadie quería estar ahí más tiempo del necesario.
Un golpe seco en la puerta rompió el letargo. La directora —una mujer cuya frialdad era legendaria— entró con una expresión que Fer no le conocía: pálida, tensa, casi compasiva.
“Profesora Fernabela, ¿puede salir un momento? Es urgente”.
Los murmullos del salón estallaron con entusiasmo adolescente. Fer los ignoró, siguiendo a la directora por el pasillo. El aire parecía más frío, cargado de una tensión que no entendía. En la sala de maestros, un hombre desconocido esperaba, un sobre en la mano. Algunos colegas observaban desde las esquinas, sus rostros mezclando curiosidad y cautela. Al tomar el sobre, Fer sintió un pinchazo en el pecho, una chispa de esperanza absurda, como si ese papel pudiera contener algo más que otra tarea burocrática. Su corazón latió con fuerza por primera vez en el día.
“Estos son los roles para el festival de primavera”, anunció el hombre con un tono teatral que apagó cualquier ilusión. “¡Seguro están tan emocionados como nosotros!”. Fer revisó el documento: le tocaba servir comida en un puesto. Su reacción fue un eco del hastío de sus alumnos, un dolor rutinario que se fundía con el gris de su vida.
Llegar a casa fue como hundirse en la realidad. El día la había exprimido, pero la rutina no terminaba. Preparó la cena para Maribela; comieron juntas en un silencio roto solo por los planes de su hija para el festival. Luego, Maribela se encerró en su habitación con su tarea, su celular, su mundo. Fer no estaba invitada. Mientras fregaba los platos con una furia contenida, sintió el peso de cada tenedor, cada mancha, como si lavara su propia vida. Exhausta, se desplomó en el sillón y abrió su celular. La aplicación de novelas románticas la esperaba, un refugio donde podía imaginar la libertad de Isabela, besándose con un amante en una ciudad que Fer nunca se atrevería a visitar.
La noche envolvió la casa. Fernando llegó, cansado pero impecable, su camisa aún planchada. “¿Qué hay de cenar, amor?”, preguntó, su voz suave pero agotada. Fer calentó la comida, apagó su celular y se sentó con él, fingiendo normalidad. Maribela bajó, su risa llenando la mesa mientras contaba a su padre sobre el festival. Fernando, con una sonrisa, prometió ayudarla. En medio de la charla, el celular de Fer vibró. Un correo desde Italia. Frunció el ceño; no era habitual, pero tampoco imposible. Lo abrió, esperando una factura o un mensaje trivial. El mensaje era breve, diplomático. Y brutal.
“Su hermana ha muerto en un accidente. Debe venir a Roma. Es urgente”.
Mientras Maribela hablaba con su padre sobre las actividades del festival, y él se ofrecía a ayudarla con entusiasmo genuino, la realidad silenciosa de Fernabela se apagaba dentro de ella. Sin hacer ruido. En medio de una cena cálida entre padre e hija, el mundo de Fernabela se estaba haciendo pedazos.