El Secreto de Isabela (La Amante del Príncipe nº 4)
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Prologo
El disparo rompió la noche con violencia.
Fernabela sintió cómo el arma se calentaba bajo su mano desnuda. Un estremecimiento la recorrió al ver los ojos de aquel hombre —peligrosos y voraces— apagarse frente a los suyos. Retrocedió dos pasos. El cuerpo cayó como un peso muerto, y un manto escarlata comenzó a expandirse desde el hueco abierto en su frente.
Lo supo en ese instante: Roma no era solo una ciudad. Era una tentación envuelta en luces doradas, un espejo que le devolvía un rostro que apenas reconocía. Su transformación desde que llegó había sido lenta, pero profunda. Como una herida que sangra belleza. Por un segundo, una sensación de irrealidad le nubló la mente. ¿Cómo había llegado hasta aquí?
Era una maestra de idiomas. Vivía en otro continente. Su vida podía describirse con muchas palabras, pero todas sabían a rutina. Sabía qué bocadillos le gustaban a su hija, cómo calmar a sus alumnos cuando lloraban o se rebelaban. Su esposo, un dentista, le ofrecía estabilidad… y también una muerte lenta y educada, envuelta en silenciosos domingos iguales.
Y ahora… sostenía un arma.
La desesperación la abrazó como una niebla espesa. Se agachó y arrastró el cuerpo hasta el maletero del auto. Las correas de sus sandalias se clavaban en el suelo con todo el peso de su miedo, mientras el escote provocador de su vestido aún guardaba el roce helado de la piel muerta. Pero lo que más le estremecía no era el recuerdo del disparo, ni la sangre en sus manos. Era el placer oscuro que lo había precedido.
Encendió el auto. El cadáver, en el maletero. No había espacio para la culpa. No aún. Solo podía conducir. Su mente se fragmentó un instante; sentía el sexo de su amante aún en su interior, la sangre los unía y un solo pensamiento se instauró en su conciencia.
Los secretos que Isabela intentó ocultar en esta ciudad —desde incluso antes de su muerte— ahora emergían como sombras más densas que nunca. Fernabela comprendió que su hermana no había huido, simplemente había abierto una puerta.
Y ella acababa de cruzarla, temiendo que la misma oscuridad que consumió a Isabela… ahora la estuviera alcanzando a ella.
Café Romance presenta:
El Secreto de
Isabela
Basado en una Aventura Real
Rutina, deseo y muerte
El reloj, sin el menor respeto por el sueño de Fernabela —a quien amigos y familia llamaban cariñosamente Fer—, chilló con su eco apagado a la misma hora de siempre. Veinte años repitiendo esa alarma. Fer agitó la mano con una fiereza torpe, dudosa, en busca de su agresor matutino. Lo aplastó con fuerza hasta que el sonido murió.
Fernando, su esposo, seguía profundamente dormido. Aquello le provocó un pinchazo de envidia que disfrazó mal con una almohada lanzada a la cara... y fallada por centímetros.
Su bata de dormir y la de baño eran una declaración de guerra al buen gusto: grises, deslavadas, salpicadas de personajes de los Looney Tunes. Le daban comodidad, sí, pero hasta Piolín parecía mirarla con un juicio que dolía.
Se duchó con apuro, como si pudiera ganarle a la rutina. Pero la rutina siempre llegaba primero. Cuando salió, escuchó el despertador de su hija. La carrera contra el tiempo comenzaba… y ella ya iba tarde.
Eligió unos vaqueros desgastados, una camiseta negra que gritaba “señora” desde cualquier ángulo y unos zapatos idénticos a los veinte pares que la habían precedido. Se los puso como quien se ajusta unos grilletes. No dolían, pero pesaban.
Fernando fue el último en levantarse. Se bañó con una diligencia mecánica y en pocos minutos ya estaba listo para llevar a “las dos mujeres de su vida” a sus respectivos destinos. Maribela, su hija, era una criatura entusiasta, llena de energía, con ese brillo que solo los niños poseen cuando todavía creen que todo es posible. Fer la miraba con ternura... y con un dolor escondido. Cada risa, cada frase ingenua, era un recordatorio de lo que ella ya no era. Y la culpa por sentir eso... la hería todos los días, puntual como el reloj.
Para mantenerse en pie, Fer debía seguir al pie de la letra una rutina que había memorizado hasta el cansancio. Había transformado sus necesidades en ecos apagados de una decisión tomada hacía tantos años que ya no recordaba si fue realmente suya. Mientras el café se preparaba, se detuvo en la sala. Una fotografía del año pasado, tomada en un parque de diversiones, la observaba desde el portarretratos: ella, Fernando y Maribela, congelados en una felicidad coreografiada.
Era lo que era. Lo que había sido por veinte años. Y, con cada fibra del cuerpo, temía que eso fuera también lo que sería por el resto de su vida: la organizadora de un caos doméstico disfrazado de estabilidad. La heroína silenciosa de una historia que nadie le advirtió que sería tan abrumadora y, al mismo tiempo, tan dolorosamente repetitiva.
“Mamá, recuerda que hoy debo llevar material para el festival de primavera”, anunció Maribela con una mezcla de inocencia y ternura, mientras terminaba su cereal en la mesa. Fernabela abrió los ojos de golpe. Recordaba vagamente que su hija se lo había mencionado, que lo había anotado en una libreta, que se había prometido no olvidarlo antes de que Fernando pusiera el auto en marcha para visitar a los suegros. Pero la realidad la golpeó con furia: lo había olvidado.
“No te preocupes, cariño. Antes de tu clase, pasaré a dejar el material con tu maestra”, prometió Fer, su voz teñida de la monotonía de quien repite excusas conocidas.
Fernando bajó las escaleras, impecable como siempre. Sus vaqueros nuevos, unos tenis blancos que Fer envidiaba en secreto y una camisa azul celeste que resaltaba su piel, contrastaban con el atuendo desgastado de ella. Su corbata, perfectamente anudada, era una declaración de conformidad con una vida que a Fer le pesaba cada día más.
“¿Están listas, chicas?”, preguntó con un encanto que parecía sacado de un comercial. Maribela corrió hacia él, su alegría iluminando la cocina, pero Fer esquivó el momento con la destreza de quien ha aprendido a fingir. Preparó las loncheras en silencio; cada sándwich era un recordatorio de su papel como madre y esposa, una dicha que ya no sentía.
“¿Iremos al zoológico el próximo fin de semana, verdad, papi?”, preguntó Maribela, saltando a los brazos de Fernando tras terminar su desayuno. Fer se arregló frente al espejo de la cocina, su reflejo chocando con el de su esposo. Había oído rumores de que una paciente, vecina suya, coqueteaba con él. No podía imaginar a Fernando en una aventura —era demasiado predecible—, pero si alguien le ofreciera a ella un escape, una aventura, algo que la hiciera sentir viva… lo aceptaría sin dudar.
El reflejo de una mujer atrapada la miraba desde el espejo, mientras Fernando parecía brillar con una calma que la incomodaba. Intentó unirse a la conversación, pero las palabras nunca llegaron. Recibió un beso tibio de Fernando en la mejilla, le entregó su almuerzo y la familia salió al patio. Se subieron al auto, la rutina cerrándose sobre ellos como una puerta.
“¿A qué hora llegas, amor?”, preguntó Fer, su voz desprovista de calor.
“Hasta las siete, tengo pacientes”, respondió Fernando, manejando con precaución. “¿Necesitas algo?”.
(Una aventura romántica con un español de 20 años y 20 centímetros que me dé duro contra el muro en el salón de clases, justo frente a mis alumnos, para que por fin tengan un trauma proporcional al mío: intentar enseñarles el arte que me costó la vida perfeccionar... y que a ellos no les interesa).
—Pensé que podríamos ver algo en Netflix. Pasar tiempo en familia —respondió con una sonrisa quebrada.
La escuela olía a desesperación humana, sudor infantil y sueños inconclusos, sin estrenar, por parte de maestros y alumnos por igual. Fernabela saludó a la directora, quien la ignoró con la misma indiferencia con la que ignoraba a todos los que se cruzaban con ella, reforzando el mensaje de que su presencia no importaba.
En el salón, los pupitres eran el eco de una guerra entre estudiantes y mobiliario. Crujían con una ferocidad iracunda cada vez que entraba un docente, y Fernabela era solo la primera pieza de un lunes abrumadoramente rutinario. Para ella, para los alumnos y para su alma.
Intentó escribir con un plumón seco que le recordó el milagro de la escuela pública y las plazas gubernamentales. Probó con otro, sin punta. El último apenas exhalaba pequeños destellos de vida útil sobre la pizarra.
“Los límites de tu lenguaje son los límites de tu universo”.
Escribió con una caligrafía pulida por años de práctica. Un bostezo colectivo fue su única respuesta.
—Abran sus cuadernos. Página cuarenta y tres.
Nadie obedeció. Un par de chicos veían videos en sus celulares. Dos más discutían sobre fútbol. Una niña se limaba las uñas con un clip. Fernabela alzó la voz. Todos la ignoraron.
Entonces lo sintió: ese nudo en el pecho, mezcla de frustración y cansancio. No era ira. Era algo peor. Una certeza helada: “Esto es todo. Esto es mi vida”.
“¿Miss, puedo ir al baño?”, preguntó una voz, oculta tras una fila de pestañas postizas y gloss de cereza.
“(Te puedes ir al carajo si quieres)”, pensó.
—Ve —respondió sin mirar.
Sabía que la chica se escaparía para ver a su novio, fumar o comer. Le daba igual. En el fondo, la envidiaba por rebelarse, por no obedecer. Ella había pasado toda su juventud haciendo lo correcto, siguiendo instrucciones, cumpliendo. ¿Para qué?
Una nota de papel voló por el aire y cayó junto a su escritorio. La ignoró. Siguió hablando de arte, de pasión, de expresión. Palabras vacías ante miradas que no la veían.
En la sala de maestros, la cafetera estaba rota y la impresora atascada. Una compañera hablaba sin parar de su marido; otra se quejaba de su suegra. La tercera lloraba en silencio frente a su celular. Nadie preguntó por qué. Era lunes. Era normal.
De regreso a clase, encontró a un alumno dormido con la cabeza sobre el escritorio. Otro escribía frases de rap en la última hoja del cuaderno. Fernabela quiso gritar. No lo hizo. Miró el reloj. Faltaban tres horas para salir.