El secreto de Elena (Trilogía: El secreto nº 2) Un nuevo descubrimiento #2
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Un nuevo descubrimiento #2

Y sí, se lo tengo que decir a Gloria; un secreto como este no me lo puedo quedar para mí sola.

Además, a medida que voy leyendo, estoy más segura de que lo mejor sería llevarlo a una editorial y hacer una novela de él.

Y me gustaría tener su permiso para poder publicarlo; me gustaría que a ella le pareciera bien.

No sé cómo decírselo; se lo digo despacio o se lo digo de sopetón y sin tapujos, como sacar una tirita de golpe, que parece que duele menos.

Porque una cosa es cierta: la idea de publicarlo no le va a gustar un pelo.

Antes de decirle nada, tendré que acabar de leerlo. A ver qué cosas cuenta mi suegra en su diario. De momento, por lo que llevo leído, no hay nada comprometedor, pero hay que leerlo todo y asegurarse.

Mañana continúo la lectura, que me está encantando, y espero acabar de leerlo en un par de días.

Efectivamente, un par de días después ya lo tenía terminado. Me dejó anonadada y patitiesa. En cuanto venga Gloria de visita, ya se lo digo. Sin paños calientes. Por teléfono, no.

Al día siguiente, desperté con la firme intención de enviar el manuscrito (nunca mejor dicho, ya que estaba escrito de su puño y letra) a dos o tres editoriales, dijera Gloria lo que dijera y se pusiera como se pusiera.

Con algunos cambios en nombres sería suficiente; nadie tiene por qué saber que era el diario de Cornelia Emilia Alves, condesa de Zalagueta y Orzán; de hecho, esto quedaría entre Gloria y yo.

Para las editoriales, sería una novela; no tiene por qué ser verdad.

En cuanto al autor, usaríamos un seudónimo.

Lo pasaría a un procesador de textos y, con algunos cambios oportunos, quedaría listo para su publicación. Estoy muy ilusionada con la idea. El diario será un éxito.

___ ooo ___

Ensimismada en mis cosas, escuché un ruido leve, casi imperceptible, que provenía del salón principal de la casa.

Ruido de voces; podía distinguir las voces de GC y de Lia, pero había algo más.

La curiosidad por saber más despertó en mí un instinto primigenio: el deseo de proteger lo que más quería. ¿Y si mis hijos estaban en peligro?

Con el corazón en un puño, bajé los escalones de dos en dos.

Cuando llegué al salón, allí estaban los tres.

Mis hijos, de espaldas a mí, contenían sus risas sentados sobre la alfombra.

Frente a ellos, allí estaba, Richard. En sus ojos brillaba la misma mirada, devota e inconmovible, que me había cautivado años atrás, cuando tan solo éramos unos adolescentes.

Y aquel instinto de protección y de alerta se transformó, en un instante, en una certeza absoluta de paz. Mis hijos estaban bien.

—¡Sorpresa! —gritaron los tres a la vez.

Richard se levantó lentamente, dejando una gran tarta sobre la mesa, y caminó hacia mí.

Me quedé pensando a qué venía lo de la tarta, pero no encontré la respuesta.

—Creo que te habías olvidado. Hoy es nuestro aniversario —dijo, sonriente y feliz—. Hace un año que hemos retomado nuestra vida juntos.

—¡Un año! —contesté, sorprendida—. Tendrías que haber dicho que ibas a venir.

—Entonces no hubiera sido una sorpresa —dijo GC.

—Tienes razón, cariño —contesté.

Le di un fuerte abrazo y a este abrazo se unieron los niños.

___ ooo ___

El diario de Cornelia tendría que esperar. Ahora estaría ocupada en otras cosas.

La llegada de Richard hizo cambiar ligeramente mis planes. De repente, ya no tenía tanta prisa por contarle a Gloria el hallazgo. Podía esperar. Ahora tendría que ocuparme de otros asuntos. Lo primero, recibir la visita como se merece.

—Debes de tener tu habitación preparada, la misma de siempre —le dije—. Por si quieres darte una ducha o…

—¡Caray! Tan mal huelo —me interrumpió llevando su nariz a una de sus axilas.

—No, es que no me dejaste acabar, por si quieres darte una ducha o descansar del viaje —dije entre risas—. ¡Qué tonto eres! Traes poco equipaje.

—Sí, tan solo vengo por cuatro días; el lunes ya me voy.

Por un lado, quedé aliviada de que se quedara poco tiempo; así tendría tiempo para retomar el tema del diario de Cornelia. Por otro lado, desearía que su estancia en El Amanecer no acabara nunca.

Logré compaginar la estancia de Richard en El Amanecer con mi trabajo en los hoteles y releer el diario de Cornelia.

Ya lo acabé. Está bien, no dice nada en particular, ni nada que no se deba contar, con excepción de algunos detalles que revisaría con Gloria.

Quitando unos pequeños detalles y cambiando nombres, el diario quedaría perfecto para publicar como una novela.

Estando Richard en casa, me visitó Gloria en un par de ocasiones, pero no le comenté nada. Me lo guardo para cuando estemos las dos solas.

Y así fue. Dos días después, Richard ya se había ido, los niños estaban a sus cosas y Gloria me visitó por la tarde. Mientras tomábamos un café en el salón, le comenté lo que había encontrado en el desván.

—¿Estás segura de que ese diario fue escrito por Cornelia? —preguntó incrédula.

—¡Pues claro! No está firmado ni nada, pero es obvio que es de ella. Además, por fechas y vivencias, como el nacimiento de César en octubre de 1978, coincide con Cornelia. Tiene que ser de ella. De eso estoy segura.

—Pues no sé —Gloria estaba dando claras muestras de nerviosismo—. Cornelia nunca me comentó nada de que estuviera escribiendo un diario.

De repente, Gloria se puso en pie y, muy nerviosa, me preguntó:

—¿Qué clase de cosas cuenta en su diario? ¿Lo has leído todo?