Un nuevo descubrimiento
A veces lo pienso y me parece increíble que haya acabado en compañía de Richard.
Lo conozco desde niños; salimos juntos en el instituto, año y medio de adolescentes.
Después estuvimos separados todo este tiempo y, finalmente, acabamos juntos.
Nos lo dijo todo el mundo: la tía Eugenia, la tía Catarina, Gloria, Rafita…
, en fin, a todos les pareció de lo más raro. Y, sin embargo, aquí estamos. Juntos.
No está conmigo en El Amanecer. Después de que viniera la última vez, se fue en lo que a mí me pareció un suspiro. Pero estamos juntos. Está pensando en vender la tienda y su casa en Córdoba y se vendrá a vivir con nosotros, definitivamente.
Cuando les conté a Eugenia, a Catarina y a Gloria nuestros planes de futuro, no se lo podían creer. Al fin estaba con alguien y ellas estaban contentas por mí, no querían que estuviera sola. “Eres demasiado joven”, me decían.
Catarina estuvo de visita, pero tan solo una semana.
Ella se encuentra sola en su casa de Braga.
Me comentó que cada vez la casa se le caía más encima, y eso que tenía una casona enorme, como para perderse en ella.
Y ahí estaba el problema, que vivía en una casa demasiado grande.
La animé a que la vendiera y comprara algo más pequeño. Pero no sé.
Después de que Catarina se fuera, estuvieron aquí los tíos Eugenia y Eduardo. Ellos también pasaron unos pocos días. Y, aproximadamente un mes después de que marcharan los tíos, vinieron mi hermano Rafita y su novia, Rita.
Casa llena, casa vacía. Y así estoy. Ahora me encuentro esperando a Richard.
Antes de que él venga, voy a darles al servicio un par de días libres y quedaré sola en casa.
Volveré a subir al desván. Quiero volver a ver los cuadros de Cornelia y ver qué hago con ellos, porque, sinceramente, arriba no hacen nada y son demasiado bonitos como para tenerlos guardados.
Volveré a leer las cartas de Enrique a Cornelia y de Cornelia a Enrique.
Las cartas las mantendré ocultas; no me conviene que se conozca su contenido.
Por el bien de GC, debo mantenerlas en secreto o quizás deshacerme de ellas, que es lo que le había dicho a Gloria que debía hacer.
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Avisé a Rosario de que mañana nos dejara solos a los niños y a mí. Le pareció raro, entre otras cosas, porque ya hace tiempo que no quedo sola y la mujer quedó algo sorprendida.
Me contestó que está bien; el sábado y el domingo estaré sin servicio, tendrían que venir Carmiña y Sonia, pero no vendrá ninguna de las dos.
Con cualquier cosa amañamos la comida y lo mismo para el resto de comidas.
Será el momento ideal para estar con los niños y es posible que aproveche para decirles que Richard vendrá a vivir con nosotros próximamente.
Cuando al día siguiente subí al desván, lo hice con los niños. A GC lo podía dejar solo, pero Lia era demasiado pequeña para quedar sin vigilancia. ¡El tiempo que llevaba sin subir! GC era pequeño, debía de tener unos tres o cuatro años.
Volvía a revisar los cuadros. Esta vez me gustaron más que la otra vez. Están tal y como los recordaba.
—Mira, Lia, estos cuadros los pintó tu abuela Cornelia. Son preciosos, ¿verdad?
—Sí, muy bonitos —contestó la niña.
Mientras ella seguía jugando con sus muñecas y sus cosas, yo seguía mirando. Volví a ver el pequeño baúl de madera donde había encontrado las cartas, lo abrí; recordaba perfectamente dónde había dejado la llave, en un bolsillo de la bata de pintar de Cornelia, y volví a leer las cartas.
Por las cartas, se podía apreciar lo mucho que se habían querido Cornelia y Enrique. Sin embargo, cuando Cornelia se vio embarazada, prefirió quedarse con su marido.
De este tema, con Gloria, no he vuelto a hablar. En aquel momento me había pedido que lo olvidara y así lo hice.
Estaba mirando todo y después, cuando ya casi me iba, pude darme cuenta de que, en una esquina donde no se pisaba y donde antes había unos cuantos cuadros apoyados en la pared, unas maderas en el suelo estaban sueltas.
Al principio no le había dado importancia, pero retrocedí sobre mis pasos y me paré a ver qué era y por qué esas maderas se movían.
Levanté una de ellas; me dio un poco de trabajo, no fue fácil, y rápidamente pude levantar la que estaba a su lado; esta salió más fácilmente. Desvié mi mirada hacia Lia; quería saber si estaba bien y qué hacía. La vi entretenida con sus juguetes y seguí a lo mío.
Solo cuando levanté las dos maderas del suelo, pude percatarme de lo que allí había. Encontré un tocho de papeles del tamaño de un folio. No tenía ni idea de lo que era hasta que conseguí sacarlos todos y echarles un rápido vistazo.
Eran como unos seiscientos folios, amarillentos por el paso del tiempo, escritos a mano en tinta azul, sin apenas tachones; era como si lo hubiera escrito en otro lado a modo de borrador, y luego lo hubieran pasado a limpio.
Estaban sorprendentemente pulcros, sin borrones, sin tachones; solo me faltaba saber qué era.
Cuando empecé a leer, enseguida me di cuenta de que era un diario. El diario de Cornelia.
Lo flipé. Mi suegra, además de pintora, y buena, también escribía.
Cogí todos los folios; estaban encuadernados a mano.
Todas las hojas estaban taladradas en un lado y unidas por un cordel; cada folio estaba escrito por una sola cara, supongo que por comodidad o porque la tinta se dejaba ver por el otro lado.
Los folios estaban numerados; fui directamente a la última hoja. Ponía seiscientos veinte.
¡Seiscientas veinte hojas! Madre mía. Escritas a mano por un solo lado. Tal y como lo estaba viendo, me imaginaba toda la vida de mi suegra ahí, y, además, contada por ella misma. Si César viviera, estaría encantado con este descubrimiento, bueno y con los cuadros también.
No podía pararme ahí para leerlo. No estaba cómoda y la luz era escasa. Ya se estaba haciendo de noche. Lo llevaría para mi habitación, pero no tenía muy claro dónde esconderlo.
«¡Debajo del colchón!», fue lo primero que pensé, pero no era muy buena idea; tanto Ana como Isabel, al hacerme la cama o al cambiar las sábanas, podrían verlo.
Después de sopesar el armario, la cómoda y otros lugares, caí en la cuenta de que el mejor sitio era la caja fuerte que Cornelia tenía en su dormitorio.
Allí lo llevé y lo dejé a buen recaudo. En la caja fuerte, nadie buscaría; además, a la habitación de Cornelia ya nadie iba, muy de vez en cuando para limpiar, pero la caja fuerte no la podrían abrir, no sin la clave.
La clave, que me costó poco averiguar, era la fecha de nacimiento de GC, pero al revés. Ahí estaría bien.
La caligrafía de Cornelia era excelente, del tipo de letra que se estudiaba antes en los colegios.
Tenía una letra preciosa y muy sencilla de leer.
Cada noche cogía el diario y lo llevaba a mi habitación, leía durante un rato y quedaba maravillada con lo que leía.
Luego, dejaba el diario en su sitio y me quedaba dormida pensando en lo que había leído.
Le diré a Gloria lo de mi hallazgo, pero todavía no es el momento. Prefiero primero leerlo todo y luego comentarlo con ella. Imagino que le encantará.
___ ooo ___
En el armario de mi dormitorio todavía están las cosas de César.
La parte derecha del armario era la suya y la parte izquierda, la mía.
Su ropa, sus zapatos y sus joyas, todavía siguen ahí.
No tenía muchas joyas, pero lo poco que tenía era bueno.
Una pulsera de oro tipo esclavina, una cadena de oro, un par de anillos de acero inoxidable y varios relojes.
A él le gustaban los relojes. Entre ellos había uno que, no sé por qué, era un poco especial para mí.
Un reloj Seiko con la pulsera de acero inoxidable y la caja del reloj azul.
Debía de llevar ese reloj puesto cuando lo conocí, o no sé.
Pero por alguna razón que se me escapa del entendimiento, es mi reloj favorito.
Y su alianza. Tendría que arreglarla al tamaño de mi dedo y llevarla puesta yo, junto con la mía.
Así había hecho mi madre cuando mi papá murió.
Y en cuanto al armario, lo normal es que me deshaga de sus pertenencias, pero no puedo, todavía no.
Ya han pasado muchos años, sí, pero aún no estoy preparada.
Además, el armario es grande y será por sitio.
Quiero decir que sus cosas no me molestan.
Supongo que daremos su ropa a beneficencia; el resto de sus cosas, me las puedo quedar.
El calzado… no sé, imagino que nadie lo va a usar, por tanto, habría que tirarlo.
Dejaré lo que quiero quedarme y el resto que se encargue Rosario.
Así lo habíamos hecho cuando falleció Cornelia.
Todavía hay ropa de ella en su armario, pero fuimos dando muchas cosas.
Sin prisas, no necesito el espacio para mis cosas; me arreglo bien con mi parte izquierda del armario, no tengo tanta ropa.
Pero estaba pensando en que, si Richard viene a vivir aquí, él sí va a necesitar el espacio.
Salvo que no durmamos en la misma habitación.
Quizás sea el momento idóneo para cambiar de dormitorio e irme para el de Cornelia.
De esta manera, seguiría manteniendo las cosas de César en la habitación.
Le estoy dando muchas vueltas a algo que es muy sencillo de arreglar. Si todos los problemas fueran estos…
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Esta noche he vuelto a leer más páginas del diario de Cornelia. ¡Qué mujer tan culta! ¡Y qué bien apañada para las letras! Voy por la mitad, más o menos.