El secreto de Elena (Trilogía: El secreto nº 2) El sueño
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El sueño

Todos mis planes de futuro con Richard me ilusionan. Sin embargo, necesito la confirmación de César, su permiso. Algo que me indique que lo que estoy haciendo es correcto.

Me levanté temprano. Desayuné y me vestí para salir. Había pasado la mitad del día entre un hotel y otro. No puedo dejar todo el trabajo en manos de los empleados. Es importante que me vean por allí y sepan que estoy atenta a todo lo que pueda surgir.

Cuando llegué a casa después del trabajo, lo que más me apetecía era cambiarme de ropa y comer algo. Todavía faltaba una hora para la comida; decidí bajar a las cocinas y prepararme un sándwich.

Finita salió en mi rescate.

—Señora, deje que yo se lo prepare.

—No hace falta, es un sándwich, me lo preparo en un momento y ya lo como aquí, así no mancharé nada arriba.

Los niños no habían llegado del colegio todavía, pero no les quedaba mucho.

Hoy comeríamos algo que tanto a los niños como a mí nos encanta, tortilla de patatas. Para la tortilla de patatas yo soy muy tiquismiquis. Me gusta con cebolla y con el huevo bien cuajado, bien cocinado. Esas tortillas que sirven por ahí, con el huevo crudo, que más parece una sopa… ¡Qué asco!

Mis hijos son como yo. Les gusta la tortilla como a mí. De segundo plato, Finita preparó un pescado al horno, pero no sé qué pescado es. Da igual, sea cual sea, seguro que estará de rechupete.

Mientras comíamos, observé algo en GC que no me gustó y se lo dije:

—GC, traga la comida que tienes en la boca antes de beber.

—Pero pongo la comida a un lado y bebo igual.

—Sí, pero no me gusta nada eso, da un poco de asco. Primero tragas la comida y, cuando tengas la boca vacía, bebes.

—Vale.

Me quedé alucinada porque GC me obedeció a la primera.

Por la tarde estuve leyendo y repasando unos papeles de los hoteles. También contesté una única llamada durante toda la tarde; era de Richard. Estuvimos hablando aproximadamente media hora.

GC me preguntó si era Richard con quien hablaba y me pidió que le dejara hablar con él.

—¿Vas a venir? —le preguntó.

Me sorprendió el tono amistoso del niño con Richard, como si se conocieran de toda la vida.

En ese momento sentí que los niños podrían estar necesitando una figura masculina en sus vidas.

Les faltaba su papá. GC era muy pequeño cuando César tuvo el accidente y Lia ni siquiera llegó a conocerlo.

Richard podría ser de gran ayuda para ellos.

Y me invadió un torbellino de emociones.

Por un lado, estaba la sensación de estar dejando atrás a César, aunque nunca lo olvidaría; por otro la posibilidad de unir mi vida a la de Richard.

Poco antes de la cena, me acerqué a las cenizas de César. Allí permanecí un rato. Estuve con él y le conté lo que se me había ocurrido. Que quizás era importante para los niños crecer con una figura masculina a su lado. Le pregunté cómo lo veía él, si le parecía bien.

Después de cenar y de hacer unas cuantas tareas, entre otras cosas, bañar a Lia y acostarla, me acosté rendida.

No podía más. Había sido uno de esos días largos.

Me había levantado temprano y no había echado la siesta.

A veces me acuesto veinte minutos y me dan la vida, pero hoy no había podido hacerlo. Estaba agotada.

Dormía. César y yo paseábamos por la playa completamente desierta. No había nadie más. Solo nosotros, el mar y el sonido de las olas rompiendo muy despacio en la orilla.

Él llevaba unos pantalones cortos azules, muy gastados, de esos que tanto le gustaban y que nunca conseguí tirarle, y una camisa de manga larga blanca. Yo llevaba unos vaqueros tipo pirata y una camiseta blanca, también de manga larga. Íbamos vestidos casi igual.

Caminábamos despacio, como si no tuviéramos prisa por llegar a ningún sitio.

Hablábamos de los niños. Le contaba cómo estaba GC, lo mucho que había crecido Lia, las travesuras que hacían, las cosas que me decían.

Él me escuchaba sonriendo, con esa forma suya de mirarme que siempre me hacía sentir en casa.

En un momento dado quiso bañarse.

—Ven conmigo —me dijo.

—No me apetece.

—Vamos, no seas tonta. Será divertido.

Acabé entrando en el agua con él. Reíamos, nos salpicábamos, nadábamos sin rumbo. Fue el mejor baño de mi vida, como si el mar nos abrazara a los dos y el tiempo hubiera dejado de existir.

Cuando salimos, nos secamos un poco la piel húmeda y seguimos caminando. Delante de nosotros apareció una roca de poco más de un metro de altura. César subió de un salto, con la misma facilidad de siempre, y desde arriba me tendió la mano. La agarré.

Empecé a subir y, cuando ya estaba casi a su lado, apenas me quedaba un paso para alcanzar la roca, noté que aflojaba los dedos.

Entonces me miró con una serenidad infinita y dijo:

—No me acompañes. Este camino tengo que recorrerlo yo solo.

Sentí cómo su mano se deslizaba lentamente de la mía.

Durante un instante nuestras manos permanecieron unidas solo por las yemas de los dedos. Y después se separaron. César sonrió. Y desapareció.

Me desperté llorando, pero no era un llanto de desesperación. Era como si, por primera vez desde que murió, hubiera entendido que no me estaba abandonando.

Me estaba dejando libre. Hubiera deseado que ese sueño no tuviera fin. Pero ahora mis emociones estaban en su punto más álgido. Tenía que hacer algo.

Llamé a Richard por teléfono:

—¿Cuándo crees que podrás venir? Te necesito más que nunca.

—¿Ha pasado algo?

—No ha pasado nada, todo va bien. Pero ya llevamos mucho tiempo separados, ¿no puedes venir aunque solo sean unos días?

—Veré lo que puedo hacer. Pero algo te está pasando. Trataré de dejar la tienda unos días y voy para allá.

—Gracias, ven cuando puedas.

Me quedé tranquila, sabía que Richard haría todo lo posible por estar aquí conmigo cuanto antes, en El Amanecer.

Me sentí mal por haberlo dejado preocupado; no era mi intención. Después le escribiría un WhatsApp para contarle lo que me había pasado. No quería que creyera que era algo urgente; él también tenía su vida y yo no pretendía parecer egoísta.

En ese momento entraba GC en mi dormitorio y vio que algo me pasaba.

—No es nada, cielo. Es solo que tuve un sueño… Soñé con tu papá.

—¿Y fue un sueño bonito o feo?

—Fue el sueño más bonito que jamás podría haber tenido.

—Pues entonces, está bien. —GC me abrazó con mucha fuerza.

___ ooo ___

Tres días después, Richard estaba en el aeropuerto de Vigo, esperando por mí.

—Vine en cuanto he podido. Me habías dejado preocupado.

—Después de la llamada te escribí unos WhatsApps, te expliqué que aquel día me había despertado muy mal por un sueño que tuve con César y que no hacía falta que vinieses con tanta urgencia, pero sí es verdad que tenía muchas ganas de verte y de abrazarte —esto último se lo dije con un fuerte abrazo, seguido de un largo beso.

—Sí, ya sé. Pero quería venir de todas formas; yo también tenía ganas de verte y de abrazarte.

Cuando vi las escasas pertenencias que traía, enseguida comprendí que iba a estar unos pocos días.