Capítulo 18 #2
Cuando subo por las escaleras, escucho el móvil sonar. No me apuro, dejo que suene. No sería la primera vez que me apuro para contestar y justo en el momento que lo cojo, cuelgan. Ahora, dejo que suene, veo quién llamó y le devuelvo la llamada.
¡Richard!
Raro que me llame, normalmente nos comunicamos por WhatsApps y por emails.
Le devuelvo la llamada.
—Justo estaba subiendo las escaleras, subía de las cocinas, no me has dado tiempo a contestar. ¿Cómo va todo? —me interesé.
—No te preocupes, no es que no te haya dado tiempo a contestar, es que saltó el buzón de voz. Yo habría esperado el tiempo que hubiera hecho falta —Richard, tan encantador como siempre—. Estoy haciendo planes para pasar las Navidades con vosotros en El Amanecer, ¿qué te parece?
—¿Que qué me parece? Me parece una idea genial. —En ese momento separé el móvil de la cara e hice un gesto de alegría con el pulgar hacia arriba de la mano derecha, mientras sostenía el teléfono con la mano izquierda.
Había cambiado mi semblante por completo.
—Todavía no tengo fecha de ida y vuelta, pero te lo confirmo en cuanto lo sepa. Confío en no molestarte en unas fiestas tan familiares.
—¿Molestarme? ¿Estás tonto? Estoy encantada con la idea; de hecho, creo que es la mejor época. En Galicia hará frío, pero estarás bien arropado —esto último lo dije con una sonrisa pilla—. Espero que vengas por lo menos veinte días; es lo que habías prometido cuando te fuiste.
—Sí, tranquila, por lo menos veinte días.
—Cuando sepas el día y la hora de llegada a Vigo, me dices.
—Sí, claro, te avisaré con tiempo. ¿Un par de días antes?
—Sí, un par de días antes estará bien —le confirmé.
—Nos vemos pronto, cariño.
—Nos vemos pronto. —Me ha llamado “cariño”. Casi me derrito.
En cuanto colgué el teléfono, bajé corriendo a las cocinas.
—Finita, si todavía no has hecho la ensalada, déjala.
—¿Está peor? —se interesaba la cocinera.
—¡No! ¡Qué va! Estoy muchisísimo mejor. Comeré lo que estaba previsto en el menú para hoy.
—¡Cuánto me alegro! —contestó Finita, visiblemente feliz—. Pues nada, dejamos la ensalada y comerá lo previsto.
En cuanto subí al salón, me encontré con los niños. Les dije que Richard vendría a pasar las fiestas de Navidad a casa y les pregunté si estaban contentos. Ellos habían preguntado unas cuantas veces cuándo iba a regresar Richard, así que me pareció oportuno informarles.
Ambos se pusieron a dar saltos de alegría.
Faltaban dos meses para Navidad. Se me harían eternos.
___ ooo ___
De repente recordé que hoy sería el cumpleaños de César.
Me acerqué a sus cenizas y allí me senté delante de él a hablar.
Le conté todo, lo de Richard, mi nueva oportunidad, que a él no lo olvidaría jamás, hizo de mí la mujer que soy.
Le dije lo mucho que lo quise y que para mí ha sido el amor de mi vida, por muchos amores que vengan después, incluido Richard.
Me arreglé un poco y fui a comprar flores.
En el jardín en esta época no hay flores, sí muchas plantas, pero no flores.
Quedan algunas hortensias, pero ya están un poco feas.
En la floristería compré un ramo precioso de rosas blancas.
Al llegar a casa, se las puse a César. Por su cumpleaños.
Sé que no se dará cuenta, pero me doy cuenta yo y con eso es suficiente.
Si mis cuentas no fallan, cumpliría cincuenta años.
Sí, nació en 1978 y estamos en 2028, cincuenta años, medio siglo.
Siempre recuerdo la muerte trágica que tuvo, solo, en el coche.
Solo pienso que sea verdad lo que me habían dicho en Badajoz cuando fui a buscarlo: “Tuvo una muerte rápida; no sufrió”, me habían dicho.
Allí estuve con él aproximadamente media hora. Me quedo ahí, con él, charlando de cosas y, aunque me tachen de loca, a mí me reconforta.
Pienso en cómo son las cosas de la vida.
Richard y yo habíamos salido juntos de adolescentes; luego nos dejamos de ver una temporada, cuando marché a Madrid a casa de mis tíos, lo perdí de vista y no volví a saber de él, y, de repente, en el funeral de mi madre, me lo vuelvo a encontrar.
Recuerdo ese momento. Se me hacía una cara conocida, pero no caía en quién era.
Tuvo que ser Rafita el que me dijo que se trataba de un antiguo novio mío.
Un detalle muy simpático. Me encontré un Richard entrado en años, obviamente, yo también, con algo de barriga y calvo.
Pero bueno, no se puede tener todo. Habíamos compartido año y medio.
Pero claro, en aquella época, lo que se compartía era poco: unos besos y poco más.
No es como ahora, que conoces a alguien y ya te vas a la cama con él.
Y entre el colegio de los niños, los dos van al mismo colegio; Lia está en el parvulario, tiene cuatro años, y GC, que ya tiene ocho años, está haciendo tercero de primaria.
Los dos van al colegio muy contentos. Entre los hoteles, entre la bodega y entre El Amanecer, el tiempo fue pasando.
Para la semana son Navidades y espero con ansia ese momento.
Richard llega mañana. Me prometió veinte días aquí con nosotros.
___ ooo ___
Cuando Richard llegó a El Amanecer, todo fueron abrazos, risas, más abrazos, más risas.
Los niños estaban encantados y yo también.
Le pregunté cuánto tiempo se quedaría; me dijo veintiún días.
Había organizado el regreso para Córdoba para después de Reyes Magos, y pasaría buena parte de diciembre con nosotros y parte de enero.
Este hombre no conoce el frío gallego. Después de estos días, no le quedarán más ganas de pasar otro invierno aquí, aunque, dicho sea de paso, yo me acostumbré muy bien.
El primer plato que disfrutó cuando llegó fueron unos callos a la gallega que Finita prepara como nadie. Le encantaron.
Ese mismo día, por la tarde, organizamos una salida por Vigo; iríamos a la zona de la playa de Samil y tomaríamos algo. Fue idea de GC, que todos apoyamos. Acabamos el día rendidos. Y GC ya organizó la salida para mañana; tenemos pensado ir al zoo.
Lia está encantada con la idea de ir al zoo; no ve el momento de que llegue mañana. Nunca fuimos al zoo, a pesar de que no lo tenemos lejos.
Sin apenas darnos cuenta, Richard y yo cada vez estábamos más unidos. Me encantaba verlo con los niños. Lástima que no hubiera tenido hijos con su mujer; habría sido un padre genial. Se nota que le gustan los niños.
Estas Navidades fueron bastante tranquilas.
No vinieron ni los primos, ni la tía Catarina ni la tía Eugenia…
Todo el mundo se acordó de nosotros, nos enviaron felicitaciones y no pocos videos navideños al móvil que Lia disfrutaba mucho, y hablamos mucho por teléfono, pero no vinieron.
Así que pasé las Navidades en la mejor compañía que me podía imaginar, con mis hijos y con Richard.
El mismo día de Navidad, y para que el servicio disfrutase de las fiestas con sus familias, decidimos ir a comer fuera.
Fuimos a un pequeño restaurante en el centro de Vigo, en la esquina de Rúa do Príncipe y Praza Porta do Sol. Un pequeño restaurante tailandés.
La cena de fin de año la disfrutamos en El Amanecer.
Tomamos las uvas con las campanadas que uno de los muchos canales de televisión ofrecía; el canal lo eligió Lia y no sé cuál era.
Ese día también se lo dimos libre al servicio y la cena la preparé yo.
No está bien que yo lo diga, pero nos chupamos los dedos.
No soy tan mala cocinera. Antes de casarme con César, la cocina me gustaba mucho, era uno de mis hobbies favoritos.
Preparé unos platos fríos y otros calientes, los típicos de estas fiestas.
El postre ya venía hecho: turrones, mantecadas, polvorones, mazapán…
Una cena en casa, los cuatro. Después de las uvas, no salimos, pusimos música en casa y bailamos hasta…
, hasta que el cuerpo aguantó. La primera en caer fue Lia; a eso de la una de la mañana ya no podía más.
GC aguantó una hora más y Richard y yo nos acostamos hacia las cuatro o cinco de la mañana.
Fue una noche inolvidable y no voy a decir por qué.
A la mañana siguiente, le pedí a Richard que saliera de mi dormitorio temprano, para que los niños no lo vieran conmigo.
Pasamos el Año Nuevo en casa, comimos lo que había sobrado de la noche anterior, que no fue poco.
La complicidad que había entre Richard y yo era patente: las miradas, las risas, el tocarnos las manos cuando los niños no nos ven…
Fueron unos días preciosos, llenos de mucho amor y sobre todo de mucho cariño.
Los días pasaron deprisa, como siempre ocurre cuando uno es feliz. Llega mi cumpleaños y el de Lía; estamos en 2029. Lia cumple cinco años. El día de mi cumpleaños, como ya es habitual, comimos fuera. Los Reyes Magos se portaron muy bien con todos. Fue un gran día.
En unos días, se va. Tiene que volver a su casa, a su negocio y a su vida. Lo entiendo. Pero el vacío que deja es muy grande; ya me he acostumbrado a él.
Hemos hecho algunos planes de futuro juntos.
Uno de ellos es que vendería su tienda de electrónica y su casa de Córdoba para venirse a vivir aquí con nosotros.
Otro de los planes era que fuéramos nosotros para allá, pero ya le dije de plano que de eso nada.
Que tengo mi vida aquí con los hoteles, la bodega, El Amanecer y que estoy muy hecha a esta vida.
Lo entendió o así me lo hizo ver. Creo que la decisión de estar juntos es bastante firme. Pero pasa porque sea él el que abandone su vida para venir aquí; la otra opción no es posible.