Capítulo 18
La promesa cumplida
Han pasado varios meses desde que Richard se fue. Al despedirse, prometió que volvería, que a su vuelta estaría más tiempo. Solo espero que lo haya dicho en serio. Estoy deseando que regrese y los niños también; han hecho buenas migas.
Desde que se fue, hemos hablado por teléfono, incluso hemos hecho videoconferencias, incontables WhatsApps y emails. Estoy sintiendo por él algo que no sé cómo describir, pero que se parece al amor. Él me dice lo mismo.
Por lo que he hablado con él estos últimos días, no creo que pase mucho tiempo hasta que venga. De este viaje, me prometió, al menos, veinte días.
Estoy en las nubes, no me concentro en el trabajo, vago por la casa como un zombi, mi cabeza va a mil; tiene que ser amor; se parece bastante a lo que sentía por César.
Mi paladín, mi caballero fuerte y valeroso.
César…, de repente me viene a la cabeza mi indiferencia hacia sus cenizas.
Siguen en el mismo sitio, pero ya no las visito, ya no hablo con él.
Sin embargo, siento que necesito de su “permiso” para poder iniciar un romance con otro hombre. Volveré a hablar con él.
Me encontraba en el despacho preparando el trabajo para mañana.
Estaba revisando tablas de Excel, estudiando los últimos años, los resúmenes de facturación anual, las ocupaciones medias, precios medios de las habitaciones y otros ratios hoteleros, cuando Ana deja una bandeja sobre mi mesa, musitando una disculpa.
Y yo misma me serví. Cogí la taza, la leche y el café molido instantáneo… con una parsimonia casi metódica. Poco a poco estoy dejando el azúcar y trato de darles a los niños la menor cantidad posible.
De vez en cuando reviso el móvil, por si hay algo de Richard, quizás un mensaje, un WhatsApp, un email…
cualquier cosa que indique que todavía está ahí, pendiente de mí y que no se ha olvidado de la promesa que me hizo antes de marchar…
“¡Volveré!”, me había dicho, “no sé cuándo, pero, ¡volveré!”, fueron sus palabras exactas. No las olvidaré.
Si mi relación con Richard sigue adelante, tendré que hablar con GC, que ya es mayorcito. Le diré la verdad, sin adornos ni subterfugios; con Lia, será diferente, prefiero contárselo de otra manera, como si de un cuento de hadas se tratase.
Llega Gloria. Siempre hemos mantenido una muy buena relación.
Ya la teníamos cuando vivía Cornelia; no veo por qué no podríamos seguir igual.
Me cae bien y es la amiga que tengo aquí; en Córdoba dejé muy buenas amistades, pero cuando me casé y me vine para El Amanecer, aquí no tenía con quién hablar.
Gloria fue mi salvadora, alguien con quien hablar y contarle mis cosas, y, por qué no decirlo, yo soy lo mismo para ella.
A pesar de la diferencia de edad, ella es de la edad de mi suegra, Cornelia; nos llevamos muy bien.
—¡Caray! ¡La que está cayendo! —Gloria se sacaba su gabardina y la sacudía con fuerza; dejó la entrada mojada.
—¿¡No me digas que está lloviendo!?
—Sí, y ya lleva rato así, desde que salí de mi casa.
—No me había dado cuenta; encerrada en casa, no me entero. Estaba preparando el trabajo para mañana; quiero visitar los dos hoteles y tengo que ir preparada.
—¿Cómo van los negocios? —Gloria ya estaba acomodada y se había sentado conmigo, en el despacho.
—Hasta donde yo sé, bien. Pero hay que vigilar a la gente con lupa. La bodega la dejo más en manos de los que allí trabajan, aunque de vez en cuando voy. Pero de los hoteles me gusta estar más atenta.
—¿No sabes nada de Richard?
—Curiosamente, estaba pensando en él cuando llegaste. Pensaba en cómo decírselo a los niños si mi relación con él sigue adelante.
—¿Cómo se lo vas a decir? Pues de forma natural, “mami ha vuelto a enamorarse y pasará el resto de sus días con él; no es que me haya olvidado de vuestro padre, pero ahora ya no está y hay que seguir adelante…” más o menos así… —Su respuesta fue un tanto abrupta, aunque no le veo el sentido.
—Bueno, no es tan fácil. Piensa que son unos niños.
—El problema es Lia, que todavía es pequeña, pero GC ya es mayor.
—A GC lo vemos mayor porque lo comparamos con Lia, pero en el fondo es un niño. —A Gloria le parecía fácil, yo no lo veía igual.
Después de mucho rato hablando, aproximadamente una hora y después de un café, nos despedimos.
—Cuando sepas algo de Richard, dime. —Gloria estaba muy interesada en saber.
—No te preocupes, serás la primera.
—¡Qué bien me quieres!
—¡No sabes cuánto! —sí, es cierto, la quiero mucho—. A ver si uno de estos días voy por tu casa y veo cómo te quedó el baño ese que reformaste. ¿Estás contenta con la reforma?
—¡Ay! ¡Sí! Ven cuando puedas y lo ves. Estoy encantada.
Una llega a una edad en que levantar las piernas para darse una ducha…
, las rodillas, ya sabes. Cambiar la bañera por la ducha fue lo mejor que pude hacer; estoy feliz, ya debería haberlo hecho antes, pero eso de meter los albañiles en casa no me apetecía nada.
—Te entiendo, a mí me pasa lo mismo —comentaba—, supongo que, con el tiempo, yo también tendré que cambiar la bañera por una ducha.
—Pero Cornelia tiene ducha en su dormitorio, tiene ducha y bañera, si mal no recuerdo.
—Recuerdas bien, pero la habitación que compartía con César cuando nos casamos, y que es la mía, solo tiene bañera.
—Pues cámbiate de dormitorio, lo tienes fácil.
—Sí, lo pensé muchas veces, el vestidor de Cornelia, su baño… es un sueño, pero la pereza.
—¡Tonterías! De pereza nada; si se lo dices a Isabel y a Ana, ellas te hacen el cambio en una mañana. —Gloria hablaba con un tono que parecía estar enfadada.
—Bueno, ya lo haré, no tengo prisa. En mi habitación, estoy bien. ¿Y si no me acomodo?
—¡Estás en tu casa! Te acomodarás en cualquier sitio.
—¿Solo has cambiado la bañera por ducha? —mi intención era clara, cambiar de tema.
—¡Cómo se nota que quieres cambiar de tema!
—Bueno, es que llevo desde que murió César con la idea de cambiar de dormitorio y no lo doy hecho.
—Bueno, igual necesitas más tiempo.
—¿Más? ¿Aún?
—Aparte de poner una ducha de construcción, que, como te digo, estoy encantada, porque puse unas baldosas de esas que son antideslizantes, para evitar caídas, ya sabes…
—Sí, son muy buenas, las conozco —la interrumpí.
—Cambié todo, el inodoro, el bidé, el lavabo; además cambié el suelo y las baldosas de las paredes, ¡hice el baño completamente nuevo! Le hacía falta. Ese baño tenía más de treinta años.
—Iré a verlo a ver cómo quedó.
—Pues te espero cuando quieras.
Nos dimos un par de besos a modo de despedida y Gloria se fue. Seguro que mañana o pasado mañana ya está por aquí otra vez; viene muy a menudo. Yo, a su casa, no voy tanto.
Gloria vive en una casa grande, no tanto como El Amanecer, pero grande.
Tiene seis dormitorios, una cocina enorme y preciosa, que reformó hace poco, dos salones y una muy buena biblioteca, aunque es mejor la de El Amanecer.
No pretendo parecer vanidosa, pero es verdad.
Su casa es muy bonita y muy acogedora. Tiene un enorme jardín que rodea toda la casa y una piscina infinita.
La situación de la casa de Gloria es muy parecida a El Amanecer, también al lado de la playa.
Seguí con los papeles y los documentos de los hoteles, con las tablas de Excel y demás. El trabajo de mañana lo tengo bastante controlado.
Veo en el móvil una luz azul intermitente que no cesa, a no ser que se miren las notificaciones. Di un pequeño salto pensando en si habría algo de Richard.
Pero no. Notificaciones de los bancos, de no caer en trampas de estafadores y de no caer en los múltiples timos que nos avasallan.
Después de tantos años separados, ahora pretendo que nos reencontremos y que seamos felices. Me pregunto qué es lo que habrá en la mente de Richard, ¿y si no piensa lo mismo que yo? ¿Y si no tiene en mente compartir el resto de su vida conmigo y con mis hijos?
Pensemos por un momento: yo soy hedonista, me gusta la buena vida (desde que me casé con César; antes no era así, digamos que me acostumbré a ello), ¿y si él es estoico?
, que, dicho sea de paso, es lo que me parece por lo poco que lo traté en el funeral de mi madre, Aurora, y los tres días que pasó aquí.
Seríamos el yin y el yang, el blanco y el negro, el día y la noche, la luna y el sol…
, pero nos podemos llevar bien. Dicen que los polos opuestos se atraen…
Me rompo mucho la cabeza. Mejor dejar de darle vueltas; lo que tenga que ser, será.
___ ooo ___
Han pasado días, semanas y hasta dos meses.
Han sido llamadas, WhatsApps y correos electrónicos todos los días, pero ningún día me ha confirmado que venía.
Le he preguntado en varias ocasiones y no me dijo nada.
Me comentaba que necesitaba a una persona que se hiciera cargo de la tienda mientras él venía para aquí, lo cual entiendo.
Pero ha tenido tiempo suficiente y no ha hecho nada todavía. Empiezo a impacientarme.
Se nos echa el invierno encima. Estoy pensando que la Navidad sería una época ideal para venir, pero «¡qué tonta!», pienso mientras me doy con la palma de la mano en la frente; él querrá pasar las fiestas en su casa con su familia.
Bajo a las cocinas y le digo a Finita que cocine algo suave, que tengo el estómago algo revuelto.
—¿Desea algo en especial? —se interesó Finita.
—Creo que una ensalada un poco completa con atún, tomate, lechuga, huevo cocido, aguacate, garbanzos… sea suficiente. Para los niños, no cambies el menú; lo que tuvieras previsto, está bien.
—Muy bien, pues así será.
—Siento el cambio, Finita. Sé que los menús se idean con una semana de antelación, pero no me encuentro muy bien.
—No se preocupe, señora. Hacer una ensalada no supone ningún cambio y, además, me está avisando con bastante tiempo; no es como si ya tuviera la comida hecha.
—Pues entonces, genial.