El secreto de Elena (Trilogía: El secreto nº 2) La llamada #3
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La llamada #3

En la tarde-noche, estábamos los niños y yo disfrutando de un tentempié en el jardín.

Cuando Carmiña se acerca a la mesa para dejar una bandeja con unos sándwiches y unas bebidas, le digo:

—Carmiña, ¿sabes lo que es un jersey?

—¡Ay! Señora, no sé si la estoy entendiendo…

—Un jersey es eso que los niños se ponen cuando sus mamás tienen frío.

Acto seguido, le grité a GC y a Lia:

—¡GC! ¡Lia! Empieza a refrescar; poneos un jersey.

Y Carmiña, al entenderme, al fin, se echó a reír. En ese momento llegaba Richard, que no sabía de qué iba el tema y preguntó. Le conté el detalle y se rio también.

—Carmiña, mañana no vengas, comeremos fuera, Richard ya se va y vamos a ir a algún lado, no te vamos a necesitar hasta la tarde, no, mejor hasta la noche para la cena —le dije.

—Señora, ¿está segura?

—Sí, claro, de no ser así, no te lo diría.

—Bueno, si cambia de opinión, o si cambian los planes, me dice y vengo y preparo la comida. Pero… ¿Vengo para preparar el desayuno?

—No, no hará falta; con que vengas para la cena, suficiente. El desayuno nos lo hacemos nosotros, no es para tanto. La comida será fuera y, si merendásemos, lo haremos nosotros también.

—Bien, pues mañana vendré hacia las ocho, para la cena.

Creo que Carmiña marchó contenta; mañana tendrá prácticamente todo el día libre.

Al poco tiempo nos despedimos, ella se fue y nosotros quedamos un poco más en el jardín.

Le enseñé a Richard el invernadero de mi suegra, y aproveché para regar un poco y sacar las hojas secas, tal y como me había enseñado Cornelia.

Quedó maravillado. No es que le gusten las flores, o las orquídeas en especial, pero estaban preciosas y el olor que había en el invernadero era asombroso.

Del invernadero fuimos paseando al columpio de los niños; está cerca de la piscina, allí nos sentamos y estuvimos hablando de cuando éramos niños.

Supongo que nuestra imagen, sentados en un columpio, trajo a nuestra mente los recuerdos de nuestra niñez.

De los columpios del colegio y del parque que teníamos muy cerca de casa, al lado de La Alameda, allá en Córdoba, donde crecimos.

Me contó el golpazo que se llevó un día con un columpio, por culpa de un niño, y de que le gustaba subir muy alto, hasta las nubes, me decía él.

Ahora, nos columpiábamos, pero no tanto; ya no llegábamos “hasta las nubes”.

Después de beber una copa y de planear el día de mañana, nos acostamos, él en su cama y yo, en la mía.

___ ooo ___

Hoy amanecía un día precioso. Pero un poco triste para mí.

Richard se iba, volvía a su casa. Pasamos el día, bueno, hasta la tarde, que lo acompañamos al aeropuerto, muy felices y alegres.

En estos días con Richard en casa, apenas me acordé de César y eso me dio un poco de miedo.

Los tres días pasaron volando. Y, por lo que Richard me había comentado, a él le pasó lo mismo.

De esta manera, aproveché para dejarle caer que volviera a visitarnos y, pudiendo ser, con más tiempo. Me dijo que trataría de que así fuera. Quedé contenta.

—¡Volveré! No sé cuándo, pero, ¡volveré! —dijo con total seguridad—. Tómatelo como una promesa.

Le creí.

Por la mañana, tuvimos en casa la breve visita de Gloria. Le presenté a Richard, seguro que vino a casa para verlo y le dijimos que comeríamos fuera y que nos acompañara; la invitación estaba hecha. Pero Gloria rehusó.

—No voy a ir con vosotros, prefiero que vayáis solos, como en familia —me dijo al oído, con total displicencia.

—No seas tonta, no vamos solos, vienen los niños también.

—Lo ves, vais en familia. Os dejaré solos —volvió a decirme al oído.

—Richard, encantada de conocerte, espero que regreses pronto y tener más tiempo para hablar.

—Sí, espero regresar, pero no sé cuándo —le contestó.

«Menos mal que Gloria no le dijo nada, de “he oído hablar mucho de ti”, porque Gloria hubiese sido capaz», pensé.

Comimos en un buen restaurante y, después de comer, regresamos a El Amanecer. Richard recogió las pocas cosas que había traído y lo acercamos al aeropuerto.

No se fue contento y me hizo pensar que pronto podría estar de vuelta.

Nos despedimos como buenos amigos. Los niños y él se abrazaron.

—Te echaré de menos —le dije al oído poco antes de embarcar.

—Lo sé, yo también a ti.

Se dio la vuelta y se perdió en medio de la multitud. Nos quedamos mirándolo mientras se alejaba. Poco después, se dio la vuelta y nos miró. Arrimé mis dedos anular y corazón de la mano derecha a mis labios, les di un beso y se lo lancé al aire, hacia él. Él respondió de la misma manera.

Bueno, todo había salido bastante bien. Los niños con Richard, bien; Richard con los niños, bien; Gloria no metió la pata, no tuvo tiempo; Cristina no vino, finalmente, le había resultado imposible viajar.

Los niños y yo cenamos lo que nos tenía preparado Carmiña, pescado a la plancha con patatas al horno, riquísimo. ¡Qué bien cocina esta mujer! Está a la altura de Finita. No sé qué haría sin ellas. A mí la cocina me gusta, pero no me queda igual de bien. De postre, mousse de yogur.

Mañana dedicaré el día a ponerme al día con los hoteles y la bodega. Hoy ya se ha acabado. Estoy rendida.