La llamada #2
Regresamos a casa y nos dispusimos a cenar. La cena ya nos estaba esperando en la mesa. Tomamos asiento y disfrutamos de una cena “familiar” como ya hacía tiempo que no había en esta casa.
Nuestro invitado quería sacar el tema de César, de su muerte, de cómo había sido, pero enseguida le hice señas para que cambiara de tema. Delante de los niños no me parecía apropiado. Se dio cuenta y cortó. Cambiamos de conversación.
—¿Qué tal en el cole? —preguntaba a los niños.
—¡Bien! —dijeron los dos casi, casi al unísono.
—Sí, me lo creo. Tenéis cara de listos. Demasiado listos, diría yo…
Los niños se reían. La velada pasó muy bien.
Quedaban aún mañana y pasado mañana; luego se irá para su casa.
Acabamos de cenar y le di el baño a Lia, como es habitual.
A Richard le pareció raro que, con tanto personal, lo haga yo, pero así fue desde que nació.
Después de acostar a los niños, quedamos solos.
La idea era ver una película, pero acabamos hablando. Nos pasamos toda la película hablando. No recuerdo ni qué peli era.
Muchas risas, muchos cotilleos. Nos contamos todo, bueno, casi todo, de lo que había sido nuestra vida. Primero él y luego yo. Unas cervezas, la mía sin alcohol y sin gluten, y la de él 0,0. Buena compañía, pipas y la película de fondo que ni vimos.
Nos despedimos esa noche, cada uno a su habitación.
—Me daré una ducha antes de dormir —me comentó—, me ayuda a conciliar el sueño.
—Recuerda no fumar en la casa, por favor —le decía—; si quieres fumar, puedes salir al jardín, por la parte de atrás.
—¿Por dónde bajamos a la playa?
—Sí, por ahí, también —le contesté entre risas—. Y no olvides apagar bien los cigarrillos.
Era encantador, pero tenía un defecto. Fumaba. Hace tiempo fumaba Lucky; por lo que me dijo, ahora estaba fumando Marlboro. Da igual la marca; no me gusta el olor que deja el tabaco en la casa, el coche, la ropa… Para aguantar esos olores, hay que ser fumador, definitivamente.
___ ooo ___
A la mañana siguiente, Richard fue el primero en levantarse. Serían como las siete de la mañana y ya estaba a pie.
Hacia las ocho y media, me levanté yo.
—Buenos días, madrugador. ¿A qué hora te levantaste?
—Hacia las siete. Es una costumbre del trabajo.
Abro la tienda a las nueve, y necesito el tiempo.
Mi cuerpo ya está así, acostumbrado a este horario y, aunque sea domingo y no abra la tienda, es igual, mi reloj interno me despierta a las siete.
De hecho, pongo el despertador, por ponerlo, pero no lo necesito; cuando va a sonar, unos minutos antes, ya estoy despierto.
—Pues yo, ya ves, a las ocho y media es mi hora bruja.
Dejé a los niños dormir un poco más; era fin de semana. Hoy, sábado.
—El desayuno lo solemos tomar abajo, en las cocinas, pero si prefieres que lo suban al comedor…
—No, no, encantado de ir abajo —me interrumpió.
—Cuando vivía Cornelia, era mi suegra, ¿sabes?…
—Sé —me volvió a interrumpir.
—Desayunábamos arriba en el comedor, todas las comidas las hacíamos juntos arriba —continué—, luego con César igual, pero no sé en cuál momento cambié.
Creo que fue un día que no estaba el servicio, y GC y yo desayunamos abajo; creo que fue en ese momento que ya cogimos el sistema de desayunar abajo.
—¿Y por qué no estaba el servicio?
—Les había dejado dos días libres.
—¿Por algo en especial?
—Bueno, fue una época en la que quería estar sola en casa con GC, sin gente a mi alrededor. —Recordaba perfectamente el motivo de estar sin personal; era cuando había encontrado los cuadros de Cornelia arriba y quería estar sola, pero no se lo quería decir a Richard.
—Entiendo, a veces apetece estar solo.
«Pues menos mal que lo entiendes, porque no tenía ganas de dar muchas explicaciones», pensé aliviada.
Los niños ya bajaban a las cocinas.
—Carmiña, buenos días, ya estamos todos —le dije.
—Hoy y mañana tendremos un invitado, te lo presento. Se llama Richard y es un viejo amigo de la infancia.
—Encantada, señor. Mucho gusto de…
—No le llames señor, no le gusta —la interrumpí.
—Perdón, no era mi intención molestar —decía Carmiña apesadumbrada.
—Tranquila, mujer. Este hombre es un buen amigo; no hace falta tanta pompa —comentaba mientras le pasaba mi brazo derecho por los hombros a Richard.
—¿Qué le preparo? —Carmiña se dirigió a Richard.
—Un café solo, sin azúcar, será suficiente.
—Muy bien, en unos minutos.
Cuando bajaron los niños, se abrazaron a Carmiña y esta devolvió el abrazo.
—Parece que los niños hacen buenas migas con el servicio —Richard estaba extrañado.
—No hay por qué tener tanta distancia entre nosotros y ellos; nosotros no somos una familia de tanto lujo. Los niños han crecido con el servicio y se quieren —le explicaba.
—Sí.
Nos sentamos todos a desayunar. Al acabar, Carmiña se disponía a recoger, pero le dije que yo me encargaba. Solo recogí unas tazas que dejé en el fregadero; luego irían al lavavajillas.
Cuando volvimos arriba, me encontré con Rosario, nuestra ama de llaves.
—Buenos días, ¿y tú por aquí? —le pregunté.
—Buenos días, señora. Había oído que tenía una visita y quería presentarme por si me necesitan —contestó Rosario.
—Gracias, está bien. No creo que te necesitemos, puedes irte y disfrutar del fin de semana…, pero ya que estás aquí, te voy a presentar a Richard, un buen amigo mío de la infancia que se quedará hasta mañana. A Gerardo y a Eusebio, ya se lo presenté ayer, cuando llegó.
—Encantada, señor —dijo Rosario mientras extendía su mano derecha para estrechar.
—Muchas gracias. Encantado yo también —Richard hizo lo propio.
—No le llames señor, no le gusta —dije yo dirigiéndome a Rosario.
—Lo lamento, no volverá a ocurrir, señ…, perdón, ¿cómo debo dirigirme a usted?
—Llámame Richard, será suficiente.
—Muy bien, Richard, que tenga una agradable estancia.
—Gracias.
—Señora, si necesitan algo, ya tiene mi número. Me voy entonces.
Rosario trabaja de lunes a viernes; los sábados y los domingos, tanto ella como el mayordomo, Gerardo, los tienen libres. Ha sido un gesto muy bonito por su parte presentarse hoy aquí, por si la necesitábamos.