El secreto de Elena (Trilogía: El secreto nº 2) La llamada
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La llamada

Amanecía un día precioso de sol. Ya se empezaba a notar el calor de la primavera. Había dormido bien y me sentía rejuvenecida. Seguro que esta noche soñé algo bonito. Por eso me estaba sintiendo tan bien.

Pero no recordaba el sueño. Rara vez recuerdo lo que sueño. Solo si ese sueño tiene lugar por la mañana temprano, casi a punto de despertar, lo recuerdo. No fue el caso. Tuvo que ser un sueño muy intenso y muy profundo. Igual soñé con César.

Sonaba mi móvil, con una melodía que no era la habitual, no la conocía. Era una llamada por WhatsApp, con razón no conocía el sonido, nadie me llama por WhatsApp. La curiosidad hizo que me acercara al móvil y viera quién era. Era Richard.

«Al fin», pensé.

—Buenos días. ¡Cuánto tiempo! Pensaba que me ibas a llamar antes. ¿Cómo estás?

—Buenos días. Estoy bien. ¿Y tú?

—Bien, también. Gracias por preguntar.

—Para la primera semana del mes próximo, puedo hacer una escapada. Ya tengo a alguien que se puede hacer cargo de mi tienda…, si a ti te va bien, claro.

—¡Claro que me va bien! Puedes venir cuando quieras. Serás bien recibido. Cuando tengas la fecha y hora de llegada, me dices para ir a buscarte.

—Vale, muy bien.

Charlamos un poco más por teléfono y luego colgamos. Casi me meo en los pantalones. Después de tanto tiempo esperando su llamada, ahora, de repente y sin esperarlo, me llama.

Esto tiene que ser cosa del destino.

No esperé mucho y llamé a Cristina y a Gloria.

Ya les dije que Richard vendría a casa a visitarme para la primera semana del mes que viene, aunque no podía decirles más; yo tampoco lo sabía.

La llamada fue tan escueta y al grano, que no me dio tiempo de conocer sus intenciones.

Cristina verá si puede dejar su trabajo por unos días y acercarse a El Amanecer en las mismas fechas que Richard.

No me va a molestar, aunque, seamos sinceros, preferiría estar a solas con él.

A solas es un decir, porque por aquí se pasean dos chiquillos y el personal de El Amanecer.

Acabé de arreglarme y fui a las habitaciones de los niños.

Luego bajamos todos a las cocinas. Toca desayunar.

No me gusta que el personal suba el desayuno al comedor principal; tampoco somos la familia real.

Me gusta bajar a las cocinas y enseñar así a los niños.

No quiero que se acostumbren al lujo y al boato.

—GC, dile a Finita que esta mañana desayunaré un cacao, no café. Yo bajaré de inmediato.

—Finita no está. Estará Carmiña. Hoy es sábado.

—Cierto, cielo, no sé en qué día vivo. Pues el mismo recado, pero para Carmiña.

Finita era la cocinera de la semana; los fines de semana, El Amanecer estaba bajo mínimos de personal, ya que el personal de la semana cogía sus días libres y era sustituido.

En lugar de Finita, como cocinera, estaba Carmiña y, en lugar de Ana e Isabel, estaba Sonia.

Sonia asumía el trabajo de dos personas, pero era solo los sábados y domingos.

En cuanto a Gerardo y a Rosario, el mayordomo y ama de llaves, los fines de semana los tenían libres, así que El Amanecer estaba casi sin personal. Solo con Carmiña y Sonia.

Me quedé pensando si no estaría buscándome un problema donde realmente no lo había. Pensando en Richard, claro. Liarme ahora con alguien cuando ya lo tengo todo. Y es que no se puede correr delante de los problemas y esperar a que no te atrapen.

___ ooo ___

Y Richard cumplió. La primera semana del mes siguiente llegó a Vigo, al aeropuerto. Obviamente, lo fuimos a buscar y yo estaba feliz como unas castañuelas.

Como nuestro chófer, Eusebio, no conocía a Richard, era yo la que estaba atenta a ver si llegaba. Estaría atenta igual, aunque Eusebio lo conociera.

A ver si es verdad eso que dicen que el amor nunca muere. Han pasado tantos años, han pasado tantas cosas. ¡Cómo no va a estar muerto! Si no muerto, dormido… Habrá que tratar de despertarlo.

Mientras esperaba a Richard en el aeropuerto, no creía que tardara, me vino a la mente una gran frase: “El corazón tiene razones que la razón no entiende”, de Blaise Pascal, gran filósofo y matemático francés.

Y tiene toda la razón. Mi mente me dice que no me meta en problemas, que estoy bien sola, bueno con mis hijos, pero mi corazón me dice que todavía soy joven y que puedo volver a amar.

Definitivamente, le voy a dar una oportunidad a Richard.

No pasarían más de cinco minutos y vemos aterrizar el avión, donde, imagino, viene Richard.

Unos minutos después, ya bajaban los pasajeros y, entre ellos, mi amor de juventud.

Quizá debería corregir eso, y mejor decir, mi amor de la niñez, ya que no teníamos más de quince años; éramos unos niños.

Venía vestido con unos vaqueros que le quedaban…

, de quitar el hipo y no muy abrigado para el tiempo que está haciendo aquí.

Después de los saludos de cortesía entre él y yo, le presenté a Eusebio. Como vi un extraño gesto en su rostro, enseguida me apresuré a decirle que era el chófer de la familia, no fuera a hacerse una idea equivocada, aunque entre Eusebio y yo haya una considerable diferencia de edad.

Cuando le dije que era el chófer de la familia, su gesto se tornó más extraño todavía y no pudo callar un:

—¿El chófer?

—Sí, es el chófer que tenía César y su madre; lo mantengo trabajando con nosotros.

Subimos al coche y nos fuimos a El Amanecer. La finca estaba preciosa, no sé por qué, pero la encontré muy bonita: la hierba recién cortada, árboles podados, plantas que empezaban a florecer… Era primavera, comenzaba la primavera de 2028.

Al entrar en El Amanecer, todo el mundo tiene la misma sensación. Una sensación de inmensidad, de grandeza, de lujo, y no se lo callan.

—¡Hostia, puta! ¡Menudo casoplón!

—Te voy a pasar esas palabras porque no están los niños delante, pero con los niños delante, hay que morderse la lengua —le dije, mientras lo señalaba con el dedo.

—En la tele escuchan cosas peores, incluso en el colegio.

—Sí, ya sé. Pero una cosa es lo que oigan en la tele y otra cosa es que lo oigan en su casa. Si lo oyen en su casa, lo van a normalizar y no quiero.

—Está bien, tomo nota, tendré cuidado delante de ellos.

—Muchas gracias.

Dicho esto, llegamos a la entrada principal.

—Pero si parece que estamos en un capítulo de Los Bridgerton —comentaba Richard—, si no son Los Bridgerton, es Downton Abbey.

—Bueno… No es para tanto.

Bajamos del coche y enseguida se acercó Gerardo a coger el poco equipaje que traía, imagino, porque no lo hablamos, que serían unos días.

—Permítame el equipaje, caballero —le decía Gerardo, mientras le quitaba una maleta con ruedas de la mano.

—¡Hey! ¡No! Yo puedo cargar mi maleta, no hace falta que me ayude.

—No se preocupe, señor.

—Está bien, Gerardo, deja a Richard, él llevará su equipaje —le dije a Gerardo para no crear un mal rollo entre ellos, a ver si no iban a empezar con buen pie.

—Caballero, señor… ¿Qué es esto, Elena? —estaba extrañado.

—Gerardo es el mayordomo de la casa. Es su trabajo.

—Chófer, mayordomo, solo falta el ama de llaves —dijo riéndose.

—Pues… ¡También tenemos! Se llama Rosario. Era el personal de César y de su madre; al morir Cornelia, César quiso mantener el personal, y yo no he podido despedirlos al morir César. Son un activo muy valioso para la casa, aunque no te lo creas.

—Sí, sí me lo creo. Es que se me hace raro.

—Normal, a mí me pasaba lo mismo. Ahora ya estoy acostumbrada.

Pero recuerdo el primer día que llegué aquí.

Y bueno…, a ti no te hicieron “pasillo” como me hicieron a mí, para darme la bienvenida.

Cosas de mi suegra, una mujer fantástica a la que recuerdo con mucho cariño; para ella, de mi boca solo salen cosas buenas, no le puedo reprochar nada.

—¡Qué suerte tuviste! Mi suegra fue una mujer muy mala con una lengua viperina, que no te puedes hacer una idea. Su pasatiempo favorito era meter cizaña entre mi mujer y yo; así, acabamos divorciándonos.

—¡Vaya! ¡Cuánto lo siento!

—No, nada, está bien. Ahora, estoy mejor que nunca y, como no tuvimos hijos, estoy genial.

Una de las doncellas, Ana, lo acompañó a la que sería su habitación. Una habitación luminosa al este de la casa. Despertaría con el sol de la mañana y estaría fresquito a la noche.

Ya por la tarde, decidimos dar un paseo por la playa; nos acompañaban GC y Lia, quienes hicieron buenas migas con Richard, prácticamente al momento.

—Tienes unos hijos encantadores.

—Gracias. No todo el mérito es mío, pero gracias por la parte que me toca.

—Bueno, César murió hace tiempo. Por lo que sé, GC era pequeño y Lia, pobrecita, ni lo conoció. Por tanto, el mérito es enteramente tuyo.

—No, conmigo está el servicio. ¡Cuántas veces dejo a los niños con ellos! Con Ana, con Isabel, Finita, Rosario, Carmiña… todos han puesto su granito de arena en la educación de los niños.

—De cualquier manera, eres tú la primera en educarlos; ellos son secundarios —me insistió.

—Cambiemos de tema. Espero que te quedes, por lo menos, una semana.

—¡No! ¡Qué va! ¡Ni mucho menos! Estaré con vosotros, si me lo permiten —se dirigió a los niños—, tres días.

—Tres días son muy pocos —decía GC.

Yo no me quise meter mucho en la conversación, aunque estaba completamente de acuerdo con GC.

—Sí, GC, tiene razón. Tres días son poco. Tienes que ver los hoteles; ahora ya solo tenemos dos, y ver la bodega. Pero lo más bonito, lo más bonito —a mí se me abrían los ojos al pensarlo— son los viñedos. Te dejarán sin aliento.

—Sí, sobre todo Gran Capitán, mamá, que es el viñedo más grande. —GC interrumpió la conversación.

—Bueno, bueno —Richard trataba de mantener la calma ante tanto nerviosismo—, trataré de hacer otro viaje, más adelante, en unos meses y estaré más tiempo.

Seguimos con el paseo por la playa. El mar estaba en calma. Calma chicha, se dice por aquí; ignoro si se dice en otras partes. Como crecí en el interior, primero en Córdoba y después en Madrid, soy una completa analfabeta en lo que a términos marineros se refiere.