Al mes siguiente
Todavía faltaban unos meses para el verano, pero la primavera ya estaba casi cerca.
Esa primavera de la que se dice que la sangre altera.
Hacía frío, pero ya no era el frío del invierno.
Se suponía que este mes me visitaría Richard, mi primer amor.
Ese amor del que todo el mundo dice que nunca se olvida.
En mi caso así fue.
Para mí, nunca habrá otro hombre como César.
Él me hizo muy feliz, me dio dos hijos maravillosos y una estabilidad económica, además del título de condesa que no uso para nada.
Ni me acuerdo de que lo soy. Me convirtió en la mujer que soy hoy, y por eso le doy las gracias.
Lo que comenzó como un matrimonio de conveniencia acabó siendo un matrimonio muy feliz, extraordinariamente feliz.
Me consta que me quería; esas cosas se notan, se sienten; la lástima es que César se fue muy pronto, demasiado pronto.
Hablo con él a menudo, me dirijo a sus cenizas, y ahí me quedo, a veces largo rato, charlando con él.
Mucha gente me reprochó no haberlo llevado a un cementerio.
Pero, no sé, el cementerio es muy frío; en casa está más arropado por su familia, por mí y por sus hijos.
De haberlo llevado al cementerio, me sentiría mal, como si lo hubiera olvidado o abandonado, y no es así.
Sin embargo, después de los años, ya han pasado casi cinco desde que nos dejó, en aquel fatídico accidente entrando en Badajoz camino de Sevilla; creo que va siendo hora de retomar las riendas de mi vida y Richard podría ser la persona adecuada.
Estamos a mediados de mes y nada. No sé si es que se le olvidó, si le pasaría algo o si me dijo que me visitaría para darme largas…, no sé.
También podría ser yo quien lo llamara. Pero no. No quiero parecer desesperada.
Si él quedó de llamar, pues que sea él quien llame.
Hablando con Gloria de este tema, me había dicho que si ella fuera yo, no lo llamaría, esperaría a ver. Y así lo hago.
Me siento gallega de adopción. Estoy bien aquí.
El Amanecer es mi casa, definitivamente.
He pasado por mucho. Quedé viuda joven, con un niño pequeño y otro por venir, he pasado por incendios, problemas económicos, hubo momentos en los que pensé que no iba a levantar cabeza, pero todo se resolvió.
No voy a olvidar a César, nunca, aunque viva cien años.
Pero creo que es momento de volver a vivir mi vida, pasar página.
También pienso que, de ser así, tendría que ser Richard el elegido; Paco llegó a tocar mi fibra, pero no. Por cierto, no sé nada de Paco ni de Luis desde hace algún tiempo. Mañana daré una llamada a Luis a ver qué se cuenta, y de paso, saludar a Ana.
No siento celos de Luis. Sé que César lo quiso mucho, pero, en el fondo, al final, me había elegido a mí. No le llegué a decir nada a Luis. Es un secreto que guardo para mí. No quiero hacerle daño. Si él cree que César le quería, que siga creyéndolo. Lo tengo en alta estima.
Suena mi móvil y doy un salto. El primero que me viene a la mente es Richard… ¿Será él?
Me acerco al móvil y veo que se trata de una llamada de spam. ¡Maldita sea! ¡Me tienen negra! Pues nada. No era él.
GC está pasando por delante del despacho.
—¡GC! —tuve que levantar un poco la voz.
—¿Qué?
—¿Qué formas son esas de contestar? —le digo—, ¿a dónde vas?
—Voy a la cocina. Quiero un vaso de agua.
—Bueno, muy bien. ¿Has hecho los deberes del cole?
—No, ya voy ahora, en cuanto suba de la cocina.
—Bueno. Voy a ver si le doy la merienda a tu hermana, y tú come algo también.
—No sé qué hay —me dijo GC.
—Mira en la cocina, pregunta a Finita, igual ha quedado algo de tarta de queso del mediodía.
—¡Tarta de queso! ¡Es verdad! ¡No me acordaba! Además, a Finita le queda muy rica. ¡Qué buena idea, mamá!
—¡Lista que es una! —le dije.
Le di la merienda a Lia y el resto de la tarde transcurrió sin más.
Pensaba en Richard. ¿Y si él fuera mi primer amor y el último?
Pues como no me llame, mal vamos.