El secreto de Elena (Trilogía: El secreto nº 2) Aurora #3
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Aurora #3

—Sí, la casona de los Gelmírez, ¡cómo olvidarla!, por allí íbamos todos a lo mismo…, ya sabes. He estado un montón de veces con Richard…, por cierto, ya te contaré de Richard.

—Pues parece que derrapó en la curva y chocó fuertemente contra el muro de la finca de los Gelmírez. Cuéntame de Richard, ¿qué pasa con él?

—Ha estado aquí y se ha autoinvitado a El Amanecer, parece que cogerá un finde grande para el mes y me va a visitar —le decía a Cristina.

—¿Te imaginas que después de tantos años acabéis juntos? Jo, tía, sería genial —me comentaba ilusionada Cristina.

—Pues no sé, ¡han pasado tantas cosas!

—Hace un montón que no lo veo, ¿sigue igual? —preguntaba Cristina.

—Está calvo.

—Vaya, pues tenía un pelazo que ya lo quisieran muchas mujeres.

—Ya, pero los años pasan para todos. No sé si lo perdió o si se afeitó la cabeza. Le preguntaré —decía yo—. Y…, cuéntame, ¿qué es de tu vida?, la verdad que hacía mucho que no hablábamos.

—Estoy trabajando en Málaga. He cogido un puesto de médico en un ambulatorio y por ahí ando. Estoy bien, estoy contenta.

—Bueno, bien, entonces. Tienes que volver a pasarte por El Amanecer, ahora ya hace mucho que no nos visitas —le decía.

—Sí, si quieres me paso para el mes, cuando vaya Richard, y así ya lo veo a él también.

—Por mí… —Yo, como no dándole importancia, aunque sabía que Cristina me lo decía para fastidiarme, ya que ella creía que yo quería estar sola con Richard.

—Bueno, bueno. Seguro que estás deseando estar a solas con él.

—¡No! ¡Qué va! Además, a solas, en El Amanecer, ¡imposible!

—Sí, eso es cierto. Sería difícil que estuvierais solos —me decía Cristina—, pues mira, lo había dicho de broma, pero igual no es tan mala idea.

—Pues, ¡ea! Ya está. Para cuando vaya Richard, te aviso y si te va bien, haces una escapadita —le decía.

Y así, medio en broma, medio en serio, continuamos unos minutos más. Cristina me había alegrado mucho, ya que estaba muy triste. Me gustó mucho verla y hablar con ella y así se lo hice saber.

A la hora de comer, llamé a El Amanecer; me había quedado pendiente hablar con Lia.

Me cogió el teléfono GC.

—Hola, cariñín, ¿ya sabías que era yo?

—Lo supuse. ¿Vas a hablar con Lia? Está por aquí.

—Sí, pasámela.

—Hola, mamá, un beso grande —me decía mi hija Lia.

—Hola, cielo. Mañana te voy a dar un abrazo muy grande, lo sabes, ¿verdad? Te echo mucho de menos, a ti y a tu hermano.

—¿Ya vienes mañana?

—Sí, mañana, espero estar ahí. Tengo muchas ganas de veros a ti y a GC —le decía—, ¿sois buenos?, ¿os estáis portando bien?

—Sí, somos buenos. Rosario nos pone tarea para hacer.

—¿Qué tarea?

—Para hacer dibujos y colorear.

—Eso está bien, así pasáis el tiempo.

Después de unos diez minutos hablando con Lia, hablé con GC, y ya me despedí. Mañana los veré.

Pasó el entierro, con gente, con mucha gente, más de la que hubiese deseado, y eso que queríamos algo discreto. Pero bueno, unos hablan con otros y se corre la voz.

Después del entierro me fui al hotel; estaba matada. Al día siguiente, Rafita nos llevaría al aeropuerto de Sevilla, a los tíos Eugenia y Eduardo, que se iban para Madrid, y a mí, que cogería el vuelo para Vigo.

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Ya de vuelta en El Amanecer, lo primero fue dar un fuerte abrazo a mis hijos. Luego hablé con el servicio a ver qué tal había ido todo y si había alguna novedad; después de saber que todo seguía igual, sin novedad, fui al salón y hablé con César, bueno, con sus cenizas.

Le comenté de mi mamá, de cómo había ido todo, de que había vuelto a ver a un viejo amor de juventud, ¡madre mía!, ¡Richard!, un amor del instituto. Increíble, y lo que me costó reconocerlo, ¡estaba tan cambiado! Tuvo que Rafita decirme quién era; a mí se me hacía una cara conocida, pero no caía.

Le dije a César que se quedara tranquilo, que Richard me iba a visitar en El Amanecer, pero que para mí no era nadie. Ya no. Como César, nadie.

Ese día había llegado a casa por la tarde. Apenas había comido, pero no tenía hambre. Bajé a las cocinas y me preparé un bocadillo de queso. Finita me insistió mucho para hacérmelo ella, pero ya me lo preparé yo. GC y Lia me acompañaban y me preguntaron por cómo había ido todo.

Nos sentamos en la isla de cocina. En unas sillas altas, a Lia le cuesta un poco llegar, pero al final, siempre lo consigue. Y allí estuvimos los tres hablando largo y tendido, mientras me comía el bocadillo.

Les conté de Richard y de que estaba prevista su llegada en El Amanecer para el mes que viene.

También les conté que era un amor de hacía muchos años, de cuando mamá tenía quince años, y que solo había estado con él como un año o año y medio, porque a los dieciséis ya me había ido para Madrid con los tíos.

No se mostraron muy sorprendidos, la verdad; esperaba una metralleta de preguntas acerca de él, pero no. Pasó sin más.

Lia habla mucho; recuerdo que GC a su edad no hablaba nada y lo poco que hablaba, lo decía mal. Pero debe de ser de estar con el hermano que aprendió mucho antes. Esta niña es una cotorra.

Estaba merendando el bocadillo y ya casi había acabado de hablar con los niños, cuando llegó Gloria.

También se interesó en cómo había ido todo y me dio el pésame.

—Querida, no había tenido la oportunidad de darte el pésame, te fuiste tan rápido —me dijo.

—Bueno, habíamos hablado por teléfono el mismo día que me fui, ¿lo recuerdas?, te llamé desde el hotel, a mi llegada —le dije.

—¡Ay! Sí, es verdad, ¡qué cabeza la mía! Lo había olvidado.

—No te preocupes, no pasa nada.

—Pero…, ¿todo bien? —se interesó.

—Todo lo bien que puede ir un entierro —le dije.

—Entiendo.

Pasamos un buen rato dándole a la húmeda. Después del bocadillo, que comí en las cocinas, subimos para el salón y seguimos el palique. A Gloria le gustaba mucho hablar y yo disfrutaba mucho de su compañía.

—Para el mes que viene va a venir un antiguo novio con el que coincidí en el entierro de mi madre —le conté a Gloria.

—¿Casado, soltero, divorciado?

—Divorciado.

—Entonces no coincidisteis, él hizo para que os vierais.

—¿Segura? —me interesé.

—Pues claro. Y además, ¿de quién fue la idea de que viniera aquí?

—Fue de él.

—Querida, si anda como un pato, tiene pico de pato y dice cua cuac, es un pato. Te digo yo que ese quiere reconquistarte.

—No sé.

—Seguro.

—Pero César…

—Pero César, nada. Ya hace años que murió, tienes que rehacer tu vida, pasar página —Gloria me había interrumpido.

—Ya…, pero…

—Pero nada. Tienes cuarenta años, piensa en ti y en los niños. A ellos les va a hacer bien, también.

—No estoy tan segura.

—¿Por qué?

—Porque no me han visto nunca con otro hombre. Lia ni conoció a su papá, pobrecita. Y ahora, ¿qué?, ¿les presento a un antiguo novio? No sé —le decía a Gloria con lamentos.

—Bueno, primero vamos a ver para qué viene. Igual lo que busca es darse un paseo por Galicia, sin más —me decía Gloria.

—Sí, eso es lo primero. Igual viene, dos, tres días y se va, y quedamos amigos, sin más. No hay por qué darle tantas vueltas —decía yo.

—Ya el tiempo lo dirá. Pero si es lo que pienso, vendrá para algo más y te aconsejo que no dejes pasar este tren igual que hiciste con Paco.

—Con Paco, ¡fue diferente! Acaba de quedar viuda y, aunque me gustaba, creo que no era lo suficiente —le decía a Gloria.

—Te entiendo. Ya sé lo que es sentir pasión, amor, cariño, amistad…, cada cosa a su tiempo.

—Sí, ¡exacto! Con Paco, sentía amistad. Era el hermano de Luis, un buen amigo de César, y para mí Paco era un amigo más.

Creo que de haberlo conocido tres años más tarde…

, pudo haber sido más que un amigo. Pero yo, aun llorando la muerte de César, no estaba preparada para otro amor.

¡Pero si todavía estaba embarazada de Lia! ¿Te acuerdas?

—Sí, me acuerdo. Paco llegó a ti en mal momento, en muy mal momento.

—Por Richard, podría sentir algo. Ya lo he sentido antes.

—¿Cuántos años tenías cuando saliste con él? —se interesó Gloria.

—Tenía como catorce o casi quince.

—¡Mujer! ¡Pero si erais unos niños! No creo que ni fuese amor.

—No, amor, de aquella no. Supongo que amor podría ser ahora, si surgiera algo, claro —dije yo.

—Bueno, no le des muchas vueltas y deja que venga y a ver qué surge de todo esto. No sea que pongas el carro antes de los bueyes, como se suele decir por aquí —me aconsejaba Gloria.

Pasamos juntas un poco más de tiempo y Gloria se fue. Con todo esto, ya era la hora de la cena.

GC ya hacía tiempo que se bañaba solo, pero a Lia la bañaba yo. Les daría la cena y a dormir. Ellos se acostaban tempranito.

En El Amanecer todo se hacía tempranito: se desayunaba tempranito, se cenaba tempranito, nos acostábamos tempranito. Sobre todo desde que nació GC. Antes no era tanto.