El secreto de Elena (Trilogía: El secreto nº 2) Aurora #2
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Aurora #2

—Tu cara me resultaba conocida, pero no caía, hasta que me lo dijo Rafita —le expliqué—. Para ti es más fácil conocerme; vienes aquí al duelo de mi madre… pero para mí es más difícil. ¡Aquí hay gente que ni me acuerdo, ni conozco!

Estuvimos un buen rato hablando; me contó que se había casado, ahora divorciado, sin hijos…

«Sin pelo», pensé. Estaba completamente calvo.

Me contó que llevaba la tienda de sus padres. Ahora, pensando en vender el negocio y cambiar de aires. Que llevaba muchos años en lo mismo y se estaba cansando. Que estaba bastante aburrido, porque su vida llevaba muchos años siendo la misma y había caído en la monotonía.

Yo le conté de mi vida, aunque no hubiese hecho falta; ya se conocía mi vida mejor que yo.

Me preguntó por mis hijos, si me habían acompañado, porque quería conocerlos.

—Si quieres conocer a mis hijos, tendrás que visitarme en mi casa, en Galicia, porque ahora vivo allá —le dije.

—Bueno —fue su única respuesta.

—Pues cuando quieras —le dije—, considérate invitado.

—Cuando te vaya bien, me dices —me decía Richard; parece que tenía prisa.

—Cuando quieras —le dije yo.

—¿Para el mes que viene? Puedo hacer un fin de semana largo, dejando a alguien al cargo de la tienda y aprovechar.

—Vale, pues te espero. Cuando llegues a Vigo, me avisas y te iremos a buscar. Puedes ir desde Madrid en tren, se va muy bien, o directamente en avión. Tanto el aeropuerto como la estación de tren nos pillan bastante cerca de casa —le expliqué.

Nos intercambiamos los números de teléfono y cada uno por un lado.

En la otra esquina del tanatorio estaba mi hermano. Corrí junto a él a contarle la conversación con Richard.

—Y nada… ¡Que se ha autoinvitado!

—¡Qué me dices!

—Lo que oyes. Para el mes que viene, me ha dicho que va a hacer un finde largo, me visitará, o al menos, eso creo.

—Si te ha dicho que irá, imagino que así sea. Por lo que sé, está muy aburrido y quizás lo que esté buscando sea cambiar de aires —me comentaba Rafita.

—Sí, me dijo que quería vender su negocio, que estaba muy cansado, que llevaba muchos años en lo mismo —le dije a Rafita.

—¿Lo ves? Lo sabía. Pues nada, lo que busca es una escapada, no le des mayor importancia. Irá a tu casa, pasará tres días y se viene.

Se acercó Eugenia a decirnos que la administración del tanatorio quería hablar con nosotros.

—¿Con los dos? —preguntó Rafita.

—Pues, por lo que entendí, sí —contestó la tía Eugenia.

—Será que quieren cobrar —dijo Rafita con cierta guasa.

—Mamá estaba pagando un seguro de decesos; imagino que entren todos los gastos en ese seguro —les dije a ambos.

Cuando nos acercamos a la administración, allí sentado con ellos ya estaba Ramón. Querían saber si nosotros queríamos poner esquelas en periódicos, en Internet y cómo queríamos que se hicieran las cosas. Mi hermano y yo decidimos que todo se hiciera en la más estricta intimidad y Ramón no se opuso.

Ramón no me dio el pésame. Yo, a él, tampoco.

Fue uno de esos días que te parece que no va a acabar nunca. Un día muy largo. Por la noche, nos fuimos a casa; yo preferí recoger la bolsa de viaje que había dejado en casa al llegar e ir a dormir a un hotel. Mi hermano me lo reprochó, pero así estaba más tranquila; no quería tener a Ramón cerca.

En la casa de mi madre, además de Ramón, Rafita y Rita, estarían también Eugenia y Eduardo; ya seríamos muchos si también me quedase yo.

Rafita me acompañó al hotel. Elegimos uno por Internet, el más cercano al tanatorio. Quedaba a unos quinientos metros. Genial, mañana por la mañana ya iría al tanatorio caminando, dando un paseo con el frescor de la mañana. Caminaría despacio y respirando profundo, como suelo hacer.

Esa noche, ya en el hotel, hice una llamada a El Amanecer; cogió el teléfono Rosario, el ama de llaves; la verdad que me extrañó que aún siguiera ahí a estas horas.

—Buenas noches, Rosario, ¿todavía ahí? ¿Te están dando mucha lata los niños? —me interesé.

—Buenas noches, señora Elena. Ya estoy casi para marchar y los niños se están portando muy bien. Pierda cuidado. ¿Cómo van las cosas por ahí, con su familia?

—Bien, he saludado a gente que ni recordaba que existía. Parece que todo el mundo quiere decir el último adiós, gente que ni le hablaba estando con vida, ahora se desviven por visitarla en el tanatorio —le decía.

—Eso es por curiosidad, simple y llanamente —me decía Rosario.

—Sí, a la gente le encanta ver cómo es el entierro, o cómo vas vestido, si lloras, si no lloras; en fin, la mente humana es así de curiosa y, al mismo tiempo, perversa.

—¿Quiere que le pase con alguien del servicio? —me preguntó Rosario.

—Me apetecería mucho hablar con GC, ¿no estará durmiendo?

—No, no, señora. A decir verdad, está aquí a mi lado; al sonar el teléfono, ya imaginaba que sería usted y corrió al salón. Se lo paso. Espero que todo bien mañana, en uno o dos días ya la veo —me decía la buena de Rosario—, buenas noches.

—Buenas noches —pensaba que estaba hablando todavía con Rosario, pero ya me había pasado con GC—, ¡GC! Cariño, ¿cómo vas?, ¿me echas mucho de menos?

—Hola, mamá, tienes que venir pronto.

—¿Por? —me estaba asustando.

—Porque Lia está poniéndose muy pesada con si falta mucho para que vengas. Está a cada rato preguntando por ti.

—Bueno, ten un poco de paciencia con ella, es pequeña. ¿Está contigo?

—No, ya duerme desde hace rato.

—Bien, ya son horas para ella y para ti también, así que, te dejo, y mañana llamo más temprano y hablo con ella para que se tranquilice y no te dé mucha lata.

—Vale mamá. ¿Ya enterrasteis a la abuela?

—No, cielo, el entierro es mañana.

—Bueno, vale. Buenas noches.

—Buenas noches, cariño, nos vemos pronto. A lo sumo en dos días estoy en casa. ¿Quién queda hoy con vosotros?

—Esta noche se queda Ana; mañana creo que hablaron de que quedaba Isabel.

—Bien. Un besito, cariño. Te quiero mucho.

—Un besito, mamá, yo también te quiero.

Después de despedirnos, me eché en la cama.

Era un colchón demasiado blando para mi gusto y la almohada dejaba bastante que desear, demasiado baja.

En nuestros hoteles, tenemos colchones de dureza media, que cambiamos cada siete años, y una carta de almohadas para nuestros clientes: almohada baja, media, alta, de microfibra, viscoelástica y hasta hay unas que son de plumas.

Después de estar un rato echada, cuando noté que me estaba dando el sueño, me metí en la ducha. ¡Bueno!, lo malo que tenía el colchón y la almohada está recompensado con la ducha, ¡qué buena!, buen chorro de agua y caliente al instante. Una cosa compensa a la otra.

Al día siguiente, fui la primera en llegar al tanatorio. Poco después llegaron Rafita, Rita, Ramón, Eugenia y Eduardo. Vinieron los cinco juntos.

—Estaré con mamá hasta la tarde —decía yo, dirigiéndome a todos—, lo digo por si queréis ir a tomar un café o algo.

—Acabamos de desayunar en casa, antes de salir —comentó la tía Eugenia.

Y allí estábamos todos, mirándonos unos a otros sentados en varios sillones y sofás con el ataúd de mi madre tapado. Así lo habíamos elegido.

Empezó a llegar gente. Alguna de la que estuvo ayer y otra que era nueva. Gente que ni recordaba y a algunos ni siquiera los conocía. Algunas de las mujeres vestían sus mejores galas con collares de perlas y, la mayoría, respetaban el color negro, típico en los funerales.

Todos habían ido al tanatorio a mostrar sus respetos y a darnos el pésame.

La mayoría se dirigía a Rafita, a Eugenia y a mí, pero era rara la persona que se dirigía a Ramón.

No parece ser una persona querida por el barrio.

Acudió la familia de Ramón, sus hermanos y algún primo y tíos, pero, aparte de su círculo de familia y amistades, nadie le daba el pésame a él, no directamente.

A media mañana, en el mismo tanatorio, tomamos un brunch.

Además de por hambre, por escapar un poco y liberar la mente de tanta ansiedad y tristeza.

Estaba entrando en el tanatorio, Cristina, mi amiga desde pequeñas, desde el parvulario.

—¡Elena! He venido en cuanto me he enterado —me decía Cristina, mientras me abrazaba y me daba un pequeño masaje de arriba a abajo en la espalda.

—Cristina, ¡me alegro de verte! ¡Qué bien que has venido! —le dije—, al menos veo una cara conocida en medio de toda esta selva.

—Pero, ¿¡qué dices!? ¡Pero si son todos conocidos! Del barrio en donde crecimos. ¡Yo los conozco a todos! —me decía Cristina—, ¿tú no?

—Pues no. Algunos se hacen caras conocidas, pero no me preguntes por nombres…, ¡ni idea! —le decía—, y a muchos los conozco y no sé de qué.

—Mira, aquel de allá —me decía mientras señalaba, disimuladamente, con el dedo meñique de la mano derecha en la misma dirección hacia un gran ventanal—, el que tiene la camisa a rayas, ¿lo ves?, pues ese es el papá de “La Tormentos”, ¿te acuerdas de ella?

—¡Sí! ¡Qué fuerte! ¡La de tiempo que no oía hablar de “La Tormentos”! Siempre me pregunté por qué la llamaba así —le comentaba a Cristina.

—Porque siempre rompía mucho la cabeza con sus historias, era una “Tormentos”; no sé de quién fue la idea del mote, pero así la llamaban. Vivía al lado de tu casa —me decía Cristina.

—No, al lado, justo, no. Vivía dos casas más abajo. ¡Jopetines! “La Tormentos”, y ese es su padre —le decía yo—, me acuerdo de él. Caray, qué viejo está.

—¿Jopetines? Aquí puedes decir tacos, no está GC o Lia alrededor —me dijo Cristina.

—Jajaja, supongo que es cosa de costumbre ya —le dije—. ¿Oye? Y hablando de “La Tormentos”, ¿por dónde anda? No la he vuelto a ver.

—Está visto que no te has enterado. Tú te has ido para Galicia y el resto del mundo, na de na. Murió hace años, parece que un accidente. No han hablado mucho del tema —me decía Cristina.

—¡Wow!, no sabía nada. No me dijeron nada. Suelo hablar con Rafita y con mis tíos, y no me dijeron nada, y si me lo dijeron, se me olvidó. ¿Y qué tipo de accidente?

—Conducía un coche… borracha como una cuba.

—Oh, pues lo siento. Espero que fuera ella sola.

—Sí, afortunadamente, no hubo que lamentar más víctimas. ¿Recuerdas la curva que va para la casona de los Gelmírez? —me explicaba Cristina.